viernes, mayo 10, 2024

Héctor Giuliano – Eduardo Magoo Nico / Diálogo sobre “Servidumbres”.


Héctor Giuliano:

Para el segundo tenor, al primero, el otro Julián (1844-1890), nunca lo escuché.
Ocurre, como los que me leen, y dicen no poder seguirme, como si esto fuera necesario, que leerte, para mí, significa lo mismo. Sin embargo, en tu aparente dispersión la unidad prevalece. Es el famoso “dejarse llevar.” Uno va al mar y se deja llevar por las olas. Y allí, entre los empujes de unas y los ablandes de otras, hay paz y uno la goza. Verdad no le falta.
Empiezo, el título: rebueno, me recuerda, a Étienne de La Bóetie, con aquello de la servidumbre voluntaria. ( Étienne, que casualmente apareció en tu muro del 15/3/24 y ya lo había incorporado antes en un borrador de pocos renglones, bah cien palabras, que dio pie a este comentario y que archivé hasta hoy). Diccionario: “Servidumbre: trabajo de siervo, su condición/ Sirvientes de una casa/Sujeción u obligación inexcusable de quien se deja dominar por las pasiones y afectos/ Derecho en predio ajeno que limita el dominio en éste que está constituido en favor de determinadas personas.” Hasta aquí el primer efecto. Bastante fecundo por cierto y que no deja de ser un pantallazo. ¿Es Étienne quien se lleva el portal? No pinta flores para el caso. Hay en el poemario un poco de todo de aquello que las aproximaciones lingüísticas y los conceptos validan. Lo sabemos, el poeta creaciona, (vale), exprime, aplana, exalta o rechaza, y tantas cosas más, al idioma, conforme su caprichoso espejismo, que será o no. ¿Expreso con esto mi punto de vista? No sé. Releo “Servidumbres”: la relectura puede ser hartura, costumbre, pastura, usura, sol o moribundia. Que tampoco es el caso, me inclino por un sol crepuscular, no el crepúsculo vespertino sino el del alba. Antes que nada: cito a Marianne Moore, como ilustrativo de lo que sigue, a esta altura del partido ya no tengo tantos referentes, “…lejos de las polémicas y las personas coléricas.” Porque andar por estas callecitas implica delicadeza y cuidados y a ella le debemos deferencia. Y también transitar el estrecho espacio que nos permite la voz propia. No la originalidad rebuscada, que es soberbia e hinchazón, como decía Agustín de Hipona.


Eduardo Magoo Nico:

Caro Giuliano, por fin me he hecho un hueco de tiempo para responder más o menos puntualmente, a tu generoso comentario. En primer lugar, “el primer tenor” era el primo de mi bisabuela María Gayarre a la cual conocí y frecuenté en mi infancia. Digamos que esa casa, a pocas cuadras del estadio del Club Los Andes, en Lomas de Zamora, fue el paraíso de mi infancia. María Gayarre “la jefa espiritual” de mi familia materna, vivía con sus tres hijas solteras, Marta (mi madrina), Chola, y Godoliva (Godo), costureras y obreras del vestido. En esa casa aprendí a tirar con la gomera, a trabajar la madera (mi bisabuelo, al cual no conocí, era ebanista) y luego allí, había también gallinas, perros, jaulones con pájaros, una cotorra, una urraca paraguaya, huerto, higuera, patio de tierra, plantas, flores, se jugaba a la quiniela, se escuchaba exclusivamente Radio Colonia (durante la dictadura) y por allí pasaban jocundos personajes del barrio, se contaban terribles anécdotas e historias. Allí se hacían los grandes asados y comilonas en los días de fiesta, se bailaba, y se bromeaba en una atmósfera cargada de sana sensualidad. Allí también se hablaba de política, había peronistas, radicales y algún comunista solapado en la parentela. En la mesa estaban prohibidas expresamente por la Matriarca las discusiones (algunos de mis tíos abuelos era pesos pesados, de cuchillo en la faja) y eso se respetaba a rajatabla. En los sótanos de esa casa mis tías escondieron un mimeógrafo y libros, de los cuales no quería desprenderme durante el período más duro de la dictadura, y mi madrina en un aparte, me dijo, que si necesitaba una pistola ella conservaba la del abuelo. Para completar la semblanza, Julián Gayarre no dejó ningún registro de audio, se conoce su canto solo por las descripciones de las crónicas de la época. Por otra parte, el segundo tenor, el pulpo Julián Gayarre (un pulpo de pulpería) carece de aparato de fonación. ¡Dos tenores mudos!
Es justa tu apreciación en cuanto al título. En un principio se iba a llamar “Yanaconazgos” y luego decidí darle una mayor amplitud de miras, con la elección de “Servidumbres”, como título. No conocía por entonces a Étienne de La Bóetie y su famosa frase. Allí están todos los elementos negativos de la enumeración del diccionario, pero sobre todo, también, los positivos, mi sujeción o servidumbre a la poesía y al amor. De los que muy a mi pesar he sido, y lo seré por siempre, “su más seguro servidor”. ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ja! ¡Jai!


