jueves, junio 23, 2022

“Servidumbres” - Eduardo Magoo Nico (2022).


 

Prólogo

 

            La polaca, primer libro de poesía de Eduardo Magoo Nico, fue publicado en 1995. Estas Servidumbres serán editadas finalmente en el 2022, más de un cuarto de siglo después. Y entre ambos, en el 2011, estuvo el segundo, Puros por cruza. Todos, en esos 25 años (la edición quedó por dos largos años suspendida como cosecuencia de la Pandemia de Covid-19), con Italia y sus lenguas rondando, primero como espacio de ida y vuelta, después de vida cotidiana. Sin embargo, a pesar de esa atmósfera nacional y lingüística, lo que se activa y se pone en juego en esta poesía es indudablemente el castellano. Muy especialmente Argentina, fuente discursiva reconocible y, por momentos, objeto de inquietud. No casualmente el segundo libro era titulado y atravesado por el poema que le daba nombre y que es, en su totalidad, una interrogación sobre raza, poder y emblanquecimiento imaginario en ese país de cruzas.

            La tierra en que se piensa no deja de estar presente en Servidumbres, tanto en los paisajes pampeanos y modulaciones criollas de la lengua, como en la fascinación por un mar que para los argentinos es precisamente un poema o un relato, a pesar de los miles de quilómetros de costa. Como en los libros anteriores, no faltan las focas, orcas, pulpos (logomarca de Julián Gayarre en redes que no son de pesca), y sirenas. Muchas sirenas, porque las olas se sueñan desde la tierra y por sus aromas: Dos pálidas camelias o un rubicundo eucalipto / Son suficientes / Para verme lanzado, nuevamente / Sobre el delirio del mar. El pulpo es un baqueano de pulpería.

            Hay cuatro libros en Servidumbres, y en su progresión se imponen diferentes ámbitos. Muchas formas del agua en el primero, los seres marinos y mitológicos en el segundo, y, en los dos últimos, el propio lenguaje. Ocurre que este volumen, entre los que Magoo ha publicado hasta ahora, es el que más se refiere al proceso creativo y, en especial, a la escritura. De diferentes maneras, poemas como “Toda juventud que ríe”, “Labial”, “Sigamos soñando los setenta”, “Quien nunca haya amado, amará mañana”, “Un agujero con la mente alrededor”, “Variaciones sobre un tema”, “La niña mugrienta”, “Un puente de tablas”, “Cuaderno patria”, tematizan esa cuestión.

            Puede ser un rimero que entra por una ranura como el imaginario de uno en el fruncir del otro. Puede ser una letra: De chiquito siempre me gustó la é / (La é mayúscula). También el teatro y lo vocal / bucal, tanto la voz como la boca erótica. Una mariposa pinchada en un recuadro, como huella de lo que fue escrito. La preescritura se antoja un agujero con la mente alrededor, estampado en un cuaderno por llenar, y que desde afuera se ve mejor, como trabajo infinito. La música del bandoneón puede descomponerse en algo gráfico inclusive previo a la escritura, o una forma primaria de representar, como rayitas.

            El Ponti dice, en uno de sus diálogos: Como vinos preciosos, mis versos también tendrán su hora. Y ante una pregunta de su compañera de voces dis-curre sobre emular, citar, recibir influencias, asumir tradiciones, en fin, todo lo que deriva del carácter no adánico del lenguaje. El escribir se encaja en los procesos naturales, como un gotear monótono de las páginas, un insecto que pide cuentos, y puede volverse un puente de tablas para que el poeta sea contado por otros. Es también ambiente cuando la tierrita se amadreselva con los gerundios del aire.

            En el punto en que Servidumbres parece estar por cerrarse, nos encontramos con un penúltimo poema, “La herencia”, que parece lanzarse sobre el tópico de la escritura poética como testamento para el mundo. ¿Se trata acaso de testimoniar que alguna vez hubo una historia? Las imágenes parecen indicar un final del juego, pero ¿hasta qué punto escribir o dejar de hacerlo es algo que se decide? De hecho, el poema que sigue se llama “El olvido”, y cierra el libro, pero estableciendo un retorno: hay un diálogo con La Polaca, aquel primer libro en el que hace cuatro cinco estaciones llueve.

Como decía al comienzo, un cuarto de siglo (un cuartito que es un puente entre dos de ellos) separan esas dos puntas de una escritura, argentina y apátrida, criolla y de movida europea. Imposible no pensar que el primer retoño aparece bajo un despreocupado menemismo, cuando todavía varias partes del mundo parecían crecer y marchar hacia algo “nuevo”, que muchos veían como soportable o previsible. Y que este tercer brote, independientemente de la cronología de escritura de sus partes, nos llega entre llamaradas, tsunamis y multitudes enardecidas de nuevos símbolos: chalecos, sardinas, perros matapacos, pañuelos y wiphalas. En la partida y la llegada del círculo fue necesario prepararse largamente para la lluvia. Veremos si nosotros los pobres, seguiremos invictos, como en la palabra de Eduardo.


