viernes, mayo 20, 2005

Sáficas




Bellos y nobles son los amigos que tu atormentas Reproche. Concédeme que mi amada aquí llegue a salvo, y que olvide los errores que en el pasado he cometido. Ve, llama todas esas cosas y disuélvelas.



Los hombres no pueden del todo ser felices, pero pueden intentar de la felicidad, ser parte. Aquí sobre el altar la carne de este cándido ariete. La fatiga le ha extenuado el corazón. La noche se acerca. Hacia ti mi pensamiento no podrá jamás cambiar. El dolor envuelve mi mente y fuera de mí vuela Deseo que sigue la sombra de la diosa de seno morado. Que vaya errando y vuele en torno a ti que eres bella y que disfrute como yo cuando te miro de frente. Y esto debes saberlo en tu corazón, que yo de todas las cosas, seguir la entera noche en fiesta quisiera, que muchas y bellas fiestas vivimos, que también tú un tiempo fuiste feliz y amabas cantar, cantando tu amor y el de la esposa de pezones violáceos. Esta visión verdaderamente me ha turbado. Apenas te miro un breve instante, nada más puedo decir, y deseo y bramo con mi llanto.

Me parecías una niña pequeña y desgraciada. Eros sacudió mi cuerpo como la ráfaga que irrumpe y desvasta el bosque de encinas. Yo te deseaba y has congelado mi corazón ardiendo. Y por ello, creo que nunca verá la luz una muchacha que te iguale en Sofhía. Yo amo la fineza y tú lo sabes, y a ti la estima por el sol te ha dado en suerte gracia y esplendor.

¡Delirio! ¡Tú que atravesando la negra noche das vueltas y vueltas y al Sueño, suave dios, terriblemente inquietas!

Pero ella quiere andar, coetáneas de Armonía, danza centelleante de alegría sonora. Con ustedes, sobre el carro de las mujeres delicadas de Illío, donde el dulce sonido y el arpa se confunden. Con voz aguda las vírgenes entonan el canto arcano y llega hasta el cielo el eco potente. Por todos lados en las calles, hay jarras y copas. Mirra, vino e incienso se mezclan. Mujeres ancianas gritan: ¡eleléu! Y todos los hombres alzan alto el clamor que agrada a los dioses.

Ella deseaba andar Reproche, y me dejaba llorando mucho rato. Y luego secando mis lágrimas con su pañuelo, me decía: Ah, que penas horribles sufrimos, querido amigo. De verdad, que contra mi voluntad te dejo. Pero yo no conozco ira o rencor, mi corazón está templado. Y así le respondía: Ve y sé feliz, y de mí guarda memoria. Tú sabes cuanto te he querido, pero si no lo recuerdas, entonces quiero mencionarte todos los momentos intensos que hemos compartido. Con ungüento floral aplacabas los ardores y no había reunión ni sacrificio ni fragor ni danza en la cual estuviéramos ausentes…

Ahora, entre las mujeres chipriotas se alza como entonces, puesto el sol, la Luna con sus dedos de rosa. Supera todas las estrellas y posa su luz sobre el mar salobre, como sobre los campos cubiertos de flores, y el rocío se ha difundido y están en flor el mirto y el trébol. Con voz de miel canta Afrodita y su mano juega con el ramillete de violetas que asoma entre sus senos. A su llamado el ruiseñor (nuncio de Primavera) me lleva.

El vello se eriza. Los muslos se contraen. Sudan. Quiero tener compañeras, dice. Pone en torno a las cabelleras, coronas graciosas. Plena se mostraba la luna y las muchachas se dispusieron en torno al altar. La diosa tomó entre sus brazos a mi amada y destacándola del círculo, ante mí la presenta.

Esposo afortunado -dice sonriendo Afrodita- no ves que ya se han celebrado las Nupcias? Siempre estará contigo la muchacha que soñabas... ella será tu Eco...

¡Delírio! Tú, que como un cometa de mil colores, atraviesas la noche oscura cuando el Sueño, dulce dios, cierra sus ojos.

Ha caído la luna. Eros, que regala dolores, duerme sobre el seno de una ternera preñada. El tiempo transcurre. La medianoche pasa. Yo duermo sólo. A mi lado huele a violetas un pañuelo, empapado de lágrimas. 




Texto: Eduardo Magoo Nico (Un ejercicio de reescritura de fragmentos de Safo).



