
Mi vida
Cielo roto y raso
De lejos
Ya bien puede rotisarme
En su infierno
La penuria de la vela
Quien quiera que ame cotillea
Pues solo habla-ama el que te trinca
Y tren que pasa.
Foto: Alejandro Gargiulo (Pi-hué)
Reinar sin gobernar
es ser amado
(tal el sueño de los poetas,
los papas actuales
y las últimas reinas de Inglaterra).
Si la belleza se uniera a la virtud
seguramente reinaría,
porque la bondad
no puede ser humillada,
y la belleza,
que pura hiere,
con arte se apacigua.
Si alguien fuera hermoso
y a la vez virtuoso,
reinaría,
quizás sin gobernar,
pero seguramente reinaría,
quiero decir,
sería amado.
Citado por Susana Thénon, Sur n. 312 (1968), de El olor de las hojas, Rodolfo Benasso, Instituto Amigos del Libro Argentino (1967).
Foto: Gentileza de Alejandro Gargiulo (Pihué)
Canción de los niños con hambre (fragmento)
¿Que aún se ignore que el hambre es
peor que todos los inviernos?
Se me saltan los ojos
y los pulsos, ebrios.
Mi rebelión aúlla oscura
más que en la nieve lobo hambriento.
Cantaré como los piratas
pulsando con el viento
y el alma desterrada
el cordaje velero.
Que ignoréis lo demás, no importa:
hay niños con hambre, sabedlo.
Niños que lloran
con llanto de hombre, oh cielos.
El regreso del Moro (fragmento)
(…) Como otros tienen la pasión del juego, el alcohol o los dividendos, yo tengo la pasión del caballo, desde niño y siempre, aunque ya haga años que no sienta consonar con el mío el latido del galope.
Para mí el relincho no sólo es un clarín, con un pulso y vida que no tiene el otro, sino una de las músicas del mundo, que aumenta la hondura del cielo y el verdor de los prados. Para mí el galope sólo tiene paralelo en el arrojado brinco de la catarata o del arco iris.
He trabajado durante un cuarto de siglo en pastos, lidiando con vacunos y yeguarizos.
Hijo de
Lo trajeron a casa, desde los potreros, una mañana muy temprano, a los dos o tres días de nacer, con su madre, que fue atada al tronco del aguaribay del traspatio. Allá corrimos todos, golosos de novedad, a conocerlo. Era negrísimo como una semilla de sandía. Hallábase mamando en ese momento, con las orejitas amusgadas y una de las patas traseras muy apartadas de las otras. De pronto dejó el chupete, se plantó sobre sus diminutos vasos y sus larguísimas canillas, con un ¡quién vive! en las orejas erectas, meneando el breve rabo y removiendo el hociquillo en el paladeo de la última gota de leche. Los ojos: dos gotas de infinito… Se oyó un coro de ponderaciones y arrumacos, en que distinguí hasta la voz de mi madre. (…)
Luis Franco, poeta y ensayista argentino, nació y vivió largamente en Belén, provincia de Catamarca.
Junto a la floresta de hermosos pétalos derramó abundantes lágrimas el toro compadeciendo a Himno, lloró tambien la ternera y se postró tristemente ante el cuerpo palpitante del joven boyero, de modo que parecía cantar:
El bello pastor ha muerto,
Lo mató una hermosa niña.
Una doncella dio muerte
A quien de veras la amaba,
En vez de filtros de amores,
Fatal recompensa diole,
Bañó su bronce en la sangre
Del pastor enamorado
Y extinguió el fuego de amor.
El bello pastor ha muerto,
Lo mató una hermosa niña.
Vistió de luto a las Ninfas,
No ha escuchado a la montaña,
No atendió al olmo y al pino
Que le decían así:
“No le lances la saeta
no mates a ese pastor”.
Aun el lobo llora a Himno,
Se duelen los fieros osos.
Con coraje en la mirada,
Le llora incluso el león.
El bello pastor ha muerto,
Lo mató una hermosa niña.
Buscad otro monte, bueyes,
Otro monte en el exilio,
Pues mi amoroso pastor
Murió a manos de una niña.
¿Qué nuevos pastos veré?
Adiós mis pastos, adiós
A vuestros lechos silvestres.
El bello pastor ha muerto,
Lo mató una hermosa niña.