Adrián Pablo Fanjul

(Adrián Pablo Fanjul es doctor en Lingüística y Lengua Portuguesa por la Universidad Estadual Paulista (2002). Profesor en el Área de Español del Departamento de Letras Modernas de la Universidad de Sâo Paulo.)


“Servidumbres” – Eduardo Magoo Nico. La Cartonera edizioni, Roma, 2022. (PDF)


PS: Se agradece a Perro Gris (ediciones y librerìa independiente) el espacio concedido, y la gracia de facilitarnos un enlace de descarga gratuita en sus pàginas Web:


https://www.facebook.com/edicionesperrogris/

http://www.edicionesperrogris.com/

Enlace de descarga: 

https://drive.google.com/file/d/10UieHt0-2ZbKnd7LNWhQ-t9luskre3UH/view?fbclid=IwAR28-oVcbSTFRcGcj4SWQ_UaeI8IpuNbxLMTqm2V4-Id4uQw9JG8Tp8NTc4






 

 

 

 

 

 

 

domingo, mayo 15, 2022

El casamiento


 

 Disparatada bóveda

Tras la entrada que no entra

Clavado con el bulto

Nadie

Nada

Toca

Es mejor no moverse

(Quería huir y no podía)

Yo también a veces

¿De dónde saliste?

¿No ves que soy como vos?

Somos de carne y hueso

¡Buh..!

Y estamos en alguna parte (según parece)

Sin embargo todo es a-normal:

¡Hola!

¡Hola!

Pernoctar se puede (pero con delicadeza)

Con corrección

Con educación

Bueno, abracémonos

Un momento, no se puede...

Porque de eso sale después tanta porquería

Es evidente

No aguantaron

De padres y madres, enloquecieron

¿Que haremos?

Nada

Nadie

Comería algo, sin embargo

(Como si tocasen campanas proferir palabras en alta voz…)

Pregunto: ¿cuándo comeremos?

¡Detente con tu cuchara!

Este lugar me recuerda algo

Desfigurado

Desmoronado

(Todo el tiempo estoy hablándome a mi mismo)

¡Detente con tu cuchara, porque todavía yo no lo levanté la mía!

¡Yo ya no soy hijo!

Buena la sopa... (éste teme que le pegue)

Me gustaba aquél mondongo...

Si vos podés, yo también puedo

¿Y no sentirías remordimientos?

No, porque uno imita al otro

Eso sí que nos viene como anillo al dedo… ¡ja ja ja!

¡Jo, jo!

Pero no se trata de eso, aquí hay alguien más:

Es una muchacha para servir... (y está bastante bien servida)

Se puso como un tomate la pobrecita...

Se ve que sabe

¿Otra vez te pica, che?

El provolone

Hablando de todo un poco: ¿Los conocidos viven?

Algunos

A mi me da lo mismo

(Con qué facilidad digo “me da lo mismo”)

¿Si fuese ella, entonces, porqué no nos habla?

Ella no es (ella fue)

De la novia una sirvienta se hizo

Taponada

¡Y por siempre encarcelada en ramera!

Un detalle...

Es un detalle

A millares de muchachas les sucedió lo mismo

En todo el mundo

En Kiev y en Barcelona

En París y en Verona

En Cracovia y en Goritzia

En Junin y en Buenos Aires

El hijo ha vuelto a la casa pero la casa

Ya no es Casa

Ni el hijo es Hijo

¡Qué nadie vuelva a nada!

Sí, bailemos

¡Qué sean felices!

Mamá: no hay que llorar…


Texto: Eduardo Magoo Nico - Una paráfrasis de "El Matrimonio" de Witold Gombrowicz.

Foto: Alejandro Pi-hué.

 

 

 

 

 

De rodillas ante ti


Y yo te tocaré con este dedo…

¡Paren un cacho, che!

Todo esto me parece demasiado artificial...

¿Y qué importa? Si vos sos super natural

Soy natural, sí

Quisiera serlo

¿Entonces resulta lo que digo?

(Silencio horrible)

Imaginemos que me siento

(Mover piernas y manos)

¿No puede acaso él aguantar?

Yo aguanto

¡Un padre, tiene que aguantar!

¡Bien dicho pibe!

Sí, bien dicho...

Pero de nuevo suena solemne

¿Qué es el padre?

¿Quién lo hizo?

(No hablo sino declaro)

¡Hablo y sólo ante mí profiero mis palabras!

Tengo que ser forzosamente artificial...

Porque si a nadie hablo

¿Qué hacer?

¿Sentarme?

¿Pasear?

Podría arrodillarme

Naturalmente, esto resultará muy artificioso...

