lunes, abril 20, 2020

Anónimo encontrado en un tachito.


Quien mejor se encuarentene mejor encuarentendedor será. ¿Querés encuarentenarte conmigo? Tengo tele y wincofón y morfi como para una cinquentena. Es que de cuarenta en cuarenta seguiremos (según Alessandro Baricco) viviendo, el medio siglo que nos queda, antes del patapuf final... Los meses pasarán a tener cuarenta días para hacer más simples las cosas, eso lo doy por hecho. ¡Hasta que alguno se harte, y cante las cuarenta! E irá derechito al manicomio o al cementerio.
Pero ojo, sería conveniente, que se vayan cambiando las parejas cuarenteneras, como en el Pericón Nacional (¿viste?), porque sino florecerán aún más los feminicidios, los hombrilicidios y los niñicidios (dios me libre y guarde). Yo diría además, que para favorecer la necesaria y sana alimentación, a cada crestiano (o hereje, no viene al caso) le toque un Orto (lo digo en italiano porque queda más fino, y siempre con perdón de la palabra). Pues ésta es la ley primera, como dijera Don Dionisio (y Afrodita al toque, dignificó).
Yo pienso sobre todo en los derechos de los niños, porque me siento como de nueve. Cuando llegue a los diez, ya me voy a sentir más grande me dijo mi mamá, y por ahí pienso distinto.
(Ahora meto esta hoja en el tarro de Nesquik, y lo revoleo por el balcón. A ver si la emboco.) Texto: Eduardo Magoo Nico.
Foto?: De acà.

miércoles, abril 15, 2020

Leon Trotsky - En memoria de Sergio Esenin



Hemos perdido a Esenin, ese poeta admirable, de tanta frescura, de tanta sinceridad. ¡Y qué trágico fin!. Se ha ido por voluntad propia, diciendo adiós con su sangre a un amigo desconocido, quizá, para todos nosotros. Sus últimas líneas sorprenden por su ternura y dulzura; ha dejado la vida sin clamar contra el ultraje, sin protestas vanidosas, sin dar un portazo, cerrando dulcemente la puerta con una mano por la que corría la sangre. Con este gesto, la imagen poética y humana de Esenin brota en un inolvidable resplandor de adiós.

Esenin compuso los amargos “Cantos de un hooligan” y dio a las insolentes coplas de los tugurios de Moscú esa inevitable melodía eseniana que sólo a él pertenecía. Con frecuencia se jactaba de gestos vulgares, de una palabra cruda y trivial. Pero bajo esta apariencia palpitaba la ternura particular de un alma indefensa y desprotegida. Con esa grosería semifingida, Esenin trataba de protegerse contra las durezas de la época que le había visto nacer, pero no tuvo éxito. “No puedo más”, declaró el 17 de diciembre sin desafío ni recriminación... el poeta vencido por la vida. Conviene insistir en esa grosería semifingida porque, lejos de ser simplemente la forma escogida por Esenin, era también la huella dejada por las condiciones de nuestra época, tan escasamente tierna, tan poco dulce. Cubriéndose con la máscara de la insolencia -y pagando a esa máscara un tributo considerable y por tanto nada ocasional-, está claro que Esenin se ha sentido siempre extraño a este mundo. Y esto no es una alabanza, porque precisamente por esa incompatibilidad hemos perdido a Esenin; tampoco se la reprocho: ¿quién pensaría en condenar al gran poeta lírico que no hemos sabido guardar entre nosotros?

Aspero tiempo el nuestro, quizás uno de los más duros de la historia de esta humanidad que se dice civilizada. Todo revolucionario nacido para estas pocas decenas de años, está poseído por un patriotismo furioso por su época, que es su patria en el tiempo. Pero Esenin no era un revolucionario. El autor de Pugachev y de las Baladas de los veintiséis era un lírico íntimo. Nuestra época no es lírica. Es la razón esencial por la que Sergio Esenin, por propia voluntad y tan temprano, se ha ido lejos de nosotros y de nuestro tiempo.

