jueves, septiembre 01, 2005

Ipazia o Hipasia de Alejandría






La cosa fue así. Parece que con la esperanza de frenar la disolución del imperio y la avanzada de los "bárbaros" de entonces (que siguen estando al norte de los bárbaros del sur, más o menos como ahora) Teodosio I y sus hijos, firmaron un infame pacto de sangre con la iglesia católica. Por primera vez un emperador romano se arrastraba "literalmente" a los pies de un obispo: era en la catedral de Milán en la navidad del 390 d.c. , fecha que como se verá "marcaría profundamente el destino de la entera humanidad".

El obispo era Ambrogio (San Ambrogio) e hizo promulgar al emperador un edicto detrás del otro haciendo que se cancele toda forma de educación y de estudio, de libre pensamiento y de religión, que no fuera la cristiana. Hizo además que se quemaran todos los templos paganos (los sacerdotes, las bibliotecas) y se cancelaran las Olimpíadas y la celebración de los misterios Eleusinos. Dejó, entre otras cosas, completa libertad al obispo-patriarca Cirillo (San Cirillo) para transformarse en patrón absoluto de Alejandría de Egipto y exterminar judíos, nestorianos, novazianos y paganos, y sobre todo, hacer "pedacitos" ( también literalmente) a Ipazia, la última voz libre de la antiguedad, el último obstáculo que podía oponerse junto a su "escuela" y lo que representaba, al dominio del terror fundamentalista cristiano. (Cáspita, suena de lo más actual).

Ipazia fue una mujer enorme, astrónoma, matemática, filósofa y primer mártir de la Razón a manos del oscurantismo de nuevo cúneo. Ella era la heredera de la ciencia antigua, la última representante de la escuela que había cambiado la concepción del mundo en los setecientos años de acumulación de experiencias y saberes que hicieron de Alejandría (fundada por el mismísimo Alejandro de Macedonia en el delta del Nilo) el baricentro del helenismo griego y la avanzada de la humanidad.

Mil doscientos años después del asesinato de Ipazia, Galileo y Newton se rompían la cabeza tratando de comprender los conceptos desarrollados por los científicos alejandrinos, utilizando entre otros, los trece volúmenes del comentario a la aritmética de Diofanto, y los ocho volúmenes sobre las cónicas de Apollonio, elaborados por Ipazia. Leonardo da Vinci no hizo otra cosa que reinterpretar y desarrollar proyectos de personajes que como Ctesibio o Erone fueron parte del fermento intelectual que durante siglos animó la ciudad aún luego de su caída bajo el dominio romano y la perdida, con la derrota de Cleopatra, de su primer biblioteca (de 40000 volúmenes) en un incendio. Para no hablar de Arquímedes o incluso de María la Hebrea, la madre de la química moderna, que inventó técnicas de laboratorio que se utilizan todavía hoy, como el famoso "baño maría".

Bastaba dejar con vida a Ipazia y su escuela y no quemar la biblioteca (reconstruida y ampliada) con sus setecientos mil volúmenes, para gozar con muchos siglos de anticipación de todo aquel saber y aquel conocimiento que costó muchos mártires y enorme sufrimiento recuperar. Pero no se recuperó todo. Ipazia luego de una jornada de estudio se cubría con el manto negro de los filósofos y salía a recorrer la ciudad mezclándose con la gente simple, enseñaba a razonar con Platón y Aristóteles. Creía en la magia curativa de la música y estudiaba también la astrología, pero aconsejaba dirigirse a un médico y no a un templo para hacer frente a una enfermedad. En su momento había rechazado su conversión al cristianismo diciendo: "Si me hago comprar, no seré libre, y ya no podré estudiar. Es así que funciona una mente libre: también ella tiene sus reglas."