Me arrodillaré entonces, pero no para mí

Yo aquí estaré de rodillas

¡Traten de eliminar ahora mi arrodillamiento!

¡Y yo los tocaré con este dedo!

¡Que pavada!

Es una farsa idiota

(Esto se pone cada vez más tonto)

Y encima ya no puedo levantarme

Porque no corresponde...

¿Me casarán?

¡Se puso colorado!

¡Ja ja ja, se avergonzó!

No podría imaginar algo más extraño

Sin embargo la alegría me inunda

Y en el humo de la ficción

¡Canta el corazón!

Perdón:

Soy un poetastro...

 

¡Yo te totocaré todavía!

¿Tú me darás?

¡Yo te daré!

¡Cochino, cochino, cochino!

Dichoso en estos momentos

El corazón maternal

Que durante tanto tiempo

Se sintió tan mal

He dicho.


Texto: Eduardo Magoo Nico - Para una paráfrasis de "El Matrimonio" de Witold Gombrowicz.

Foto: Alejandro Pi-hué.





 

 

 

 

 

 

domingo, abril 24, 2022

La valentía


 

El enorme trabajo

El peso de la tierra

De esta tierra atada

Alambrada al trabajo

 

Las llagas de las llagas de uno

De músculos retorcidos como paja

Colgando de un alambre

 

En el lejano horizonte

Sobre una carretilla que es el mundo

La bolsa de plumas de mi pensamiento

Liviano, como una pesadilla

 

Zara

Soy la valentía

El hombre de este mundo

El inocente asesino sin saberlo

Soy la valentía

El trabajo ajeno y sin sentido

Siempre ajeno

 

Yo no sé

(Y nada quiero saber)

Que fue otra, la que

Adelantando el carro de la historia

Detuvo el látigo y vino a salvarme

 

Lloraba Zara

Lloraba por mi valentía

Que perdía para ella

Lloraba por mi vientre helado

Que ya veía atado al mástil

Hinchado de carbunclo

 

Zara

Mi cuerpo exhausto

Delgado, como una pesadilla...


Texto: Eduardo Magoo Nico

Foto: Un conventillo de Buenos Aires. Fines del 800 (Archivo General de la Naciòn).

sábado, abril 16, 2022

Tinta negra

                                 


Negra la punta y blanco el nervio
De la pluma que tu mano
De mi ala arrancó sin compasión

Tu camisa liviana
Sus pliegues eleva

¿Es del ángel que escapas?
¿Estás acaso corriendo?
¿O es a él, que estás volviendo?

Negra en la punta y blanca en el nervio
Como una cosquilla de pelo en el pelo
Vella la pluma en el bello

Girada sobre el flanco
Tus caderas sosteniendo
Una blanca redondez sin peso
Fuga sin fuga hacia el centro

¡Ay, de tu anillo!
De tu cintura quebrada y profunda
Del telón que mueve el viento…
La pluma pasa lenta y sin tiempo

En flecos sin trama mi pena
Estará tus labios mordiendo

Cada hilo lleva un pensamiento
Donde raja moja y no ve…
La tinta negra del cielo


Texto: Eduardo Magoo Nico.

sábado, marzo 19, 2022

El cautivo


En un cuarto de tres paredes

(Pues la cuarta se abría a un espacio desierto

Del cual provenía, tamizada por un tejido liviano

Una tenue luz blanquecina)

Estaba la princesa durmiendo

Se la veía discretamente recortada en la penumbra

Con un niño bajo su brazo derecho



Al despertar

Me invitó a entrar 

Hizo que me sentara sobre una piel de venado

Junto a su camastro...

Vestía una falda morada

Y llevaba el pecho desnudo



Esperé en silencio

(Como correspondía a la etiqueta

Que regía y demoraba

Todos sus actos)

Que iniciara la conversación:

Pertenecía a una antigua estirpe

De caciques Pampas

Cuyo centro

Era la sagrada laguna de Carhué



Pasado un tiempo

Mi anfitriona tembló y sonrió…

(Habíamos simpatizado)

Su serena convicción ocultaba

Una exquisita precisión idiomática

Que no parecía de este mundo



Algo así como escuchar

(Por primera vez)

Los acentos y las entonaciones

De un rapsoda griego

En el siglo de Pericles...

Con su relato creí comprender

(Como nunca antes)

La historia de su vida



Los hombres habían disuelto su infancia

Y sin embargo

Se habían hecho ver fugazmente

Desde lo alto de sus cabalgaduras

Como el más hermoso

De los espectáculos del firmamento



En ella

Fueron ideas, palabras, gestos

Dejados atrás

Abandonados, uno a uno

Con el transcurrir del tiempo


Luego de meditar largamente en sus rostros

Bellamente pintados

En las terribles máscaras

En los tocados de magníficas plumas

Comprendió que no eran artistas...