Las raíces de Esenin son profundamente populares, y, como todo en él, su impronta “popular” no es artificial. La prueba más indiscutible se encuentra, no en sus poemas sobre la rebeldía popular, sino nuevamente en su lirismo:


Tranquilo, en el matorral de enebros, junto al barranco
El otoño, yegua alazana, agita sus crines.



Esta imagen del otoño y tantas otras han asombrado, en primer lugar, como audacias gratuitas. El poeta nos ha obligado a sentir las raíces campesinas de sus imágenes y a dejarlas penetrar profundamente en nosotros. Fet no se habría expresado así, y Tiuchev, menos. El fondo campesino -aunque transformado y afinado por su talento creador- estaba sólidamente anclado en él. Es el poder mismo de ese fondo campesino lo que ha provocado la debilidad propia de Esenin: había sido arrancado al pasado y desarraigado, sin nunca poder arraigarse en el presente.

La ciudad no le había fortalecido, al contrario, le había quebrantado y herido. Sus viajes por el extranjero, por Europa y el otro lado del océano, no habían podido “levantarle”. Había asimilado más profundamente Teherán que Nueva York y el lirismo interior del niño de Riazán encontró en Persia más afinidades que en las capitales cultas de Europa y de América.

Esenin no era hostil a la revolución y jamás le fue ella extraña; al contrario, constantemente tendía hacia ella, escribiendo a partir de 1918:


¡Oh madre, patria mía, soy bolchevique!


Y algunos años más tarde escribía:


Y ahora para los soviets
soy el más ardiente compañero de viaje.



La revolución penetró violentamente en la estructura de sus versos y en sus imágenes que, confusas al principio, se depuraron. En el derrumbe del pasado, Esenin no perdió nada, nada lamentó. ¿Extraño a la revolución? No, pero la revolución y él no tenían la misma naturaleza. Esenin era un ser íntimo, tierno, lírico; la revolución es pública, épica, llena de desastres. Y un desastre fue lo que ha roto la corta vida del poeta.

Se ha dicho que cada ser porta en sí el resorte de su destino, desarrollado hasta el final por la vida. En esta frase no hay más que una parte de verdad. El resorte creador de Esenin, al desenroscarse, ha chocado con los ángulos duros de la época, y se ha roto.

Hay en Esenin muchas hermosas estrofas contagiadas de su época. Toda su obra está marcada por el tiempo. Y, sin embargo, Esenin “no era de este mundo”. No es el poeta de la revolución:


Yo tomo todo, todo, tal como es, acepto,
Dispuesto estoy a seguir caminos ya trillados,
Daré mi alma entera a vuestro Octubre y a vuestro Mayo,
Pero mi lira bienamada nunca la cederé.



Su resorte lírico no habría podido desarrollarse hasta el final más que en una sociedad armoniosa, feliz, plena de cantos, en una época en que no reine como amo y señor el duro combate, sino la amistad, el amor, la ternura. Ese tiempo llegará. En el nuestro, se incuban todavía muchos combates implacables y salutíferos de hombres contra hombres, pero vendrán otros tiempos que preparan las actuales luchas. La personalidad del hombre se expandirá entonces como una auténtica flor, como se expandirá la poesía. La revolución arrancará para cada individuo el derecho no sólo al pan, sino a la lírica.

En su último momento, ¿a quién escribió Esenin su carta de sangre? ¿Quizá llamaba de lejos a un amigo que aún no ha nacido, el hombre de un futuro que algunos preparan con sus luchas como Esenin lo preparaba con sus cantos? El poeta ha muerto porque no era de la misma naturaleza que la revolución. Pero en nombre del porvenir, la revolución le adoptará para siempre.

Desde los primeros tiempos de su obra poética, Esenin, consciente de ser interiormente incapaz de defenderse, tendía hacia la muerte. En uno de sus últimos cantos se despidió de las flores:


Y bien, amadas mías,
Os he visto, he visto la tierra
y vuestro fúnebre temblor
lo tomaré como una caricia nueva.



