jueves, marzo 12, 2020

Ricardo Piglia - La amistad en Saer




On m’a dit, Mais c’est ça, l’amitié, mais si, mais, je t’assure, tu n’as pas besoin de chercher plus loin. On m’a dit, C’est là, arrête-toi et regarde cette splendeur.


SAMUEL BECKETT




Recuerdo siempre la impresión de inmediatez y de asombro que me produjo leer el manuscrito (estaba escrito a máquina) de El entenado. Desde luego, no leemos igual un libro editado que un original (y esa palabra ya lo dice todo). Hay una sensación de cercanía que es única y en el recuerdo nos parece que hemos sido –y seremos siempre– el primer lector de esas páginas.

En aquel tiempo yo dirigía una colección de narrativa en Folios, una pequeña editorial de Buenos Aires y Saer nos había enviado el libro para que lo publicáramos. Visto a la distancia, me parece que esa decisión define bien su poética y su modo de entender la literatura. Si Saer decidió publicar El entenado en una editorial casi desconocida fue antes que nada porque había algunos amigos ahí a los que les tenía confianza.

Por esa misma razón leí las pruebas de imprenta de Glosa y escribí el texto de la contratapa. En ese caso, fue otro amigo el que hizo posible la publicación, Alberto Díaz, que desde entonces se convirtió en el editor de Saer (primero amigo, después editor).

Un circuito de amigos sostiene la escritura. Y a ellos, desde luego, les está dedicada. Hay que seguir la compleja red de dedicatorias en Saer y se verá que cada libro tiene un destinario específico. En mi caso, La pesquisa, una novela policial, porque Saer me ha asociado siempre con el género y ha discutido durante años ese asunto conmigo. Las dedicatorias entonces han tenido una función interna al propósito del libro y ésa es una cuestión abierta (qué quiere decir, después de todo, dedicar un libro). La sobremesa a la que alude la dedicatoria de Glosa, por ejemplo, es la indicación irónica de la relación de la novela con El Banquete de Platón (del que por supuesto es una glosa).

Los libros están escritos para los amigos. Dirigidos a los amigos, digamos mejor. La amistad es una red que sostiene al que escribe por afuera de cualquier circulación pública. De hecho, la amistad establece el modelo mismo de la lectura literaria: indecisa, intensa, fuera de todo control y de todo interés que no sea la literatura misma.

En distintos momentos de la obra de Saer tenemos representaciones de esa lectura entre amigos. Por ejemplo en Glosa: «Una sombra tenue pasa, rápida, por la cara de Tomatis. Sin haberlo pensado nunca, sabe que un pedido de relectura es una forma velada de indicar que el efecto buscado por el lector no ha alcanzado al oyente y que el oyente, o sea Leto, ¿no?, para no verse en la obligación de ensalzar lo que no le ha hecho ningún efecto, utiliza el pedido de relectura, y también para preparar, durante la relectura, un comentario convencional que deje satisfecho a Tomatis». La complicidad, la atención, la ironía, la desconfianza, es lo que está en esa escena. Y también cierta fidelidad (de hecho quince años después Leto volverá a leer originales de Tomatis «con credulidad y placer» en un relato de La mayor que se llama, justamente, «Amigos»). Los amigos se leen entre sí (y muchas amistades se pierden en ese tráfico). La literatura antes que nada es una red de amigos. Habría que hacer una clasificación del estilo de esas relaciones.

Primero la amistad como aprendizaje, la relación entre maestro y discípulo cuyo ejemplo decisivo está en El entenado en el vínculo entre el narrador y el padre Quesada que le enseña a leer y a escribir y se convierte en su modelo ético. («No era únicamente un hombre bueno; era también valeroso, inteligente y, cuando estaba en vena, podía hacerme reír durante horas».)

Ese tipo de amistad tiene uno de sus ejes en la figura de Jorge Washington Noriega, centro de Glosa, al que todos respetan y festejan y del que todos aprenden y al que todos leen. «Te admiran, te han leído», le dice Marcos Rosenberg a César Rey al hablar de los jóvenes de la nueva generación (como Tomatis, Leto o Barco). Y Pichón Garay y Lalo Lescano van a comer a un restaurant de la costa «porque saben que años atrás lo frecuentaban Higinio Gómez, César Rey, Marcos Rosenberg, Jorge Washington Noriega y otros que pasaban por la vanguardia literaria local».

Luego está la amistad entre iguales fundada en la complicidad plena pero también en la confrontación y la disputa que define la relación entre el grupo de amigos que rodea a Tomatis y reaparece con variantes en todos los relatos de Saer. La literatura está siempre presente. «¡Discusiones en el cancel del verano!», esa frase que Saer escribe admirativamente, casi como un recuerdo elegíaco, remite a una escena que va y viene a lo largo de los textos.

«En la costra reseca», un relato situado hacia 1955, con Tomatis y Barco que acaban de terminar el secundario y deciden enterrar una botella con un mensaje en una isla del Paraná, puede ser visto como el momento inicial de esa serie (de hecho es en ese relato donde Barco ayuda a colgar en la pared el cuadro de Van Gogh que identificará a la pieza de Tomatis durante toda la saga).

La amistad es uno de los núcleos centrales de la narrativa de Saer. El grupo de amigos que se encuentran para charlar y discutir es el tejido básico sobre el que se traman las historias. La amistad funciona en Saer como la familia en Faulkner: es una red de tensiones, rupturas, rencuentros, relaciones, acontecimientos, historias antiguas, nuevas versiones. La estructura abierta de la narración reproduce el juego de encuentros y desencuentros entre los amigos. Ahí debemos ver la presencia de Pavese en la obra de Saer. En las grandes nouvelles del autor de La casa en la colina los amigos pasan el tiempo conversando y vagando hasta el alba por una ciudad de provincia.