Sino el arte mismo

El fin último de la manía melancólica



Una enfermedad

Los había empujado a marchar

Muy lejos

Más allá de la última frontera

Allí donde se adquiere el saber

Y el valor necesarios

Para enfrentar 

La polvorienta y estéril frivolidad



La habían aspirado, sí

Minuciosamente

Hasta el fondo (como se inspira la vida)

Y una vez transformada en vapor y saliva

Con ella regaron

(Generosamente) todos los campos

Del país del alma


Texto: Eduardo Magoo Nico

Foto: Alejandro Pi-hué


lunes, enero 03, 2022

¡Se vienen los Omicrones!


 

-¡Güija Verija! ¡Se vino el Omicrón nomás!

-Ya estaba escrito...

-¿Quién lo escribió?

- Un tal Erasmo de Roterdám según me han dicho. Debió haber sido un ruso de las colonias entrerrianas, el hombre.

- ¡Aura caigo! Me lo habían mentado en otra ocasión: ¡Es el pulpero que inventó la Ginebra Bols!

-¡Y no le han mentido! Pero este hombre además solía escribir cuartetas, y así fue que payando una noche, le salió el vaticinio...

-¿Y que vaticinió Don Erasmo? (¡Dios lo tenga en su gloria y no lo largue!)

-Dis, que endicués de los malones, y de las nubes de langostas, y de Menem (con perdón de la palabra), y de toda la cría de secuaces que gobiernan hasta hoy mismito...

-¡Pior que la Peste!

- Dis, que para más disgrazia, se vendrían los Omicrines...

-¡Que los pári jáumeni! ¡No ganamos pa’ sustos en estos andurriales!

-Es que los Omicrines son muy penetrantes, y no le hacen caso a la caroina, ni al ajo, y ni siquiera la ruda macho los tiene a raya. ¡Más ladinos que las víboras  y las comadrejas, me cache en diez!

-¡Yo los reviento a rebencazos en cuanto se me vengan al humo! ¿Pero como es que se los distingue? ¿Son como los bichos colorados?

-No, estos son transparentes como el vidrio y entuavía más chiquitines que los piojos y las ladillas. Pa’ más, dicen que andan recontra cabreados estos micrones, ya sea porque no les dan tregua con el flit, ya sea por  todas estas avionetas que andan fumigando la soja, ya sea por la abundancia de incendios de montes y yuyales que los arrean pa’ las casas. Ya no les queda ande ir a vivir a esos pobres cristos...

-Esperemos que sea ésta la última maloneada, porque si seguimos así, no nos va a quedar ni una vinchuca en pie para meter en el guiso.

-Vamo a tener que salir a malonear nosotros también, como la otra vez paisano... Y que no nos vengan a engrupir de nuevo con sus lindos discursitos, los dotores. Siempre demasiado mansos hemos sido los criollos.

-Ya lo vé, en todo hay que aprender de los bichos, Don Lautaro.

- Ansina ha de ser nomás, porque está escrito... Manadas, jaurías y enjambres, cada uno con cada cual, y cada cual en lo suyo. Ir poniéndose de acuerdo y marchar haciendo tropa. ¿Vió? Como en un rodeo. 

- Eso mismo, rodear, esperar, rodear, y al primer grito, golpear como un solo hombre dónde más les duele.

-¡Chuzear y rajar, chuzear y rajar, y saltarles a la yugular al primer renuncio! 

- Ja! Ja! Si es como si lo estuviera viendo...

-¡Las verdades salen de su boca como poroto e’ la chaucha, Don Amelio!

-¿Oiga Don, no me pasaría otro matecito? Si no juera demasiado pedir...

-Aura le cambio la yerba y nos hacemos otra ronda.


Texto: Eduardo Magoo Nico

sábado, noviembre 27, 2021

César Aira - Discurso en la entrega del Premio Formentor de las Letras

 