Sólo ahora, después del 27 de diciembre, todos nosotros, que le hemos conocido mal o bien, podemos comprender totalmente la sinceridad íntima de su poesía, cada uno de cuyos versos estaba escrito con la sangre de sus heridas venas. Nuestra amargura es tanto más áspera por eso. Sin salir de su dominio íntimo, Esenin encontraba, en el presentimiento de su próximo fin, una melancólica y emocionante consolación:



Escuchando una canción en el silencio,
mi amada, con otro amado
se acordará quizá de mí
como de una flor única.



En nuestra conciencia un pensamiento suaviza el dolor agudo todavía reciente: este gran poeta, este auténtico poeta, ha reflejado a su manera su época y la ha enriquecido con sus cantos, que hablan de forma nueva del amor, del cielo azul caído en el río, de la luna que como un cordero pace en el cielo, y de la flor única, él mismo.

Que en este recuerdo al poeta no haya nada que nos abata o nos haga perder valor. El resorte que tensa nuestra época es incomparablemente más poderoso que nuestro resorte personal. La espiral de la historia se desarrollará hasta el fin. No nos opongamos a él, sino que ayudémosle con toda la fuerza consciente de nuestro pensamiento y de nuestra voluntad. Preparemos el porvenir. Conquistemos, para todos y para todas, el derecho al pan y el derecho al canto.

El poeta ha muerto, ¡viva la poesía! Indefenso, un hijo de los hombres ha rodado en el abismo. Pero viva la vida creadora en la que hasta el último momento Sergio Esenin ha entrelazado los hilos preciosos de su poesía.


Leon Trotsky.

Pravda, 19 de enero de 1926.

Ilustraciòn:  ALEXEY AKINDINOV, “ESENIN E ISADORA”

Serguei Esenin - Poemas






CONFESION DE UN GOLFO



No todos saben cantar,

No todos saben ser manzana

Y caer a los pies de otro.

Esta es la suprema

Confesión de un granuja.



Ando intencionalmente despeinado,

Con la cabeza como una lámpara a petróleo.

Me gusta alumbrar en las tinieblas

El otoño sin hojas de vuestros espíritus.

Me gusta que las piedras de los insultos

Caigan sobre mí como granizo vomitado por la tormenta.

Entonces es cuando aprieto con más fuerza

El globo oscilante de mi cabezota.



Con qué nitidez recuerdo entonces

La laguna cubierta de hierba y la voz ronca del aliso

Y que en algún lugar viven mi padre y mi madre.

Mis versos les importan un comino,

Pero me quieren como a un campo, como a la carne de su carne,

Como a la buena lluvia que en primavera ayuda a salir a los brotes.

Ellos les clavarían a ustedes sus horquetas

Cada vez que me lanzan una injuria.



¡Pobres, pobres campesinos!

Seguramente están viejos y feos

Y siguen temiendo a Dios y a los espíritus del pantano.

¡Si sólo pudieran comprender

Que su hijo

Es el mejor poeta de Rusia!

¿Acaso sus corazones no temían por él

Cuando se mojaba los pies en los charcos del otoño?

Ahora anda de sombrero de copa

Y con zapatos de charol.



Pero con el mismo espíritu juguetón de antes.

De aldeano travieso.

Desde lejos saluda con una gran reverencia

A las vacas pintadas en los letreros de las carnicerías.

Y cuando se cruza con los coches de la plaza,

El olor del estiércol lo remonta a los campos de su tierra

Y está dispuesto a sostener en el aire la cola de cada caballo

Como si fuese la cola de un traje de novia.



Amo mi tierra.

¡La amo con locura!

Aunque sobre ella caiga toda la tristeza y el moho de los sauces.

Gozo con los hocicos inmundos de los cerdos

Y con las notas estridentes de los sapos en el silencio nocturno.

Estoy enfermo de los recuerdos de infancia,

Sueño con la niebla y con la humedad de las tardes de abril,

Cuando nuestro arce se puso en cuclillas

Para calentarse los huesos en la hoguera del crepúsculo.