Héctor Giuliano:

¿No será, volviendo a Étienne, que somos animales serviles como los hay en toda manada, disimulados por el formidable, inatacable y bombástico aparato cultural de siglos? ¿No será la animalidad tomada a rajatabla la clave a considerar para una organización humana más realista? ¿Más etólogos? Al fin y al cabo, los tiempos se tocan. Se instala al hombre sobre todo lo creado como rey, conforme su “espíritu” y logros, sea la razón o sea la fuerza, su ordenamiento social y demás. Que no va más allá del viejo concepto medieval que era el centro de todas las cosas con la tierra centro del universo. Por lo que se ve, ninguna teoría aplicada hasta ahora dio en la tecla. Quedaron en el camino muchas, para relanzarlas una y otra vez, retocadas, con variada suerte.
En cuanto a mí, y digo en cuanto a mí, porque todo lo expuesto arriba o más abajo y hasta el final, aunque en cierto desorden, producto de apremios en su redacción, converge en mi visión de “Servidumbres”. Desde mis vivencias que se cruzan como en los resultados de balances para constatar si hay fallas o números pícaros, lo que dice el poemario y su propuesta se cruzan igualmente y es aquí es donde la escritura se hace abrojo para mí como lector.
Me llega, en mi accionar diario, esa buena frase de Elvio Gandolfo: “coraje tranquilo”, y con 76 pirulos di más de lo que podía. Cargo con mi italianidad trunca y mi criollismo rengo. Y algo hay de aquello que la lengua es la patria, al menos para mí. ¿Valdrá en los tiempos que corren, tan apáticos? De italiano comprendo bien pero no hablo con fluidez. Lo que me corta las patas es la pérdida de mi dialecto piamontés, nunca lo hubiera creído, que guardé años fluyéndolo con un grupo reducido de patriarcas y de a poco se desvanece en la memoria. Contracorriente; es costumbre actual echarle la culpa de Herr Alois Alzheimer. Todavía no anda por el patio, pero nunca se sabe. Ya no tengo con quien hablar con ese vocabulario tan rico, granuja, sagaz, alegre, agarrado a la tierra, imaginativo, flexible y penetrante. Ése con que me crié y sufrí con mis viejos y su alejamiento del terruño, los crudos relatos de mi viejo como esclavo de un campo de concentración nazi echados en batiente con la fuerza dialectal, las dos guerras, 14 y 45, pasadas por la familia, la lucha diaria, la venida a San Rafael, Mendoza, el desangre en las viñas y frutales donde debuté laburando a los ocho años, la fuga de los viejos al Gran Buenos Aires, Ezeiza, Tristán Suárez, el casi no cenar, conseguir laburo, la secundaria nocturna, el bajón de abandonar Medicina cuando había empezado a tomarle el gustito, los cines de Lomas, el asombro de ver allí a Zabriskie Point, todo un suceso, Bach, Armstrong, Miles Davis, las historietas, muchas, el vagabundeo por provincias laburando de esto y de lo otro, la mierda política que no dejaba respirar, los Rolling del Beggars Banquet, con ese tema que le venía como anillo al dedo en la voz que arrastraba Mick, “Revolution”, no el Jagger que da conciertos en Davos para los jerarcas económicos del planeta, con Bono de U-2, algunos raperos y otros ricachones como Paulo Cohelo, el viaje de Jasón y los Argonautas que significó la clausura de la inocencia, los coqueteos iniciales con la mierda de “Tacuara”, el veloz abandono de sus garras que fueron jodidas, seguir viviendo de prestado y laburando por dos mangos en las Piletas Olímpicas del Aeropuerto, pasar allí el corazón del despelote de los dos viajes de Perón, en el 72 y la masacre del 20 de junio del 73, trabajar en el viejo Policlínico de Ezeiza, proyectar “Operación Masacre” allí, todo un acontecimiento, tomar partido y perder amigos, etc. Y esta síntesis despelotada es lo que me sugiere “Servidumbres.” Y en esos filos escriturales también hay flecos de la Argentina que es ineludible en nuestra experiencia. ¿Me seguís todavía? Jaja, te compadezco.
Como a vos me gustan los pulpos. Meto en el cariño elefantes y rinocerontes, caballos, mulares, burros y perros, batracios, lagartijas cuyanas, las negritas que abundan en rinconcitos y los hurones. Por ahí, Eduardo, no tengo claro cómo dar un tranco más adelante. Lo que aquí comento, metiendo parte de mí y dificultades varias, son una porción personal que se arrima, como dije, y que apuntan en conjunto y separado a tu libro. Es la impresión que me causó, y necesariamente influye en mi personita y lo que me tocó del texto.
Leí desde muy temprano todo lo que caía en mis manos como si fuera un balance. Ignoro, en principio y al principio, al autor. Me recato en lo que la lectura da: una evocación, algo que pasó y se renueva y muerde, un olor, una vivencia, el ojo que no ve y o el que ve demasiado, el macro y el micro y lo que el ojo adivina, sugiere o tuerce para su beneficio, etc. Luego, decantando, lo corporizo. Me pasó con mis primeras lecturas de Rimbaud, leí sin orejear siquiera su biografía y demás. Un librito prestado por un amigo que andaba de hippie. Y fluyó perfecto. “Azar objetivo”: con respecto a este punto que citás en un chat me toca. Y diría que me des un fogonazo más para ver en qué consiste según cómo lo entendés. ¿Hay algo que junta rayos dispersos y por ahí confluyen algunos? ¡Una rareza concurrente en siete mil millones de habitantes de este dulce y vesánico planeta! Si bien no soy muy hincha, pero a decir verdad me rindo, tengo mis simpatías y miriñaques por los hechos fortuitos que nos enganchan y ponen en contacto de alguna manera azarosa, supongo que esto querrás decir. Me pasó varias veces con encuentros y “casualidades” que me sacaron de algunas cargas muy pesadas.” ¿La razón?, no tengo la más remota idea.