Adiós picos y montañas,
Adiós torrentes y Ninfas,
Adiós a vosotros árboles
Tanto Apolo como Pan
Claman tan desconsolados:
El oboe calla indignado,
¿Dónde se halla la justicia?
¿Dónde se encuentra el amor?
Eros, no toques tus flechas,
Que no cante la siringue:
Murió el músico pastor.
Poema al primer bandoneonista
Vientos del novecientos
que hicieron girar las veletas
y silbaron en los pararrayos
de las primeras residencias señoriales
de Flores, Belgrano y Recoleta…
Entonces, El Pardo Sebastián Ramos Mejía,
era el primer bandoneón ciudadano
y cochero de tranvías a caballos
en la compañia Buenos Aires y Belgrano.
Vientos del novecientos…
El Pardo Sebastián inauguró un siglo,
cuando estaba en embrión la ciudad feérica
y la calle Pueyrredón era Centro América…
Uno de los primeros
que encendió la luz del tango en las esquinas
A su influjo
don Antonio Chiappe se dió el lujo
de desafiar por medio de los diarios,
a tocar los valses de Waldteufeld…
Aquellos valses extraordinarios…
Sebastián, El Pardo, encendió
el fervor, en las venas
de los Hermanos Santa Cruz,
en el Café Atenas.
En aquel Café
de Canning y Santa Fe,
donde se tocaban los tangos de Villoldo:
El Choclo y Yunta Brava
y florecían las biabas
de Aparicio, el caudillo
y del chino Andrés…
Sebastián Ramos Mejía…
Tierra parda que maduró la semilla del tango…
Decano de la facultad del bandoneón…
Tu nombre vuela con el viento del año dos
y se hace un nudo
con el violín de Vicente Ponzio, el bigotudo,
-tío del Pibe Ernesto-
que tocaba con la familia filarmónica de los Pécora,
en el Gran Sótano Argentino
de Andes y Lavalle: Flauta y violín…
Entonces, José Pécora, era un chiquilín…
Clima de hampa y atmósfera bajuna
con miradas alevosas de El Noy y Osuna
Gritos y carcajadas
con sotera de piolín
de los cocheros, nocheros
que abandonaban sus paradas,
por el Cafetín…
Fluídos misteriosos de los hermanos King…
Aires de cleptomanía
de don Juan El Vasco y José María…
Temas escalofriantes
de la banda del famoso crimen
de la calle Bustamante…
Caía el Tano Roque de visita:
Un violinista compadrito.
El público le pedía que tocara
y él, arremetía,
con su caballito de batalla:
“La polka del pajarito”.
El viento de tu bandoneón, Pardo Sebastián,
es viento que lleva y trae
tufo a kerosene del año ocho,
de un Cafetín obscuro, de Villa Ortúzar,
donde tocaba un trío, en las noches de invierno:
Canaro, Berto y Salerno.
Entonces, iba un pibe a escucharlos…
Un pibe vecino,
con alma de músico sentimental:
El pibe de
Tu fuelle era hermano del bandoneón de Berstein,
aquel famoso alemán bebedor de cerveza.
Pardo Sebastián,
el negro Romero,
asimiló de tu bandoneón,
el secreto,
y lo guardó en su corazón…
Por eso cuando tocaba con Lorenzo Martínez,
un moreno, cochero de tranvías,
que le decían:
-“El guitarrista del pulgar potente”-
en las Romerías del Bosque de Palermo,
encendía a la gente…!
Vientos de año ocho…
Qué se hizo
del Almacén de Corrientes y Centro América?
Del Almacén Suizo…?
Donde se floreaba El Pibe Ernesto
y Azpiazú de guitarra,
en los tangos: “Cupido”, “De quién es eso?”
y “Don Juan” milongueado con garra…
Pardo Sebastián…
Pizarrón de los fuelles,
donde aprendieron a hacer palotes en las ochavas,
El Ruso Antonio y Cipriano Nava…
Nava, siguió tus pasos en el fuelle,
En el viejo Velódromo formó un Trío
con un flautista que encendía faroles:
-El Farolero-
y un guitarrista que se llamaba Conde
y era cochero…
Cipriano Nava…
Estrella del Café de Córdoba y Junín,
con Conde de guitarra
y Basualdo de Violín…
Atracadero turbio,
donde caía El Morocho Gardel,
antes de Mano a Mano y de Razzano,
a cantarle a las ruedas,
los versos carcelarios de Cepeda.
