viernes, diciembre 02, 2005

Historia de una evolución

Los niños maldecidos

Sus primeras caricias
Astucia extraña pasiva aceptación solapada furtividad
Ella estaba asustada
Desorientaba y hacía sufrir
No era una niña
Y ni siquiera demasiado melindrosa
Falsa en los hechos y falaz en la ficción
(Mirá quien habla)
Perforable como una bolsa llena de sangre
Podía contar con dos o tres sueños
Espaventosos
Para retroceder con ojos furibundos
(Lo siento mucho Micha pero lo dejo así)
Después del primer contacto
Apenas
(Tácito el acento)
Entre los tiernos labios
Y la blanda piel
Nada parecia que hubiese cambiado…
Sus movidas secretas
Ese procurarse un no denunciado goze
Disimulando delante del simulador
Su propia complicidad
Una sensación táctil
Un punto ciego
Y todo estaba perdido
(¿Qué estás diciendo?)
Era como si se izara una señal
Un infame prurito
De falso resentimiento
Esos modos
Ese esquivo y melancólico acercamiento
Demasiado irresistible para no ser gustado en secreto
Demasiado sacro para ser abiertamente violado
(¿Entonces?)
Encanto
Siempre al acecho en el silencio de las emboscadas
Y en sus prudentes y minuciosas provocaciones
El respiro quemante
Los labios abiertos
Mucho tiempo antes
En un pasado indefinido e infinito
A la “bambina” le gustaba estar
Sentada en una mesa
En el calor más implacable
Tan chiquitita
Tan poco vestida
Que parecía una orquidea que imitase a un insecto
Mezclando una especie a la otra en el diseño
La punta de la la lengua se le arrollaba
En un ángulo de la boca
El espejo de Venus
Se inclinaba sobre ella
Mientras ella se inclinaba sobre su propia obra
Podía mirar entonces por entre su esplendida ensenada
El magnifico escollo del coxis
La bizarra nenita
De cabellos de ala de cuervo
Tan pequeña
Tan poco vestida
Con el corazón que martillaba
Sin admitir su propia aceptación
(No podría ya pararlo)
Dejaba que su boca descendiese
Por su cuello tibio
Hasta la nuca caliente
(Soportar todo lo que se pueda ese temblor)
(Ya hecho)
El vivo empurpurarse del lóbulo descubierto
La gradual torpeza que le trasmitía al pincel
Un signo temible
(Si tú lo dices…)
La imagen que recién había dejado a su espalda
Como una llama
Protegida por la mano y transportada a lo Oscuro
Volvía a la pureza
En cuya sede ahora una muchachita radiante de sudor
Acunaba una maravillosa flor escarabajo sobre su sexo
Pero la naturaleza es desarrollo y movimiento
(Un callejón sin salida)
(No es cierto)
Y la ignominia y la ambiguedad
De un rapto incomparablemente mayor
Se le presentó una tarde a pies desnudos
El beso la dejó confusa y extasiada
(Estoy muy ocupada)
(Yo también)
Con una sonrisa se giró de nuevo
Hacia su terrible flor
Y la mañana siguiente
Con un salto
El tigre de la felicidad
Se materializó a su lado

jueves, noviembre 24, 2005

Tinta Negra

Negra la punta y blanco el nervio
De la pluma que tu mano
De mi ala arrancó sin compasión
Tu camisa liviana sus pliegues eleva
¿Es del ángel que escapas?
¿Estás acaso corriendo?
¿O es a él, que estás volviendo?
Negra en la punta y blanca en el nervio
Como una cosquilla suave de pelo en el pelo
Bella la pluma, en el vello

Girada sobre el flanco
La mano del brazo izquierdo
Tu cadera sosteniendo
Para que una redondez blanca sin peso
Fugue sin fuga en el centro

Ay de tu anillo
De tu cintura quebrada y profunda
Del telón que hace el viento
La pluma pasa lenta y sin tiempo
En flecos sin trama mi pena
Estarán tus labios mordiendo
Cada “hilo” lleva un pensamiento
Donde raja moja y no ve
La tinta negra del cielo

jueves, octubre 13, 2005

ITALO MAGOO II

Il sole
Le more
Ah!
Emma
I pergolati
Offrivo
Aggrappato all’impeto
Volteggiando
Angurie
Felice
Edera e latta
Sì, come tutto ciò che aneliamo
Giochi di luce
More



Mangio erba

Non posso pensarti
Né guardarti
Senza idea
Ci sono cose che si idolatrano
Come Rosa
La tristezza
Le parole
Il freddo
Il beato Arnoldo
La beata Josuè
La cacca
Non posso pensarti senza idea
Senza illusione disperata
Né farti una canzone
Né niente
Come al pascolo
Gnam
Mucche



Primavera

Rami di fiori di mandorlo
Arco bianco
Come bretelle dell’alba
Ramo di occhi di mandorlo
Un arco blu
Dall’alto vedi
Come i presagi non si avverrano
La fragilità degli incontri
Il tentativo ripetuto
Senza oggetto
Quattro cifre si tesserebbero
Sotto la tua freccia
Perfetta
Il mio errare mira e scocca
È questo Jazz la vita
Ottico
Olfattivo
Che ci sfugge

Vieni tenerezza
Se ancora sei un bene
Chi dice
Passo
Non ci serve

(Trad. Arianna Farabollini)

jueves, septiembre 01, 2005

Ipazia o Hipasia de Alejandría






La cosa fue así. Parece que con la esperanza de frenar la disolución del imperio y la avanzada de los "bárbaros" de entonces (que siguen estando al norte de los bárbaros del sur, más o menos como ahora) Teodosio I y sus hijos, firmaron un infame pacto de sangre con la iglesia católica. Por primera vez un emperador romano se arrastraba "literalmente" a los pies de un obispo: era en la catedral de Milán en la navidad del 390 d.c. , fecha que como se verá "marcaría profundamente el destino de la entera humanidad".

El obispo era Ambrogio (San Ambrogio) e hizo promulgar al emperador un edicto detrás del otro haciendo que se cancele toda forma de educación y de estudio, de libre pensamiento y de religión, que no fuera la cristiana. Hizo además que se quemaran todos los templos paganos (los sacerdotes, las bibliotecas) y se cancelaran las Olimpíadas y la celebración de los misterios Eleusinos. Dejó, entre otras cosas, completa libertad al obispo-patriarca Cirillo (San Cirillo) para transformarse en patrón absoluto de Alejandría de Egipto y exterminar judíos, nestorianos, novazianos y paganos, y sobre todo, hacer "pedacitos" ( también literalmente) a Ipazia, la última voz libre de la antiguedad, el último obstáculo que podía oponerse junto a su "escuela" y lo que representaba, al dominio del terror fundamentalista cristiano. (Cáspita, suena de lo más actual).

Ipazia fue una mujer enorme, astrónoma, matemática, filósofa y primer mártir de la Razón a manos del oscurantismo de nuevo cúneo. Ella era la heredera de la ciencia antigua, la última representante de la escuela que había cambiado la concepción del mundo en los setecientos años de acumulación de experiencias y saberes que hicieron de Alejandría (fundada por el mismísimo Alejandro de Macedonia en el delta del Nilo) el baricentro del helenismo griego y la avanzada de la humanidad.

Mil doscientos años después del asesinato de Ipazia, Galileo y Newton se rompían la cabeza tratando de comprender los conceptos desarrollados por los científicos alejandrinos, utilizando entre otros, los trece volúmenes del comentario a la aritmética de Diofanto, y los ocho volúmenes sobre las cónicas de Apollonio, elaborados por Ipazia. Leonardo da Vinci no hizo otra cosa que reinterpretar y desarrollar proyectos de personajes que como Ctesibio o Erone fueron parte del fermento intelectual que durante siglos animó la ciudad aún luego de su caída bajo el dominio romano y la perdida, con la derrota de Cleopatra, de su primer biblioteca (de 40000 volúmenes) en un incendio. Para no hablar de Arquímedes o incluso de María la Hebrea, la madre de la química moderna, que inventó técnicas de laboratorio que se utilizan todavía hoy, como el famoso "baño maría".

Bastaba dejar con vida a Ipazia y su escuela y no quemar la biblioteca (reconstruida y ampliada) con sus setecientos mil volúmenes, para gozar con muchos siglos de anticipación de todo aquel saber y aquel conocimiento que costó muchos mártires y enorme sufrimiento recuperar. Pero no se recuperó todo. Ipazia luego de una jornada de estudio se cubría con el manto negro de los filósofos y salía a recorrer la ciudad mezclándose con la gente simple, enseñaba a razonar con Platón y Aristóteles. Creía en la magia curativa de la música y estudiaba también la astrología, pero aconsejaba dirigirse a un médico y no a un templo para hacer frente a una enfermedad. En su momento había rechazado su conversión al cristianismo diciendo: "Si me hago comprar, no seré libre, y ya no podré estudiar. Es así que funciona una mente libre: también ella tiene sus reglas."

Era el lunes 8 de marzo del 415 d.c. , la milicia de San Cirillo, una horda de quinientos monjes parabolanos, la levantó cuando estaba volviendo a casa, la arrastraron a la catedral y la desnudaron, su jefe Pedro "El Lector" con dedos armados de uñas afiladísimas le cavó los ojos y los arrojó sobre el altar, después la dejó en manos de la turba que la hizo pedazos, los restos reunidos en una bolsa los quemaron en el basurero municipal, pues como decía San Agustín (otro "padre" de la iglesia) la mujer es sólo "inmundicia". Tal vez de haber sido hombre la hubiesen sólo matado, siendo mujer debían masacrarla (en la catedral cristiana) para transformar esa masacre en un símbolo, para excluir por el terror en los siglos por venir a la mitad del género humano. Este delito señaló el fin del paganismo, el ocaso de la ciencia, y de la dignidad misma de la mujer. Todavía hoy en el mundo de la ciencia el 5% de los vértices es mujer, mientras el 60% de la mano de obra no calificada es femenina.
Pero si Ipazia nada pudo contra monstruos como San Cirillo de Alejandría, San Agustín de Ippona, San Ambrogio de Milán o San Juan Crisóstomo (todos padres de la actual iglesia católica) es justicia divulgar aquello que sucedió 1600 años atrás y restituir a figuras como la de Ipazia un poco de justicia.
Pero podemos descansar en paz amigos, la UNESCO ha creado, leo, un organismo en 1999 para ayudar a la mujer a entrar en el mundo de las ciencias y a este proyecto le ha dado el nombre de Ipazia. Todo O.K., los resultados están a la vista.

PS: En la película de Manoel de Oliveira, "Un film hablado", el protagonista se pregunta cómo los árabes habiendo rescatado buena parte de la filosofía griega y siendo responsables de una gran apertura cultural y social en la época, pudieron haber destruido la biblioteca (es decir la "universidad" en términos contemporáneos) de Alejandría. Pues bien, se trata de un falso histórico repetido hasta el hartazgo. La biblioteca fue destruida por el obispo-patriarca Teófilo (tío de Cirillo) en el 391 d.c. luego del edicto de Teodosio I y no durante la conquista árabe de Egipto en el 641 como demuestra la vasta bibliografía que existe sobre el argumento.