 Esta sociabilidad, fundada en lo que Saer llama «el arte de la conversación», define el modo de narrar. Está en juego un uso del lenguaje y por lo tanto una forma de vida (los asados, los encuentros en los bares, las caminatas, las visitas inesperadas). La amistad supone además un territorio común. Los amigos viven en un mismo lugar, en una misma región. La cercanía es a la vez espacial y emocional. Los que se van siguen ahí.

Todas estas cuestiones están presentes desde el principio en los libros de Saer. Difícil encontrar un escritor (salvo quizá Onetti) que haya definido con tanta claridad su mundo en el momento de empezar a escribir.



Conocí a Saer a fines de 1964 o principios de 1965 en una mesa redonda en la antigua Facultad de Filosofía y Letras de la calle Viamonte. Habíamos ido a presentar La lombriz, el libro de cuentos de Daniel Moyano y estábamos, si no me engaño, Saer, Roa Bastos y desde luego Moyano. El libro lo publicó Sergio Camarda, un italiano muy entusiasta, que había fundado una pequeña editora familiar, que primero se llamo Camarda Junior editores y luego Nueve 64, donde se publicaron algunos textos claves como Todos los veranos de Conti, y también claro Palo y hueso. Por otro lado a fines del año 65 Camarda editó conmigo la revista Literatura y sociedad.

Pequeñas editoras, pequeñas revistas, jóvenes escritores, el apoyo de un autor consagrado, la presentación de un libro como pretexto para un debate literario: podríamos ver ahí ciertos signos del estado de la literatura argentina en aquellos años.

La discusión que se entabló esa noche parece ahora lejana y sin embargo es muy significativa. Se discutía la tensión entre los escritores de Buenos Aires y una serie de excelentes narradores del interior del país que, como Saer, Daniel Moyano, Héctor Tizón y Juan José Hernández, escribían sus obras lejos de la capital (y sufrían, según parece, las consecuencias).

Había un aura latinoamericana en esos escritores (de allí el aval de Roa Bastos) que los diferenciaba de la llamada tradición europeísta de Buenos Aires. El asunto era interesante porque apuntaba implícitamente a poner en cuestión el concepto de literatura nacional y hacer ver que existen varias literaturas nacionales que son simultáneas y contradictorias, cada una con su propia tradición.

No recuerdo bien cómo se desarrolló la discusión, lo cierto es que inesperadamente –pese que había nacido en Adrogué y vivía en La Plata y sólo había publicado un par de cuentos– me encontré en el lado minoritario del debate, encarnando el centralismo porteño (y la tradición unitaria) frente a Saer que llevaba, como se dice, la voz cantante de la otra posición.

Recuerdo que discutimos agriamente con alusiones, bromas y argumentos múltiples y muy malintencionados, y que después nos fuimos a cenar al Dorá donde seguimos hasta que la disputa concluyó (o fue suspendida) algunas horas después, entre bromas y chistes sangrientos, en un café del bajo.

Tal vez la memoria me falla y fueron otros los participantes, otras las circunstancias, otros los temas de discusión, lo que recuerdo es que estuvimos hablando de La lombriz, en la vieja Facultad de Filosofía y Letras de la calle Viamonte, y después fuimos a cenar al Dorá y terminamos casi al alba en un bar de la zona.

Esa primera conversación fue igual a muchas otras conversaciones que tuve luego con Saer. Discusiones apasionadas, bromas, una malediciencia liviana, gustos tajantes, argumentos arbitrarios, acuerdos instántaneos y diferencias irreductibles. Así fue cómo nos hicimos amigos.

Al revés de las amistades inglesas («que empiezan por excluir la confidencia y muy pronto omiten el diálogo») las amistades argentinas (si es que existe esa categoría) son una combinación algo extraña de diálogos interminables y de confidencias discretas.

Nos vimos muchas veces a lo largo de los años en distintos lugares, en distintas circunstancias que se me han borrado ya, pero recordaré siempre el entusiasmo, la ironía y la inteligencia de Saer como uno de los privilegios más grandes que me ha dado la literatura.

Saer tiene (no pienso escribir tenía) el don de la amistad. Siempre será suyo ese esplendor. Y nadie que lo haya leído lo podrá olvidar.


Alma, inclínate sobre los cariños idos.


viernes, septiembre 27, 2019

FABIAN CASAS



Ezeiza



Mi primo ya no es un gigante

en el crepúsculo de esta terraza

donde estamos sentados.

Dos casas más allá,

con broches en los labios

y pañuelo azul en la cabeza

una mujer cuelga la ropa.



Desde que se fue el libretista

el color whisky del pelo de mi primo

empezó a clarear

y en alguna feria americana

los jóvenes modernos

deben estar probándose

su vieja melena, sus pantalones oxford,

los suecos que yo a veces le robaba

para mirarme en el espejo...



Príncipes violentos de los setenta

¿Qué podemos hacer por ustedes?

No se convirtieron en políticos

ni se exiliaron, ni están

con dos enes en el pecho debajo de la tierra...



Ustedes,

que se colgaron de los árboles de Gaspar Campos

y fueron a esperar al Duce a Ezeiza,

tuvieron que soportar

que el viejo no les trajera la revolución

sino la peste.



'Pero no éramos -dice mi primo-

estetas de la muerte o fanáticos del dolor.

Simplemente buscábamos Tao...'



A la gente le gusta pensar

que la vida cambia. Y muchos viven pendientes

de cosas que no le van a suceder nunca.

Ahí está la vereda cubierta de arroz

del Registro Civil; el libro donde dice:

'Antes vine como el Cordero,

ahora he vuelto como el León'.

Relatos, fábulas para un pueblo construído

de agua y de fe.