¡Trepando de rama en rama,

Cuántos huevos no robé de los nidos de las cornejas!

¿Seguirá siendo el mismo de antes, con su copa verde?

¿Tendrá todavía la corteza tan dura?



¿Y tú, mi querido perro fiel

Overo?

La vejez te ha puesto gruñón y ciego

Y vas de un lado a otro del patio arrastrando tu cola caída.

Tu nariz no distingue ya el establo de la casa.

Cuánto no significan para mí nuestras pillerías de antaño

Cuando le robaba pan a mi madre

Y lo comíamos entre los dos, mordiéndolo por turno

Sin sentir repugnancia.



Soy siempre el mismo,

Mi corazón es siempre el mismo.

Los ojos florecen en el rostro como los azulíes en el trigo.

Y yo, extiendo las esteras doradas de mis versos

Quiero decirles a ustedes

Mis palabras más tiernas.



¡Buenas noches a todos!

¡Buenas noches!

Rozando por última vez la hierba del crepúsculo

Ha enmudecido la guadaña de la aurora.

Y siento unas ganas locas

De mear a la luna desde la ventana.

¡Luz azul, en este azul profundo

Ni siquiera la muerte me importa!

¡Que importa que yo parezca un cínico

Con un farol colgando del trasero!

Viejo, buen y supercabalgado Pegaso,

¿Qué falta me hace a mí tu trote blandengue?

Yo he venido como un severo maestro

A cantar y a ensalzar a las ratas.

Como agosto, vierte

Mi cabeza el vino espumoso de mis cabellos.



Yo quiero ser ese amarillo

Que nos lleva al país que navegamos.





ESTOY CANSADO…



Estoy cansado de vivir en mi país natal,

con la nostalgia de las extensiones de trigo negro;

dejaré mi choza,

partiré como un vagabundo y un ladrón…

Volveré a la casa paterna

a regocijarme con el júbilo ajeno.

Y en una noche verde, bajo la ventana,

con la manga de mi camisa me ahorcaré.

Los sauces de plata contiguos a la cerca

inclinarán sus cabezas con mayor dulzura aún.

Y sin lavarme, sin el menor ritual,

se me enterrará bajo los aullidos de los perros.

La luna continuará bogando por el cielo,

perdiendo sus remos en el agua de los lagos;

y Rusia siempre será la misma,

danzando y llorando alrededor de las empalizadas.





SIN LAMENTOS



Sin quejas, ni lamentos ni llantos

como el humo a través del florido manzano

hasta mí llegó la marchitez dorada

ya no seré más joven y lozano.



Ya no lates con la fuerza de antes

mi corazón tocado por el hielo

y caminar descalzo por el bosque

ya no es una ilusión, no es un anhelo.



El deseo de aventura cada vez es menor

y el fuego de los labios ya se ha ido

¡oh mi joven y lejano frescor

mis antaños pletóricos sentidos!



Ahora son escasos mis afanes

¿he vivido mi vida o la he soñado?

Es como si en un alba primaveral

galopé sobre un caballo rosado.



Nuestro destino es frágil y finito

el cobre de las hojas lento emana

por todos los siglos sea bendito

lo que florece hoy para morir mañana.





LAS ESTRELLAS



¡Las pequeñas estrellas de las estrellas, usted está tan alto y tan claro!

¿Qué usted ha conseguido en usted, tan fascinando?

Las estrellas, profundas en pensamiento, así que discretas usted aparece,

¿Qué la energía a que las marcas usted están tentando tan?

¡Las estrellas, pequeñas estrellas, usted es tan denso y tan sólido!

¿Cuál es ese le hace tan grande y fascinando?

Cómo puede usted, los cuerpos divinos, producirlo:

¿Revolvimiento de una sed y de un deseo para aprender?

Porqué, como usted brille, son usted agradable y la invitación

¿En sus brazos abiertos de par en par, el instante?

Satisfaciendo el corazón, tan benigno y tentando,

¡Estrellas divinas, tan telecontrol y tan distante!