Eduardo Magoo Nico:

En cuanto al “azar objetivo”, he tomado ese concepto de Bretón y los surrealistas, a los cuales descubrí gracias a unos cursos teóricos de Nahuel Moreno, y luego estudié con devoción desde muy jovencito con 18-19 años (desde el 75 en adelante, digamos) y constituyó el centro de mi militancia artística y política hasta el 83.
Cito: “El azar objetivo (hasard objectif) es uno de los conceptos fundamentales del surrealismo. La expresión procede de Engels, pero André Breton, teórico del movimiento, le dio un sentido peculiar. Designa la confluencia inesperada entre lo que el individuo desea y lo que el mundo le ofrece. Así, uno está pensando en determinada persona y de repente, al cruzar una esquina, topa con ella. Se trata, pues, de coincidencias o casualidades, pero cargadas de un valor emocional que las vuelve significativas. El psiquiatra Carl Jung, en sus últimos escritos, estudió también este fenómeno y lo denominó fenómeno de sincronicidad.”
“El encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de disección (Lautréamont), es actualmente un ejemplo muy conocido, casi clásico, del fenómeno descubierto por los surrealistas de que la aproximación de dos (o más) elementos aparentemente extraños entre sí, en un plano ajeno a ellos mismos, provoca las explosiones poéticas más intensas. Innumerables experimentos individuales y colectivos […] demostraron la utilidad de este procedimiento. Se comprobó que cuanto más arbitrariamente se reuniesen los elementos, más segura era una reinterpretación total o parcial de los objetos, a través de los chispazos de la poesía.”

“El azar-objetivo de Bretón y los demás surrealistas supone la visión de la reconciliación, siquiera momentánea, entre el objeto y el espíritu, entre la naturaleza y la cultura, entre la realidad y el deseo.”