La silla de mi primo está vacía.

El viento agita los árboles en la calle.

Es cierto. Todo terminó más rápido

que un día de franco.

Después pasó el tiempo,

viajamos con las tribus del norte hacia el sur.

Algunos se reprodujeron.

Otros aprendimos que el miedo

es la distancia que existe

entre el dolor y la nada.

Yo crecí y me convertí en el líder.

En cuanto al Guerrero del camino,

nunca más lo volví a ver.

Ahora él vive

sólo

en mi memoria.



Texto: Fabian Casas

sábado, septiembre 21, 2019

JORGE LUIS BORGES - La escritura del dios.



Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas, para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados y a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi conjetura y un secreto favor.

Dediqué largos años a aprender el orden y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras formaban rayas trasversales en la cara interior de las piernas; otras, anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra. Muchas tenían bordes rojos. (...)



Vi infinitos procesos que formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé también a entender la escritura del tigre.

Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales), y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. 





Fragmentos de "La escritura del dios", Jorge Luis Borges. Obras completas.Tomo I, pag 596,  Emecé Editores (Buenos Aires).

miércoles, abril 10, 2019

Federico García Lorca



SUEÑO II (Libro de Poemas, 1921)

Mayo de 1919




Mi corazón reposa junto a la fuente fría.

(Llénala con tus hilos,
araña del olvido.)

El agua de la fuente su canción le decía.

(Llénala con tus hilos,
araña del olvido.)

Mi corazón despierto sus amores decía.

(Araña del silencio,
téjele tu misterio)

El agua de la fuente lo escuchaba sombría.

Araña del silencio,
téjele tu misterio.)

Mi corazón se vuelca sobre la fuente fría.

(Manos blancas, lejanas,
detened a las aguas.)

Y el agua se lo lleva cantando de alegría.

(¡Manos blancas, lejanas,
nada queda en las aguas!)

(Fuente Vaqueros, Granada, 1898 – camino de Víznar a Alfacar, Granada, España, 1936)

martes, abril 09, 2019

Toda juventud que ríe...



La Lepido-Sirena-Paradoxa

(En mi pesadilla)

Me comía lentamente por el culo

¿Su audacia?

Introducir todo el rimero en la ranura

Fina/Rosada

¿Estrecha?

Toda la remembranza

Todo el imaginario de uno

En el fruncir del otro

(La cabeza como una antorcha en llamas)

Y junto a la aborrecible enfermedad del abrazo

(Encendido)

La arcada

 

Como una flecha lanzada contra Bora y Marea

Los hombres y mujeres de mi generación

Que habiéndose ya batido

Aún están dispuestos

En este virtual último asalto

A talar de un tajo el miembro necrosado

A poner el cuerpo vivo en el adorno

Y con las banderas de Alceo

Bagual/Calelián/Catriel/Calfucurá

Calfiao/Pincén

Molfinqueupú

Nauculeo/Namuncurá/Epumer

Y Baigorrita (en el frenesí del trazo)

Cortar la tarde

Armar la bronca

Morir-matando

 

Hay una crispación de nervios

Que anticipa todo tiempo venturoso

Veo la luz de tu voz

Tensa como la cuerda de un arco

"Ebria de ausencia, la vida es vasta...

Agua que parpadea"

Su tensar se acentúa

Con el temblor de los cobardes…

 

(De la ira de los elementos

Tal vez debería hablarte)

Pero debo aún arrastrar el cadáver

De quien me ha venido arrastrando

Hasta el borde mismo de este embudo

Que no se abisma

(Del agujero en ciernes)

De esta preciosa Mira

Que no quiere, todavía

Abrir sus ojos...

 

¿Un animal forzado a seguir amando?

¿A vivir para la muerte?

Contento de verme envejecido

Envejecer este poco más aún...

Hasta casi no poder arrastrarlo

(La Lepido Sirena sigue haciendo lentamente su trabajo)

 

Saturado de alabanzas y podrido en formas

Me maravillo:

Sea ya por su naturaleza / Haya sido por el huerto

(Por el orto, por el muerto)

¡Toda juventud que ríe es invencible!

 

Texto: Eduardo Magoo Nico

Foto: Alejandro Pi-hué




domingo, febrero 03, 2019

La herencia




Deja que otros remos desordenen las aguas

Pronto la luna encenderá su lámpara

El timón lo llevará con gracia

Una jovencita que conoce el rumbo



Yo sé que un día ella

Escarbando con sus afilados instrumentos

Desentrañara  cada una de las citas

Que enclavadas como gemas

En cada verso o polis, derrrumbada

Profundamente en el olvido

Testimonian que una vez hubo una historia

De la que fuimos parte



Cuando el cambio o la mutación

Lo habrá destruido todo

El recuerdo de aquello que amé

Será para ella mi única herencia

Del resto se hará un gran cúmulo

Que devorarán las llamas

O cubrirá la vegetación invasora



Y en ese gran amasijo

Irredimible

De basura y escoria

Tal vez quedará

La entera porción de un resto

En el que lo Bello podrá desplegarse

Y por la mediación de un último poseído

Obtener

Su merecido reconocimiento

Texto: Eduardo Magoo Nico
Foto: Gustavo Piccinini

lunes, diciembre 24, 2018

Leyendo Seda


Le dijo: ¿me das una seda?