(Este material tiene como fuente el artículo que dedicara el diario italiano "Il Manifesto" a la edición del libro, y el libro mismo de Adriano Petta y Antonino Colavito, "Ipazia, scienziata alessandrina". Lampi di stampa-2004)


Texto: Eduardo Magoo Nico

El simulacro

“...yo preguntaba siempre por ellos y tú me habías dicho una vuelta Giulia, tanto que no tenías ganas de hablar de muertos, como que me habías dicho que nombraba siempre los muertos, igual que Ludovico, que nombraba siempre los muertos, también yo nombraba los muertos, como Ludovico...”


La primera imagen que Evaristo tuvo de Guglielmo, fue la de un miliciano de la guerra civil española, recién salido de un campo. No parecía de este mundo, sus movimientos simiescos, su rostro fuerte de labios gruesos, pelo rizado, abundante barba resistente a todos los afeites. Hablaba con el tono de un niño pequeño, a todos preguntaba su nombre, la edad, el nombre de sus padres y el de sus abuelos, si estaban vivos o muertos. Estos datos quedaban registrados para siempre en su memoria, recordaba todas las personas que había conocido, todos los nombres, todas las fechas, desde esa fisura original en el recuerdo, el paso del primer grado al segundo de la escuela elemental, en el que un diagnóstico psiquiátrico lo designó, un loco.
Pasaba buena parte de su tiempo recostado en su camastro, repasando ese vasto árbol genealógico en el que se destacaban sus favoritos, Maria Grazia, el tio Giuseppe, Natalia Ginsbourg, papá Bruno, el bufone Amanitti o Nitti Mario alias Bistecca. Pero estos nombres se renovaban con los nuevos afectos y cada tanto aparecía un nuevo personaje, a veces risueño o pintoresco que sacaba de su infinita galera. Entre los de primer orden había también uno siniestro, el ape, la abeja.
Evaristo, como italiano repatriado que había crecido en Sudamérica, temía tanto las motonetas, motos y otros motociclos que asolan en mangas las calles de Trieste, como Guglielmo su abeja. Pero entre abeja y zumbido Guglielmo ponía una marca y un motor. Vespa, es decir, avispa, es la motoneta más popular en Italia, de pequeñas ruedas, muy ágil y cómoda para el que la conduce, con las piernas protegidas por faldones de chapa. El motor de la Vespa tiene un sonido característico que se parece al zumbido de un abejorro. Ape, es la versión carrozada de la Vespa, con su cabina y su espacio de carga, es un camioncito con corazón de avispa, una motoneta travesti.
Pero ete aquí, que la siniestra abeja no se puede eludir como una moto, libre y desbocada zumba en torno a la cabeza y ante las manos que se agitan vuelve, ataca, y si se posa pica, con una puntura que deja su aguijón doloroso. A Evaristo se le había ocurrido imaginar un pequeño monstruo mecánico que asolaba el cerebro de Guglielmo, rampante y ruidoso como una Vespa, con las cualidades y la ponzoña de una abeja y armado con una jeringa hospitalaria.
Guglielmo no sólo temía, como casi todos por otra parte, el invisible zumbido lanzado cuesta abajo a toda velocidad por las callecitas estrechas, temía el signo cromado, la marca impresa en las cabinas o en los faldones de las motonetas, temía tanto el nombre como la cosa. Es así como “l’ape maligna” a veces lo perseguía en sus sueños, y al alcanzarlo en la mitad más oscura de la noche, entre alaridos, escapaba corriendo.
En Guglielmo se diría que operaba un justiciero Dionisos que exigía de continuo para contentarse, gestos especiales, sacrificios y ofrendas. Era un ángel, pero podía ser un diablo. Tocaba obsesivamente distintos puntos de la casa, el picaporte de la puerta, el chorro de agua cada vez que se abría la canilla, las paredes del corredor al caminar, alternando los dedos y las
caderas, el piso con el mentón o con la frente, en prolongadas genuflexiones que parecían de orden místico ( ¿pero acaso no lo eran? ), un avión que pasaba lejano, girando sobre sí mismo, una y otra vez, para fijar su mirada en ese punto preciso, sin falla, y hasta furtivamente algún objeto con la punta de su pene, cuando andaba desnudo y alzado en las mañanas por la casa.
Guglielmo también tocaba a las personas, a veces de manera imperceptible para ellas, a veces decía “tocco” antes de tocar o después de haber tocado, otras veces preguntaba, “¿posso toccare?”, y a la respuesta, “¿dove?” , indicaba el punto con el dedo, “qua”. El gesto daba a entender que el punto no importaba, importaba el ansia, el contacto, haber tocado y tocar aún. A veces la pregunta guglielminesca, “¿posso toccare?”, no estaba referida a objeto alguno en el espacio, en realidad parecía preguntar, ¿puedo estar en el mundo?, y la respuesta afirmativa no dejaba de darle contento.
Guglielmo utilizaba el toccare de muchos modos. Podía ser saludo o reconocimiento cuando lo hacía (como los monos) con la parte superior de su muñeca, la mano encogida hacia adentro. Podía también devenir en candorosa broma, provocación o despecho. Era famoso su doppio tocco con el que acosaba a las amigas mas íntimas, sus dos dedos índices a modo de pinzas de cascarudo gigante cerrándose a un tiempo avanti e indietro en las caderas de sus ninfas, “trampa ineludible y orígen del movimiento contínuo”, como solía describirlo Evaristo, conteniendo una explosión de risa.
Guglielmo podía “tocar” en muy diversos modos, tal vez cientos, pero ninguno le era indiferente, había una razón y una forma establecida, pasible de ser catalogada, que se repetía en cada uno de sus gestos. A Evaristo se le había ocurrido pensar que el toccare constituía una vasta red de comunicación y de caza, a través de la cual Guglielmo recorría su territorio y obtenía información genuina, directa, no mediada por la retórica del lenguaje social, de sus “víctimas”. La diversidad de las respuestas ante un mismo toque, (del cachetazo a la caricia), hablaba con mayor riqueza del intruso en la red, que cualquier otro discurso, y Guglielmo, poveretto, como aquel Francesco, de Asis, se perdía en lo discursivo como un niño se pierde en la multitud. Si alguien le preguntaba por su profesión, solía responder “toccatore”, pero esta insólita profesión debía ser considerada bastante más que un oficio, era su razón de ser pazzo, profesión de fe y fe, fe en el mágico contacto. Fe, al toque.
No siempre era posible para los que lo acompañaban, controlar medianamente las cosas. Guglielmo era absolutamente soberano. Era un rey al que un séquito de sirvientes acompañaba por turnos. Luchaba desaforadamente si alguien le impedía con firmeza tocar algo, e insistía una y otra vez ante un desvío, resistencia parcial o reprimenda de parte de un acompañante, al que sometía a un acoso permanente de caprichos, que podían derivar en violentos ataques, cuyos vehículos principales eran sus uñas y sus dientes. Guglielmo comenzaba por agredirse a sí mismo para expresar su rabia. Mordía el dorso de su mano, una descarga tal vez inducida o enseñada para evitar un ataque, acaso un gesto espontáneo, de todos modos debía ser leído siempre como amenaza. Evaristo sabía esto por experiencia propia. En una ocasión, un exceso de soberbia de su parte, un descuido momentáneo, casi le cuesta la pérdida de la última falange del dedo meñique de la mano izquierda. No pudo abrirle la boca, no pudo ahogarlo, se cansó de pegarle. Una sóla cosa hizo que aflojara la mandíbula, Evaristo ya vencido, lo miró a los ojos y le dijo:
- Ya no siento el dedo, me lo estás cortando.
Y Guglielmo lo soltó. Desde entonces Evaristo tuvo claro que la ferocidad de Guglielmo respondiendo a un impulso de orden animal era sin embargo humanísima. La delimitación del espacio que obsesivamente realizaba, era el territorio de un yo lábil y por esto mismo excepcionalmente expandido y no restringido a sus habituales sujeciones. En Guglielmo reinaba Deseo, un niño terrible, voluble e ingenuo, pero implacable. Evaristo llegó a ser con el tiempo su amigo o tal vez su hermano, pero jamás su igual, pues aquel que dependía enteramente de la asistencia de otros para sobrevivir, esclavo de una deidad insoportable, era infinitamente más libre que él.
No era nada fácil este precioso ejemplar de matto scatenato, tal vez por eso se empeño en compartir con él largas horas de muchas jornadas. Lo cotidiano tenía para Guglielmo un difícil desarrollo, extremadamente lento. Salir de la casa, subir al auto (Guglielmo daba vueltas en circulo sin decidirse a entrar en el vehículo y si se intentaba “apurarlo” comenzaba a dar vueltas por el cortile en torno a otros coches estacionados o incluso a caminar sobre los techos de los mismos para no ser alcanzado). Vestirse, levantarse, acostarse. Cada acción se desenvolvía como un largo ritual. Hacer la ducha (con tanto de idas y vueltas enjabonado por el pasillo para tocar el picaporte de la puerta, mas tanto de paseos por la casa con la salida de baño a medio poner o medio sacar). Desayunar. Si Guglielmo no estaba en un buen día, se llegaba al desayuno a la hora del almuerzo. Evaristo acometía todas estas tareas con algo de cristiana rassegnazione. Como una cruz que su alma buena de militante social, lo impelía a ayudar a cargar (después de todo había siempre sobrellevado sin culpa esa otra “cruz” la de haber nacido en el sur del mundo). Cuerpo a cuerpo cuando se hacía necesario pero siempre pronto para la ironía y la risa. Evaristo buscaba mantener bien alto su excelente y teatral humor.
Su pupilo era verdaderamente veloz en otros afanes, hacía cálculos matemáticos con una velocidad de autómata. Sin valerse de la pluma multiplicaba números de tres cifras por otros de tres y hasta cuatro cifras, y no se equivocaba “quasi” nunca, (si lo hacía era porque estaba bromeando). Divisiones, raíces cuadradas, logaritmos. Como "el memorioso Funes", no hacía las operaciones, recordaba los cálculos.
Más que por la comida, las matemáticas o el aseo, Evaristo se interesó por desarrollar una actividad en especial, ayudarlo a mantener una correspondencia. Ésta era una larga y ardua tarea. Guglielmo se perdía en un punto, generalmente el primero, y podía pasar horas con el encabezamiento de una carta, que solía repetirse: “¿che fai in questo periodo cioé in questi giorni?”, o “¿lo sai?”, y seguía contando, por ejemplo, que “el día después que te fuiste, que fue martes, Evaristo Guglielmipietro, me quería llevar a Bárcola, pero no me llevó porque he hecho aquella rabia, o ya sea porque he tocado y abierto la heladera. El día después he pensado tanto en Mafalda de Quino a la noche, como al cálculo a la mañana, y a qué cosa hacían Davide, Maria Grazia, y Don Marcello juntos, y ese día a las ocho, nueve o diez y media, mi tío Giussepe vino a saludarme.”
Para componer una carta Guglielmo se tomaba varios días, perdido en los recuerdos que la evocación de ciertos nombres le provocaba, haciendo pases de equilibrio con el lápiz en su mano o jugando con un encendedor que alguien hubiese dejado en su escritorio. Solía quedarse horas absorto observando el milagro del encendido de la llama repetirse, hasta acabar con el gas del accendino, o con la paciencia de Evaristo. También se dedicaba a ensayar todo tipo de saltitos y a veces grandes saltos de extraordinaria belleza impulsándose sólo con la contracción de su cuerpo, por lo cual hubo que cambiar más de una vez elástico y cama que terminaban hechos pedazos como consecuencia del maltrato.
A veces empeñaba todos sus recursos en no escribir la carta, fingiendo pensar en ella sólo cuando Evaristo venía a incordiarlo increpándolo por su falta de concentración, cantando loas “al trabajo que libera”, y finalmente, sentándose a su lado y preguntándole, “¿cómo la empezaste?”.
Alguna otra vez Guglielmo se largaba a escribir y no paraba. Pero sucedía que era legible y comprensible sólo la primer carilla, y el resto una especie de caligrama con zonas muy intensas y otras más relajadas, ritmos, palabras descompuestas. Entonces Evaristo le pedía que le dictara lo escrito ayudándolo a descifrarlo, y él intervenía nuevamente en la lectura, modificando el texto con agregados interminables, poniendo sencillamente un no, donde hubo un sí, cambiando el sentido de la frase, jugando. “Fuimos a casa de mi tío, llovía y con el coche no se podía estacionar. Me sentí bien. Después le escribí a mi tío Giuseppe preguntándole por Giorgio Testa y Camilla, y la caligrafía, Evaristo Guglielmipietro decía que era como aquella de Gualtiero, aquél que yo llamaba Marcello y que se parecía a Marcello...”
