jueves, noviembre 18, 2010

La sirenita



Cuanto me gusta escuchar el viento pasar entre los árboles
No lo averiguaste
Apenas hubo tiempo de apearse
Y siempre mucho ruido, y no distante.
Cuanto me gusta volar no pudiste percibirlo
Y mi dolor entre tus manos temblorosas y mordidas
No quisiste.
Soy de a caballo (según se dice)
Aunque me criaron yeguas mansas
De andar cansino y elegante.

Me entristece la vecina lluvia
Y estoy entre los charcos que espejan el cielo
Cuando la tierra se abre...
Ese aroma exquisito, es de todas las hembras
El que más me embriaga.

-Yo soy mi padre y yo.

Te dije cuando te vi, la primera vez, sobre una roca.
Nada sabía de ese miedo
Ni de esta clase de humedad que permanece.
El mar no es cierto para mí,
Que alambrado estoy a un poste.

-Soy del llano: algo que no comprendes.

Las manos enlazadas bajo la rodilla
Como una aleta el pie, recién desprendido de su guante.
Un muslo cubre sus pechos
Mientras la pantorrilla cierra un triángulo de sombra
Inscripto en el círculo de su abrazo.

Tu primer rostro, fue esa linea de piel y sal
Que dividiendo los cabellos
Ocultaba unos rasgos aún no del todo adivinados.
Tu segundo rostro,
Ojeras chorreadas sobre dos suaves almohadillas
Veinticinco pequeñas arrugas en tu boca de foca
Los ojos redondos, y algo opacos.

Mucho el tiempo he merodeado en estas costas.
El mar es demasía para mí, que no soy bueno, ni santo.
Tu vestido de loba se quedará conmigo,
Me cubriré con su piel sangrante
En su interior grabaré una a una las palabras
Que me fueron transmitidas para sujetarte.
En vos yo escribiré mi vida, para que te la lleves.
Un tatuaje sin mancha: cálido, seguro e indeleble.

La sirenita, amor de la ballena por los náufragos
Animal de piel fría, y sangre caliente
Sobre una roca en la rompiente
Repasa su pasión terrestre.

Hay una infamia en lo que de ella viene (parte y enluta)
Una blancura excesiva y transparente.
Ofelia de cuya mano se abre el ramo
En el agua lenta del estanque.
Leves los toques que sentimos en la espalda
(Casi imperceptibles empujones)
Sin embargo en la tibieza y liviandad
De ese primer abrazo
Se escondía la potencia de una fuerza superior.

Nosotros, que creíamos decir solo lo nuevo
Perdimos la palabra en esa tierra de ninguno
(El lugar de nuestro encuentro)
Triste venganza la de los esclavos de lo antiguo
(Doble traición para los dioses y los hombres)
Yo, que ya no sé
Cómo el cuerpo de una Mujer
Podría ser acariciado,
De sus tetas blandas me prendí,
Como un parásito insaciable.

Ahora vuelven a mí las palabras
Que en vos hubiese aborrecido: Loba Parlante.
Viscosidades, equívocos, espasmos
Ranosidades, anemia, corales
Anémonas, hidromedusas, pulpitos
Escualos, ansiedad, sonambulismo
Biso, hipocampos, erizos
Siestas de sol,
Y ese tu: "huele a sobaco de lobo"
Dicho con un mohín tramposo.

Uno viene como dormido
Cuando vuelve al tranco, del desierto.
Basta el declinar de un parpadeo
Para que sus hilos invisibles me envuelvan
En la dulce cautividad, de quien por bien poco se rinde.
Dos pálidas camelias, o un rubicundo eucalipto
Son suficientes
Para verme lanzado, nuevamente
Sobre el delirio del mar.