EL OTOÑO



Hay calma en el enebral espeso.

El otoño, potro taheño, peina su crin;

sobre la orilla del río suena

el retín azul de sus herraduras.

El viento, ermitaño de paso cauteloso,

aplasta la hojarasca en el camino

y en una mata de serbal besa

las llagas rojas de un Cristo invisible.





SÓLO ME QUEDA UNA DIVERSIÓN…



Sólo me queda una diversión:

los dedos en los labios y un alegre silbido.

Ya se ha esparcido mi mala fama

de peleador y escandaloso.

¡Qué ridícula mala fama!

Hay muchas caídas tontas en la vida.

Me avergüenzo de haber creído en Dios,

y me entristezco de no creer ahora.

¡Remotas lejanías doradas!

Todo arde en la rutina cotidiana.

Si blasfemé y fui escandaloso

fue para arder con mayor fulgor.

Acariciar y fustigar es el don del poeta

lleva sobre sí un signo fatal.

Yo quise enlazar sobre este mundo

a la rosa blanca y el sapo negro.

¡Qué importa no se hayan realizado

estos designios de los días buenos!

Si los demonios anidaron en mi espíritu

es porque los ángeles vivían en él.

Por estos alegres desvaríos,

yo quisiera en el postrer instante

antes de partir hacia otras comarcas

pedir a todos los que me acompañen

que por mis pecados mortales,

por no creer en el paraíso,

con mi camisa rusa me amortajen

y bajo los astros me dejen expiar.





CARTA A UNA MUJER



Usted se acuerda, usted, claro, de todo se acuerda,

 cuando andaba nerviosa por la estancia –

yo a la pared pegado –

y me reñía con acerbas palabras.

Decía usted que había llegado la hora de separarnos,

que a causa de mis locuras sufría mucho,

que iba a dedicarse a sus cosas,

y que yo estaba condenado a rodar por la pendiente.

Querida: Usted no me amaba.

Ignoraba que entre el gentío era yo cual caballo espumeante,

espoleado por audaz jinete.

Ignoraba que entre aquella humareda,

en la fosca tormenta de la vida sufría yo,

sin comprender lo que se avecinaba.

De cara a cara no se ve el rostro.

Lo grande se ve a distancia.

Cuando el mar se encrespa, corren riesgo las naves.

¡Y de pronto se convirtió la tierra en una nave!

Alguien empuñó majestuoso el timón rumbo a la nueva vida prodigiosa

 por entre vendavales y tormentas.

¿Quién no se cayó en la cubierta?

¿Quién no vomitó y no maldijo?

Pocos hubo que no se mareasen, que venciesen aquel torbellino.

Entonces entre un clamor salvaje,

sabiendo bien lo que me hacía bajé a la bodega

para no ver vomitar a la gente.

 Aquella bodega era eso: la taberna.

Yo me entregué al vino para no padecer por nadie

y hundirme en la embriaguez.

Querida: La hice sufrir, es cierto.

En sus cansados ojos se asomaba la pena al ver que yo,

ostentosamente,

 me consumía en escándalos diarios.

Pero usted ignoraba que entre aquella humareda,

en la fosca tormenta de la vida, sufría yo,

sin comprender lo que se avecinaba…



********



Han pasado los años.

Mi edad es ya otra.

Ahora pienso de distinto modo.

Ahora brindo en los días de fiesta por el gran timonel.

Me embargan hoy amables sentimientos.

Al recordar su angustia quiero apresurarme a decirle lo que fui antes,

lo que soy ahora.

Querida: Me complace comunicarle que no rodé por la pendiente.

Vivo en el Territorio Soviético como el más entusiasta adherente.

No soy ya el de antes.

Ahora no la haría sufrir como entonces.

Tras la bandera de la libertad y del trabajo luminoso,

estoy dispuesto a ir al fin del mundo.

Perdóneme… Sé que usted no es la de ayer.

Ahora vive con un marido serio, inteligente.

A usted no le hacen falta nuestros duros quehaceres,

y yo tampoco le hago la menor falta.