Un premio tiene algo de final de partida, porque mira en una sola dirección: a lo ya hecho. Pero si la partida se jugó respetando las reglas, estas quedan vigentes después del final, de modo que el juego seguirá, no en un ilusorio futuro de revanchas sino en un plano del presente estriado por los tiempos posibles, entre los cuales tanto el pasado como el futuro son fichas disponibles para nuevas jugadas. Quizás me haga entender mejor con un recuerdo infantil. Cuando yo trabajaba mi ajedrez, con no sé qué  ambiciones de heroísmos cerebrales, uno de los recursos del aprendizaje era reproducir partidas de los grandes maestros de la historia del juego, Capablanca, Alekhine, Tartakower, a veces partidas legendarias, matches por el título mundial o, más dramáticamente, la partida que había marcado el comienzo de la decadencia o la locura del campeón. Llevándome por los comentarios creía entender, o me hacía la ilusión de haber entendido, la razón por la que hacían cada movida, pero al llegar al final sucedía algo que me desalentaba. Uno de los dos contrincantes se rendía. Se rendía, y esto era lo que me desalentaba, no por la inminencia del jaque mate que a mí tanto me emocionaba; se rendía porque preveía que el desarrollo inexorable de la partida, a partir de ese último movimiento hecho por el contrario, lo llevaría a la derrota, no en tres movidas ni en cinco, ni siquiera en diez: quizás en veinte o en treinta. Yo sentía que me estaban robando algo valioso. Lo que me gustaba era ver ese emocionante momento en que el rey quedaba preso en un rincón, no tenía dónde dar uno de esos pasitos suyos de convaleciente, y la muerte lo cercaba. A cambio de la emoción fuerte de esa instancia me daban una fría construcción intelectual, la proyección abstracta de los posibles, que aparte de la melancólica condición de irreal, no tenía otro horizonte que la derrota. Ni siquiera mostraba la dignidad trágica del momento final, sino que ese momento se ocultaba en la maraña bifurcatoria de lo hipotético. Las mentes poderosas de estos gigantes del juego me robaban la culminación de la partida, apoderándose del tiempo, al que obligaban a mostrar sus cartas. Cosas así hicieron que terminara abandonando mis sueños de ajedrez, como se abandonan los sueños de gloria a la mañana siguiente. Pero de esos finales a los que no se llegaba nunca debió de quedarme algo, ese aroma de tiempo adelantándose al tiempo, efectos precediendo a las causas, consecuencias salteándose a sí mismas. Así se abrevió la transición a Borges, cuyos juegos con el tiempo fueron también alardes del poder de la mente sobre ese elemento, que en sus libros no parecía fluir sino articularse como una palabra hecha de innumerables letras que podían reordenarse en distintas conformaciones anagramáticas formando otras palabras, que en definitiva eran todas las palabras posibles. De estos juegos con el tiempo estuvo hecha mi educación. A ella le adjudiqué parte de la culpa por los daños que sufrí en el transcurso de mi vida. Solo una parte. Yo compartía la culpa, ya que al considerar tan importante mi educación, por una propensión intelectualista que me acompañó desde el comienzo, no quise dejarla en manos de nadie que no fuera yo mismo.

 

Una educación es un proceso temporal. Una buena educación pone al tiempo de su parte, para lo cual lo ordena comedidamente en paralelo a su experiencia. No fue mi caso: por una decisión que escapó a mi control, tuve una educación defectuosa. Lo supe ya mientras se realizaba, me daba cuenta de que estaba experimentando una intermitencia de desapariciones, cuando lo propio de una educación adecuada era una acumulación de apariciones. No pude evitarlo. Una megalomaniaca convicción infantil de mi superioridad mental hizo que rechazara todas las insinuaciones del sentido común, con una positiva distracción que ya empezaba a parecerse a la literatura. Y, una vez adulto, frente a desafíos que debía enfrentar con los ojos cerrados, recurrí para explicármelo a la fórmula con la que titulé todo lo que escribí: una educación defectuosa.

¿Cómo pudo ser? ¿Fue de verdad, o un sueño? De un modo u otro, todos los hombres completan su educación y se lanzan a practicar lo aprendido como mejor pueden. Todos la completan a la medida de sus necesidades. En todo caso, van agregando interpolaciones de experiencia al dictado de los hechos y su correspondiente percepción. En mi caso, el proceso del aprendizaje se cerró pronto, no solo por el motivo más extendido, que es el temor de caer en la trampa de una educación crónica, sino por la prisa de empezar a ejercitar mis imperfecciones como otras tantas elegancias literarias. Sí, a veces pienso que fue un sueño, que todos los libros que leí en mi infancia fueron otros tantos sueños. Más allá, un cielo de nubes oscuras caía sobre el horizonte.

Se recurre al sueño cuando no hay otra explicación. Hace muchos años que tengo un solo sueño, quiero decir sueños que son variaciones del mismo sueño, cuyo argumento puede resumirse como la necesidad de llegar a tiempo, o la imposibilidad de llegar a tiempo, ya sea a una partida en avión o en tren, a una reunión, a una cena, a un sitio donde me esperan…. Las variaciones de escenarios, de personajes, de dificultades y escollos o demoras son innumerables, la necesidad de llegar a tiempo siempre está presente. También varía el tono, desde la más angustiada pesadilla a una casi indiferencia, aunque por supuesto nunca es un sueño agradable. He debido conformarme. Mi inconsciente no tiene la obligación de proveerme sueños agradables. Aparentemente sí existe la obligación de que haya sueños, para proteger la saludable operación de dormir, o por un requisito neuronal, o lo que sea. Y este recurso a un mismo asunto se revela como un modo de economizar el gasto narrativo. Sobre todo que sea este asunto, «llegar a tiempo», y no otro, porque su amplitud ceñida (que no es un oxímoron) permite insertar todos los restos diurnos y los deseos ocultos en un relato fluido. Lo que he observado es que dentro del tiempo de la demora en llegar a tiempo hay otros tiempos, globos de tiempo en los que, justamente, me demoro, globos narrativos, que hacen a mi profesión.