Era el lunes 8 de marzo del 415 d.c. , la milicia de San Cirillo, una horda de quinientos monjes parabolanos, la levantó cuando estaba volviendo a casa, la arrastraron a la catedral y la desnudaron, su jefe Pedro "El Lector" con dedos armados de uñas afiladísimas le cavó los ojos y los arrojó sobre el altar, después la dejó en manos de la turba que la hizo pedazos, los restos reunidos en una bolsa los quemaron en el basurero municipal, pues como decía San Agustín (otro "padre" de la iglesia) la mujer es sólo "inmundicia". Tal vez de haber sido hombre la hubiesen sólo matado, siendo mujer debían masacrarla (en la catedral cristiana) para transformar esa masacre en un símbolo, para excluir por el terror en los siglos por venir a la mitad del género humano. Este delito señaló el fin del paganismo, el ocaso de la ciencia, y de la dignidad misma de la mujer. Todavía hoy en el mundo de la ciencia el 5% de los vértices es mujer, mientras el 60% de la mano de obra no calificada es femenina.
Pero si Ipazia nada pudo contra monstruos como San Cirillo de Alejandría, San Agustín de Ippona, San Ambrogio de Milán o San Juan Crisóstomo (todos padres de la actual iglesia católica) es justicia divulgar aquello que sucedió 1600 años atrás y restituir a figuras como la de Ipazia un poco de justicia.
Pero podemos descansar en paz amigos, la UNESCO ha creado, leo, un organismo en 1999 para ayudar a la mujer a entrar en el mundo de las ciencias y a este proyecto le ha dado el nombre de Ipazia. Todo O.K., los resultados están a la vista.

PS: En la película de Manoel de Oliveira, "Un film hablado", el protagonista se pregunta cómo los árabes habiendo rescatado buena parte de la filosofía griega y siendo responsables de una gran apertura cultural y social en la época, pudieron haber destruido la biblioteca (es decir la "universidad" en términos contemporáneos) de Alejandría. Pues bien, se trata de un falso histórico repetido hasta el hartazgo. La biblioteca fue destruida por el obispo-patriarca Teófilo (tío de Cirillo) en el 391 d.c. luego del edicto de Teodosio I y no durante la conquista árabe de Egipto en el 641 como demuestra la vasta bibliografía que existe sobre el argumento.

(Este material tiene como fuente el artículo que dedicara el diario italiano "Il Manifesto" a la edición del libro, y el libro mismo de Adriano Petta y Antonino Colavito, "Ipazia, scienziata alessandrina". Lampi di stampa-2004)


Texto: Eduardo Magoo Nico

El simulacro

“...yo preguntaba siempre por ellos y tú me habías dicho una vuelta Giulia, tanto que no tenías ganas de hablar de muertos, como que me habías dicho que nombraba siempre los muertos, igual que Ludovico, que nombraba siempre los muertos, también yo nombraba los muertos, como Ludovico...”


La primera imagen que Evaristo tuvo de Guglielmo, fue la de un miliciano de la guerra civil española, recién salido de un campo. No parecía de este mundo, sus movimientos simiescos, su rostro fuerte de labios gruesos, pelo rizado, abundante barba resistente a todos los afeites. Hablaba con el tono de un niño pequeño, a todos preguntaba su nombre, la edad, el nombre de sus padres y el de sus abuelos, si estaban vivos o muertos. Estos datos quedaban registrados para siempre en su memoria, recordaba todas las personas que había conocido, todos los nombres, todas las fechas, desde esa fisura original en el recuerdo, el paso del primer grado al segundo de la escuela elemental, en el que un diagnóstico psiquiátrico lo designó, un loco.
Pasaba buena parte de su tiempo recostado en su camastro, repasando ese vasto árbol genealógico en el que se destacaban sus favoritos, Maria Grazia, el tio Giuseppe, Natalia Ginsbourg, papá Bruno, el bufone Amanitti o Nitti Mario alias Bistecca. Pero estos nombres se renovaban con los nuevos afectos y cada tanto aparecía un nuevo personaje, a veces risueño o pintoresco que sacaba de su infinita galera. Entre los de primer orden había también uno siniestro, el ape, la abeja.
