viernes, agosto 31, 2012

Nicarco resucitado



Un cuerpo es un cuerpo

Y un resucitado es siempre un muerto

Que hayan pasado tres días o veinte siglos, da lo mismo

No hay nada en que pensar


¡Ah! ¡Cómo me gustaba teorizar sobre el mundo!

Tenía grandes ambiciones:

Solemos mentirnos más a nosotros mismos

Que a todos los demás...


-Tendríamos que empequeñecernos si queremos seguir siendo tantos...


-Está apareciendo una fibrilación cardíaca, probablemente la que lo mató.

-Ahora vuelve a su ritmo cardíaco normal.

-Está vivo, anunció Roxi al doctor.

-Dentro de poco recuperará la conciencia.

-Parece que ya hubiera superado el proceso de resurrección...

-A veces me pregunto si no sería más preciso, y más laico, llamarlo "renacimiento".

-¡Ésto va muy rápido, Doc!


(Yo estudiaba el rostro, descarnado, oscuro y rugoso

De rasgos mediterráneos

El cambio que se estaba produciendo en su piel era enorme

Los ojos se abrieron repentinamente

Su expresión era tranquila

Había muerto sin odio ni resentimiento,

Sin miedo...

Las pupilas comenzaron a moverse,

Recuperaron el brillo y la profundidad de los recién nacidos)


-¿Un sueño?

-Una especie de bosque frío.

-¿Nada más?

-Recuerdo también una presencia muy disgustosa,

que fue tatuando en mí todo aquello que desapruebo.

-"Dies Irae".


-Tendríamos que empequeñecernos, si queremos seguir siendo tantos...

-Ser más pequeños... tal vez tengas razón, George.


-¡Hola! ¡Hola! ¡Bienvenido a casa! Tuvo un desmayo, nada importante.

-¿Tú eres Roxi verdad?

-¿Cómo lo sabe?

-En realidad, no lo sé.

-Pues lo siento mucho por usted (que no cesará de sorprenderse) pero esta Roxi que está viendo y que casualmente se llama Roxi, debe informarle que tiene una larga tarea por delante...

-¡Ah, sí!

-Tendrá que vivir de nuevo toda su vida hasta la infancia, y finalmente, volver al útero materno.

-¿Y es obligatorio, digo, lo del útero?

-No hay "optional", según parece. Al menos, eso dicen los sabiondos...

-¡Ah!

-¿Y yo quién cuernos era en mi vida anterior?

-Lo siento, bebé, pero eso nosotros no podemos saberlo...

-¡Uy! ¡Ahora recuerdo algo! Estuve hablando con un viejo tortugo de las Galápagos, antes de terminar de despertarme, me dijo que lo llamaban George...

-¿Hablaba con "el solitario George"? Le diré que eso apareció en los diarios en estos días: "el último de su especie". Hará una semana que murió, tal vez más...

-¿Y no lo resucitan? ¡Joder! ¡Que loco es todo esto! Era tan simpático y cachondo el Georgie, me mataba de risa con sus historias. ¿No es un pecado dejar en el limbo a un personaje semejante?

-Yo no tomo decisiones al respecto...

-¡Ajá! Pues a mi me gustaría hablar contigo también de otros argumentos. ¿A qué hora te liberas de este pésimo film de horror?

-Ese no es un asunto suyo.

-¡Podría invitarte a tomar algo por ahí, por ejemplo! Bueno, en realidad, ahora que lo pienso, no tengo un peso en el bolsillo, pero dejaría que me invitaras tú, por esta única vez... ¡Está bueno esto de renacer, me siento lleno de energías!

-¡Pues usted no va a moverse de esa cama por unos cuantos días! ¡Como mínimo hasta que acabemos con todos los estudios que tenemos que hacerle, mi estimado señor X! ¡Eso se lo garantizo yo!

-Me llamo Nicarco.

-¿Y cómo lo sabe?

-Acaba de aparecerme en la conciencia, como un globito que se abre: ¡Pluf!

-¿Que explota?

-Que explota muy suavemente, como una bombita de jabón. ¿Porqué no me tuteas?