Héctor Giuliano:

Viene otra cara de mi lectura: Imán/ ladillas/ la montaña, me trae a Marina Tsvietáieva y uno de los mejores poemas que leí de ella: “ I. // La montaña aquella era como el pecho/ De un recluta abatido por el proyectil”, (“Tres Poemas”, Alción Editora, Córdoba, 2006. Versión Irina Bogdaschevski), y ese desafío decimonónico que supuraba de sus trabajosa existencia... “Escribir/..es entrar sin permiso”. Y me lleno con: “Lo que sube es la humedad/ aliscafo”. ¿No es un invento de Piccard, un triestino? Continúo con Antonio Prieto, tanto que lo cantábamos de pendejos, “la novia”, y hoy largó, bienvenida la remembranza, brotes con vos.
¿Orto-huerto? En este jueguito verbal traigo a colación una página de internet que recibo en mi correo por parte de parientes, “coltivare l’orto con passione”, ja ja, lo escuché de una rosarina residente en Cúneo (no el atorrante de Libarona). “Sigamos soñando los setentas”, ahora sé que es biso = secreción, viscoso. ¿Lovecraft? Lo coloquial setentoso y que se borda con González Tuñón, un tanto, sigue por varios, Mario De Lellis, L. Luchi y epígonos, el tango, el barrio, el fútbol, las primeras escaramuzas políticas, etc. Que se asegura con el primer Gelman, lo popular, gatuperio, caciques, leo al margen de las intenciones del autor y es lo que me produce caer en él. No citaré versos, aunque el merecimiento lo exija, son muchos los que saltan y bailan, y te aburriría de comentarios huecos.


Eduardo Magoo Nico:

De Marina Tsvietáieva, he sido un apasionado lector. He leído sus monumentales dos volúmenes de correspondencia, editada por Adhelfi en italiano, y luego (mucho después) por Anagrama, en castellano. Y lo que pude conseguir de su poesía en castellano e italiano. Su triángulo amoroso con Rilke y Pasternak, reflejado en esas cartas, es de un lirismo exacerbado y magnífico. Su vida fue tremendamente desgraciada (según ella misma, digamos). Por poner solo un ejemplo: Cuando finalmente logra ir al encuentro de Rilke, él muere. La respuesta a su última carta (Rainer María era ya cadáver, pero siguió estando vivo en ella) es desgarradora.
Piccard fue un suizo, inventor del “Batiscafo” que llevó por nombre Trieste, (de ahí la confusión), no inventó el Aliscafo. ¡Ja! ¡Ja! Desde muy chico mi padre nos llevaba a ver el viejo puerto de aliscafos e hidroaviones de Buenos Aires que se encontraba frente al Aeroparque Metropolitano, en la Costanera Norte. Mi relación imaginaria con estos bichos, siguió con mis viajes a Uruguay (hice unos cuantos porque tenía una novia en Montevideo). Y también desde Trieste hacia el Istria y el Litoral Adriático. Antiguamente, había una línea de aliscafos e hidroaviones que hacían esa ruta, y aún hoy hay, o había hasta hace poco, en verano, viejos aliscafos (esos de ala en arco y semivolantes) que conectan con el litoral veneciano del Istria (eslovena y croata).
El Biso, o Bisso en italiano, del poema, se refiere a “una fibra tessile di origine animale, una sorta di seta naturale marina ottenuta dai filamenti secreti da una specie di molluschi bivalvi marini (Pinna nobilis)”. (https://it.wikipedia.org/wiki/Bisso).
El poema tiene una linda historia, pues llegó a las manos de quien lo inspirara, la última tejedora de Biso según el rito antiguo (judeo-fenicio-cartaginés), Chiara Vigo, una verdadera sacerdotisa de este culto, cuyo laboratorio se encuentra en Cerdeña. Se lo llevó una amiga y lo conserva entre sus objetos preciados.
Con Lovecraft no tengo nada que ver, al menos conscientemente. He leído alguna cosa de él, que no recuerdo, pero nunca fui devoto de su literatura.
Con relación a lo “coloquial setentoso”: Sí, seguramente, en cuanto a Raúl González Tuñón, que aprecio. Algo de Gelman, tal vez se me pegó, o de Benedetti, aunque nunca me terminaron de gustar. He leído abundantemente a Néstor Perlhonger (ascendiente mitteleuropeo, “Austria-Hungría” es el título de su primer libro de poesía), Osvaldo Lamborghini, Luis Guzmán (El Frasquito, 1973) Rodolfo Fogwill (Los Pichiciegos, 1983) y soy fan de César Aira. Y desde luego mis maestros electivos (tengo que darme corte) Juan L. Ortiz, Witold Gombrowicz y Juan Filloy. Y me olvido de la principal, la que me contagió poesía desde mis dulces dieciséis, Alejandra Pizarnik, agradeciendo a una compañerita del colegio que me la hizo conocer, y por ella a Fijman, Cortazar, Orozco, y luego todos los beatniks (Corso en especial), y los poetas del rock, con el Flaco Spinetta como abanderado, y sería cosa de nunca acabar, ya me fui al carajo. Je! Je! (Debería agregar a Borges, Onetti, Héctor Tizón, Saer, Arlt, con ascendiente mitteleuropeo, también, y a mi admirada poeta y amiga de juventud Alicia Odorico (con abuela triestina, además, todos los caminos conducen a Roma).