     




El clítoris de Amalita





¡Oh, rector! Supremo emblema

Mármol de Amalia que como el cólquico

De la tierra emerges, sólo estambre

Color de ojera



Tú que dilatas, suprimes o extingues

De los otros el deseo

Encuentras tu cuna: ¡Oh, dorado niño!

En la punta avulvada de mi sexo



Que el éxtasis de tu clarín, resuene en carneas praderas

De cuyo oloroso ramo, tú la flor más excelsa

Y que las argentinas tráqueas, abriéndose

Atraganten el placer jocundo



Pues nada hay más luminoso y cierto en este mundo

Que las maravillas que provocas

Con tan sólo un toque, de tu dueña

En la mollera



Como tal ensoñación de turco

De mil y una maneras renovada

Así la patria cree en su bandera

Y en el mástil que sublime la enarbola

Sobre tantas ebúrneas astas, que la pampa entrega



En la viscosidad de tus urdimbres

¡Sagrado e inmortal nenúfar!

Nácar de dioses tú segregas

Que por siempre regirán lúgubremente

El pase a la inmortalidad de esta otra Eva



Generaciones y generaciones de argentinos

Cada vez más pequeñitos

Con sólo un frágil, fragilísimo dedito y la inocencia de un E.T.

En el mausoleo de tu cuerpo embalsamado

Temblando rozarán el marmóreo botoncito



Alcanzarán entonces: ¡Oh, virgen del futuro milenio!

En el imperceptible contacto

La fulmínea revelación de ser ladilla

Y como Lacroze, tordilla

Pero en la tropilla, de su sólo (medio) pelo



Texto: Eduardo Magoo Nico
Ilustraciòn: Giraffe Penis

Ojos que razonan



Estoy entre lo que los antiguos llamaban "los ojos de Giove Laziale". Dos pequeños cráteres, luego inundados, de un gran volcán extinguido. Uno el lago Albano, el otro el lago de Nemi. Sobre el primero se asoma la residencia veraniega del Papa, sobre el segundo los restos del templo de Diana Nemorensis, y debajo de estos, la villa de Calígula. Sobre la pupila de Giove el emperador daba sus fiestas. Había hecho construir dos grandes barcas a modo de plataformas de setenta metros de largo, que finalmente, "cuando el desastre se encargó también de ellas", descansaron sobre la retina de su dios, incólumes, durante casi dos mil años. Estoy sentado en una pequeña tarima de madera, contemplando el valle cubierto de robles. El cielo está encapotado pero a ratos sale el sol. Ahora un tábano zumba en mi oreja y pasa. Me rasco la cabeza, ¿alergia o caspa? En estos días el anteojo parece más preciso. Veo la punta del bolígrafo dibujar palabras. ¿Quién carajo dijo que se debe escribir sólo cuando se tiene algo que decir? No soy lo que se escribe, pero lo veo discurrir nítidamente. Pareciera que lo que se debe decir es lo imprevisto… Veo la vieja amada lengua que se repite y cruza con esta otra, mucho más nueva, que apenas cuenta. Y una en otra hacen la equis del puto cromosoma femenino. ¡Malas lenguas!

Alzando la mirada veo como ella se diviniza con el baño y está así, como una niña, más bonita que con la ropa puesta. La cara oval, los cabellos negros, el pelo dividido, el rostro simétrico. Y si ahora se peina y siento la exaltación y el pavor de los dieciséis años ante un desnudo de mujer, eso, que parece poco, es suficiente para que su cabeza caiga por su propio peso, que es casi todo agua, lleve su mano a la nuca y alce hacia mi su mirada desolada, que se hace leña, cuando el hacha soy yo.  Luego cruza el campo contonéandose indiferente. Se dirige hacia el bosque fuera de la luz. Mujer luciérnaga. El batido de alas de sus caderas despierta al soñador en otro sueño, en el que mis propios perros no me devoran aún. Diana vive aquí.