Evaristo, como italiano repatriado que había crecido en Sudamérica, temía tanto las motonetas, motos y otros motociclos que asolan en mangas las calles de Trieste, como Guglielmo su abeja. Pero entre abeja y zumbido Guglielmo ponía una marca y un motor. Vespa, es decir, avispa, es la motoneta más popular en Italia, de pequeñas ruedas, muy ágil y cómoda para el que la conduce, con las piernas protegidas por faldones de chapa. El motor de la Vespa tiene un sonido característico que se parece al zumbido de un abejorro. Ape, es la versión carrozada de la Vespa, con su cabina y su espacio de carga, es un camioncito con corazón de avispa, una motoneta travesti.
Pero ete aquí, que la siniestra abeja no se puede eludir como una moto, libre y desbocada zumba en torno a la cabeza y ante las manos que se agitan vuelve, ataca, y si se posa pica, con una puntura que deja su aguijón doloroso. A Evaristo se le había ocurrido imaginar un pequeño monstruo mecánico que asolaba el cerebro de Guglielmo, rampante y ruidoso como una Vespa, con las cualidades y la ponzoña de una abeja y armado con una jeringa hospitalaria.
Guglielmo no sólo temía, como casi todos por otra parte, el invisible zumbido lanzado cuesta abajo a toda velocidad por las callecitas estrechas, temía el signo cromado, la marca impresa en las cabinas o en los faldones de las motonetas, temía tanto el nombre como la cosa. Es así como “l’ape maligna” a veces lo perseguía en sus sueños, y al alcanzarlo en la mitad más oscura de la noche, entre alaridos, escapaba corriendo.
En Guglielmo se diría que operaba un justiciero Dionisos que exigía de continuo para contentarse, gestos especiales, sacrificios y ofrendas. Era un ángel, pero podía ser un diablo. Tocaba obsesivamente distintos puntos de la casa, el picaporte de la puerta, el chorro de agua cada vez que se abría la canilla, las paredes del corredor al caminar, alternando los dedos y las
caderas, el piso con el mentón o con la frente, en prolongadas genuflexiones que parecían de orden místico ( ¿pero acaso no lo eran? ), un avión que pasaba lejano, girando sobre sí mismo, una y otra vez, para fijar su mirada en ese punto preciso, sin falla, y hasta furtivamente algún objeto con la punta de su pene, cuando andaba desnudo y alzado en las mañanas por la casa.
Guglielmo también tocaba a las personas, a veces de manera imperceptible para ellas, a veces decía “tocco” antes de tocar o después de haber tocado, otras veces preguntaba, “¿posso toccare?”, y a la respuesta, “¿dove?” , indicaba el punto con el dedo, “qua”. El gesto daba a entender que el punto no importaba, importaba el ansia, el contacto, haber tocado y tocar aún. A veces la pregunta guglielminesca, “¿posso toccare?”, no estaba referida a objeto alguno en el espacio, en realidad parecía preguntar, ¿puedo estar en el mundo?, y la respuesta afirmativa no dejaba de darle contento.
Guglielmo utilizaba el toccare de muchos modos. Podía ser saludo o reconocimiento cuando lo hacía (como los monos) con la parte superior de su muñeca, la mano encogida hacia adentro. Podía también devenir en candorosa broma, provocación o despecho. Era famoso su doppio tocco con el que acosaba a las amigas mas íntimas, sus dos dedos índices a modo de pinzas de cascarudo gigante cerrándose a un tiempo avanti e indietro en las caderas de sus ninfas, “trampa ineludible y orígen del movimiento contínuo”, como solía describirlo Evaristo, conteniendo una explosión de risa.