Héctor Giuliano:

Sigo. Por ahí un verso nítido, y por ahí, una oscuridad, dichosa sea, que corta el desarrollo, no banal, sí necesaria. Escribís como abrevando en la realidad y por ahí, lo mejor, fuera de ella. Una zambullida en la diversidad temática como queriendo atraparla dejándola ir. Al primer ojo “Servidumbres” parece difícil de seguir, con saliva van apareciendo islotes que abordados nos dan agua clara, vegetación y oxígeno. Por ahí parece una enumeración de obsesiones, que todos las tenemos, y por ahí se esfuman en esa densidad. Y saltan, por ejemplo, ¿abreviatura o pausa?, TBC: ¿“tuberculosis bacilar crónica” o qué? La diversidad no apabulla, aunque hay alguna trancazón/ juegos, luces, planchazones, alas en la pista de aterrizaje y alas en el aire, alusiones fuera de texto en permanente dinamismo que me lleva al futurismo de don Filippo Tommaso Marinetti, no en lo político/ hay rutas tranquilas y volantazos medidos/ centímetros de casi prosa, sin descansar, exigiendo aire, por ahí “Ka” me remonta a un relatito mío, “Kra”/ una zambita/ nupcias. Y me regodeo. Sé que es defectuoso este embarulle, no lo haría de nuevo. Habitualmente, los comentarios, como decía más arriba, se hacen para levantar la jactancia de quien los emite y no del texto, quisiera escapar de esto. Pero las palabras no vienen. Sigo arrimando el bochín. Hay solvencia en “Servidumbres”, harto que es mucho artificio, y el arte, palabra que como todas las instituidas clavo con alfileres, no pleonasmo, es eso. Y cuadra bien. No aquellos poemas que tradicionalmente son inevitables y universales, con palabras que “deben ser poéticas”, tan tolondramente líricos, o esos manifiestos chotos a que nos tiene acostumbrado un elenco estable de poetas, a esa hemorragia kitsch y tremendamente corriente. Dicho sea de paso, es muy difícil escribir sobre los sentimientos. Dejo el tema para especialistas del corazón. Por mucho, tus glóbulos rojos en el poema carecen de hipocromía, ese desteñimiento corpuscular que los empalidece acompañando la anemia. El poema habla solo. Releo discutiendo con el texto, Y hay matices de los buenos, tartajeos, enfurruñes, socarronería quizá. El poema presenta y aparta níquel que brilla con veleidades distintas, y por ahí amaneceres que embotan y recortan su costado negro. Las palabras buscan enigmas, satisfacen o no, o son pisaverdes, o sea matonas, se imponen de a disimulo: entusiasmo, alejamiento, chispazos que superan a los apagones que se cuelan cuando escribimos. Y máxime en tu amplio arco temático que abarca muchos asuntos y si uno se descuida pasa de largo. Me siento con esto muy por debajo de la enjundia, que trata de convencernos con cierta cultura agriada, y sumo, el sentido olvidado de enjundia, “sebo, grasa” y patino. Me abatata tontear y tantear un comentario mínimamente válido. Me viene en mente esa frase del Fenelón, “Nuestra razón no existe sino en nuestras ideas claras”. La razón, que tanto ensalzaba Demócrito y al mismo tiempo decretaba su caída, parece contraponerse a la imaginación que es un motor muy poderoso, como tantos. “Oh, tú pobre razón! ¡Tomas de nosotros tus pruebas y quieres vencernos con ellas! ¡Tu victoria es tu caída.”. No obstante nuestra sabiduría, o como se llame, se halla en aquellas ideas oscuras que aún no vemos claras o entendibles. Si uno le da una vuelta a la tuerca notará que esta oscuridad que pecha resulta al final de cuentas la más activa y feraz. Mientras la “razón y la sensatez” gobiernan la vida, las indistinguibles causas, ese nudo de dudas y esfinges que nunca se acallan, muy excavadas en nosotros, nos rumbean hasta el mundo íntimo y suelen conducirnos, la mayoría de las veces muy trabajosamente, muy lejos. ¿Acaso la imaginación no produce los monstruos que Goya pintaba? ¿Acaso Einstein no es el abanderado de la misma en la Teoría General de la Relatividad que es el monumento más colosal que parece nacer de un delirio? Sin embargo, si lo imaginativo no se hace pedestre es un mero ejercicio inútil. Con vos se van ganando escalones y se afianzan en una larga plasmación, manejás un espectro abundante de arbitrios. Me da la impresión de que escribís desde una cofradía, un grupo soterrado, como la mayoría que rehúye de lo común, un lugarcillo casi secreto, que no lo es, y que tiene por meta dilucidar aunque sea de fastidio o hastío, o ensombrecer las cosas para machucarlas y estudiarlas, elevándolas.