Al impartirme yo mismo mi educación en los primeros años de mi vida, como en los últimos he estado soñando que nunca puedo llegar a tiempo, al no aceptar maestros ni consejos, quedé en manos del Hada Atención. Las cosas podrían haber salido bien a partir de ahí. Lo dijo Leibnitz: «Dios nos da la atención, y la atención lo puede todo». Para poder todo hay que administrar bien ese don precioso, al menos tan bien como lo hacen los demás, que reservan la atención para lo que creen importante, en un gesto práctico destinado a evitar una sobrecarga eléctrica en los circuitos cerebrales. Yo, por efecto de las lecturas de las que ya estaba intoxicado, reservé la atención para lo maravilloso. No concebía como digno de mi atención sino lo que estuviera facetado en mil caras, el diamante en cuyo corazón innumerable se reprodujeran las imágenes de mi realidad personal. Ese diamante era un objeto alegórico, pero resultó real. Ahí estuve un día, en Dresde, en la Bóveda Verde o Gabinete de Maravillas de los reyes sajones, a la salida del cual me detuve ante el maravilloso diamante verde del tamaño del corazón de un niño. Ese objeto existe en la realidad, y en la realidad exhausta de los circuitos turísticos. El color, inusitado en un diamante, se debe a que en sus eras bajo la tierra sufrió radiaciones de uranio. Tiempo después leí el diario que llevó el niño Arthur Schopenhauer, futuro filósofo, a los ocho o diez años, en cuyas páginas registra el momento cuando, de paso por Dresde con sus padres, visitó esa misma cámara y se detuvo ante el diamante. Anotó a continuación que, al salir a la calle después de contemplar durante horas los juguetes de oro de los reyes, sintió un gran asombro al ver que los coches y la gente y las casas no eran todas de oro.

Ese diario y ese viaje vienen a cuento: los padres de Schopenhauer, ricos y cultos, dedicaron dos años a recorrer Europa con su hijo para perfeccionar su educación. El niño, aplicado, llevó un diario de cada jornada de ese viaje, que, a lo largo de dos años, fue descansado y placentero, en buenos coches y mejores hospedajes. Conociendo el carácter de los padres, y la trayectoria posterior de la madre, podría sustentarse la sospecha de que la educación del niño fue una excusa para licenciarse de cualquier trabajo y emprender un largo viaje de placer. No podría extrañarnos, ya que casi todo lo que se hace, al menos lo que hago yo, se hace como pretexto para poder hacer otra cosa.

La coda humorística que le puso el niño Schopenhauer a su visita a la Wunderkammer de Dresde, al decirse sorprendido de que en la calle la gente y las cosas no fueran de oro, indica que no habían escapado a su visión infantil los mundos posibles procedentes de la miniatura. Esas cortes de monarcas de bolsillo en sus minuciosos dioramas, la del Gran Mogol con ministros y chambelanes liliputienses, las tropas formadas en filas  intercaladas con lupas para ver los rostros fieros de soldados del tamaño de saltamontes, fortalezas inexpugnables que cabían en la palma de la mano, palacios para insectos con insomnio, eran todos habitantes de la imaginación y la memoria, invocados por el Hada Atención.

Y no era indiferente que fuera todo de oro. Los reyes sajones en la época eran los más ricos de Europa y podían permitírselo. Pero justamente por poder permitírselo, podrían haber elegido otro material. El oro, más allá de los simbolismos fáciles que promueve, de lo solar a lo excrementicio, o la prosaica reserva de valor, es moneda de cambio: puede hacer que lo pequeño se vuelva grande y el sueño, realidad. El oro permitió acercar no ya los opuestos, que siempre van juntos, sino los cuerpos y su representación. Ondulantes geometrías vanas hacen mundo para el contemplador, y uno cree comprender la historia en la que está embarcado, pero esa es apenas una cara de la atención, la atención vista desde afuera. Las miniaturas mentales emprenden un largo camino hacia el mundo, lo supe en el momento en que arreciaban los fastos enciclopédicos de mi educación, y debí saldar mis deudas atravesando páramos de sueño, cavernas con follaje de cristalería y oscuros volúmenes de noche prematura. La iconología de la atención pone la educación a distancia.