Un helicóptero policial se detiene en el aire, casi frente a la ventana y yo escribo, escribo más para terminar este cuaderno realmente incómodo, que por alguna otra urgencia. Por otra parte he dicho que soy escritor, por lo que es bueno y coherente que cada tanto me sorprendan escribiendo. A la incomodidad del cuaderno, que trata de cerrarse, se agrega la incomodidad del pupitre, el hambre, el que la cabeza me pica y por lo tanto, me siento sucio. La situación de la casa es una situación de mierda. Yo en medio feliz, como un idiota con su chica, en los tiempos en que lo permite el desastre que nos amenaza. Situación de mierda quiere decir que una joven napolitana que hasta ayer fue militante de ultraizquierda, se da cuenta de que su compañera de casa, de vida, su amor de los últimos años, se ha enamorado de un fascista. La veo sentada en el piso, hecho con el roble del bosque de Diana, con las hojas entre las piernas y las manos abiertas metidas en el pelo. Sus pensamientos se persiguen en el aire. Reescribo lo que Carla escribe: "Todavía puedo mirar el volcán envuelto por las nubes mostrarse en la ventana, imagen familiar, presencia silenciosa y que en silencio está por saludarme, también él. Un nuevo adiós, una separación. Como si fuese el único modo para seguir estando juntas. Un dolor tan conocido que se ha vuelto soportable. Un dolor crónico. He gritado las palabras y no he amado mi dolor. No he amado mi dolor, no yo, no yo… No yo."

Durante mil novecientos dos años, descansaron las barcas de Calígula en el lecho del lago de Nemi, en la sacra retina de Zeus. Y en el mil novecientos cuarenta y tres, los fascistas decidieron vaciarle un ojo al viejo Giove Laziale y las extrajeron del fango. Entonces encontraron que la ingeniería con la que fueron construidas era mucho mas avanzada de la que todos suponían, cuadernas perfectas, anclas articuladas, ornamentos delicadísimos. Para albergarlas, construyeron a orillas del lago un museo con dos "naves" de arquitectura igualmente moderna para la época. Dos años después el museo fue bombardeado por los aliados y las naves devoradas por el incendio.

"¿Devolver la libertad a la mosca? ¿Dejar que la tarántula la devore?". Se pregunta Carla en mi cuaderno. "Il disastro si prenderá cura di tutto", solía decir ella frente a la ventana, lo decía con sus ojos, que razonan sin hablar. El desastre se encargará de todo. Las mujeres del volcán lo saben desde siempre, lo aprendieron con los siglos, en cada erupción del Vesubio, en sus ríos de lava, en las nubes de ceniza. Lo sabían las mujeres de Ercolano y de Pompeya, y las que soportaron en las galerías y cisternas de la Nápoli subterránea, el hambre y los bombardeos masivos de la segunda guerra mundial.

Ellas me sacaron el vicio del orgullo, esa grasa inmunda. No con las palabras, con los dedos, con su diversidad, con esa emoción continua, intangible, irreparable, que traen los días compartidos en el profundo golfo místico, en el teatro de sus vidas. Esos días que hoy se me regalan como caramelos de carne. Digo, que las mujeres del volcán le han arrancado a la naturaleza unos rasgos y unos gestos, que no hubiese osado soñar. Si me quedara algo de aliento, debería hablar de sus cuerpos…

De hambre escribo, de siglos de hambre, pero ahora el plato de pasta humea cerca mío y yo tiemblo, suspiro, y quiero dejar de una vez esta birome "maledetta". Carla dice: "¡Si mangia… Chi si accontenta, gode!" El cuaderno, como siempre, insiste en cerrarse. Cuaderno que se cierra. Párpados para estarse dentro. Párpados que transparentan.

Texto: Eduardo Magoo Nico

miércoles, mayo 18, 2005

Capitular





"El descanso del amor es una fatiga, su principio una enfermedad, su fin la muerte.

Para mí, sin embargo, la muerte de amor es una vida, doy gracias a mi bien amada por

habérmela ofrecido. Quien no muere por su amor no puede vivirlo."


Omar Ibn-al-Faridh, (siglo XII).





Capitulo I



Chupáme



Mi querido de lejos, ya podés cocinarte sólo. El camello delante, la pirámide atrás. Se supo lo que había que saber. Te despertás cada mañana rezando y diciendo: pronto moriremos. Ni si quiera la idea: la idea es bárbara, como la mujer. Se puede volver a la madre para verla envejecer, al padre para matarlo, al partido para sufrir acompañado. Hermanados, fraternales, las náuseas. Nunca se podrá entender: "Usa lo spray risolve tutti i guay". Así el solcito cuando se sale afuera y se dice: "afuera". Así de lejos bien podés cocinarte sólo.

Oíme por el conducto que se cierra a los cuarenta: queda la desesperanza que fuimos y los días en sucesión. Sin velocidad en el lápiz, se escribe para el fantasma, ese resto infame. Con sólo el reempuje y la memoria. Se ladra. Es una forma proletaria esa de decir en barricada, pero las palabras son ilustres y hay una angustia hombre... tal vez.