Eduardo Magoo Nico:

¡Qué decir! Tu discurso no deja resquicios. Se me ocurre que me queda grande, que a mi pechito gentil de boyero, no le da el piné (índice de Pignet) para semejante traje. Pero se agradece. Y aunque como decía un ñato es mejor no aclarar porque oscurece, comento un par de ítems.
TBC, es el título de un tango-milonga, y quiere decir “te besé” como suena.
El futurismo ha sido una fuente en la que he abrevado en sus diferentes derivas, y en todas las expresiones artísticas. Tanto en su variante italiana (cooptada por el fascismo) como en la rusa (cooptada por el bolchevismo). Creo que fue la gran ruptura, la gran divisoria de aguas con todo lo que lo precede, y que abre la estación más prolífica de la cultura del siglo XX, con su vertiente nord europea, en especial, que va a confluir en el Dadaísmo y luego el Surrealismo. Una buena colección hay en la Antología de la Poesía Surrealista, de Aldo Pellegrini, mi libro de cabecera en tiempos aciagos de clandestinidad, y que llegara a mis manos poco antes del golpe del 76. ¿Nombres? Una larga lista de todos los “popes”, a los que agrego, por destacar algunos, los que conservo más frescos en mi memoria: Joyce Mansour, Leonora Carrington, Max Ernst, Jean Arp, Tristan Tzara, André Breton, Benjamin Péret, Renée Crevel, Robert Desnos, Eluard, Bataille, y desde luego sus precedentes simbolistas, Lautreamont, Baudelaire, Rimbaud.


Cito, entonces, por ùltimo, un fragmento de prosa exquisita del final del comentario de Héctor Giuliano a “Servidumbres”:

“No sirven los bloques de granito ni los llanos menores, lo que de antemano parecía apropiado y enceguecía fue una engañifa que una y otra vez fracasó. Y hay una palabra criolla que viene al pelo y es “brillazón”, espejismo, apariencia. No hay reglas, ni envases, ni bibliotecas, ni voluntarismo, ni coronas, ni mendigos, ni frutos rojos ni carros alegóricos, tampoco calle y barro excluyentes como faros. El mundo es fatal, sin precipitarse en el fatalismo, que es otra cosa y, de hecho, ambos, por antonomasia, son etiquetas. En “Servidumbres” está reflejada esta gusanera, estos meta-himnos, estos sub-himnos de frases que suenan como en un caño y que se propagan en cierta línea. Este pudridero que choca, se agranda y se contrae de manera que encara lo que toca. Turbio el lenguaje humano, miasma, baboso en sus escurridizas trampas, lenguaje de buzo, prendado, forastero a la tarjeta SUBE y la sartén cotidiana. ¿Será? Y todo lenguaje se suma al palabrerío antojadizo, inminente y eventual que constituye la burlesca, seria, llorada e hinchada poesía. Pero esto no tiene nada reprobable. Así es el juego o la adivinanza de esta culebra en fuga.
Y la poesía es la asociación emocional o fría que produce en el lector un cebo que lo atrapa y llena, como puede convertirse en los trazos que una tiza escabulle en un pizarrón, los que se borran al primer trapazo, humilde, sin apuros de perpetuarse, desgraciada de elegancia.”


PS: Espero el “Urdáñez” entonces, Héctor, cuando esté listo. Y esa novela ambientada en San Juan (a propòsito de ese relato que me hicieras de tu visiòn de la provincia, que no tiene desperdicio).
Un abrazo y la seguimos.


Foto: Héctor Giuliano.