Hay un cuadro en París, el Déjeuner sur l’herbe, de Manet, en el que figura un grupo en primer plano, dos hombres y una mujer, y atrás, a cierta distancia, otra mujer que se inclina sobre el agua de un estanque. A cierta distancia, pero no sería fácil determinar con certeza el grado de esa distancia. Hay una ligera pero perceptible divergencia de lo que espera la visión. Sin que nadie haya tenido que decírselo, la vista sabe que el tamaño de los objetos disminuye según se alejan. Con la mujer que se inclina sobre el agua, la expectativa no se cumple, pero apenas. Un observador distraído no notaría nada fuera de lo común; y a ese observador distraído parece haberse dirigido el artista, para que se lleve sin saberlo la experiencia de un presente con dos realidades simultáneas. Claro que todo soñador sabe que no hay realidades simultáneas, lamentablemente solo hay una con la terrible transparencia de lo inexorable, y la capacidad del pensamiento de hacer presente dos espacios superpuestos sobre la red del tiempo es un miserable consuelo.

Vuelvo al proceso de mi educación: el aventajado escolar visto a cierta distancia crece, saliendo de la miniatura de oro bibliotecario en la que ha estado encerrado, se habitúa a las dimensiones que estrena, y se ofrece a su propia mirada, que artísticamente busca el tamaño adecuado. La lógica del espejismo es inescapable. El agua sobre la que se inclina la mujer del cuadro refleja al escolar temeroso, las ondas que expande su rostro son las huellas de la educación recibida, y en un momento más tocan la orilla de la edad adulta.

Este juego de simultaneidades y superposiciones distorsionadas sugiere el juego de la traducción, que en mi caso no fue un juego sino el trabajo al que me llevaron las lecturas y mi propensión invencible a no hacer otra cosa que leer. La ejercí esforzadamente durante treinta años, en los que cientos de novelas pasaron por mis conductos nerviosos. Que esos libros procedieran de la zona de golpes bajos de la literatura no me preocupaba. De sus páginas emanaba un gas alucinógeno que producía células de ficción. Los escrúpulos de la doble realidad eran aplicados a una materia, la literatura, donde sostener la atención era el único control de calidad posible. Dos idiomas se desplazaban por los rieles del interés: mantener el interés a toda costa era imperioso en esa clase de novelas, pero el amplio campo semántico de la palabra interés era el plano donde las distancias se hacían ambiguas. Absorbentes, esas novelas provenían del taller de las sombras, se rendían al monumental defecto previo que yo traía conmigo, mi aporte personal. Me llevaron muy lejos. Se las calificaba de «ficción comercial», aunque en realidad, si puede hablarse de realidad, ficción hay una sola, y si contiene un doble fondo es porque antes hubo una doble superficie.

Así como la simetría solo se advierte en las asimetrías, la lógica de la ficción sólo se advierte en su ruptura, y esta está siempre presente. Solo en la ficción se revelan los distintos planos de la realidad. Las novelas comerciales, por ser comerciales, adaptadas a la evolución comercial de la cultura, están construidas con el mayor cuidado, ya que se supone que al haberlas puesto en el plano comercial alguien pagará por ellas y tendrá derecho a reclamar. Esas precauciones tan cuidadas como las que tomó la divinidad al confeccionar el universo estallan a la vista, hacen visibles los huecos que han evitado. Traduciéndolas incansablemente, durante el periodo más extenso de mi vida adulta, yo volvía a la infancia, al momento en que podría haber descubierto algo que se me escapó e hizo que mi educación quedara en un estado crónicamente defectuoso, aunque no incompleta. Volvía al pasado, pero sin abandonar el presente inescapable.

El mito de la educación defectuosa lo construí a partir de algunos datos que extraje de mi comportamiento, de desviaciones inexplicables en mi conducta, que solo tomaban un contorno preciso si me remontaba a alguna falla o carencia en el pasado. Como en el caso de los ajedrecistas, pero al revés, si cometía un error era porque muchos años atrás había omitido aprender una letra o un número, o el modo de hacer una operación, y ese pequeño hueco viajaba en el tiempo hasta mi presente.

A esa construcción temporal, que califico de mito personal, le doy un verosímil biográfico diciendo que por una prematura manía de grandeza quise educarme por mis propios medios. Sabía que al hacerlo así lo haría mal. Quiero decir, ponía frente a mí la educación adecuada, a la que hacía objeto de un enérgico gesto de rechazo, ya que me llevaría a comportarme como los demás. Suena extraño que un niño no quiera adaptarse a su medio, ser como los otros chicos, ser aceptado. Por supuesto que era lo que yo quería. Pero en el adulto que iba a transformarse ese niño alentaba cierto gesto literario y artístico peculiar, y ese adulto que sería, y que soy, es el que rechaza retrospectivamente la educación adecuada.

Había que hacer un sacrificio, es cierto, renunciar a las eficacias prácticas de una existencia regulada por las bondades sociales. Por suerte, la normalidad nunca me engañó. El tedio mundano me rodeó como una marea ávida, pero resistí en la conservación de un pasado de pedagogías esotéricas que me había inventado, y que pude entrever al trasluz de los cientos de novelas malas que constituyeron el trabajo de mis días. Allí había un fondo de mar, con interesantes monstruos que ondulaban en una blandura condescendiente, sonrosados en el azul, portadores de las lamparillas del Orco.