Café con clima de delito,
donde caían, Warnes,
un hermano de Conde y Romerito…
Viento que lleva y trae
desde los brumosos confines,
el eco retobado de un Trío:
“Canaro, Berto y Martínez…”
Allá, en el viejo
Café de Corrientes y Medrano
que en el lejano año nueve, se pierde…
Llamado el Café de los Loros,
porque paraban,
los motorman y guardas del Lacroze,
vestidos de verde…
Café del pasado,
a tus mesas, para levantar el ambiente,
llegaban por las noches,
Bevilacqua y Campoamor, de clientes…
Y en atención a tan selecta concurrencia
se tocaba “
Ahí, fue donde se estrenó y partió hacia
el tango: “Gran Muñeca”…
Viejo Café, en cuyo palco,
se ganaban de mano:
“La barra fuerte”
“El Pensamiento”
Y “El Entrerriano”…
La sombra de Hernani
y la silueta temulenta y desgarbada
de Bevilacqua,
cruzan empujadas
por el pechazo invisible
de El Viento que lleva y trae…
Esta noche, el recuerdo ha venido,
a traerme del pasado florido,
el nombre del primer bandoneonista:
El Pardo Sebastián Ramos Mejía,
que inauguró un siglo,
cuando estaba en embrión la ciudad feérica
y la calle Pueyrredón era Centro América…
En la presente transcripción se ha respetado la puntuación (un tanto errática) de la edición de Peña Lillo, “Poemas del bajo fondo”, BsAs, 1964.
De los músicos nombrados al menos los Santa Cruz, Romero, Lorenzo Martínez y Aspiazú, son afroargentinos, además, claro está, del mismo Sebastián, hijo de esclavos de la familia que les dió nombre legal al liberarlos, y al que se le atribuye la primacía en la introducción del bandoneón como instrumento para la ejecución del tango.
Dame la libertad,
abre las puertas de mi jaula,
dame ser aire, espacio:
extraño el mar, tengo sed de su mirada,
tan alto es mi deseo
que como un techo él desciende sobre esta cárcel.
He arrojado la máscara sin saber que ella era el mundo
Y que detrás del mundo, en derredor,
otro mundo de sombra se aprestaba a atacar,
que galeotes seremos de oscuras libertades.
No hay esperanza, ya lo sé: dame entonces el engaño
De ver estas cadenas como apretadas ramas
En la paz de tu selva.
Concédeme el error, la locura, el sueño
De que soy un estambre adormecido
Sobre tu piedra, al sol.
Susana Thénon: "La morada imposible". Ed. Corregidor
Ilustración: ENGRUDO (Gustavo Piccinini)
Poema
Yo creo en las Noches.
R.M.Rilke
Ayer tarde pensé que ningun jardín justifica
el amor que se ahoga desaforadamente en mi boca
y que ninguna piedra de color, ningún, juego,
ninguna tarde con más sol que de costumbre
alcanzan a formar la sílaba,
el susurro esperado como un bálsamo,
noche y noche.
Ningún significado, ningún equilibrio, nada existe
cuando el no, el adiós,
el minuto recién muerto, irreparable,
se levantan inesperadamente y enceguecen
hasta morirnos en todo el cuerpo, infinitos.
Como un hambre, como una sonrisa, pienso,
debe ser la soledad
puesto que así nos engaña y entra
y así la sorprendemos una tarde
reclinada sobre nosotros.
Como una mano, como un rincón sencillo
y umbroso
debería ser el amor
para tenerlo cerca y no desconocerlo
cada vez que nos invade la sangre.
No hay silencio ni canción que justifiquen
esta muerte lentísima,
este asesinato que nadie condena.
No hay liturgia ni fuego ni exorcismo
para detener el fracaso risible
de los idiomas que conocemos.
La verdad es que me ahogo sin pena,
Por lo menos he resistido al engaño:
No participé de la fiesta suave, ni del aire cómplice,
Ni de la noche a medias.
Muerdo todavía y aunque poco se puede ya,
mi sonrisa guarda un amor que asustaría a dios.