Ella bajó los ojos y le ofreció sus tetas



Seducir una mujer

Estrangular un hombre

Sedas

Esa exquisita prenda encoge un poco

Después una peste infecta los huevos europeos

Viaja por tierra

Intuye una ninfeta

Otra morocha

Sólo se miran

Posan los labios en el mismo borde de la taza



Cada vez menos por los huevos

Y más por la muchacha

Vuelve al sesgo de esos ojos

De princesa india

(De un amito blanco no se hace un marido poderoso)

Un amor así…

Parece ser el elegido por los dioses

(Pero no lo digáis con énfasis)

Por lo que toca a la música:

Oyendo, seda



Una línea narrativa que sube y baja

Hecha como para leerse al tacto

Es temerario su exceso de elegancia

Apenas se sostiene entre los dedos

La túnica que por pudor nunca se puso

(Habrá lectores que pasan frío)

Momentos, en que desenvolviendo el último capullo

Nido del ruiseñor

Llegan a temer, que se haya sofocado

¡Tanto amor!



Temen, hasta que se encuentran

Con su larva viva

Un dolor

Les ata Ananké su nudo

(De seda)

En la garganta

Y vuelven al punto de partida

Amor perdido, posible amor



-¡Que talle tan esbelto! Dije.

-Sedas, mamón. Estoy buscando sedas…


Texto: Eduardo Magoo Nico 

miércoles, diciembre 19, 2018

jueves, octubre 25, 2018

Las nupcias





Espuma

Yo también fui espuma

Aquella espuma era la cinta en los cabellos

Era el velo que rodeaba las caderas

Era el lento alzamiento de la luz

Lo oculto en la aurora

Y la purpúrea soberanía de la sangre



Único vuelo superpuesto al naufragio

El velo

Una faja, una cuerda, una venda…

Lo que está a punto de realizarse

No se sostiene por sí solo

Necesita ser cubierto y descubierto

Aparecer y desaparecer



Lo que envuelve

Lo que ciñe

Está a favor del todo

Y el todo incluye el velo

Ese excedente

Que es la fragancia de la cosa



¿Y al mar quieres confiarte?



Texto: Eduardo Magoo Nico
Foto: Gustavo Piccinini

jueves, agosto 16, 2018

Un puente de tablas



Un puente de tablas



Una casona desconchada

Las puertas cerradas

Y las pupilas sesteando

La hora del sol justo

De las unánimes cotorras

 

De tanto apretar una maderita seca

Vino un mirar turbio y burlón

Releía por entonces viejos libros

Y la niña repetía sus preguntas

Allí donde otrora solía sentarse un perro

El perro del Porqué

 

En las formas sinuosas de un gato

Se agregaba ahora también un Paraqué

Al simple placer de la lectura

Entreveraba su diligente presencia

A la tristeza de sentirme ausente

Del único mundo verdadero

(El de mi dorada adolescencia)

 

El verdinegro del bosque

Improvisaba a mi lado

En una gama armónica

Que iba del dodecafonismo vienés

Al brutal atonalismo neoyorquino


Comenzó entonces su turno de mentiras propias

(Se iba convirtiendo en persona)

La Mugrienta

Y de a poco me fui enterando

Como era yo

Contado por ella

 

Frente a la casa

Se hizo de pronto enorme

El silencio de las hojas

Y mi leve desespero

Ya no quiso interrumpirla…

Era tal vez lila, el color de la menguante

Pero el que yo imagino ahora

Se parece más bien al fucsia

O al morado

 

Cada ciudad y cada etapa de mi vida

(En su relato)

Aparecía manchado por el resentimiento

Esa tortuosa forma de la cobardía:

Una confesión no se da nunca entera

Me dijo…

Pero alivia

 

La madera seca

Ya casi moldeada por el cuchillo

Tomaba las formas de un viejo simulacro

No quedó más que una perenne llovizna

(De hilos muy delgados)

Bajo las siempre unívocas cotorras

Para entretejer la trama…

Un torrente de sucesos jamás ocurridos

 

Como el desfigurado fantasma de palo

Se quebró en el medio mi delirio

Mostrando venaduras 

Punzantes de dolor

Nada menos sinuoso que el dolor

Comentó el Paraqué, alzando la cola

(Otro pinzamiento en la columna)

 

Casi todos los asuntos referían a la pampa

Y sus aconteceres

O a un delta imposible...

Como una pequeña convalecencia

Quedó encastrado allí

(En mi poca memoria)

Su relato

En la noche fresca

En el rumor del río

(Demasiado fuerte para mis oídos)

En una lenta catarata de cajón

 

Intenté alzarme

Avanzar un paso hacia la espesura

Ella dibujó una sonrisa

Los ojos negros, inmóviles

La había visto tantas veces

(En cada miserable rincón del mundo)

Vieja amiga

Vieja Lástima

Siempre renovada y ecléctica

 

Había vivido todo este tiempo

Entre demonios vestidos de bruma

Esos treinta mil héroes invisibles

En que se habían transformado

Mis compañeros de aventuras

Hechos con el oro de una raza de oro

Y con el barro, de toda juventud

 

Lúcido y plúmbeo como el mundo viejo

Fresco, o recién hecho, como el mundo 

Cuelga de una cuerda su vestido

El viento trae aún su canto

(Apenas un sonido)

Tan íntimo y carnalmente indeleble

Que hasta a veces arde...

 

Texto: Eduardo Magoo Nico

jueves, julio 26, 2018

JUAN FILLOY - entrevista de Ricardo Zelarayán


Tendrá que pasar todavía un tiempo largo para que podamos apreciar en su real dimensión la obra múltiple de Juan Filloy (novelista, poeta, cuentista, cronista, palindromista, que aplica cabalísticamente a sus libros títulos de siete letras: Op Ollop, ¡Estafen!, La potra, Caterva, Usaland, La hucha, etc., etc.). Apenas se ha publicado en ediciones normales un ocho por ciento de su obra. Es cierto que se ha impreso algo más, pero en ediciones privadas fuera de comercio; porque, como nos dice el autor: "Yo no podía cometer la tontería de caer en las sanciones del artículo 218 que a mí, como juez, me correspondía aplicar." En su Río Cuarto de siempre, este criollo fornido de edad increíble — genuino escondedor de años —, nos ha cautivado con un diálogo zumbón, rabelesiano, lleno de alegría y de palabras fuertes. De esta caudalosa entrevista de siete horas, apenas y lamentablemente, podemos dar este fragmento típico de su personalidad.