Guglielmo podía “tocar” en muy diversos modos, tal vez cientos, pero ninguno le era indiferente, había una razón y una forma establecida, pasible de ser catalogada, que se repetía en cada uno de sus gestos. A Evaristo se le había ocurrido pensar que el toccare constituía una vasta red de comunicación y de caza, a través de la cual Guglielmo recorría su territorio y obtenía información genuina, directa, no mediada por la retórica del lenguaje social, de sus “víctimas”. La diversidad de las respuestas ante un mismo toque, (del cachetazo a la caricia), hablaba con mayor riqueza del intruso en la red, que cualquier otro discurso, y Guglielmo, poveretto, como aquel Francesco, de Asis, se perdía en lo discursivo como un niño se pierde en la multitud. Si alguien le preguntaba por su profesión, solía responder “toccatore”, pero esta insólita profesión debía ser considerada bastante más que un oficio, era su razón de ser pazzo, profesión de fe y fe, fe en el mágico contacto. Fe, al toque.
No siempre era posible para los que lo acompañaban, controlar medianamente las cosas. Guglielmo era absolutamente soberano. Era un rey al que un séquito de sirvientes acompañaba por turnos. Luchaba desaforadamente si alguien le impedía con firmeza tocar algo, e insistía una y otra vez ante un desvío, resistencia parcial o reprimenda de parte de un acompañante, al que sometía a un acoso permanente de caprichos, que podían derivar en violentos ataques, cuyos vehículos principales eran sus uñas y sus dientes. Guglielmo comenzaba por agredirse a sí mismo para expresar su rabia. Mordía el dorso de su mano, una descarga tal vez inducida o enseñada para evitar un ataque, acaso un gesto espontáneo, de todos modos debía ser leído siempre como amenaza. Evaristo sabía esto por experiencia propia. En una ocasión, un exceso de soberbia de su parte, un descuido momentáneo, casi le cuesta la pérdida de la última falange del dedo meñique de la mano izquierda. No pudo abrirle la boca, no pudo ahogarlo, se cansó de pegarle. Una sóla cosa hizo que aflojara la mandíbula, Evaristo ya vencido, lo miró a los ojos y le dijo:
- Ya no siento el dedo, me lo estás cortando.
Y Guglielmo lo soltó. Desde entonces Evaristo tuvo claro que la ferocidad de Guglielmo respondiendo a un impulso de orden animal era sin embargo humanísima. La delimitación del espacio que obsesivamente realizaba, era el territorio de un yo lábil y por esto mismo excepcionalmente expandido y no restringido a sus habituales sujeciones. En Guglielmo reinaba Deseo, un niño terrible, voluble e ingenuo, pero implacable. Evaristo llegó a ser con el tiempo su amigo o tal vez su hermano, pero jamás su igual, pues aquel que dependía enteramente de la asistencia de otros para sobrevivir, esclavo de una deidad insoportable, era infinitamente más libre que él.
No era nada fácil este precioso ejemplar de matto scatenato, tal vez por eso se empeño en compartir con él largas horas de muchas jornadas. Lo cotidiano tenía para Guglielmo un difícil desarrollo, extremadamente lento. Salir de la casa, subir al auto (Guglielmo daba vueltas en circulo sin decidirse a entrar en el vehículo y si se intentaba “apurarlo” comenzaba a dar vueltas por el cortile en torno a otros coches estacionados o incluso a caminar sobre los techos de los mismos para no ser alcanzado). Vestirse, levantarse, acostarse. Cada acción se desenvolvía como un largo ritual. Hacer la ducha (con tanto de idas y vueltas enjabonado por el pasillo para tocar el picaporte de la puerta, mas tanto de paseos por la casa con la salida de baño a medio poner o medio sacar). Desayunar. Si Guglielmo no estaba en un buen día, se llegaba al desayuno a la hora del almuerzo. Evaristo acometía todas estas tareas con algo de cristiana rassegnazione. Como una cruz que su alma buena de militante social, lo impelía a ayudar a cargar (después de todo había siempre sobrellevado sin culpa esa otra “cruz” la de haber nacido en el sur del mundo). Cuerpo a cuerpo cuando se hacía necesario pero siempre pronto para la ironía y la risa. Evaristo buscaba mantener bien alto su excelente y teatral humor.
