domingo, mayo 18, 2008

Leimon








-Como pasto (verde) te comería
Como pasto
Y por mi esófago el pastito
Pasaría
Como un vino que se espuma
Haciendo hilillos en el surco

Así al Biguá caballar
Se le espejaba
El rosado prado de las viñas
(Que) tirando del arado
De la donosa Pasto Verde
(Quilla profunda y contrabalanceada popa )
Bien supieron cultivar

-Como lobo te comería, por tus ojos

Al caer la tarde
Y con el vino
Reposan los animalitos
Cansados de galopear
En su jaula de huesos

-Yo, luna tibia

Ella sueña entre arcos
Con la resurrección de una flor del rosedal:

-Quien no conoce los besos de Afrodita
No sabe de qué están hechas estas rosas...

-¡Ay, ay, ay! Habría que morirse
Al menos una vez, antes de morir
Para poder elegir, ser otro (¿potro?)

Le decía el Biguá a Dionisio (peoncito caballerizo)
Mientras éste le escanceaba el vino, con el agua helada
Que venía del molino

-¿Y qué animal querrias ser vos? ¿Un colibrí, acaso?¿Un toro, una serpiente…un pez?
-Un padrillo de cabaña.
-¿Una yegua que tire el carro?
-Ya sé. Un actor de film porno, con mucho movimiento de labio, como Mister Ed.
-¡Wilbur!!! ¡Ja! Esa sí que está buena.

Biguá, que atraviesa todos los estadios de la borrachera
Yace en los brazos de Baco
Inclinando la testuz sobre un costado del bebedero
Esta echado de panza
Sobre un gran charco rojo sangre
(El sol, en tanto, está queriendo ponerse)
A la Pasto (verde), él la llamaba Victoria
Cuando se estaban por conocer
Aunque ella decía ser lunática: Selene
Como parva de avena fresca, le pareció
Tan linda
Toda embutida de carne en una pielcita
Hecha ya, de toda ternura
Y como Mete (la Embriaguez)
Un poco en curda

-¿Qué nuevos pastos veré?
Adios pastitos adiós
A vuestros lechos silvestres
Adiós:
Muero como cadáver de amor
Deseoso de su destino

Pero antes de que el Biguá se nos muera
(Ésta, su primera vez)
Yo-Dionisio voy a hacer que les cuente
Al menos un cachito
(Pues lo que no es cuento, no hace parte de la Historia)
Cuánto ella, Es:

-En verdad, la Pasto, es una joven Luna
De inalterable efigie
Sus pechos son torreones
Sin piquito
Pero contentos
Sus ancas
El agua equina
Que destila miel en la fuente de Pegaso

¡Por Baco!
¿No es acaso Selene, esa que ahora se baña
En su imagen sobre el agua?
Es ciertamente ella, subida en lo mas alto del molino
La que desenreda y poda la hiedra
Que lo está devorando

-Todas cumplimos nuestro destino de hembras

(Dice a vos en cuello, como para que la sienta un vasto público inexistente)

-Así las señoras, como las demás...

(En este aparte, el divino co-Autor se confiesa
¡Si supieran cuánto añora su teatrito de Atenas!)

-Mi oficio secreto, debo decirles, ha sido siempre
El de bordador de perlas
Yo bordo “perlitas”
Frases encontradas
Relinchos propios y ajenos

En todo poema implacable
Hay un minuto feroz
Tan duro
Que no pasa nunca
Que como una catarata de cajón
Detiene el tiempo

Yo: Baco, como fiera
Me comí el reflejo
Yo: espejo
(Que eviscera, que descuartiza)
La Naia la Noia la Noria

Ahora es el Abiguazado Yeguarizo
El que despierta, y dice (se dice, le dice)
Cuando la escena queda casi a oscuras:

-Esa estrella que está saliendo
(Que se despega, amor, que nos despega)
Es la estrella del perro chico
Llegó la Canícula
El momento más caluroso del verano
La estación de la vendimia

-¡Habrá que darle al canasto!

Dijo la Pasto, como un Faro,
Fijándonos desde lo alto.


Texto: Eduardo Nico (Magoo)
En audio: Poema dramatizado por Héctor Ledo, con la colaboración especial de Rosalba Gravina.

lunes, mayo 05, 2008

Héctor Viel Temperley


Prendo la radio del coche


Prendo la radio del coche,

cierro las puertas y ventanas

y me alejo.


Que los ruidos

se gasten solos

mientras camino entre los árboles.


A veces siento

que alguien nos encerró

con llave

en este mundo.

Lo mismo que hice yo,

pero a lo grande.



Foto: Selene Garcia
Texto: Héctor Viel Temperley, "Obra completa", Ediciones del Dock, 2006

Héctor Viel Temperley


Enfermedad


De espaldas, solo, quieto.