Guglielmo también tenía sus días de contento. Sus éxtasis eran memorables. Solía pasar entre risas, grititos de gozo, y cantinelas, jornadas de beatitud y alegría extremos. Entonces, todo era “sí”, un sí dicho en puntas de pie, unas risas que salían de la mollera, con el mentón recogido en el pecho y golpeando un dedo índice sobre el otro. A veces en ese estado pasaba las noches en vela.
Un día Guglielmo escribió una carta de amor a una chica que conoció casi treinta años antes. “Querida Venezia Giulia: Nos encontramos la primera vez antes del Uliveto, en el mil novecientos sesenta y dos, cuando tenías doce años e íbamos de casa a la escuela abierta. Te quiero porque al inicio me decías que no me querías y luego en cambio me querías, me has querido decididamente siempre.” Era una carta extraña, comenzando por el nombre de la destinataria. Venezia Giulia fue provincia de Roma cuando el César se llamaba Giulio, y Trieste, Tergeste. Hoy es parte de una extensa región italiana, el Friuli-Venezia Giulia, la región en la que habitaban. Guglielmo decía de ella, que la conocía del Uliveto (un instituto de educación diferencial) y “che era stata portata vía”, pero no sabía dónde. Evaristo creía que Guglielmo, sencillamente y como tantas otras veces, estaba tomándole el pelo. Por cierto que había invertido el nombre de Giulia Venezia, si es que este personaje existía. En la carta aparecían palabras que no tenían sentido en italiano y Guglielmo decía no saber qué querían decir.
Aprovechó entonces una visita del zio Giuseppe que como catedrático de filología en la universidad de Bologna y persona de vasta cultura, pensaba podría orientarlo. Le mostró la carta y él le explicó que “lamentablemente” esa relación era cierta, Giulia había sido compañera suya en ese instituto. Las palabras, por otra parte, eran griegas y se las había enseñado él en sucesivos veraneos en su casa paterna, en Sicilia, cuando su autismo no era tan notorio y sus consecuencias menos graves. Estaban sorprendentemente bien usadas. El usaba “kallipáreos” (la de las hermosas mejillas) para calificar a Giulia, como Homero solía mencionar a Helena en la Ilíada. El zio Giuseppe contó entonces apesadumbrado lo que consideraba una triste historia. Guglielmo, que era bastante mayor que ella, había sido acusado de violentar a esta niña. Para evitar el escándalo habían debido separarlos: “digamos mejor que su familia decidió cambiarla de instituto”. Recordó riendo que Giulia defendía a toda costa a Guglielmo contra sus padres, decía que ella misma “lo había hecho” con una rama de higuera, con forma de cazzo. Entonces vino algo a su memoria y lo llevó a Evaristo al cuarto de Guglielmo. Había un regalo que Guglielmo conservaba de Giulia, una copa de cristal ambarino que prodigiosamente, luego de tantos años, se conservaba intacta. Guglielmo les dijo que abarcaba la exacta misura de los senos de Giulia. Era una copa pequeña.
El zio Giuseppe más tarde, compartiendo un riquísimo café “correto”, con crema de whisky irlandés, le habló a Evaristo sobre el pensamiento de los antiguos, sobre como veían ellos la locura. Los héroes homéricos se hubieran reído de una palabra tan molesta como “responsabilidad”, no la hubieran creído. Para los griegos era como si cada delito se cometiera en un estado de enfermedad mental, pero esta “enfermedad” era por ellos entendida como la “presencia operante” de un dios. Y entonces lo zio Giuseppe lanzó al aire con su índice una cita de Sófocles: “nada grandioso se aproxima a la vida mortal sin la átè.” Guglielmo, que escuchaba atentamente mientras practicaba una de sus genuflexiones en el pasillo, salió corriendo al cortile porque entendió ape. El zio algo sorprendido, pero fortalecido en sus convicciones por el gesto guglielminesco, bajó lentamente su catedrático dedo a tierra y explicó que con el sucederse de los siglos el sentido de átè pasó para los griegos de “exaltación divina” a “ruina”, y dirigiendo su mirada a través de la ventana a un Guglielmo en plena fuga, agregó, “como cada vez por otra parte, que lo invisible invade lo visible”.
Se sucedieron las páginas escritas por Guglielmo y las consultas al zio Giuseppe, que ampliaba o daba un cauce al sentido del discurso (también para el autor, que decía no recordar lo que había escrito). Aparece una trama en la que el héroe rapta a la princesa, pero en ese gesto se percibe que también es cierto lo contrario, el héroe abandona a la princesa. Allí el héroe como uno más entre tantos “simulacros insensibles de mortales exhautos”. De la vida sólo ha quedado un largo cansancio. Se es coronado “tanto para ir al sacrificio como a las nupcias”. Se avanzaba con estupor en el desenvolvimiento de una narración en la que Guglielmo se valía de expresiones de una retórica que jamás había utilizado antes. Que no le era propia. En un pasaje Guglielmo ofrece un ramo de mirto a Giulia. Lo zio Giuseppe decía que de mirto se coronaban los esposos en la Grecia antigua, y de mirto fue el ramo que Dionisos ofreció a Hades, soberano de lo invisible.
Cada vez más para él esta Giulia era otra Helena. La Helena de Troya, “bígama y trígama y abandonadora de hombres”, para algunos. Para quienes la defendieron sin embargo, “ya antes de Helena la fica fue causa horrenda de guerra”. “No es ella en nada culpable”, dice Príamo contemplándola en las Puertas Esceas, “pues para mí culpables son los dioses”.
Giulia era la reencarnación de Helena, puesto que cuando se habla de ella, la “única” es la misma figura del doble. De ella jamás se sabe si se trata de su cuerpo o de su simulacro. “Jugaba reluciente en la palestra según los usos de su gente, hembra desnuda mezclada con varones desnudos”. Helena encontró entonces su primer hombre: tenía doce años y Teseo cincuenta.
“¡Giulia é il suo simulacro respirante!” Esta frase de Giuseppe provocó la hilaridad de Guglielmo que festejaba hamacándose y agitando las manos, como solían hacerlo los miembros de su grupo musical favorito en los setenta: “Viva la gente”.
Evaristo hizo averiguaciones, consiguió el teléfono del Uliveto en Asís, allí le dieron el nombre del médico que seguía a Giulia en aquellos días y por este anciano gentil y ordenado (aún conservaba la historia clínica) supo que su próximo destino fue una comunidad-granja dependiente del Servizio de Salud Mental de Grado. Una zona pantanosa, con lindas playas, entre Venezia y Trieste, es decir cerca, y en la región que lleva su nombre al revés. Envió entonces una carta membretada a Grado, que hizo firmar al director del Centro de Salud Mental de Bárcola tan curioso como Evaristo por el desenvolvimiento de esta “extraña iluminación”, requiriendo información.
“El tiempo pasa”, repetía Guglielmo justamente (mejor sería decir, en el momento justo) como pasatiempo. Y el tiempo pasaba entonces, demorándose frente a sus ojos, como algo perfectamente visible. “Il tempo passa lento, svelto...”. Guglielmo escuchó caer las cartas en el pasillo muy temprano en la mañana, cuando las arrojó el portero, y cosa rara en él, se interesó por la correspondencia. Abrió el sobre con el membrete de la Azienda Sanitaria di Grado, allí estaba la respuesta a la pregunta con la que había rotto i coglioni todo aquel período: “¿Che fine ha fatto Giulia?,¿che fine ha fatto?”. Fórmula repetida en largas evocaciones a los dioses de su Pantheon personal, a sus héroes de Troya. “Senti, ¿che fine ha fatto Pier Paolo?, ¿che fine ha fatto Bobi Bazlen?, ¿che fine ha fatto Tenco?, ¿che fine ha fatto Pavese?, ¿che fine ha fatto Bistecca?”
Giulia se había colgado pocos días antes, de la rama de una vieja higuera (fico) que contra toda tradición, resistió sin quebrarse. Finalmente suicidada “por la sociedad”. La familia se había hecho cargo de sus restos para regresarla a Asís, y enterrarla.
¿La rama de higuera o el cuerpo de Giulia? Se preguntaba Giuseppe. Ahora entendía el Giulia Dendritis, mencionado al pasar por Guglielmo en su carta. En el orígen del simulacro está la imagen mental, es como Giulia, la belleza surgida del huevo de la necesidad. Vino a Giuseppe la imagen de Helena desnuda en el baño: “fantaseaba, perfectamente en paz, por primera vez no se sentía alterada por los hombres. La sacaron goteando del agua, agarrándola con muchas manos y la arrastraron fuera”. Fué colgada de un arbol que mucho tiempo después, seguía mostrando la inscripción: “Adórame, soy el árbol de Helena”. Los rodenses fundaron un santuario de Helena Dendritis, Helena del árbol, junto a la higuera donde fue encontrada.
Guglielmo una mañana, temprano, salió por la ventana de su habitación, que da al cortile, como todas las de su casa, hizo una corona con una rama de mirto qua le sentaba primorosamente, bello como un ragazzo di vita passoliniano, fue salticando desnudo a visitar al benzinaio Aquiles, donde siempre hacían provisión de nafta, dos surtidores en la vereda, un único patrón-empleado, horario de comercio cortado, como es usual en Italia. Aquiles lo vió venir y sin darle importancia al asunto, lo sentó al lado del surtidor, mientras pensaba a quién recurrir y contestaba las preguntas de Guglielmo, que le daba charla. Se acercaron los curiosos, pasó el director del Centro de Salud Mental de Bárcola en su auto, observó la escena, una vecina llamo a los Carabinieri. Alertado por el director un enfermero del Centro, que está muy cerca, llego antes. Tomo de un brazo a Guglielmo en un santiamén y casi en vilo lo depositó en la puerta de la casa, descargó todo su peso en el botón del timbre y no lo despegó hasta qua estuvo abierta. Evaristo quisiera haber estado en su lugar para verse la cara. ¿Estaba soñando o era Guglielmo el sonriente efebo qua tenía a su lado?. El enfermero, entregándole al reo con toda su bronca, le dijo: “Se supone que este es tu trabajo, no el mío”. Y se fue.
Según Aquiles, Guglielmo estaba muy interesado en saber cómo se pone a funcionar un surtidor. Lo que sigue es casi la consecuencia exclusiva de ésto.
“Alastoros oístros”, había escrito Guglielmo en las últimas líneas de su nunca concluida carta a Giulia. “En Nono se lee…”, comentó un consternado zio Giuseppe, “y ahora te empuja el errante tábano vengativo (alastoros oístros) del demonio Lyssa”. Oístros, el tábano, acompaña todos los excesos, las locuras voluptuosas, las furias con las que durante siglos los griegos han tejido sus historias.
Para la mañana siguiente, Evaristo puso el despertador más temprano de lo habitual, estaba angustiado por la posibilidad de que el episodio volviera a repetirse y había pensado en colocar un pequeño candado en la ventana de Guglielmo por las noches, aunque esto fuera contra el espíritu de la Reforma Psiquiátrica o de la Psiquiatría Democrática. Pero no tuvo tiempo de implementar su idea. Guglielmo no estaba en su cama y la ventana abierta indicaba lo sucedido. A medio vestir salió como una exalación al cortile y de allí a la calle.
Vió una enorme llamarada y una figura negra meciéndose en su interior en el centro de la avenida costera. Aquiles, el benzinaio, con un extintor, se dirigía hacia el bonzo a toda prisa, dos autos que habían frenado bruscamente fueron embestidos por detrás, uno en cada mano de la avenida, provocando al cruzarse otras colisiones y un caos general en el tránsito. Maniobrando intentaba avecinarse a él una ambulancia, haciendo oir su sirena. En una nube blanca, sobre el polvo blanco del suelo, yacia su cuerpo negro, su corona chamuscada. Acercó el oído a su boca cuando Guglielmo comenzaba a hablar. Dijo lo que siempre ha dicho, lo que se esperaba.
-Senti, vorrei toccare ancora ...
Y como el milagro debía ser representado, hoy en el Pathos del accidente callejero como ayer en el cielo Sixtino, dejó que tocara por última vez, con su índice perfecto, el dedo que le había mordido.