- Don Juan Filloy, espero que usted no le tema al grabador.
El temor a ese aparato es explicable. Usted habla y habla. Muchas veces hace una confidencia y pide que no se publique... Y es lo primero que le sacuden. Claro, el periodista busca ciertamente lo sarcástico, lo escarnecedor. Y sería más que tonto si no lo aprovechara.
Un conocido escritor me decía, por ejemplo, que temía al grabador porque sentía que era un poco él. Es decir que el temor al grabador era un poco el temor de sí mismo.
Mire, estos aparatos reflejan más el carácter. En un reportaje interesa el hombre tal cual es. Ya el carácter es una modificación del temperamento sobre la base de cierta intelección de lo que se dice. Y la conducta a su vez es una superación del estado caracterológico porque ya la conducta está unida a la acción y al comportamiento del tipo. Comprendo que estos reportajes son temperamentales. Es muy común que el escritor sufra inhibiciones cuando tiene que hablar. Sobre todo el escritor que está acostumbrado a una vida recoleta, sedentaria, y que vive frente a sus cuartillas. Al expandirse encuentra un mundo distinto. Eso usted lo encuentra aquí mismo, en la sierra. El serrano cordobés, por ejemplo, es sumamente silencioso. Para sacarle una palabra, una confesión, una declaración, tiene que sacársela con sacacorchos. Yo he sido juez toda la vida. Eso lo he experimentado en la vida judicial, en la justicia del crimen. Los serranos están acostumbrados a un panorama restricto, a un panorama apeñuscado.

- Sin embargo, en la sierra, la meseta o la montaña, el alcohol desata las lenguas. El alcohol y la confianza...
¡Y la autoridad! Usted no puede imaginarse el alcohol que es la autoridad. Si usted inviste a un chuncano, a un paisano con un cargo de subcomisario o de juez de paz, ¡hay que ver la facundia que adquiere el tipo! Ahí aparece el español.

- Yo quería ver la relación entre el Filloy cotidiano y el Filloy escritor.
Se dice Fiyoy, ¿eh?... no Filoy. Mi apellido es gallego.

- ¿Usted es hijo de español?
Sí. Mi padre es gallego, mi madre francesa, mi mujer inglesa, mi suegro y mi suegra rusos. Cuando yo anotaba a mis chicos, el jefe de registro civil, que es muy amigo, me decía: Pero che... vos sos la Liga de las Naciones. Bueno, esa es la emulsión americana. Esta mezcla de sangres y de pueblos distintos van creando un tipo humano. Le doy un dato importante. Según los índices antropométricos del servicio militar, el promedio de altura ha aumentado cerca de quince centímetros con respecto a la primera conscripción que se hizo en el país. Aquí, en estos pueblos, toda esta mezcla, toda esta gringada que se junta, ha producido unos especímenes humanos realmente valiosos. Hay una pendejada hermosa. Y viene mucha gente a buscar novia a Río Cuarto; las chicas son aquí realmente bonitas.

- Lo he notado. Es lo primero que se ve. Ayer y hoy he estado caminando la ciudad.
Así se la conoce. Yo me pateo la ciudad. Mire, yo hice unas crónicas de mi viaje a Europa que se llaman Bitácoras del humor vagabundo. Son unas noventa crónicas. Justamente Clarín publicó algunas de ellas. Es mi segundo libro de viajes. El primero fue Periplo, sobre un viaje por el patio líquido que es el Mediterráneo, por todas las naciones que bordean el Mediterráneo. Conozco Egipto hasta la presa de Asuán; conozco Tierra Santa como la palma de la mano, Grecia, etcétera. Y vea, he andado a pie. Hay que dejarse de macanas. ¡Esas giras turísticas que lo llevan de la nariz! Yo no tengo auto ni nunca lo tendré. Y he gozado haberme liberado del automóvil. Es un instrumento mortífero, por otro lado. Mortífero porque va arruinando al individuo. Se va perdiendo el hábito de caminar. ¿Usted ha visto la gente que anda en automóvil? Son culones, tienen la cintura pesada. Por ejemplo en Norteamérica, donde la proliferación del automóvil llega a proporciones catastróficas, la gente no sabe caminar. Eso sí, es un deleite ver caminar a los negros. Las negras y negros caminan a pasos de ballet. Ver caminar es una cosa hermosa. Yo camino por lo menos dos leguas diarias. Voy caminando y hago al mismo tiempo respiración yoga. Eso es lo que me ha mantenido muy bien. Además, camino con tensión helénica; con el eje de cada pie siempre en la misma línea. Mire, eso repercute en el organismo de una manera tan positiva... Yo tengo ochenta y un años, compañero.

- No... ¿Ochenta y un años?
Sí, ochenta y uno. Es increíble. No sé lo que es un dolor de cabeza. No sé dónde está el hígado o la vesícula. Yo creo que todo obedece a no haber tenido auto. ¿Usted sabe los desquicios psicológicos que trae aparejado el automóvil? Es tremendo, los nervios, la dependencia... Yo lo veo por mis hijos y por mi yerno. Son unos tipos locos de mierda que dicen que el conductor de adelante no sabe manejar.

- Y el conductor de atrás dirá lo mismo de ellos.
Sí, mire, tienen lo que en medicina se llama exacerbatio cerebris. Es patológico.