Su pupilo era verdaderamente veloz en otros afanes, hacía cálculos matemáticos con una velocidad de autómata. Sin valerse de la pluma multiplicaba números de tres cifras por otros de tres y hasta cuatro cifras, y no se equivocaba “quasi” nunca, (si lo hacía era porque estaba bromeando). Divisiones, raíces cuadradas, logaritmos. Como "el memorioso Funes", no hacía las operaciones, recordaba los cálculos.
Más que por la comida, las matemáticas o el aseo, Evaristo se interesó por desarrollar una actividad en especial, ayudarlo a mantener una correspondencia. Ésta era una larga y ardua tarea. Guglielmo se perdía en un punto, generalmente el primero, y podía pasar horas con el encabezamiento de una carta, que solía repetirse: “¿che fai in questo periodo cioé in questi giorni?”, o “¿lo sai?”, y seguía contando, por ejemplo, que “el día después que te fuiste, que fue martes, Evaristo Guglielmipietro, me quería llevar a Bárcola, pero no me llevó porque he hecho aquella rabia, o ya sea porque he tocado y abierto la heladera. El día después he pensado tanto en Mafalda de Quino a la noche, como al cálculo a la mañana, y a qué cosa hacían Davide, Maria Grazia, y Don Marcello juntos, y ese día a las ocho, nueve o diez y media, mi tío Giussepe vino a saludarme.”
Para componer una carta Guglielmo se tomaba varios días, perdido en los recuerdos que la evocación de ciertos nombres le provocaba, haciendo pases de equilibrio con el lápiz en su mano o jugando con un encendedor que alguien hubiese dejado en su escritorio. Solía quedarse horas absorto observando el milagro del encendido de la llama repetirse, hasta acabar con el gas del accendino, o con la paciencia de Evaristo. También se dedicaba a ensayar todo tipo de saltitos y a veces grandes saltos de extraordinaria belleza impulsándose sólo con la contracción de su cuerpo, por lo cual hubo que cambiar más de una vez elástico y cama que terminaban hechos pedazos como consecuencia del maltrato.
A veces empeñaba todos sus recursos en no escribir la carta, fingiendo pensar en ella sólo cuando Evaristo venía a incordiarlo increpándolo por su falta de concentración, cantando loas “al trabajo que libera”, y finalmente, sentándose a su lado y preguntándole, “¿cómo la empezaste?”.
Alguna otra vez Guglielmo se largaba a escribir y no paraba. Pero sucedía que era legible y comprensible sólo la primer carilla, y el resto una especie de caligrama con zonas muy intensas y otras más relajadas, ritmos, palabras descompuestas. Entonces Evaristo le pedía que le dictara lo escrito ayudándolo a descifrarlo, y él intervenía nuevamente en la lectura, modificando el texto con agregados interminables, poniendo sencillamente un no, donde hubo un sí, cambiando el sentido de la frase, jugando. “Fuimos a casa de mi tío, llovía y con el coche no se podía estacionar. Me sentí bien. Después le escribí a mi tío Giuseppe preguntándole por Giorgio Testa y Camilla, y la caligrafía, Evaristo Guglielmipietro decía que era como aquella de Gualtiero, aquél que yo llamaba Marcello y que se parecía a Marcello...”
Guglielmo también tenía sus días de contento. Sus éxtasis eran memorables. Solía pasar entre risas, grititos de gozo, y cantinelas, jornadas de beatitud y alegría extremos. Entonces, todo era “sí”, un sí dicho en puntas de pie, unas risas que salían de la mollera, con el mentón recogido en el pecho y golpeando un dedo índice sobre el otro. A veces en ese estado pasaba las noches en vela.