miércoles, agosto 10, 2005

Sedas

Le dijo: ¿me das una seda?
Ella bajo los ojos y le ofreció sus tetas

Seducir una mujer
Estrangular un hombre
Sedas
Esa exquisita prenda encoge un poco
Después una peste infecta los huevos europeos
Viaja por tierra
Intuye una ninfeta
Otra morocha
Sólo se miran
Posan los labios en el mismo borde de la taza

Cada vez menos por los huevos
Y más por la muchacha
Vuelve al sesgo de sus ojos
De princesa indiana
(Un amito blanco no hace un marido poderoso)
Un amor así…(parece fácil)
El elegido de los dioses
Y nada de esto dicho con énfasis
Por lo que toca a la música:
Oyendo seda

Una línea narrativa que sube y baja
Hecha como para leerse al tacto
Es temerario su exceso de elegancia
Apenas se sostiene entre los dedos
La túnica que por pudor nunca se puso
(Habrá lectores que pasan frío)
Hay momentos en que desenvolviendo su último capullo
Nido del ruiseñor
Llegan a temer que se haya sofocado
¡Tanto amor!

Temen hasta que se encuentran con su larva viva
Un dolor
Les ata Ananke su nudo
(De seda)
En la garganta
Y vuelven al punto de partida
Amor perdido buscando Amor
Posible amor
(Media vuelta, un dos, un dos
Un dos, marcha, un, dos…)

-¡Que talle tan esbelto! Dije.
-Sedas, mamòn. Sedas.

I-O

Manchas rojas

Sobre el pupitre verde claro

Un papel plateado

¿De caramelo?

Los bordes superiores de esquinas redondeadas

Y la amplia curva que se encava…

Espacio para un cuerpo que no está

lunes, agosto 08, 2005

Iakhos




 

                
“La potente generó al potente”

 

La belleza era posible quando en el jocoso coro

Gozábamos visiones

Y nos introducíamos en aquella que entre todas

Es la iniciación más beata

Entonces exultábamos como integros y perfectos simulacros

Luminosos, simples y serenos

Libres de este sepulcral signo de reconocimiento

A nosotros adherido como una ostra

La ley del silencio custodia cuidadosamente aquello

Que se ha descubierto tarde

 

Es hora de dejar atrás “las injurias del carro”

Para aprender a disfrutar de la poesía

Hay que saber amar a los poetas...

Iaco, vamos al campo donde florecen las rosas

Doblemente asidos del brazo

Haciendo fiesta al modo nuestro

Ven sobre este prado a danzar

Sacudiendo la corona de mirto

 

¡Mira como tiemblan

Las rodillas de los viejos!

Se quitan de encima como escamas

Las penas, los demasiados años

De la edad tardía

Mientras el valle resplandece de llamas...
 

¡Oh, Iaco, que el canto suave de la fiesta has inventado!

Viene junto a la Diosa con nosotros

Amante de las danzas

Y muéstranos como sin fatiga

Tú realizas esta dura prueba

(Quienes hacen parte de la fiesta

Cierran la divina rueda)

 

Aquí están todos mis amados simulacros:

Protege este coro que es tuyo, Demetra

Has que al seguro toda la noche

Podamos bromear y cantar

Y decir muchas cosas ridículas

Y otras tantas muy serias

Y que después de las risas y los macaneos

Ella finalmente, su corona me ofrezca...

 

Iaco, amante de la alegría

Con el ritmo sincopado de tus pies ligeros

Te pedimos que reavives las ardientes brasas

Y modules la orgía que se desencadena:

Ves como todos claman, alaban, recitan, pregonan…

Cada uno a su modo, se adentra en el florido seno

Y las mujeres ofrecen batiendo palmas

Los dulces de sesamo y miel llamados Mylloi

 

Heroismo del cuerpo es la muerte

Heroismo del alma, vivir

Yo voy con la muchachada de siempre

Donde se hace cada año la velada

En homenaje de la Diosa

¡Iaco Azafranado! Haz sí que sea

Coronado esta vez…
 
 
Texto: Eduardo Magoo Nico.
Imagen: Escultura de Nikki de Saint Fhale, foto del autor.

martes, mayo 31, 2005

ITALO MAGOO


Saffiche

Belli e nobili gli amici che tu adolori, Rimprovero. Concedetemi che la mia amata qua giunga incolume e che cancelli tutti gli errori che in passato ho comesso. Va chiama le cose in cui ho errato prima, quelle scioglierle, chiama tutto ma non la festa.

Gli uomini non possono mai essere del tutto felici, ma possono pregare di aver parte. Ecco sull’altare la carne di un candido ariette. La fatica ha stremato il cuore, la notte è vicina, verso di te il mio pensiero non potrà mai cambiare. Il dolore mi avvolge e via da me vola Desiderio inseguendo Lei dal seno viola. Vada errando, voli intorno a te che sei bella, e io ne godo quando ti guardo di fronte, e questo sappi nel tuo cuore, che io da tutti gli affani vegliare in festa per tutta la notte vorrei, che noi pure in giovinezza queste cose facevamo, che molte e belle cose viviamo, che anche tu un tempo eri una fanciulla e amavi cantare, cantando la amore tuo e della sposa dal seno di viola. Questa visione veramente mi ha turbato: appena ti guardo un breve istante, nulla mi è più possibile dire, e desidero e bramo per il mio pianto.
Io ero innamorato di te, mi sembravi una bimba minuta e sgraziata, Eros ha squassato il mio cuore, come raffica che irrompe sulle querce montane, io ti desideravo e hai refrigerato il mio cuore che ardeva di passione. E credo che in nessun tempo vedrà la luce del sole una ragazza pari a te in Sofhia. Io amo la raffinateza e voi lo sapete, e a te l’amore per il sole ha dato in sorte splendore e belleza.
Oh Sogno, tu che attraverso la cupa notte ti aggiri, quando il Sonno dolce dio, davvero terribilmente affani!
Ma lei voleva andare, Rimprovero, e mi lasciava piangendo a lungo. E asciugando le mie lacrime con il suo fazzoleto così mi diceva.
- Ah, che pene spaventose soffriamo, caro amico. Davvero contro il mio volere ti lascio.
Ma io non conosco ira e rancori, il mio cuore e mite. E così le rispondevo: "Va’ e sii felice e di me serba memoria. Tu sai quanto ti volevo bene, ma se non lo ricordi, allora io voglio farti ricordare tutti i momenti e belli che abbiamo vissuto insieme: con unguento floreale placavi il desiderio e non c’era festa ne sacrificio ne fragore ne danza, da cui noi fossimo asseenti…"
Ora fra le donne Partenopee spicca come talvolta, tramontato il sole, la luna dita di rosa. Supera tutte le stelle e posa la sua luce sul salso mare come sulle campagne rigogliose di fiori e la bella rugiada si è diffusa ed è in fiore il myrto e i teneri cerfogli e il meliloto. Un canto dolce, voce di miele canta Afrodita, la sposa dal seno di viola. Il respiro si ferma. Le cosce si contragonno. Sudore. Voglio avere compagne, diceva. Posa intorno alle chiome corone graziose, "chi si adorna di fiori è più bella, più dolce a vedersi." Piena si mostrava la luna, e le ragazze si disposero intorno all’altare. A un suo chiamato l’usignolo, nunzio di primavera, mi porta.
-Avvicinati dunque e dimmelo donzella di piede leggiadro prima che Aurora lucente disperse ogni cosa.
-Sposo fortunato, dice con un sorriso Afrodite, non vedi che sono già celebrate le Nozze. E tua la ragazza che sognavi…
-Eccomi, sono sempre tua. Sono Eco!
Oh Delirio, tu che atraverso la cupa notte ti aggiri, quando il Sonno dolce dio, variegato di mille colori, vuol chiudere gli ochi! E tramontata la luna. Eros che dona i dolori dorme sul seno di una vitella pregnata. Il tempo trascorre, la notte è al mezzo, io dormo solo. Accanto a me odora di viola un fazzoletto gocciolante di lacrime.