- Bueno, Perón también era muy caminador. Creo que decía que no había que dejar de caminar porque si no a uno le pasa lo que a la estaca del alambrado, que por abajo se pudre y por encima se amontona la intemperie.
Ah... ¡Qué bueno! Perón tenía cosas espléndidas. Hablemos ahora un poco de libros. En este momento estoy corrigiendo pruebas de una novela un poco extensa: unas cuatrocientas páginas.

¿Y cuándo va a sacar Caterva, de la cual me han hablado tanto?
Bueno, la tiene que sacar Paidós. Caterva es una novela estuario que publiqué en 1939. Estuario porque avanza como un río. En una conferencia que di en Mendoza sobre novelística hice una distinción que me parece muy atinada sobre la diferencia entre el cuento, el relato y la novela. El cuento es dibujístico, es una línea, no tiene que tener adornos.

- Es decir que el cuento sería para usted puramente lineal.
Lineal, es claro. Utilizando una metáfora, un símil, yo lo comparo a los arroyos nuestros. Salen, hacen unos cuantos firuletes y desaparecen. Después está el riacho, que es muy distinto. El riacho pampeano, por ejemplo, va apaciblemente por los pequeños desniveles de la llanura y se remansa en ciertos lugares. Eso es más bien un relato. La novela, en cambio, es un río.

EL CUENTISTA

- ¿Cuál sería para usted el cuentista que más se ajusta a su definición?
Quiroga, evidentemente. Ahora, el modelo europeo...
Sí, Maupassant.

- Y fuera de Horacio Quiroga, ¿qué otro cuentista se ajusta en la Argentina a su definición?
Guillermo Estrella, un cuentista muy bueno. En la década del 10 al 20 había otro: el uruguayo Javier de Viana, que vivió en Buenos Aires. Me gustaba porque con cuatro macanitas le sacaba un cuento. Bueno, macanitas no... bueno. Javier de Viana es puro cuento. Y sus cuentos se vinculan con las epopeyas militares y políticas de su país. El era uruguayo y estaba muy interiorizado de las luchas entre los blancos y colorados que fueron violentísimas.

(Pausa)

- Caramba, ¿en qué se ha quedado pensando?
Mire, estaba pensando en Pérez de Ayala, que para mí es la gran figura de la literatura española. Un poco oculto, un poco soterrado...

- Nunca me lo hubiera imaginado.
También tuvo una característica: era un hombre sumamente mordaz. Atacó en especial a figurones de la literatura española como Benavente. Era mordaz como Groussac.

- No conozco casi a Pérez de Ayala pero que Groussac fue cáustico y mordaz, de eso no hay duda.
Groussac fue un francés toda la vida. Llegó a dominar el castellano y a una relativa identificación argentina, pero fue un francés cien por cien, por su literatura, sus fuentes.

- Pero casi toda su obra la escribió en castellano.
Sí, lo que quiero decir es que fue un escritor francés que escribió en castellano. Así como hoy el irlandés Beckett escribe en francés.

- Eso me recuerda a un escritor nacido en Bélgica y naturalizado francés que escribe en un castellano que parece traducido, en una especie de español de hotel internacional.
Sí, de acuerdo. Y actualmente cuando ese escritor alude al tema argentino está retrasado. Por ejemplo, cuando aborda el lunfardo emplea un lunfardo del año treinta. Yo no sé qué fobia tiene ese hombre a la Argentina. No quiere incorporarse.

- Bueno, hay quien dice que es mejor ser ciudadano del mundo.
Sí. A mí me han llamado la atención las visitas meteóricas de ese escritor a la Argentina. Nunca pasaban de quince días. Vivía enclaustrado. Huía. Lo notable es que ha hecho escuela. Por su posición frente a la literatura, por sus actitudes. Hoy hay escritores argentinos que escriben pensando que van a ser traducidos y hay muchos que se pasan soñando con radicarse en el extranjero. En fin, no es ningún secreto que en Buenos Aires no sólo los artistas dicen que éste es un país de porquería y que hay que irse.
Mire, hay que salir un poco de la Argentina para querer al país. Yo no soy ningún apátrida. Yo siento la nacionalidad. Afuera se siente enormemente la Argentina porque usted encuentra ámbitos completamente ríspidos, cerrados, hoscos, torvos. En fin, llenos de roñería, de privaciones, de espíritus cohibidos, de almas mancas. La última vez estuve nueve meses en Europa, recorrí una punta de naciones y permanecí en algunas ciudades. Es un tipo de vida completamente distinto del nuestro. Aquí usted ve la generosidad argentina en todos los aspectos de la vida. ¡Y hay detractores! Vea, una de las cosas que me calienta es que aquí vivimos en un ámbito de quejosos. ¿Quién no se queja aquí? Yo no quiero pecar de optimista. Pero es un país de vida rica. Si hay algo rico en la Argentina es el pueblo. El Estado es pobre. El Estado está siempre en la inminencia de una quiebra, de una falencia.

- Es un pueblo que opta por darse los gustos, ¿no?
Sí. ¡Mire las recaudaciones de los partidos de fútbol! Y esos verdaderos éxodos humanos a Mar del Plata. Vaya usted a Europa y va a ver lo que es la roñería del centavo. Féparguerie des sous, como dicen los franceses. Hay gente que camina cuarenta cuadras para comprar una hortaliza medio franco más barata. Aquí nosotros nos dejamos robar a conciencia, con fruición. Y los trabajadores trabajan menos y son menos exigidos que en otras partes.