No escucho más que el viento

y a su arena cegante.

Abiertas las costillas

dejo que el sol voltee

su caballo en mi sangre.

Dejo que sobre el hueso

de la frente me marque

su herradura, incendiándome.


Dejo también que el mar

desde corrales

de espuma se abalance.

Que en sus ancas profundas

y frías

bajo mi pecho,

una mano tras la otra

se me espanten.

Y que una y otra vez

su silencio me envaine.

Bajo la hirviente carga

yo, solitario sable.


Cuerpo en la costa, herrumbre

cada vez más tirante.

Yo desnudo en el viento,

yo, sin moverme, dejo

que cave en mis entrañas

una pala radiante.

Que el arenal acose

mis ojos y su enjambre

se irrite por mis párpados,

sin poder despertarme.

Que el mar, oh el mar

después,

como a espada me lave

en ese instante estrecho

que desenvaina en aire.


Mas ya, como en un sueño,

hasta en el mar es tarde.

Yo, sometido a libertad, sujeta

a toda luz mi carne,

yo, impenetrable pese a todo, rígida

como columna de agua amarga el alma,

no sé más que cerrarme.

En mi garganta,

el llanto atravesado como llave.


Frente a la carga inmensa, inmerecida,

yo, sable enfermo, solitario sable.


Ilustración: "Engrudo", Gustavo Piccinini.

Texto: Héctor Viel Temperley, "Obra Completa", Ediciones del Dock, 2006.


sábado, mayo 03, 2008

Héctor Viel Temperley


Elegía argentina

Para mi madre


Los caballos se bañan en el río

y yo me baño en el río con los caballos.

Sus crines y sus colas

son de agua sobre el agua,

como fuentes que fluyen

desde la arena al aire.

Y yo me baño en el río

pero bebo las crines

y las colas de los caballos.


El agua rueda desde Dios

y se desliza por sus ancas

y se bifurca en mis caderas.

Más que el río y la lluvia,

sus crines me humedecen

el pelo.

Es una tarde de verano,

de un día que no existe,

y en un país que no se tiende,

ya,

a la sombra de sus caballadas.


Esta tarde, Dios habla

en los saltos del río

para nombrarme caballos

que todavía yo recuerdo.

Caballos que la lluvia volvió de lluvia

y que se fueron tormentosos,

hasta que el sol los evaporó.

Y recuerdo el caballo

que murió con un ojo estallado por su dueño,

cuando mi madre era muchacha

y los carreros la saludaban

con el mismo silencio

que las dos torres de nuestra casa.


Y recuerdo otros caballos

que galopé en el sur

y que montaba en pelo

por una laguna de sal,

contra el viento que olía a mar, hasta que la lluvia

lo lavaba en la arena.

Y recuerdo caballos que fueron de mi tatarabuelo

y que eran iguales a los míos,

iguales a todas las caballerías

tormentosas por estas tierras.


Son los mismos caballos

que se bañan en el río

y que Dios llama por sus pelajes

con palabras que suenan

como los nombres de los ángeles.

Porque el pelaje de los caballos

tiene nombres angelicales

y la palabra azulejo

traspasa todos los cielos.


Dios les habla y me habla

con las mismas palabras

cuando el ruido del agua

es el silencio de todos los campos.

Los nombra y me nombra

en un país que no se tiende,

ya,

a la sombra de sus caballadas.

Y es una tarde de verano,

de un día que no existe

o que existió sólo en la pampa.

Pero montado en los caballos

siento mi cuerpo contra el río,

nado entre crines y galopo a Dios

y mis ojos se hunden

profundizados en su pecho.


Dios juega con los caballos

en sus manos,

palmotea y sonríe a los más humildes,

a los más castigados;

al que conoció mi madre cuando era muchacha,

muerto con un ojo menos

y que bajaba hasta el río

sin descubrir la razón de sus heridas,

y a todos los que rodaron

cuando los hombres afirmaban

que el cielo era para los hombres

y que las tardes no eran como yeguas

tendidas entre ángeles.


Yo entonces no conocía

el cielo de los caballos,

pero rezaba por ellos todas las noches,

y era un niño que rezaba por los caballos de Dios,

y era un niño al que Dios

perdonaba sus insolencias

porque rezaba por los caballos

y lloraba por ellos

y les prometía un dios omnipotente,

que los convertiría en ángeles

aunque los hombres se negaran.


Un Dios con el que soñaba mi madre

cuando era muchacha

y ya me descubría

descalzo por la arena.

Cuando los carreros eran silenciosos

como las torres de nuestra casa

y los jazmines eran argentinos

porque eran nuestros,

dando la vuelta al patio

hasta la noche,

en que la patria era en el cielo.



De Héctor Viel Temperley (1933-87) Obra Completa, Ediciones del Dock, 2006.