Iacco

"La potente generò il potente"

La bellezza era possibile quando nel felice coro
Godevamo visioni
E c’iniziavamo a quella che fra tutte è
La iniziazione più beata
Allora esultavamo integri e perfetti simulacri
Semplici e sereni e felici
Liberi da questo sepolcrale segno di riconoscimento
A noi attaccato come un’ostrica
La legge del silenzio custodisce con cura
Ciò che si è scoperto tardi…

E ora già di lasciare dietro "le ingiurie del carro"
Per avere il diritto di amare le poesie
Bisogna prima amare i poeti
Iacco: Andiamo nei prati
Dove fioriscono le rose, in gran copia
Facendo festa a modo nostro, con bellissime danze
Iacco
Vieni su questo prato a danzare
Scuotendo intorno al capo la corona di mirto
Carica di frutti

Freme il ginocchio dei vecchi
Scrollano via le pene e i lunghi anni dell’età tarda
Ecco il prato risplende di fiamme
Iacco o Iacco
Che il canto soave della festa hai inventato
Vieni dalla Dea insieme a noi
Amante delle danze
E mostra come senza fatica tu compi una lunga strada
Voi che prendete parte alla divina festa
Fatevi avanti ora nel cerchio

Ecco tutti i miei amati simulacri
Proteggi questo coro che è tuo Demetra
Fa che al sicuro tutto il giorno
Si possa scherzare e danzare
E che io dica molte cose ridicole
E molte altre serie
E che dopo le risa e le beffe
Sia coronato da lei…

Iacco amante della gioia
Col ritmo ardito del piede
Ravviva le ardenti braci
Scandisce la festa sfrenata
Ognuno dunque s’addentra nel fiorito grembo
Cantando e motteggiando
Le donne portano in giro battendo le mani
I dolci di sesamo e miele chiamati Mylloi

Eroismo dell’ anima è vivere
Eroismo del corpo morire
Io vado con i ragazzi e le fanciulle
Dove c’è la veglia in onore della Dea
Iacco zafferano! Fa sì che sia
Coronato da lei…




Giardini di Adone

Conoscere le rose
Nel suo temprano sbocciare
Ecco dalla mia bocca
Sputo anche il miele
Dolce più dell’amore non c’è nulla
Si riconosce sùbito
Nei tratti la figlia è in tutto
Simile alla madre
Guardala:
Quella saggezza
Quella sua dolcezza…

Sarà felice Afrodita
Perché è tessuta con arte
Odora di nettare
Lo splendore del suo corpo
E stata Poliàrchide a erigerlo?
Non rimpiangono le braccia dei vili
Le sue membra
Chi non ha avuto i baci di Cipride
Non sa che fiori sono le Rose

Ospite, se a la volta di Lesbo melodioso tu navighi
Per cogliere di Saffo il più bel fior dei canti
Dì che a la dea diletta
E simile ad essa
E nata a Tergeste, Annarosa
Profumata dai giaggioli di Nosside
Sulle cui tavole Amore stesso spalmò la cera

E se per caso, fesso e fiso, trovasi di me un giorno
Il simulacro
Scoppia in una chiara risata quando passi
E una parola amica rivolgimi
Io sono Magoo di Lomas
Un qualche poco usignolo delle Muse
Ma in lazzi, tragedie trasmutando
Ricolsi d’edera un serto mio:

Com’è bello per i genitori
Aver procreato figli a loro simili!




Anitite

Ti hanno messo redini rosse i ragazzi
E il morso nella tua bocca
Per condurti, docile
Nei loro giochi infantili
Eri distratta d’Amore
Quando il crudele pescatore ti ha rapito
Sollevandoti dalle acque appiattite:
A te sempre piacque godere dalle rive
Il luccicare delle onde
Per propiziare la rotta ai naviganti
Il tuo collo dal fondo degli abissi
Al mare aperto
Non solleverai più, cara
Ne più guizzerai lungo le belle fiancate
Delle navi
Sbuffando di gioia:
Cui piango la vergine Partenope
Fanciulla frigia
La cui bellezza e saggezza spinse molti pretendenti
A chiederla al padre
Ma rese vana la speranza di tutti …
Versavi lacrime di bimba mentre dormivi
Quando venuto furtivo un brigante
Fulmineo ti ha trafitto
Conficandoti l’artiglio in gola
Dal corpo minuto
Tomba comune di grillo e di cicala
Robusto sangue nero è sgorgato
Bagnando la terra nell’afflizione della morte
E invece dello splendido letto nuziale
E dei sacri imenei
Su questa tomba di marmo
Tua madre ha posto
Dell’artista di Clìtore una coppa
Capace di contenere un bue
E una statua che è il tuo vivo ritratto
Vedi, si può parlare anche se non ci sei
Non più adesso mi butterai giù dal letto
Amica:
Stendi il tuo corpo spossato
Una dolce brezza mormora tra le foglie
Sii felice
E lascia che il mare tremi alla vista
Di quello sfolgorante simulacro




I bambini maledetti

Le loro prime carezze
Strana scaltrezza passiva accettazione sorniona furtività
Lei era smarrita
Disorientava e faceva soffrire
Non era una bambina
E nemmeno troppo schizzinosa
Falsa nei fatti e fallace nella finzione
(Senti chi parla)
Perforabile come una sacca gonfia di sangue
Poteva contare su due o tre sogni
Spaventosi
Per indietreggiare con occhi furibondi
(Mi spiace micia ma resta così)
Dopo il primo contatto
Così lieve
Così tacito
Tra le morbide labbra
E la morbida pelle
Niente sembrava essere cambiato
Le sue mosse segrete
Il trarne quel non palesato godimento
Dissimulando davanti al simulatore
La propia consapevolezza
Una sensazione tattile
Un punto cieco
E tutto era perduto
(Che cosa dici?)
Era come si venisse issato un segnale
Uno sciagurato prurito
Di finto risentimento
Quei modi
Quell’approccio astuto e malinconico
Troppo irresistibile per non essere gustato in segreto
Troppo sacro per essere apertamente violato
(Allora?)
Incanto
Sempre in agguato dietro il silenzio delle imboscate
E i suoi accorti e minuziosi vezzeggiamenti
Il respiro bruciante
Le labbra schiuse
Molto tempo prima
In un passato indefinito e infinito…
Alla bambina piaceva stare
Seduta a un tavolo
Nel caldo implacabile
Così piccola
Così poco vestita
Come un’orchidea che imitase un insetto
Mescolando una specie a un’altra nel disegno
La punta della lingua le si arrotolava
All’angolo della bocca
Lo specchio di Venere
Si chinava su di lei
Mentre lei si chinava sulla propia opera
Poteva guardar giù la sua lucente ensellure
Fino al coccige
La bizarra bambina
Dai capelli ala di corvo
Così piccola
Così poco vestita
Con il cuore che martellava
Senza ammettere la propia accetazzione
Non avrebbe più potuto fermarlo
Lasciava che le sue labbra scendessero
Per il suo tiepido collo
E sulla sua nuca calda
(Sopportare più a lungo l’estasi di quel contatto)
(Già fatto)
Il vivido imporporarsi di un orecchio scoperto
Il graduale torpore che invadeva il pennello
Un segno temibile
(Se tu lo dici…)
L’immagine che si era appena lasciato alle spalle
Come una fiamma
Protetta da una mano e trasportata nel buio
Tornava alla purezza
Dove sedeva una ragazzina ora luccicante di sudore
Con un meraviglioso fiore scarabeo in grembo
Ma la natura è movimento e crescita
(Un vicolo cieco)
(Non è vero)
E l’ignominia e l’ambiguità
Di un imcomparabilmente maggiore rapimento
Le si aviccinò una sera a piedi nudi
Il bacio l’estasiò e la confuse
(Senti, ho da fare)
(Anche io)
Con un bel sorriso si voltò di nuovo
Verso il suo terrificante fiore
E la mattina dopo
Con un balzo
La tigre della felicità
Si materializò al suo fianco.



Orfiche

"Chi intende fare offerte agli dèi, ofre per primo al volo, un volatile. Cosi disse e sollevò il peplo, ed esibì per intero un luogo del corpo per nulla decente. Ma Iacco fanciullo si precipitò con la mano, ridendo, sotto il grembo di Baubò. Di ciò sorrise la Dea, e si rallegrò nel suo animo, e accettò la variopinta brocca, dove era il Ciceone"

Leggevi i libri a tua madre
E poi di notte coperto con una pelle di cerbiatto
Euòi sabòi, euòi sabòi, danzavi
Con il fango e con la crusca
Purificavi gli iniziati:
Ho fuggito il male, ho trovato il meglio
Orgoglioso, perché nessuno mai grida
Con voce tanto acuta
Hyes attes hyes attes

Le vecchiette ti salutavano
Come corifeo
Come guida
Come portatore di edera
Come portatore del vaglio
E così di seguito:
In cambio tu ricevevi
Pappe di pane inzuppato
Ciambelle e dolci freschi

Chi non si sentirebbe felice, così
Della propia sorte?
Come se il figlio di Calliope e di Eagro tu fossi
E al re delle Muse tu seguissi, suonavi la cetra
Il tuo suono muoveva alberi e sassi
E con questo pneuma agli uomini scoprivi
Lettere e sapienza:
Vediamo per mezzo della luce splendente
Nulla vediamo per mezzo degli occhi
Perché soltanto per noi, iniziati
É sacra la luce del sole

Il Ciceone si è bevuto
La discesa

Ciò che ti è stato dato, consumalo
Getta nel canestro
Cono astragali specchio
Perfette ecatombi
Gli uomini invieranno in dono
Attes hyes hyes attes
Attes hyes hyes attes

Trottola e rombo e bambole
Con le membra articolate
E belle mele dorate dalla voce sonora
Getta nel canestro
Nessuno mai griderà
Hyes attes hyes attes
Con voce tanto acuta
E nella brama di liberarsi degli empi progenitori
E della follia senza fine celebreranno i riti

Canterò per chi è in grado di comprendere
Parole conformi a verità e giustizia
Ho mangiato dal timpano
Ho bevuto dal cimbalo
Ho portato il vaso
Sono sceso
Ho versato devotamente
Il mio seme
Nella fenditura sotterranea

Gioisci, tu che hai sofferto!
Capretto cadi nel latte
Gioisci, tu che hai sofferto!
Ariete cadi nel latte
Escrescenza di un corpo
Molto indolente
Cadi nel latte
Gioisci, tu che hai sofferto!
Struzzo, balza nel latte

Gioisci, si
Perché adesso cammini lungo la strada
Che va verso i prati
Della sacra Carnia
Dove ancora le donne
Dedite ai riti orgiastici
Fin da tempo molto antico
Hanno l’odore del sangue concepito
E dello sperma umano

E dopo averne goduto
Fino in fondo
Fa risuonare grida divine
Hyes hyes hyes attes
Hyes hyes hyes attes
Il corpo alla potenza della morte
Si adegua
Poi vivo rimane ancora un simulacro
Perché solo questo discende dagli dei

Ora ognuno si allontani dalle case
E la bocca consacri, tenendola muta.