Un día Guglielmo escribió una carta de amor a una chica que conoció casi treinta años antes. “Querida Venezia Giulia: Nos encontramos la primera vez antes del Uliveto, en el mil novecientos sesenta y dos, cuando tenías doce años e íbamos de casa a la escuela abierta. Te quiero porque al inicio me decías que no me querías y luego en cambio me querías, me has querido decididamente siempre.” Era una carta extraña, comenzando por el nombre de la destinataria. Venezia Giulia fue provincia de Roma cuando el César se llamaba Giulio, y Trieste, Tergeste. Hoy es parte de una extensa región italiana, el Friuli-Venezia Giulia, la región en la que habitaban. Guglielmo decía de ella, que la conocía del Uliveto (un instituto de educación diferencial) y “che era stata portata vía”, pero no sabía dónde. Evaristo creía que Guglielmo, sencillamente y como tantas otras veces, estaba tomándole el pelo. Por cierto que había invertido el nombre de Giulia Venezia, si es que este personaje existía. En la carta aparecían palabras que no tenían sentido en italiano y Guglielmo decía no saber qué querían decir.
Aprovechó entonces una visita del zio Giuseppe que como catedrático de filología en la universidad de Bologna y persona de vasta cultura, pensaba podría orientarlo. Le mostró la carta y él le explicó que “lamentablemente” esa relación era cierta, Giulia había sido compañera suya en ese instituto. Las palabras, por otra parte, eran griegas y se las había enseñado él en sucesivos veraneos en su casa paterna, en Sicilia, cuando su autismo no era tan notorio y sus consecuencias menos graves. Estaban sorprendentemente bien usadas. El usaba “kallipáreos” (la de las hermosas mejillas) para calificar a Giulia, como Homero solía mencionar a Helena en la Ilíada. El zio Giuseppe contó entonces apesadumbrado lo que consideraba una triste historia. Guglielmo, que era bastante mayor que ella, había sido acusado de violentar a esta niña. Para evitar el escándalo habían debido separarlos: “digamos mejor que su familia decidió cambiarla de instituto”. Recordó riendo que Giulia defendía a toda costa a Guglielmo contra sus padres, decía que ella misma “lo había hecho” con una rama de higuera, con forma de cazzo. Entonces vino algo a su memoria y lo llevó a Evaristo al cuarto de Guglielmo. Había un regalo que Guglielmo conservaba de Giulia, una copa de cristal ambarino que prodigiosamente, luego de tantos años, se conservaba intacta. Guglielmo les dijo que abarcaba la exacta misura de los senos de Giulia. Era una copa pequeña.
El zio Giuseppe más tarde, compartiendo un riquísimo café “correto”, con crema de whisky irlandés, le habló a Evaristo sobre el pensamiento de los antiguos, sobre como veían ellos la locura. Los héroes homéricos se hubieran reído de una palabra tan molesta como “responsabilidad”, no la hubieran creído. Para los griegos era como si cada delito se cometiera en un estado de enfermedad mental, pero esta “enfermedad” era por ellos entendida como la “presencia operante” de un dios. Y entonces lo zio Giuseppe lanzó al aire con su índice una cita de Sófocles: “nada grandioso se aproxima a la vida mortal sin la átè.” Guglielmo, que escuchaba atentamente mientras practicaba una de sus genuflexiones en el pasillo, salió corriendo al cortile porque entendió ape. El zio algo sorprendido, pero fortalecido en sus convicciones por el gesto guglielminesco, bajó lentamente su catedrático dedo a tierra y explicó que con el sucederse de los siglos el sentido de átè pasó para los griegos de “exaltación divina” a “ruina”, y dirigiendo su mirada a través de la ventana a un Guglielmo en plena fuga, agregó, “como cada vez por otra parte, que lo invisible invade lo visible”.
