El Oscuro trota sobre las luces del atardecer.
Voces que en susurros muerden
con dientes de vidrio
mi cerebro y su corazón.
Golpeteo de alas de mariposas
y loas en moderato cantabile
de cardenales y jilguerillos.
Hadas y brujas cotillean
con los espíritus de los muertos.
Un trazo largo color humo
se sumerge con el pincel
en un lago rojo desvaído.
Compro libros de plástico
vendo artefactos de cartón.
Me llaman “el cartonero”.
Ella, mujer de fuego.
Yo, hombre de estopa.
Pintaré el fulgor de su mirada autógena
recortando dos agujeros.
Una noche saltaba él,
otra trepaba ella.
Siento amor por el recuerdo.
Los tilos parecían animarse con el viento
agregando su amarillo a las retamas y los aromos.
Un rosado tenue aparece
donde lavé la herida.
Soñaba a veces con ciruelas, quinotos y mandarinas
y me daba un chucho frío al alba.
Al que no le falta algo, le sobra.
De cerca, nadie es normal.
Texto: Eduardo Magoo Nico
Foto: Alejandro Pi-hué