¿Dónde estás ahora, fantasmita, en este ruido que no cesa? Aldoquín que tetra. El libro rojo cita, no lo mejor rumiado, la corona del diente despegada, mordida, la oreja. Y el chingolo insiste contra el vidrio. Aún cuando la puerta al lado esté (requete) abierta. O bien observas y te desesperás, o te desesperás a secas. En el botiquín no hay más remedio que convertirse en víctima. Al homicidio de lo físico, sigue el suicidio de lo moral. Así se vence el capítulo de los vencidos:



“Que se derrame el bien

Como el sentido

Como quien dice:

Chupáme" .







Capitulo II



¡Es tán simpático!



Borrachera reglamentaria y madama gay: "¡Qué gran besugo sei!" El se hizo puto cuando ella lo dejó: vieron, como el fotógrafo y la cantante. Homo sado omolca.

-El culo péntola no me vá. Cacerolita.

Después, vaya a saber cómo, ya neutral, de anfetas, la mañana siguiente con chica al lado que diciendo "no pueden moverse un poco menos", seguía diciendo, "quiero dormir". Esta vez el huerto quedo abierto, convalesciente, hasta una cierta hostilidad como de histérica en mí, que no sabía hasta ese "entonces" ser brutal con el que ama.

-¿A mí? ¿A mí tu amor puto? ¿A mí? Nadie, nada, nunca. Por una taza de café, me cojería tu cadaver degollado.

Al fin y al cabo, es la facha la que cuenta: la crueldad, esa forma enferma de la simpatía...







Capitulo III



Chingolo



Las yemas despacito contra el cuero, el chic chac de las uñas reventando: huevitos. Templo al templo. Niño de los piojos. De la errancia entrecruzada a veces y deforme, a la raya perfecta, pareja. Con esa última cascarilla dijo basta. El ángel avanza de espaldas al futuro. Lo empuja una tormenta que viene de su orígen. Los tontos se precipitan allí donde él (la é mayúscula) toma un descanso. Así fue como te ensartaron, de copete alzado, en lo mejor del trip. Cansado de garchar con los muchachos, víctima de la ilusión del obsesivo, te sostuvo de frente coma a su hembra y no acabando nunca. Pero (siempre) el dolorcito que iba y venía. Un dolor que fue y que vino. Que va y viene. Coma cuando una perra no te cumple. Trampa que te tiene. Exalación. Hacia un contenido gorjeo, el chingolo tiende. Sujeto a su imagen, el vidrio que lo espeja, su pico pica, pero no hiende. Aún(que), si picapica (bajada de cordón) toda su vida como un santo, el lustre (esa pátina inmunda) tal vez lo saque.







Capitulo IV



Espejisma



Camara Laye. Amos Tutuola. Raymond Queneau. Aimé Cesaire. Wilfredo Lam. Danilo Kish. Propovic Predag. Heme aquí, todavía una mueca al mirarme el ombligo y la fiebre (mal de madre) que no abandona. Entonces, en cada vez menos de los bultos que hay (envueltos) la madurez. Más tiempo de un lado. Más angustia del otro. Como foto, página, anteojo, se viaja. Indefinición. Interferencia. Los dos perritos miran por el cuadrado del cielo. Sin matiz, acento o murmullo, la pared desmorona un grano. Arenisca, te dicen. Te dicen: ¿No tenés te-vé?

No sucede y pasa. Y luego recuperás el habla, la escribienda. Esa segunda soberbia que da la risa libre de los vencidos.

-¡Deportivo che, hay que ser deportivo!

La Reyna y el Tebeo espían por el cuadradito del cielo: putos pekineses.

Gente a medio hacer, desvestir vanamente. Hablan. ¡Qué no dicen!

- ( . . . )

-Aquí abajo hay un cerdo, según vos, ¿eso también es poesía?

- ( . . . )

-Lo que más ternura me da, es ver que un ateo se persigne...

- ( . . . )

El camello delante (subtitulado) la pirámide y las palmeritas, atrás. Y allí viene el Chingolo kamikaze ahijuna, a enfrentar al Espejisma:

-¡Espejima! ¡Espejisma! No te vas a ir, Mandinga, di un direpente, sin antes payar tu evocación, tu letanía…

-Disculpe don Chingolo, pero en estos tiempos que corren no hay verdad que aguante diez guita.

-No va a ser ese floreo el que te abra cancha relumbrón, desembuchá.