Se sucedieron las páginas escritas por Guglielmo y las consultas al zio Giuseppe, que ampliaba o daba un cauce al sentido del discurso (también para el autor, que decía no recordar lo que había escrito). Aparece una trama en la que el héroe rapta a la princesa, pero en ese gesto se percibe que también es cierto lo contrario, el héroe abandona a la princesa. Allí el héroe como uno más entre tantos “simulacros insensibles de mortales exhautos”. De la vida sólo ha quedado un largo cansancio. Se es coronado “tanto para ir al sacrificio como a las nupcias”. Se avanzaba con estupor en el desenvolvimiento de una narración en la que Guglielmo se valía de expresiones de una retórica que jamás había utilizado antes. Que no le era propia. En un pasaje Guglielmo ofrece un ramo de mirto a Giulia. Lo zio Giuseppe decía que de mirto se coronaban los esposos en la Grecia antigua, y de mirto fue el ramo que Dionisos ofreció a Hades, soberano de lo invisible.
Cada vez más para él esta Giulia era otra Helena. La Helena de Troya, “bígama y trígama y abandonadora de hombres”, para algunos. Para quienes la defendieron sin embargo, “ya antes de Helena la fica fue causa horrenda de guerra”. “No es ella en nada culpable”, dice Príamo contemplándola en las Puertas Esceas, “pues para mí culpables son los dioses”.
Giulia era la reencarnación de Helena, puesto que cuando se habla de ella, la “única” es la misma figura del doble. De ella jamás se sabe si se trata de su cuerpo o de su simulacro. “Jugaba reluciente en la palestra según los usos de su gente, hembra desnuda mezclada con varones desnudos”. Helena encontró entonces su primer hombre: tenía doce años y Teseo cincuenta.
“¡Giulia é il suo simulacro respirante!” Esta frase de Giuseppe provocó la hilaridad de Guglielmo que festejaba hamacándose y agitando las manos, como solían hacerlo los miembros de su grupo musical favorito en los setenta: “Viva la gente”.
Evaristo hizo averiguaciones, consiguió el teléfono del Uliveto en Asís, allí le dieron el nombre del médico que seguía a Giulia en aquellos días y por este anciano gentil y ordenado (aún conservaba la historia clínica) supo que su próximo destino fue una comunidad-granja dependiente del Servizio de Salud Mental de Grado. Una zona pantanosa, con lindas playas, entre Venezia y Trieste, es decir cerca, y en la región que lleva su nombre al revés. Envió entonces una carta membretada a Grado, que hizo firmar al director del Centro de Salud Mental de Bárcola tan curioso como Evaristo por el desenvolvimiento de esta “extraña iluminación”, requiriendo información.
“El tiempo pasa”, repetía Guglielmo justamente (mejor sería decir, en el momento justo) como pasatiempo. Y el tiempo pasaba entonces, demorándose frente a sus ojos, como algo perfectamente visible. “Il tempo passa lento, svelto...”. Guglielmo escuchó caer las cartas en el pasillo muy temprano en la mañana, cuando las arrojó el portero, y cosa rara en él, se interesó por la correspondencia. Abrió el sobre con el membrete de la Azienda Sanitaria di Grado, allí estaba la respuesta a la pregunta con la que había rotto i coglioni todo aquel período: “¿Che fine ha fatto Giulia?,¿che fine ha fatto?”. Fórmula repetida en largas evocaciones a los dioses de su Pantheon personal, a sus héroes de Troya. “Senti, ¿che fine ha fatto Pier Paolo?, ¿che fine ha fatto Bobi Bazlen?, ¿che fine ha fatto Tenco?, ¿che fine ha fatto Pavese?, ¿che fine ha fatto Bistecca?”
Giulia se había colgado pocos días antes, de la rama de una vieja higuera (fico) que contra toda tradición, resistió sin quebrarse. Finalmente suicidada “por la sociedad”. La familia se había hecho cargo de sus restos para regresarla a Asís, y enterrarla.
