jueves, agosto 16, 2018

Un puente de tablas



Una casona desconchada

Las puertas cerradas


Y las pupilas sesteando

La hora del sol justo…

De las unánimes cotorras



De tanto apretar una maderita seca

Vino un mirar turbio y burlón

Releía por entonces viejos libros

Y la niña repetía sus preguntas

Allí donde otrora solía sentarse un perro

El perro del Porqué…



Se agregaba ahora también un Paraqué

En las formas sinuosas de un gato

Al simple placer de la lectura

Entreveraba  su diligente presencia

A la tristeza de sentirme ausente

Del único mundo verdadero

(El de mi adolescencia)



El verdinegro del bosque

Improvisaba a mi lado

En una gama armónica

Que iba del dodecafonismo vienés

Al brutal atonalismo neoyorquino



Comenzó entonces su turno de mentiras propias

(Se iba convirtiendo en persona)

La mugrienta

Y de a poco me fui enterando

Como era yo

Contado por ella



Frente a la casa se hizo de pronto enorme

El silencio de las hojas

Y mi leve desespero

Ya no quiso interrumpirla…

Era tal vez lila, el color de la menguante

Pero el que yo imagino ahora

Se parece más bien al fucsia

O al morado



Cada ciudad y cada etapa de mi vida

(En su relato)

Aparecía manchado por el resentimiento

Esa tortuosa forma de la cobardía…

Una confesión no se da nunca entera

Me dijo…

Pero alivia



La madera seca

Ya casi moldeada por el cuchillo

Tomaba las formas de un viejo simulacro…

No quedó más que una perenne llovizna

(De hilos muy delgados)

Bajo las siempre unívocas cotorras

Para entretejer la trama…

Un torrente de sucesos jamás ocurridos



Como el desfigurado fantasma de palo

Se quebró en el medio mi delirio

Mostrando venaduras 

Punzantes de dolor

Nada menos sinuoso que el dolor

Comentó el Paraqué, alzando la cola

(Otro pinzamiento en la columna)



Casi todos los asuntos referían a la pampa

Y sus aconteceres

O a un delta imposible…

Como una pequeña convalecencia

Quedó encastrado allí

(En mi poca memoria)

Su relato

En la noche fresca

En el rumor del río

(Demasiado fuerte para mis oídos)

En una lenta catarata de cajón



Intenté alzarme

Avanzar un paso hacia la espesura…

Ella dibujó una sonrisa

Los ojos negros, inmóviles

La había visto tantas veces

(En cada miserable rincón del mundo)

Vieja amiga

Vieja Lástima

Siempre renovada y ecléctica



Había vivido todo este tiempo

Entre demonios vestidos de bruma

Esos treinta mil héroes invisibles

En que se habían transformado

Mis compañeros de aventuras

Hechos con el oro de una raza de oro

Y con el barro, de toda juventud



Lúcido y plúmbeo como el mundo viejo

Fresco, o recién hecho, como el mundo 

Cuelga de una cuerda su vestido

El viento trae aún su canto

(Apenas un sonido)

Tan íntima y carnalmente indeleble

Que a veces arde


Texto: Eduardo Magoo Nico