Fin Amour

Dalla torre innalzando
Il flauto la sua nota più acuta
Attrae - Fuga
Il contorno - Delle ombre
Trema ancora la voce nello specchio
Al canto suo vola l’usignolo
Torna mio Signore a far la sposa

(Trad. Arianna Farabollini)



chiaro certo Ridente – il suono
è venuto a confusione – Strisciando
non c’è stato sollievo nella notte – Assetata
una spada negli occhi – Inchiodata
da sette Guaine il tuo sguardo – diserta
di Sogno vero – il tuo trafitto risveglia

(Trad. Arianna Farabollini)




Femminile- Maschile

Rumore italico
Confusione
Attaccamento
Un’ora di lettura ininterrotta
E nonostante ogni riga un frammento
Titoli
Inizia il testo
Uscire dalla capsula
Atterramento
Angoscia?
Non serve
Notte vuota
Amore ingenuo
Pace nella memoria
Senza dolore, ricordo
Alla trapassata luna
Ritaglio di solitudine
Occhio chiuso o lacrima
Racconto sempre lo stesso
Conto i giorni
Non per nostalgia, già scarna
Già osso
Non per rimorso
Per essere fuori casa
Casa magica di sangue e sogno
Casa Pampa
Mi lamento

(Trad. Arianna Farabollini)



Sono i tuoi occhi

Candele accese sulle pietre
Sono i tuoi occhi
Soldati ciechi
Soldati feriti
Uomini impavidi di cappello alato
I tuoi occhi possono tutto
La nostra casa di giunchi accanto al fuoco
Lì dove disegnavi
Con il tuo dito sottile nell’aria
L’acqua
Vuoi ancora acchiappar fiori nella schiuma?
Passeri di legno tra piume dorate?

(Trad. Arianna Farabollini)




TOTOTICHE


Sparo in aria

É un Luigi
Beh, il fratello di Luigi
Una poltrona antica
Dicevo sul collo
Irritato?
Mai stato così allegro come oggi
Spuntata per davero
É rotta?
Noi siamo stati sedutti fino adesso Signorina
Ma se è rotta
Io volo
Dico vogliamo far ridere i polli?
Li vogliamo far ridere veramente questi struzzi?
Allora avrei bisogno d’una Cadillàc spaziosa!
E bisognarebbe aggiungere perlomeno millencento Fiat
Magari un autobùs fuoriserie
Mi dica la verità Signorina
Sono recidivo?
Abusivo?
Appunto dico
Di padre in figlio
Siamo arrivati a me
Lei è notaio?
S’informi
S’informi
Mi spiego benissimo
Io sono miliardario
Ecco
C’è gente dentro?
Ammalati?
Si manda lo sfratto
Quanto possono campare?
E poi mi li faccia fuori
Piazza pulita!
Io intanto volo
Scappo
Lei cosa fa?
Un cappucino
Invece no, un monaco machiato
Guardi sulla guida monaci…
É morto Aristofane?
Come passa il tempo!
Capisco
Dunque
Lei avrà saputo della sciagura?
Non me ne parli
Povero Sciòpen
Povero
E allora?
Non ho niente da temere
Sparo in aria




L’eredità

Questo mi giunge nuovo
Qua dice che è compreso un busto in oro del Duce
Non è che il Duce portasse il busto!
Bello tutto dritto
Aitante
Penso
Portava un reggipetto
La panciera?
Abbia pasienza
Io non offendo
Io cerco di disficoltarlo
Sono tattomane
Avete del tatto, voi ?
Non so se farvi le congratulanze
L’ha fatto lei ?
Che buffone!
Ma mi manca una valigia
E chi l’ha fatto?
Veramòn ?
Mi dia la mano
La scienza va premiata!
Sa, io sono generoso
Magnanimo
Mi dia le manine
Gliela tenga così, forte
Forte forte forte
Si copra questo ochio qui
Ecco
Bravo
Lei col pimice e il pomice
Mi fa la cortesìa ?
Mi allarga un po…
Fermo
Fisso
Ecco fatto
Vigliacchibus
Mascalzonibus
Farabuttibus
Troppo diverténte!
Cos’è?
Il priore non mi lo ha detto
Ma io vorrei rispondere
In primis et antimonio
Fiat voluntas tua
E che Dios ce la mandi buonam


Quisquilie

Ogni limite ha una pazienza
In my paese sfottere me?
Me faccia un fischio e un pernachio
Ma che sia gelato
Però
Adesso ho capito tutto
Ostrega
Qui si parla in italiano!
Ma io sono un signore
Un galantuomo
Un musicista
Qui ci sarà scrito:
"In questa casa il cigno di Caianiello
compose la sua opera"
Io sono un genio!
Ineducato villanzone
Ti do uno schiaffone
E me ne vado al isola delle sirene
Vino di Capri, fegato fritto et baccalà
A me!
Contadini
Facchini
Mezzadri
Capponi!
Va be’, si capisce
Differenza
Deferenza
Ma tu il pisello ce l’hai?
No?
Allora facciamo un po’ di pomicio
Ah, pomiciare!
Noi viviamo col tappo
E se volessimo stapparci?
Mi dia uno sguardo all’uccello
Ma cosa avete visto?
Lo spaventapassere?
Una cosa spinta
Quando si ride
Fa sempre bene
Il comico deve essere
Antico e lazziatore
Ma non vi spaventate
Tutti i barboni hanno questo difetto
Quisquilie
Io non sono che un ombra
Una larva
Un Romeo di sottopassagio
Un fantasma gentile
Un innamorato errante
Un grido solo
Nel buio
Con le suole di gomma
E il cuore
A prescindere
Prima e dopo il pasto.


Il formaggio con le pere

-Ah Giulietta, calami la scaletta !
-Ma scusi, urge ?
-E d’uopo
-Siedi piuttosto e non avere fretta
-Ma dove seder se qui sgabel non v’è ?
-Siedi su quel pendio oppur favella in piè
-Favellerò di botto in piedi da qui sotto
-Che cosa domandate ?
-Domando se mi amate
-Svèlati, palèsati, cerca moglie, poffarbacco!
-Un tuo capello, Giulietta, tira più
-Non infrangere la struttura della patria, il cemento armato della nazione!
-Io t’amo in ogni modo
-Allora ciappa!
-Oltre al cuore io voglio tutto il resto
-Pure le frattaglie ?
-Lubrica!
-Lenone ruffiano prosseneta!
-Salgo su nella stanzetta?
-Ci vedremo in altro loco
-Già son tutto fuoco
-Un anticipo?
-Che si sommuovano le nobili terga! Lo voglio!
-Tu sei un po troppo ubiquo
-Manntengolo
-Porco
-Ah, com’è buono il formaggio con le pere !


L’autarchico

Io sono autarchico
L’umanita l’ho divisa
In due categorie di persone
Uomini…
Come chiamare
Quela fisica angoscia
La squallida indigenza
E la peluria di cibo
Nella misera bicocca
Dove si vive
Uomini
E poi
Caporali…
Che tiranneggiano
Che maltrattano
Che umiliano
Invasati dalla loro bramosia di guadagno
Sempre a galla
Con la sola bravura
Delle loro facce toste sempre pronte a vessare
Dunque dottore, ha capito ?
Caporale si nasce

viernes, mayo 20, 2005

Sáficas





Bellos y nobles son los amigos que tu atormentas Reproche. Concédeme que mi amada aquí llegue a salvo, y que olvide los errores que en el pasado he cometido. Vé, llama todas esas cosas y disuélvelas. Vé, llama todo, pero no la fiesta.

Los hombres no pueden del todo ser felices, pero pueden intentar de la felicidad, ser parte. Aquí sobre el altar la carne de este cándido ariete. La fatiga le ha extenuado el corazón. La noche se acerca. Hacia tí mi pensamiento no podrá jamás cambiar. El dolor envuelve mi mente y fuera de mí vuela Deseo que sigue la sombra de la diosa de seno morado. Que vaya errando y vuele en torno a tí, que eres bella y que disfrute como yo cuando te miro de frente. Y esto debes saberlo en tu corazón, que yo de todas las cosas, seguir la entera noche en fiesta quisiera, que muchas y bellas fiestas vivimos, que también un tiempo tú fuiste feliz y amabas cantar, cantando tu amor y el de la esposa de pezones violáceos.
Esta visión verdaderamente me ha turbado, apenas te miro un breve instante, nada más puedo decir, y deseo y bramo por mi llanto.
Yo estaba enamorado y tú me parecías una niña pequeña y desgraciada. Eros sacudió mi cuerpo como la ráfaga que irrumpe y desvasta el bosque de encinas. Yo te deseaba y has congelado mi corazón ardiendo. Y por ello, creo que nunca verá la luz una muchacha que te iguale en Sofhía. Yo amo la finesa y tú lo sabes, y a ti el amor por el sol te ha dado en suerte grazia y esplendor.
¡Oh, Delirio! ¡Tú que atravesando la negra noche das vueltas y vueltas y al Sueño, suave dios, terriblemente inquietas!
Pero ella quiere andar, coetáneas de Armonía, danza centelleante de alegría sonora, con ustedes, sobre el carro de las mujeres delicadas de Illío, donde el dulce sonido y el arpa se confunden, y con voz aguda las vírgenes entonan el canto arcano, y llega hasta el cielo el eco potente, y por todos lados en las calles hay jarras y copas, mirra vino e incienso se mezclan, y mujeres ancianas gritan ¡eleleu! y todos los hombres alzan alto el clamor que agrada a los dioses.
Ella deseaba andar, Reproche, y me dejaba llorando mucho rato. Y luego secando mis lágrimas con su pañuelo, me decía:
-Ah, que penas horribles sufrimos, querido amigo. De verdad que contra mi voluntad te dejo.
Pero yo no conozco ira o rencor, mi corazón está templado. Y así le respondía: "Vé y sé feliz y de mí guarda memoria. Tú sabes cuanto te he querido, pero si no lo recuerdas, entonces quiero mencionarte todos los momentos intensos que hemos compartido: con ungüento floreal aplacabas los ardores y no había reunión ni sacrificio ni fragor ni danza en la cual estuviéramos ausentes…"
Ahora entre las mujeres Chipriotas se alza como entonces, puesto el sol, la luna dedos de rosa. Supera todas las estrellas y posa su luz sobre el mar salobre, como sobre los campos cubiertos de flores, y el rocío se ha difundido y están en flor el mirto y el trébol. Con voz de miel canta Afrodita y su mano juega con el ramillete de violetas que asoma entre sus senos. A su llamado el ruiseñor, nunzio de primavera, me lleva.
El vello se eriza. Los muslos se contraen. Sudan. "Quiero tener compañeras", dice. Pone en torno a las cabelleras coronas graciosas, "quien se adorna con flores es más dulce, más bella…" Plena se mostraba la luna y las muchachas se dispusieron en torno al altar. La diosa tomó entre sus brazos a mi amada y destacándola del círculo, ante mí la presenta.
-Entonces dímelo, doncella de pies ligeros, antes que Aurora luminosa, disperse todas las cosas.
-Esposo afortunado –dice sonriendo Afrodita- no ves que ya se han celebrado las Nupcias. Es tuya la muchacha que soñabas.
-Yo siempre estaré contigo. ¡Soy Eco!
¡Delírio! Tú, que como un cometa atraviesas la oscura noche, cuando el Sueño, dulce dios, variado de mil colores, sus ojos cierra.
Ha caído la luna. Eros, que regala dolores, duerme sobre el seno de una ternera preñada. El tiempo transcurre. La medianoche pasa. Yo duermo sólo. A mi lado huele a violetas un pañuelo, empapado de lágrimas.