¿La rama de higuera o el cuerpo de Giulia? Se preguntaba Giuseppe. Ahora entendía el Giulia Dendritis, mencionado al pasar por Guglielmo en su carta. En el orígen del simulacro está la imagen mental, es como Giulia, la belleza surgida del huevo de la necesidad. Vino a Giuseppe la imagen de Helena desnuda en el baño: “fantaseaba, perfectamente en paz, por primera vez no se sentía alterada por los hombres. La sacaron goteando del agua, agarrándola con muchas manos y la arrastraron fuera”. Fué colgada de un arbol que mucho tiempo después, seguía mostrando la inscripción: “Adórame, soy el árbol de Helena”. Los rodenses fundaron un santuario de Helena Dendritis, Helena del árbol, junto a la higuera donde fue encontrada.
Guglielmo una mañana, temprano, salió por la ventana de su habitación, que da al cortile, como todas las de su casa, hizo una corona con una rama de mirto qua le sentaba primorosamente, bello como un ragazzo di vita passoliniano, fue salticando desnudo a visitar al benzinaio Aquiles, donde siempre hacían provisión de nafta, dos surtidores en la vereda, un único patrón-empleado, horario de comercio cortado, como es usual en Italia. Aquiles lo vió venir y sin darle importancia al asunto, lo sentó al lado del surtidor, mientras pensaba a quién recurrir y contestaba las preguntas de Guglielmo, que le daba charla. Se acercaron los curiosos, pasó el director del Centro de Salud Mental de Bárcola en su auto, observó la escena, una vecina llamo a los Carabinieri. Alertado por el director un enfermero del Centro, que está muy cerca, llego antes. Tomo de un brazo a Guglielmo en un santiamén y casi en vilo lo depositó en la puerta de la casa, descargó todo su peso en el botón del timbre y no lo despegó hasta qua estuvo abierta. Evaristo quisiera haber estado en su lugar para verse la cara. ¿Estaba soñando o era Guglielmo el sonriente efebo qua tenía a su lado?. El enfermero, entregándole al reo con toda su bronca, le dijo: “Se supone que este es tu trabajo, no el mío”. Y se fue.
Según Aquiles, Guglielmo estaba muy interesado en saber cómo se pone a funcionar un surtidor. Lo que sigue es casi la consecuencia exclusiva de ésto.
“Alastoros oístros”, había escrito Guglielmo en las últimas líneas de su nunca concluida carta a Giulia. “En Nono se lee…”, comentó un consternado zio Giuseppe, “y ahora te empuja el errante tábano vengativo (alastoros oístros) del demonio Lyssa”. Oístros, el tábano, acompaña todos los excesos, las locuras voluptuosas, las furias con las que durante siglos los griegos han tejido sus historias.
Para la mañana siguiente, Evaristo puso el despertador más temprano de lo habitual, estaba angustiado por la posibilidad de que el episodio volviera a repetirse y había pensado en colocar un pequeño candado en la ventana de Guglielmo por las noches, aunque esto fuera contra el espíritu de la Reforma Psiquiátrica o de la Psiquiatría Democrática. Pero no tuvo tiempo de implementar su idea. Guglielmo no estaba en su cama y la ventana abierta indicaba lo sucedido. A medio vestir salió como una exalación al cortile y de allí a la calle.
Vió una enorme llamarada y una figura negra meciéndose en su interior en el centro de la avenida costera. Aquiles, el benzinaio, con un extintor, se dirigía hacia el bonzo a toda prisa, dos autos que habían frenado bruscamente fueron embestidos por detrás, uno en cada mano de la avenida, provocando al cruzarse otras colisiones y un caos general en el tránsito. Maniobrando intentaba avecinarse a él una ambulancia, haciendo oir su sirena. En una nube blanca, sobre el polvo blanco del suelo, yacia su cuerpo negro, su corona chamuscada. Acercó el oído a su boca cuando Guglielmo comenzaba a hablar. Dijo lo que siempre ha dicho, lo que se esperaba.
-Senti, vorrei toccare ancora ...
Y como el milagro debía ser representado, hoy en el Pathos del accidente callejero como ayer en el cielo Sixtino, dejó que tocara por última vez, con su índice perfecto, el dedo que le había mordido.