- Pero la mano de obra es excelente
No sólo la mano sino la cabeza. Recuerdo cuando los ferrocarriles estaban en mano de los ingleses. Los muchachitos argentinos eran los que hacían toda la diagramación y los ingleses que venían contratados no hacían más que firmar. Mire, cuando vinieron las grandes industrias a Córdoba trajeron todos esos planes de organización, esos organigramas y todas esas habladurías de sociología industrial. A veces los obreros les hacían una huelga o brazos caídos o a desgano. Pero cuando se dedicaban a trabajar, ¡suplían tres veces el tiempo perdido! Porque aquí los obreros piensan. Claro que desde el punto de vista político o desde el punto de vista empresarial esa deserción o languidez en el trabajo repercuten. Pero no en el trabajo en sí. Repercuten en los balances. Eso es lo que los calienta a esos chupasangres. Toda esa gente quiere plata a troche y moche. Y después el capital va a una nación de Europa donde se permite que se junte toda la mugre del capitalismo mundial. Una nación que presume de ser la más limpia, la más atildada, la más pulcra...

UN GRAN FRESCO

- ¿Y volviendo a la literatura?
Ah... Para mí la novela es como un friso pictórico, así como el cuento es dibujístico. La novela toma una fracción de vida, una fracción de pueblo, una fracción de sociedad. Es curioso, pero no hay novelas multitudinarias, novelas que tomen a la multitud como protagonista. Solamente conozco un novelista, el catalán Raymundo Casellas, que lo ha hecho muy bien. Como digo, la novela es un gran friso, un gran fresco. Claro, hay novelas con muchos personajes. O hay cúmulos de novelas sagas como Los Ronjon-Maquart, Los Thibault, donde aparecen familias enteras. Yo estoy haciendo una saga ahora. Ya llevo tres volúmenes y serán cuatro. Agarro una familia, una familia cuyo primer protagonista participa de la campaña del desierto. Es una familia de sinvergüenzas. A mí me gustan los personajes complejos, con todas las taras. No hay novela de buenas costumbres. La mujer honesta no tiene historia. No se puede novelar sobre hechos correctos. Ahora, en mi novela Caterva hay ciento seis personajes. Personajes tangenciales que entran, salen, vuelven pero, eso sí, con un elenco de siete tipos que son los que hacen la novela.

- ¿Cómo ve en este momento la novelística argentina?
Mire, hay evidentemente un fenómeno de promoción. Se ha llegado a una cosa fastidiosa para el escritor realmente vocacional. La promoción es evidentemente una gran espuela, la espuela económica. Una gran propaganda se encarga de crear una personalidad ficticia, pero entonces ese escritor se llena de dinero. Pero una cosa es promoción y otra fama. La fama sería la decantación de un prestigio logrado por méritos auténticos mientras que la promoción es la exaltación de méritos adventicios con una finalidad económica. Las editoriales hacen más o menos lo que hace Lectoure en el Luna Park. Promueven, estimulan a un muchacho que ha pegado un sopapo bien, le hacen un tren bárbaro, le preparan una pelea mejor, le pasan unos pesos y bueno... hay algo semejante. es claro que el símil es un poco grosero, ¿no?

Peor sería que fuese cauto.
Ahora no hay muchos escritores vocacionales en el país. Hay escritores, sí, promovidos por las editoriales. Y hay también una abundancia de comentaristas. Hay una profusión de publicaciones que recuerdan a las tesis universitarias.

Usted trabaja mucho, ¿no?
Si, yo soy un sistemático. Trabajo todos los días. Creo que la inspiración no existe.

¿La inspiración es el trabajo, como decía Valery?
Sí. Sobre el trabajo hay una frase exacta de Baudelaire que dice que el trabajo es una forma desesperada de divertirse y es la pura verdad. Trabajando se presentan todas las ideas y se estimula la imaginación. Sin imaginación no hay escritor; no hay escritor creacional. Y el que no tenga imaginación que se corte la mano; que no escriba. La imaginación es la gran matriz que provee todos los argumentos, todas las formas de desarrollo, todas las estilizaciones, etcétera. Ahora, crear y escribir son cosas diferentes. Por eso a mí no me gusta el trabajo de glosa, de comentario, el trabajo de escoliasta. El que tiene vocación literaria debe ser creacional. Es una especie de mayéutica: un parto diario. El escritor debe tener veinte embarazos. Y están saliendo todos los días... Y una vez parido, ¡a otra cosa! Uno se desinteresa. Yo no he leído ningún libro mío después de publicado. Me interesa el que está por nacer, me tiene preocupado la preñez. Y bueno, cuando sale... ¡a otra cosa también! Es un parto continuo. Y muchas veces esos partos no son normales, son abortivos. Es peor todavía. Y en esos engendros aparece una cosa teratológica que es mejor que lo natural. Porque desde el punto de vista literario a veces vale más lo monstruoso.

¿Y usted trabaja en varios libros al mismo tiempo?
Sí. Escribo cinco o seis cosas simultáneamente. Tengo cuarenta libros para publicar. Creo que la vocación es torrencial. A mí me pudren esos poetas que juntan cinco sonetos y los reparten estratégicamente. ¡Si yo que he escrito novecientos cincuenta sonetos siguiera este procedimiento tendría que disponer de los fondos del Banco Central para publicarlos! No puede ser. El escritor vocacional debe ser torrencial. Que por ahí salga una cosa mala, bueno, qué le vamos a hacer... Pero, habitualmente, sale algo que tiene el cuño, la sangre, el espíritu del numen del escritor. Por ejemplo, hoy estaba hojeando el último libro de Ramponi y veo que es un poeta torrencial, que no puede contenerse. Es un geyser. ¿Y cómo se va a contener a un geyser? Usted puede atajarlo a Bonavena, no a un geyser. Usted no puede atajar a una locomotora con ademanes, ni mucho menos una inundación. Mire, el hombre que crea es una pobre víctima de su vocación. A mí me pasa eso. Yo tengo que escribir todos los días porque si no estoy jodido, me abotargo. El creador no sólo tiene una población adentro, tiene un manicomio también. Si usted tuviera una población de hombres correctos, de ciudadanos pulcros, sería un escritor insoportablemente monótono, porque la vida correcta es lo más estúpido que hay. De modo que si usted no tiene un manicomio adentro, tipos de psicología podrida, de caracterología enrevesada, no puede hacer novela. Ahora estoy corrigiendo las pruebas de una novela en tres niveles. Es una novela de tema militar. Creo que vamos a tener problemas. Pero es una creación literaria. Se llama Vil y Vil. Un general que prepara la revolución desde un ministerio y que utiliza como confidente a un muchacho, un ordenanza, que es un estudiante próximo a recibirse de abogado y que está haciendo el servicio militar diferido. También he mandado otra novela que se llama Zodiaco, que para mí es muy corta. Es raro porque nunca hago cosas cortas. ¡No hay tiempo para hacer cosas cortas!