El clítoris de Amalita

.

¡Oh, rector! Supremo emblema
Mármol de Amalia que como el cólquico
De la tierra emerges, sólo estambre
Color de ojera
Tú que suprimes, dilatas y extingues
De los otros el deseo
Y encuentras tu cuna: ¡Oh, dorado niño!
En la punta avulvada de mi sexo
Que el éxtasis de tu clarín resuene en cárneas praderas
De cuyo oloroso ramo, tú la flor más excelsa
Y que las argentinas tráqueas abriéndose
Atraganten el placer jocundo
Pues nada hay más luminoso y cierto en este mundo
Que las maravillas que provocas
Con tan sólo un toque, de tu dueña
En la mollera
Como tal ensoñación de turco
De mil y una maneras renovada
Así la patria cree en su bandera
Y en el mástil que sublime la enarbola
Sobre tantas ebúrneas astas, que la pampa entrega
En la viscosidad de tus urdimbres
¡Sagrado e inmortal nenúfar!
Nácar de dioses tú segregas
Que por siempre regirán lúgubremente
El pase a la inmortalidad de esta otra Eva
Generaciones y generaciones de argentinos
Cada vez más pequeñitos
Con sólo un frágil, fragilísimo dedito y la inocencia de un eté
En el mausoleo de tu cuerpo embalsamado
Temblando rozarán el marmóreo botoncito
Alcanzarán entonces: ¡Oh, virgen del futuro milenio!
En el imperceptible contacto
La fulminante revelación del Ser ladilla
Y como Lacroze tordilla
Pero en la tropilla, de su sólo (medio) pelo

Ojos que razonan


Ochi che raggionano.

Estoy entre lo que los antiguos llamaban "los ojos de Giove Laziale". Dos pequeños cráteres, luego inundados, de un gran volcán extinguido. Uno el lago Albano, el otro el lago de Nemi. Sobre el primero se asoma la residencia veraniega del Papa, sobre el segundo los restos del templo de Diana Nemorensis, y debajo de estos, la villa de Calígula. Sobre la pupila de Giove el emperador daba sus fiestas. Había hecho construir dos grandes barcas a modo de plataformas de setenta metros de largo, que finalmente, "cuando el desastre se encargó también de ellas", descansaron sobre la retina de su dios, incólumes, durante casi dos mil años. Estoy sentado en una pequeña tarima de madera, contemplando el valle cubierto de robles. El cielo está encapotado pero a ratos sale el sol. Ahora un tábano zumba en mi oreja y pasa. Me rasco la cabeza, ¿alergia o caspa? En estos días el anteojo parece más preciso. Veo la punta del bolígrafo dibujar palabras. ¿Quién carajo dijo que se debe escribir sólo cuando se tiene algo que decir? No soy lo que se escribe, pero lo veo discurrir nítidamente. Lo que se tiene que decir es lo imprevisto. Veo la vieja amada lengua que se repite y cruza, con esa otra mucho más nueva que apenas cuenta. Y una en otra hacen la equis del puto cromosoma femenino. Malas lenguas.
Alzando la mirada veo como ella se diviniza con el baño y está así como una niña, más bonita que con la ropa puesta. La cara oval, los cabellos negros, el pelo dividido, el rostro simétrico. Y si ahora se peina y siento la exaltación y el pavor de los dieciséis años ante un desnudo de mujer, eso que parece poco, es suficiente para que su cabeza caiga por su proprio peso, que es casi todo agua, lleve su mano a la nuca y alze hacia mi su mirada desolada, que se hace leña, cuando el hacha soy yo.
Ahora cruza el campo contonéandose indiferente. Se dirige hacia el bosque fuera de la luz. Mujer luciérnaga. El batido de alas de sus caderas despierta al soñador en otro sueño, en el que mis propios perros no me devoran aún. Diana vive aquí.
Un helicóptero policial se detiene en el aire, casi frente a la ventana y yo escribo, escribo más para terminar este cuaderno realmente incómodo, que por alguna otra urgencia. Por otra parte he dicho que soy escritor, por lo que es bueno y coherente que cada tanto me sorprendan escribiendo. A la incomodidad del cuaderno, que trata de cerrarse, se agrega la incomodidad del pupitre, el hambre, el que la cabeza me pica y por lo tanto me siento sucio. La situación de la casa, es una situación de mierda. Yo en medio feliz, como un idiota con su chica, en los tiempos en que lo permite "la situación de mierda". Situación de mierda quiere decir que una joven napolitana que hasta ayer fue militante de ultraizquierda, se da cuenta de que su compañera de casa, de vida, su amor de los últimos años, se ha enamorado de un fascista. La veo sentada en el piso hecho con el roble del bosque de Diana, con las hojas entre las piernas y las manos abiertas en el pelo. Sus pensamientos se persiguen en el aire. Escribo lo que Carla escribe: "Todavía puedo mirar el volcán envuelto por las nubes mostrarse en la ventana, imagen familiar, presencia silenciosa y que en silencio está por saludarme, también él. Un nuevo adiós, una separación. Como si fuese el único modo para seguir estando juntas. Un dolor tan conocido que se ha vuelto soportable. Un dolor crónico. He gritado las palabras y no he amado mi dolor. No he amado mi dolor, no yo, no yo, no yo."
Durante mil novecientos dos años, descansaron las barcas de Calígula en el lecho del lago de Nemi, en la sacra retina de Zeus. Y en el mil novecientos cuarenta y tres, los fascistas decidieron vaciarle un ojo al viejo Giove Laziale y las extrajeron del fango. Entonces encontraron que la ingeniería con la que fueron construidas era mucho mas avanzada de la que todos suponían, cuadernas perfectas, anclas articuladas, ornamentos delicadísimos. Para albergarlas, construyeron a orillas del lago un museo con dos "naves" de arquitectura igualmente moderna para la época. Dos años después el museo fue bombardeado por los aliados y las naves devoradas por el incendio.
"¿Devolver la libertad a la mosca? ¿Dejar que la tarántula la devore?". Se pregunta Carla en mi cuaderno. "Il disastro si prenderá cura di tutto", solía decir ella frente a la ventana, lo decía con sus ojos, que razonan sin hablar. El desastre se encargará de todo. Las mujeres del volcán lo saben desde siempre, lo aprendieron con los siglos, en cada erupción del Vesubio, en sus rios de lava, en las nubes de ceniza. Lo sabían las mujeres de Ercolano y de Pompeya, y las que soportaron en las galerías y cisternas de la Nápoli subterránea el hambre y los bombardeos masivos de la segunda guerra mundial.
Ellas me sacaron el vicio del orgullo, esa grasa inmunda. No con las palabras, con los dedos, con su diversidad, con esa emoción continua, intangible, irreparable, que traen los días compartidos en el profundo golfo místico, en el teatro de sus vidas. Esos días que hoy se me regalan como caramelos de carne. Digo que las mujeres del volcán le han arrancado a la naturaleza unos rasgos y unos gestos, que no hubiese osado soñar. Si me quedara algo de aliento, debería hablar de sus cuerpos…
De hambre escribo, de siglos de hambre, pero ahora el plato de pasta humea cerca mío y yo tiemblo, suspiro, y quiero dejar de una vez esta birome "maledetta". Carla dice: "¡Si mangia… Chi si accontenta gode!" El cuaderno, como siempre, insiste en cerrarse. Cuaderno que se cierra. Parpados para estarse dentro. Parpados que transparentan.

miércoles, mayo 18, 2005

Capitular

A Daniel Fiorucci, in memorian.


"El descanso del amor es una fatiga, su principio una enfermedad, su fin la muerte.
Para mí, sin embargo, la muerte de amor es una vida, doy gracias a mi bien amada por
habérmela ofrecido.
Quien no muere por su amor no puede vivirlo."

Omar Ibn-al-Faridh, (siglo XII).


Capitulo I

Chupáme .

Mi querido de lejos, ya podés cocinarte sólo. El camello delante, la pirámide atrás. Se supo lo que había que saber. Te despertás cada mañana rezando y diciendo: pronto moriremos. Ni si quiera la idea: la idea es bárbara, como la mujer. Se puede volver a la madre para verla envejecer, al padre para matarlo, al partido para sufrir acompañado. Hermanados, fraternales, las náuseas. Nunca se podrá entender: "Usa lo spray risolve tutti i guay". Así el solcito cuando se sale afuera y se dice: "afuera". Así de lejos bien podés cocinarte sólo.
Oíme por el conducto que se cierra a los cuarenta: queda la desesperanza que fuimos y los días en sucesión. Sin velocidad en el lápiz, se escribe para el fantasma, ese resto infame. Con sólo el reempuje y la memoria. Se ladra. Es una forma proletaria esa de decir en barricada, pero las palabras son ilustres y hay una angustia hombre... tal vez.
¿Dónde estás ahora, fantasmita, en este ruido que no cesa? Aldoquín que tetra. El libro rojo cita, no lo mejor rumiado, la corona del diente despegada, mordida, la oreja. Y el chingolo insiste contra el vidrio. Aún cuando la puerta al lado esté (requete) abierta. O bien observas y te desesperás, o te desesperás secamente. En el botiquín no hay más remedio que convertirse en víctima. Al homicidio de lo físico, sigue el suicidio de lo moral. Así se vence el capítulo de los vencidos:
Que se derrame el bien
Como el sentido
Como quien dice
"Chupáme" .


Capitulo II

¡Es tán simpático!

Borrachera reglamentaria y madama gay: "¡Qué gran besugo sei!" El se hizo puto cuando ella lo dejó: vieron, como el fotógrafo y la cantante. Homo sado omolca.
-El culo péntola no me vá. Cacerolita.
Después, vaya a saber cómo, ya neutral, de anfetas, la mañana siguiente con chica al lado que diciendo "no pueden moverse un poco menos", seguía diciendo, "quiero dormir". Esta vez el huerto quedo abierto, convalesciente, hasta una cierta hostilidad como de histérica en mí, que no sabía hasta ese "entonces" ser brutal con el que ama.
-¿A mí? ¿A mí tu amor puto? ¿A mí? Nadie, nada, nunca. Por una taza de café, me cojería tu cadaver degollado.
Al fin y al cabo, es la facha la que cuenta: la crueldad, esa forma enferma de la simpatía.


Capitulo III

Chingolo.

Niño de los piojos, las buscadoras. Las yemas despacito contra el cuero, el chic chac de las uñas reventando: huevitos. Templo al templo. De la errancia entrecruzada a veces y deforme, a la raya perfecta, pareja.
Con esa última cáscara dijo basta. El ángel avanza de espaldas al futuro. Lo empuja una tormenta que viene de su orígen. Dislalia. Los tontos se precipitan allí donde él, (la é mayúscula) toma un descanso. Así fue como te ensartaron, copete alzado, en lo mejor del trip. Cansado de garchar con los muchachos, víctima de la ilusión del obsesivo, te sostuvo de frente coma su hembra y no acabando nunca. Pero (siempre) el dolorcito que iba y venía. Un dolor que fue y vino. Que va y viene. Coma cuando una perra no te cumple.
Trampa que te tiene. Exalación: hacia un contenido gorjeo, el chingolo tiende. Sujeto a su imagen, el vidrio que lo espeja, su pico pica, pero no hiende. Aún(que) , si pica pica bajada de cordón toda su vida como un santo, tal vez el lustre, esa pátina, lo saque.