Viva bajo el signo de su estrella, bajo su mansión renovada.

La saluda su amigo que jamás la olvida,

Serguéi Esenin





¡DEJAOS YA DE RIÑAS! ¡ES LA VIDA!…



¡Dejaos ya de riñas! ¡Es la vida!

¡Yo no comercio con palabras!

Se ha vuelto grave y ya se dobla

mi cabeza dorada hacia la espalda.

Por aldea y ciudad amor no siento.

¿Cómo pude sentir alguno?

Todo lo dejaré y, con barba larga,

 iré por Rusia cual vagabundo.

Olvidaré los poemas y los libros,

me echaré un saco sobre la espalda,

porque en los campos, a un perdido,

más que a ninguno el viento canta.

Apestaré a rábano y cebolla y,

turbando la quietud de la tarde,

me sonaré ruidosamente con la mano

y haré simplerías en todo.

Y no necesito mejor suerte

que olvidar escuchando la cellisca,

pues sin estas extravagancias

no sé vivir en este mundo.





HASTA PRONTO AMIGO MÍO….



(Manuscrito escrito con sangre que se encontró

en la habitación donde Sergei Esenin se suicidó.)



Hasta pronto, amigo mío, hasta pronto,

querido mío, te llevo en el corazón.

La separación predestinada

promete un nuevo encuentro.

Hasta pronto, amigo mío, sin gestos ni palabras,

no te entristezcas ni frunzas el ceño.

En esta vida el morir no es nuevo

y el vivir, por supuesto, no lo es.



Serguei Esenin (Konstantínovo, Riazán, 21 de septiembre de 1895- -Leningrado, 28 de diciembre de 1925)

domingo, abril 12, 2020

Pier Paolo Pasolini - Marilyn.




Del mundo antiguo y del mundo futuro



permaneció solo la belleza, y tú,



pobre hermanita menor,



aquella que corre detrás de los hermanos  mayores,



y ríe y llora con ellos, por imitarlos,



y se pone sus bufanditas,



toca sin ser vista sus libros, sus navajitas,



tú, hermanita más pequeña,



que llevabas puesta tu belleza humildemente,



y tu alma, hija de gente pequeña,



nunca ha sabido de haberla,



porque de otro modo, no hubiera sido belleza.



Desapareció como un polvillo de oro.



El mundo te ha enseñado a descubrirla.



Así tu belleza se ha vuelto ajena.



Del estúpido mundo antiguo



y del feroz mundo futuro



permanecía aún una belleza que no se avergonzaba



de aludir a los pequeños senos de hermanita,



al pequeño vientre tan fácilmente desnudo.



Y por ello era belleza, la misma



que tienen las dulces mendigas de color,



las gitanas, las hijas de los comerciantes



vencedoras de los concursos en Miami o Roma.



Desapareció, como una palomita de oro.



El mundo te lo ha enseñado,



y así tu belleza no fue más belleza.



Pero tú continuabas siendo niña,



boba como la antigüedad, cruel como el futuro,



y entre tú y tu belleza poseída por el poder



se inmiscuye toda la estupidez y la crueldad del presente,



la llevabas siempre puesta, como una sonrisa detrás de las lágrimas



impúdica por pasividad, indecente por obediencia.



Y se desvaneció, como una blanca sombra de oro.



Tu belleza sobreviviente del mundo antiguo,



reclamada por el mundo futuro, poseída



por el mundo presente, se convierte así en un mal.



Ahora los hermanos mayores finalmente se dan la vuelta,



detienen por un momento sus malditos juegos,



salen de sus inexorables distracciones,



y se preguntan: “¿Es posible que Marilyn,



la pequeña Marilyn nos haya indicado el camino?”



Ahora eres tú, la primera, tú, la hermana más pequeña, aquella



que no cuenta nada, pobrecita, con su sonrisa,



eres tú la primera, más allá de las puertas del mundo,



abandonado a su destino de muerte.




Tradución: Eduardo Magoo Nico.


Foto: Maria Callas, Marilyn Monroe.