-Mire que yo se lo repito siempre : ¿La liter-altura, qué te luja? Travesía.

-Si usted lo dice... (En un aparte, Espejisma a su compadre…)

-Pero visto de no tan lejos (por el cuadradito) no parece que se esté cociendo sólo.

-Pa’ mí que es la tucumana ésa...







Capitulo V



La noche



Se habían encachilado el maridito y la chirusa. Pero no fue por mucho tiempo. Cuando se es jóven a uno le encanta que lo caguen a patadas, correrla y todo lo que ya saben. La vió venir y todavía la sigue: crecer Chechen, tomarse(la) cómoda (esta conclusión bichoca viene a llegar luego del viaje).

Suelen decir (otros) que son honestas, las que uno no se pudo cojer. Lo contrario, tampoco. Niente Aeroflot : La British. Tiempo (a la distancia, el cuadradito ovala). Los aires se puede decir que habían cambiado por entonces. Llegó la francesita con todo su candor: Deja-vú de Ana Karina, los breteles al abierto con desmadre y compartida inconciencia, porque después conciente, ella se vino sóla.

-Parece que nos encontramos en un punto, dijo. (G)

Entonces, como siempre, ahí, en plena felicidad, me cacho en diez, Niza, abril, Venecia. La naifa acabó su vacanza y se volvió pa' la querencia. El aeropuerto de Jamaica, un asco. El kiosquito donde se cambia, no cambia. Kinstong-Kinstong. La noche no podía evitar este rodeo. Lo que no llega a alcanzar la impotencia de la poesía, es todavía vacio. En la noche, el rigor es hostil a quien gusta de ellas. En la noche, no nos reconocemos.







Capitulo VI



Lo que se escribe



Subí al bus con mi mochilita rosa fucsia fosforescente. Mi primer apretuje en tres años, negro sudado y tercermundista. Recordé que hubo inicio y los sucesivos coment(arios). En la calle, viejos taxis Siam Di Tella con el techo amarillo (aquí se llaman Morris).

Extrañamente, como en casa. También potus, jazmines, helechos. Mucha onda. Gheto. Pregunté por el cambio de bus para ir al centro. Todo conmigo me decía, me hablaba de Maradonna. Bajé con él por el fumo. Es muy difícil denegar, literalmente. Te arrastran, ya sea por la simpatía. Ahí, en la bajada de la escalera le dí la guita, se fue con la bicicleta y volvió al toque, después me metió en el otro bus, y cuando estaba subiendo me dió las tres bolitas de ganja fresca. Vivir es mejor que soñar. Yo pase por las reuniones en la calle, pelo al viento, gente joven reunida. (Toda la herida, viva, en mi corazón).

Mentía y era de un egoismo atroz. Tenía una valija enorme, la mitad del contenido, cremas y artículos de tocador. Empezó por decir que eran días peligrosos. Era cierto, sin embargo, que no se maquillaba. Afuera los grones coma moscas pegajosas. Chelsea Hotel. Se ríen y si les preguntás por qué, no saben. Una cuestión anatómica heredada de la madre. Quedaba tiesa con la regla. Los síntomas no confirmaban ninguna de las teorías (las teorías no se confirman). Ella hacía todo lo contrario, se mandaba la parte y me sacaba la guita. Quisiera contarles cómo viví y todo lo que aconteció conmigo. Agitando un ramo oloroso: ¡No te retengo! ¡Vé, sé benéfica! (Y en nuestros días hasta el aire sabe de muerte).







Capítulo VII



Ponerse bien



El piano trepidante, la espalda de los labios lamerá. Al parecer el poeta, quien siempre estuvo orgulloso de su talento, nunca se quiso a sí mismo. Su cuerpo no era atractivo. Su rostro pasaba desapercibido. Acaso deseó tener otro rostro en el espejo (los espejos deberían reflexionar antes de devolvernos su imagen). Le costaba mucho trabajo esconder o insinuar lo que sentía, disimular sus odios y hacerse el tonto como si nada hubiese pasado. Nunca pudo atemperar sus ademanes indomables. Generalmente, después de un tono grave y excitado, aparecía un tema casi trivial, avergonzado y culpable. Como si una melodía digna del clown oprimiera la tragedia.

-Jamás lo creerá y por lo tanto no pienso decírselo nunca.

Paciencia y saliva. Asi fue lo que de la vida fue. Y así sigue siendo. La gente guarda todo (más fuerte que el amor es el archivo).