-Pues te diré que a mi me rebotan tus burbujitas, te llames como te llames. Aquí: Ni-carcomes, ni comes, ni cagas. Que te quede bien claro, no eres más que una momia recién resucitada, y además un insolente...

-¡Pluf! ¡Pluf! ¡Pluf! ¡Pero no por mucho tiempo! ¿Eh?

-Eso lo dirá el Doctor...

-¡Ha! El Doctor. ¡Se trata del Doctor! ¡Je!¡Je!

-¿Eras así de imbécil también en tu vida anterior?

-"Diofante il magro, che morir volea,

A una tela di ragno s’appendea."

-¿Y éso?

-Éso lo escribí yo, en una lápida.

-Además poeta, el renacuajo. ¿Y en la tuya, había algo más que tu nombre?

-Mi amiga Sulpicia ha puesto, escucha bien:

"Éste viviendo era Nicarco,

Ahora muerto

Su prestancia no me aparece menor

Que la de Darío El Grande"

-¡Ay! Todos los viejos son mentirosos, pobrecitos... Ya aprenderás a decir la verdad cuando seas más joven.


"tanto desnudo:

tantotantotanto

cae como este sol

por tu espalda

para refugiarse

en el centro

de una esponja

color celeste"


(Parece que se ha dormido finalmente... Es tiempo de tomar un café).


Texto: Eduardo Magoo Nico
Ilustración: Figura de un vaso ático (Douris 500-490 AC) que representa al dios griego Comus o Komus en una serie de cabriolas.

viernes, agosto 24, 2012

Alberto Greco (1931-1965)



Manifiesto Vivo-Dito

"El arte vivo es la aventura de lo real. El artista enseñara a ver no con el cuadro sino con el dedo. Enseñara a ver nuevamente aquello que sucede en la calle. El arte vivo busca el objeto pero al objeto encontrado lo deja en su lugar, no lo transforma, no lo mejora, no lo lleva a la galería de arte. El arte vivo es contemplación y comunicación directa. Quiere terminar con la premeditación, que significa galería y muestra. Debemos meternos en contacto con los elementos vivos de nuestra realidad. Movimiento, tiempo, gente, conversaciones, olores, rumores, lugares y situaciones. Arte Vivo, Movimiento Dito. Alberto Greco. 24 de julio de 1962. Hora 11:30"


  Fuente: http://talleravb.blogspot.it/2009/11/vivo-dito-alberto-greco.html  

jueves, agosto 23, 2012

Leopoldo Lugones (1874-1938)



El descubrimiento de la circunferencia


Clinio Malabar era un loco, cuya locura consistía en no adoptar una posición cualquiera, sentado, de pie o acostado, sin rodearse previamente con un círculo que trazaba con una tiza. Llevaba siempre una tiza consigo, que reemplazaba con un carbón cuando sus compañeros de manicomio se la sustraían, y con un palo si se hallaba en un sitio sin embaldosar.

Dos o tres veces, mientras conversaba distraído, habíanle empujado fuera de su círculo; pero debieron de acabar con la broma, bajo prohibición expresa del director, pues cuando aquello sucedía, el loco se enfermaba gravemente.

Fuera de esto, era un individuo apacible, que conversaba con suma discreción y hasta reía piadosamente de su locura, sin dejar, eso sí, de vigilar con avizor disimulo, su círculo protector.

He aquí como llegó a producirse la manía de Clinio Malabar:

Era geómetra, aunque más bien por lecturas que por práctica. Pensaba mucho sobre los axiomas y hasta llegó a componer un soneto muy malo sobre el postulado de Euclides; pero antes de concluirlo, se dio cuenta de que el tema era ridículo y comprendió la maldad de la pieza, apenas se lo advirtió un amigo.

La locura le vino, pensando sobre la naturaleza de la línea. Llegó fácilmente a la convicción de que la línea era el infinito, pues como nada hay que pueda contenerla en su desarrollo, es susceptible de prolongarse sin fin.

O en otros términos: como la línea es una sucesión de puntos matemáticos y éstos son entidades abstractas, nada hay que limite aquélla, ni nada que detenga su desarrollo. Desde el momento en que un punto se mueve en el espacio, engendrando una línea, no hay razón alguna para que se detenga, puesto que nada lo puede detener. La línea no tiene, entonces, otro límite que ella misma, y es así como vino a descubrirse la circunferencia.