Capitulo IV

¿Qué tren?

Mi vida
Cielo roto y raso
De lejos
Ya bien puede cocinarme sólo
La penuria de la vela
Quien quiera que ame cotillea
Pues solo habla-ama el que te trinca
Y tren que pasa.


Capitulo V

Espejisma

Camara Laye. Amos Tutuola. Raymond Queneau. Aimé Cesaire. Wilfredo Lam. Danilo Kish. Propovic Predag. Heme aquí, todavía una mueca al mirarme el ombligo y la fiebre (mal de madre) que no abandona. Entonces, en cada vez menos de los bultos que hay (envueltos) la madurez. Más tiempo de un lado : Más angustia del otro.
Como foto, página, anteojo, se viaja. Indefinición : Interferencia. Los dos perritos miran por el cuadrado del cielo. Sin matiz acento o murmullo la pared desmorona un grano. Arenisca, te dicen. Te dicen: ¿No tenés te-vé?
Pasa y nada. No sucede y pasa. Y luego recuperás el habla, la escribienda. Esa segunda soberbia que da la risa libre de los vencidos.
-¡Deportivo che, hay que ser deportivo!
La Reyna y el Tebeo espían por el cuadradito del cielo: putos pekineses. Gente a medio hacer, desvestir vanamente. Mujeres hablan. ¡Qué no dicen!
- ( . . . )
-Aquí abajo hay un cerdo, según vos, ¿eso también es poesía?
- ( . . . )
-Lo que más ternura me da, es ver que un ateo se persigne...
- ( . . . )
El camello delante (subtitulado) , la pirámide y las palmeritas, atrás. Y allí viene el Chingolo kamikaze ahijuna, a enfrentar al Espejisma:
-¡Espejima! ¡Espejisma! No te vas a dir, Mandinga, di un direpente, sin antes payar tu evocación, tu letanía…
-Disculpe don Chingolo, pero en estos tiempos que corren no hay verdad que aguante diez guita.
-No va a ser ese floreo el que te abra cancha relumbrón, desembuchá.
-Mire que yo se lo repito siempre : ¿La liter-altura, qué le luja? Travesía.
-Si usted lo dice, por esta vez vaya y pase.
(En un aparte, Espejisma a un compadre…)
-Pero visto de no tan lejos (cuadradito) no parece que se esté cociendo sólo.
-Pa’ mí que es la tucumana ésa.


Capitulo VI

La noche.

Se habían encachilado el maridito y la chirusa. Pero no fue por mucho tiempo. Cuando se es jóven a uno le encanta que lo caguen a patadas, correrla y todo lo que ya saben. La vió venir y todavía la sigue: crecer Chechen, tomarse(la) cómoda (esta conclusión bichoca viene a llegar luego del viaje).
Suelen decir (otros) que son honestas, las que uno no se pudo cojer. Lo contrario, tampoco. Niente Aeroflot : La British. Tiempo (a la distancia, el cuadradito ovala). Los aires se puede decir que habían cambiado por entonces. Llegó la francesita con todo su candor: Deja-vú de Ana Karina, los breteles al abierto con desmadre y compartida inconciencia, porque después conciente ella se vino sóla.
-Parece que nos encontramos en un punto, dijo. (G)
Entonces, como siempre, ahí, en plena felicidad, me cacho en diez, Niza, abril, Venecia. La naifa acabó su vacanza y se volvió pa' la querencia.
El aeropuerto de Jamaica, un asco. El kiosquito donde se cambia, no cambia. Kinstong-Kinstong. La noche no podía evitar este rodeo. Lo que no llega a alcanzar la impotencia de la poesía, es todavía vacio. En la noche, el rigor es hostil a quien gusta de ellas. En la noche, no nos reconocemos.


Capitulo VII

Lo que se escribe.

Subí al bus con mi mochilita rosa fucsia fosforescente. Mi primer apretuje en tres años, negro sudado y tercermundista. Recordé que hubo inicio y los sucesivos coment(arios). En la calle, viejos taxis Siam Di Tella con el techo amarillo (aquí se llaman Morris).
Extrañamente, como en casa. También potus, jazmines, helechos. Mucha onda. Gheto. Pregunté por el cambio de bus para ir al centro. Todo conmigo me decía, me hablaba de Maradonna, bajé con él por el fumo. Es muy difícil denegar, literalmente. Te arrastran, ya sea por la simpatía. Ahí, en la bajada de la escalera le dí la guita, se fue con la bicicleta y volvió al toque, después me metió en el otro bus, y cuando estaba subiendo me dió las tres bolitas de ganja fresca. Vivir es mejor que soñar. Yo pase por las reuniones en la calle, pelo al viento, gente joven reunida. (Toda la herida, viva, en mi corazón).
Mentía y era de un egoismo atroz. Tenía una valija enorme, la mitad del contenido, cremas y artículos de tocador. Empezó por decir que eran días peligrosos. Era cierto, sin embargo, que no se maquillaba. Afuera los grones coma moscas pegajosas. Chelsea Hotel. Se ríen y si les preguntás por qué, no saben. Una cuestión anatómica heredada de la madre. Quedaba tiesa con la regla. Los síntomas no confirmaban ninguna de las teorías (las teorías no se confirman). Ella hacía todo lo contrario, se mandaba la parte y me sacaba la guita. Quisiera contarles cómo viví y todo lo que aconteció conmigo. Agitando un ramo oloroso: ¡No te retengo! ¡Vé, sé benéfica! (Y en nuestros días hasta el aire sabe de muerte).


Capítulo VIII

Ponerse bien.

El piano trepidante, la espalda de los labios lamerá. Al parecer el poeta, quien siempre estuvo orgulloso de su talento, nunca se quiso a sí mismo. Su cuerpo no era atractivo. Su rostro pasaba desapercibido. Acaso deseó tener otro rostro en el espejo (los espejos deberían reflexionar antes de devolvernos su imagen).
Le costaba mucho trabajo esconder o insinuar lo que sentía, disimular sus odios y hacerse el tonto como si nada hubiese pasado. Nunca pudo atemperar sus ademanes indomables. Generalmente, después de un tono grave y excitado, aparecía un tema casi trivial, avergonzado y culpable. Como si una melodía digna del clown oprimiera la tragedia.
-Jamás lo creerá y por lo tanto no pienso decírselo nunca.
Paciencia y saliva. Asi fue lo que de la vida fue. Y así sigue siendo. La gente guarda todo (más fuerte que el amor es el archivo).
-Usted se está poniendo bien, le dijo finalmente el "tordo", todo aquel que espera, termina por ponerse bien.
En su tumba hizo escribir este epitafio: "No he sido autoridad capaz de disciplinar mi corazón pensante y mis deseos. Esta es la tierra que vosotros dividiréis al azar. Y ni la división ni la unidad importan. Esta es la tierra. Tenemos nuestra herencia. "


Capitulo IX

No les creas a los buitres.

No es el placer la muerte, es sólo ausencia de dolor. No les creas a los buitres.
Lo que hubo no se conoce hasta que se ha perdido. Al calor de la manta sobre mi pecho una mano se demora. Aún estás conmigo. Creo que a pesar de lo débil y temeroso que pueda ser un hombre bueno, lleva encima tantos pecados como puede soportar. Un amor así no sirve. Sirve humanidad.
Ausente de mi mismo, en la ausencia me transformo. Deberías temer mis cartas, deberías quemarlas o guardarlas cuidadosamente. La vida es cruel: siente miedo de lo que sucede, de aquello que puede suceder, de los eventos. Después de haber golpeado la frente contra todos los muros, sale de la propia piel, de las venas, del ultimo aliento: hacia el otro. Y siempre manos que se apretan a tu cuello, que se retuercen locas, generosas.
-(. . .)
-¿Pero vos quién mierda sos, un discurso, o un hombre? ¿Una nacionalidad, o un hombre? ¿Una profesión, o un hombre?
-(. . .)
-Conmigo deberías abrirte, yo debo saber a quién amo.
-(. . .)
-Deberías ser simple, no buscar frases preciosas, las cosas preciosas son las que se escapan de la boca.
-Buh...
-No pienses, no calcules, sé.
-¿Sé?
Parecer de muchos y ser poco. He ahí el problema, y he aquí la solución: Esperar. Semejar. Ser de carne . Es decir: ¡Un animal!
La próxima vez no deberíamos hablar de estas cosas. Shhh... No hablemos. ¿Qué es lo más importante? Conocer y ocultar. Conocer algo sobre el bien amado y ocultar que lo amas. En ocasiones, el pudor es más fuerte que la pasión: la pasión del secreto, la pasión de la revelación. Me es aún más insoportable nombrarte, que no saber.



Capitulo X

Resurrección.

Mi primo Estéban un día, cuando no tenía más de diecisiete años, recibió una patada en el muslo jugando al fútbol. El hematoma perduró, devino tumor maligno, fue operado, le extrajeron una porción de hueso de su pierna derecha, luego otra. Nunca se quebró el que sin embargo sufría periódicas extracciones de osamenta. Nunca entregó su espíritu rebelde, desgarrado, ni aún en los postreros días, cuando lo ví la última vez en una cama de hospital, con sólo los despojos de su cuerpo. Aún allí su espíritu resplandecía, llenaba la habitación. Su rostro era sonrisa luminosa, voluntad de dar, de entregarse a la simpatía del otro, de promoverla, de provocarla, entre ataque y ataque de dolor el seguía siendo luz sin mácula. Santo.
¿Porqué entonces se empecina en seguirme con su cojera, el hermoso, el amado primo? ¿Acaso sabe que un día yo...?
-Ves, en este pedacito de tierra está Estéban. Del nombre no le queda más que la é mayuscula. Pobre loco, lo fue perdiendo todo menos la razón.
Aún enfermo para él nada era difícil: salvo el amor. Por eso tal vez lo quisieron tanto las mujeres fáciles. De idéntica condición otros tantos seres circunscriptos por espesas capas de alma, mediterráneos en ansia de un entrarse en la carne, de una salida al mar. Porque el amor es un gran océano de dicha. El secreto del fastidio: el tiempo. Un silencio de estopa. La invisible actualidad. Y andamos y andamos cojeando como Esteban detrás mío, para exibir nuestro pasado: las fotos reveladas. Y nuestro futuro: las fotos por revelar.
Nada consuela tanto la decepción propia como comprobar la decepción ajena. Tenía una vaga
idea de ello y solía rabiar contra los flemáticos. Sea cual fuere la verguenza que me alcance, no quiero renunciar a mi desesperación, ni a mi honestidad. Yo les digo: no se desapasionen, porque la pasión es el único vínculo que tenemos con la verdad. Y un día como cualquier otro y sin que ustedes lo perciban, yo los habré resucitado.