-Usted se está poniendo bien, le dijo finalmente el "tordo", todo aquel que espera, termina por ponerse bien.

En su tumba de familia hizo escribir este epitafio: "No he sido autoridad capaz de disciplinar mi corazón pensante y mis deseos. Esta es la tierra que vosotros dividiréis al azar. Y ni la división ni la unidad importan. Esta es la tierra. Tenemos nuestra herencia. "






Capitulo VIII



No les creas a los buitres



No es el placer la muerte, es sólo ausencia de dolor. No les creas a los buitres. Lo que hubo no se conoce hasta que se ha perdido. Al calor de la manta sobre mi pecho una mano se demora. Aún estás conmigo. Creo que a pesar de lo débil y temeroso que pueda ser un hombre bueno, lleva encima tantos pecados como puede soportar. Un amor así no sirve. Sirve humanidad.

Ausente de mi mismo, en la ausencia me transformo. Deberías temer mis cartas, deberías quemarlas o guardarlas cuidadosamente. La vida es cruel: siente miedo de lo que sucede, de aquello que puede suceder, de los eventos. Después de haber golpeado la frente contra todos los muros, sale de la propia piel, de las venas, del ultimo aliento: hacia el otro. Y siempre manos que se apretan a tu cuello, que se retuercen locas, generosas.

-(. . .)

-¿Pero vos quién mierda sos, un discurso, o un hombre? ¿Una nacionalidad, o un hombre? ¿Una profesión, o un hombre?

-(. . .)

-Conmigo deberías abrirte, yo debo saber a quién amo.

-(. . .)

-Deberías ser simple, no buscar frases preciosas, las cosas preciosas son las que se escapan de la boca.

-Buh...

-No pienses, no calcules, sé.

-¿Sé?...

Parecer de muchos y ser poco. He ahí el problema, y he aquí la solución: Esperar. Semejar. Ser de carne . Es decir: ¡Un animal!

La próxima vez no deberíamos hablar de estas cosas. Shhh... No hablemos. ¿Qué es lo más importante? Conocer y ocultar. Conocer algo sobre el bien amado y ocultar que lo amas. En ocasiones, el pudor es más fuerte que la pasión: la pasión del secreto, la pasión de la revelación. Me es aún más insoportable nombrarte, que no saber.






Capitulo IX



Resurrección



Mi primo Estéban un día, cuando no tenía más de diecisiete años, recibió una patada en el muslo jugando al fútbol. El hematoma perduró, devino tumor maligno, fue operado, le extrajeron una porción de hueso de su pierna derecha, luego otra. Nunca se quebró el que sin embargo sufría periódicas extracciones de osamenta. Nunca entregó su espíritu rebelde, desgarrado, ni aún en los postreros días, cuando lo ví la última vez en una cama de hospital, con sólo los despojos de su cuerpo. Aún allí su espíritu resplandecía, llenaba la habitación. Su rostro era sonrisa luminosa, voluntad de dar, de entregarse a la simpatía del otro, de promoverla, de provocarla, entre ataque y ataque de dolor, el seguía siendo luz sin mácula. Santo.

¿Porqué entonces se empecina en seguirme con su cojera, el hermoso, el amado primo? ¿Acaso sabe que un día yo...?

-Ves, en este pedacito de tierra está Estéban. Del nombre no le queda más que la é mayuscula.

El pobre loco, lo fue perdiendo todo, menos la razón. Aún enfermo para él nada era difícil: salvo el amor. Por eso tal vez lo quisieron tanto las mujeres fáciles. De idéntica condición otros tantos seres circunscriptos por espesas capas de alma, mediterráneos en ansia de un entrarse en la carne, de una salida al mar. Porque el amor es un gran océano de dicha. El secreto del fastidio: el tiempo. Un silencio de estopa. La invisible actualidad. Y andamos y andamos cojeando como Esteban detrás mío, para exibir nuestro pasado: las fotos reveladas. Y nuestro futuro: las fotos por revelar. Nada consuela tanto la decepción propia como comprobar la decepción ajena. Tenía una vaga idea de ello y solía rabiar contra los flemáticos. Sea cual fuere la verguenza que me alcance, no quiero renunciar a mi desesperación, ni a mi honestidad. Yo les digo: no se desapasionen, porque la pasión es el único vínculo que tenemos con la verdad. Y un día como cualquier otro y sin que ustedes lo perciban, yo los habré reivindicado.



Texto: Eduardo Magoo Nico

Imagen: Erté (Romain De Tirtoff)