¡Caramba! ¿Y las palindromías las recogerá en un libro?
Sí, a eso iba. Estoy preparando el libro de las palindromías o frases que se leen al derecho y al revés. Publicaré todas las frases palindrómicas. Las del emperador León VI, considerado el campeón de la palindromía, que publicó veintiséis en griego, las de Ambrosio en latín, la única de Dante, palindromías francesas, japonesas, húngaras, italianas y la única que he conocido en castellano. Finalmente incluiré diez mil frases palindrómicas mías.

¿Qué diría usted a los que dicen o piensan que la suya es una literatura de juego o de evasión?
Y bueno. Que la hagan ellos. Yo por mi condición de magistrado he debido tener una actitud completamente al margen de las militancias políticas e ideológicas. Y tengo mis ideas y mi ideología política y filosófica. Pero en razón de mi magistratura debía tener despojo y aplomo. Tener una mente limpia para poder juzgar con soberanía cualquier tema que se llevara a mi estrado y tener soberanía mental para hacer caer mi opinión como cae una plomada. No he podido ser jamás un escritor comprometido. Pero desafío a quienes me acusan de hacer una literatura de evasión... o no desafío nada porque, en realidad, me interesan las discrepancias, las apruebo y las estimulo. Como Oscar Wilde que se quejaba porque no lo criticaban. Mire, yo no he escrito nada pornográfico, he escrito cosas crudas, escenas que son reales en cualquier persona normal. He pintado la vida prostibularia, por ejemplo, en Caterva y Balumba, en épocas en que los quilombos estaban perfectamente permitidos. El escritor debe ser una especie de notario público, Debe dar fe del momento en que vive.

NOTARIO DE LA REALIDAD

Veo que usted es un escritor realmente comprometido, un escritor sin retaceos, a diferencia de tanto otro escritor que se considera tal y que dice ciertas cosas y esconde otras.
En las novelas que escribí entre el treinta y el cuarenta he sido un verdadero notario público de la realidad argentina. Todo libro es un acta notarial. Usted pinta un fragmento de vida, un fragmento de sociedad. Es lo que en griego se llama ectopeya, el estudio de la conducta. Así, la gente que me acusa de hacer una literatura de evasión, ¿por qué me cita ahora como precursor de una literatura sin remilgos, sin eufemismos? Yo no iba a escribir como Carlos Novell en La novia de don Juan donde descaracteriza a un paisano haciéndole decir: "Váyase usted al estiércol". ¿Dónde ha visto a un paisano que diga: "Váyase usted a la grampa de la puerta"? Eso no es lo corriente en nuestro idioma coloquial. En Balumba hay versos prostibularios, sí, pero verdaderos aguafuertes que recuerdan a las obras de Facio Hebequer, ese gran litografista que pintaba la realidad como es.

¿Y cómo es ese libro de cuentos de la saga de los Ochoa?
En los cuentos de los Ochoa aparece un paisano, don Primo Ochoa, procaz, zafado, borracho, haragán, que tiene todas las virtudes auténticas del criollo. Es una especie de contrafigura de Segundo Sombra. En efecto, don Segundo fue un gaucho que se descaracterizó al ser ascendido a peón. Entró entonces en la cocina de una estancia y aprendió a comer con tenedor y sentado en un banco. ¡Y ahí se jodió el paisano! Se descaracterizó totalmente. ¡De modo que sólo faltaba que cuando iba a hacer los arreos recitara poemas de François Villon! Claro, los escritores de la oligarquía hicieron todo lo posible por exaltar las virtudes paisanas, pero no para honrarlas sino para explotarlas. En cambio, don Primo Ochoa es un gaucho auténticamente cordobés, un gaucho de pampa seca que tiene toda la picardía congénita. Un viejo atorrante, vago, borracho, pero sumamente simpático. La saga nativa o Saga de los Ochoa está integrada por Los Ochoa — cuentos, relatos y noveloides — La Potra, Decio SA y La Hucha, que son novelas. Son cosas con vida. Goethe decía algo muy cierto en sus Conversaciones con Eckermann: La novela, el cuento, la poesía y toda obra literaria tienen que producir estremecimiento. Sin estremecimiento — dice — no se opera el milagro literario. Los escritores que hacen pura y exclusivamente cuentos mentales son fríos, no tienen sangre, no hay barro vital. Hay que reconocer que cuando Borges escribe cuentos mentales lo hace muy bien. Borges escribe muy bien y cerebra muy bien. Tiene una imaginación admirable. Pero... le falta quilombo


"El que no tenga imaginación que se corte la mano"
Entrevista a Juan Filloy por Ricardo Zelarayán 22 de mayo de 1975
[Publicada en el suplemento Cultura y Nación del diario Clarín]

Reproduccion del texto de la pagina: http://www.elortiba.org/zelarayan.html