Tan pronto como Clinio realizó este descubrimiento, comprendió que la circunferencia era la razón misma del ser, realizando, también simultáneamente, este otro descubrimiento: Que la muerte anula el ser, cuando éste ha perdido el concepto de la circunferencia.

Así explicaba el médico interno, el caso de Clinio Malabar.

Éste sostenía aún un complemento de su idea. Todo ser, decía, es una convicción matemática. Para la inmensa mayoría, ésta consiste en la unidad, o sea la evidencia abstracta de la línea limitada por sí misma. Esto, que es un puro instinto, pues viene por transmisión hereditaria, sin necesidad alguna de formularse, no mortifica naturalmente. Los seres «unitativos» mueren por la convicción correlativa de la finalidad, que adoptan cuando son incapaces de concebir la perfección de la circunferencia; porque una circunferencia perfecta no tiene fin, y la muerte carece entonces de razón.

Los que comprenden el problema, muy pocos, necesitan vigilar su circunferencia. Es lo que hacía Clinio Malabar como hemos visto.

Proponíase, en esta forma, ser inmortal; y es tan poderosa la sugestión, decía el médico interno, que en veinte años de manicomio aquel sujeto no había presentado el más leve signo de vejez.

Caminaba lo menos posible, con el objeto de no permanecer «ilimitado», y dormía en el suelo. Todos se habían acostumbrado ya a respetar su manía.

Pero cierta vez, ingresó a la clínica un nuevo practicante, a quien chocó aquello extraordinariamente.

Empezó a hostilizar al loco, sin que éste se ofendiera. Sólo cuando intentaba borrarle su circunferencia, daba gritos tales, que era necesario suspender la operación. Desde aquel día, el loco empezó a describir en todos los parajes ocultos de las oficinas y de los patios, círculos de repuesto para usarlos en un caso de apuro.

Una noche, el practicante se propuso salirse con la suya, pues como buen aficionado del manicomio, era a su vez un poco maniático; y mientras el loco dormía borró cuidadosamente su circunferencia.

Algunos locos, puestos al tanto de la travesura, buscaron y borraron a su vez las circunferencias de repuesto.

Clinio Malabar no se levantó. Había muerto, al desvanecerse su limitación geométrica.

El incidente hizo algún ruido, si bien no se le dio la ulterioridad judicial que reclamaba, en homenaje al decoro profesional; pero los locos quedaron tan impresionados, que desde ese día empezaron a oír por todas partes la voz de Clinio Malabar.

Por la noche habló más de dos minutos debajo de una cama; a poco se hizo oír en varios puntos de la huerta. Los locos sabían algo, pero no querían decirlo.

Lo curioso es que el fenómeno contagió a los ayudantes, quienes juraban haber oído también hablar al loco muerto.

Un día, a las once de la mañana más o menos, comentábamos esto con el médico interno en la galería que rodeando el patio del hospicio nos protegía del bravo sol estival.

De repente, bajo un tarro que cubría puesto boca abajo no se que plantitas exóticas, allí, a veinte pasos de nosotros estalló sonora una frase. ¡La voz de Clinio Malabar!

Antes que volviéramos de la impresión, los locos acudieron aullando, como vacas al sitio de un degüello. Todo el personal se conmovió. Allá bajo el sol clarísimo, en el patio raso, bajo el tarro aquel, sonaba con las mismas frases que tanto conocíamos, la voz de Clinio Malabar. De Clinio Malabar enterrado hacía una semana, previa la más completa autopsia.

Los locos nos lanzaban miradas feroces; el personal tiritaba horrorizado y nosotros mismos no sé adónde hubiéramos ido a parar si el médico, en un supremo arranque de energía, no vuela el tarro de un puntapié.

La voz cesó bruscamente, y sobre el cuadro mohoso que la boca del recipiente formara apareció inscripto con tiza uno de los círculos de Clinio Malabar.


Texto: Leopoldo Lugones "Cuentos desconocidos"; Ediciones del 80 (Buenos Aires 1982).
Ilustración: Alberto Greco, maestro del "vivo dito".