Uno de los precursores ensayos de Francis Bacon, el titulado Of Boldness, o sea, Sobre la audacia, contiene un breve apólogo para ilustrar el hecho de que la audacia, que tan útil puede ser en unas ocasiones, en otras puede llevar a hacer predicciones imposibles de cumplir: la anécdota ejemplar dice que Mahoma se proponía dar un sermón y, como se había reunido a mucha gente, necesitaba hablar desde una altura para hacerse oír. A cierta distancia había una montaña («a hill», dice Bacon, una colina) que serviría convenientemente como estrado. Haciendo exhibición de la audacia que el ensayo de Bacon está considerando, Mahoma le ordena a la montaña que se acerque. Por supuesto que aquí Mahoma es solo una palabra. Seguramente Bacon lo empleó en lugar de Jesucristo para no herir susceptibilidades religiosas, aunque Jesucristo habría llenado mejor el papel, para los que recordasen ese sermón suyo que es, justamente, de la montaña. Pero, hombre renacentista como era Bacon, debió de tener en cuenta las reglas de la perspectiva, que ordenan las puestas a distancia y se advierten cuando una leve disonancia, como en el cuadro de Manet, despiertan el sobresalto. Y, por supuesto asimismo, la montaña no acudió al llamado. Con lo que Mahoma debió ir a ella, y quedó el proverbio.

Esto venía a cuento porque en su largo camino, en el que todos lo hemos pronunciado alguna vez, el proverbio adquirió reversibilidad: tanto puede decirse que si la montaña no viene al hombre el hombre va a la montaña como, al revés, que si el hombre no va a la montaña la montaña, mágicamente, viene al hombre. No es que haya tal magia: la montaña deja de ser montaña para ser cualquiera de esas cosas, como las desgracias, que vienen a nosotros cuando se convencen de que no iremos hasta ellas.

Pues bien, la reversibilidad viene a cuento por algo que se me ocurrió revisando una vez más los mitologemas de mi educación defectuosa, y es que si esta no prepara al alumno para enfrentar al mundo, será el mundo el que acuda al sitio donde está sentado, escribiendo, el alumno o exalumno, y acudirá transformado, adaptado a la clase de educación que ese exalumno se impartió. La ventaja, discutible y difícil de probar, es que en una cierta cantidad de movidas, anticipadas por el soplo de la inspiración, ese mundo comprado a fuerza de errores anticipados se volverá el mundo de verdad. El premio del que se negó a adaptarse al mundo, fue que el mundo vino a él despojado del lastre de la realidad, en forma de miniatura y representación, retablo de oro visto a la media distancia, moneda falsa que sirve más que la genuina.


César Tomás Aira González nació el 23 de febrero de 1949 en la ciudad de Coronel Pringles, provincia de Buenos Aires, Argentina. De ascendencia gallega, su abuelo, Robustiano, era oriundo de Junquera de Ambía, provincia de Orense. Ha publicado más de cien obras, sobre todo novelas cortas, a las que define como «cuentos de hadas dadaístas» o «juguetes literarios para adultos».

Publicó: Moreira, 1975; Ema, la cautiva, 1981; La luz argentina, 1983; El vestido rosa. Las ovejas, 1984; Canto castrato, 1984;Una novela china, 1987; El Bautismo, 1990; Los Fantasmas, 1991; La Liebre, 1991; Copi, 1991; Nouvelles impressions du Petit Maroc, 1991; Embalse, 1992; La Prueba, 1992; El Volante, 1992; El Llanto, 1992; Cómo me hice monja, 1993; Madre e Hijo, 1993; La Guerra de los Gimnasios, 1993; Diario de la Hepatitis, 1993; La Costurera y el viento, 1994; Los Misterios de Rosario, 1994; El infinito, 1994; La Fuente, 1995; Los dos payasos, 1995; La Abeja, 1996; El Mensajero, 1996; La Serpiente, 1997; Dante y Reina, 1997; El congreso de literatura, 1997; Duchamp en México/La Broma/Taxol, 1997; La Mendiga, 1998; El Sueño, 1998; La Trompeta de mimbre, 1998; Las Curas milagrosas del Doctor Aira, 1998; Alejandra Pizarnik, 1998; Haikus, 1999; Un episodio en la vida del pintor viajero, 2000; El juego de los mundos, 2000; La Villa, 2001; Las tres fechas, 2001; Un sueño realizado, 2001; Cumpleaños, 2001; Alejandra Pizarnik (biografía), 2001; Diccionario de Autores Latinoamericanos, 2001; La pastilla de hormona, 2002; El mago, 2002; Fragmentos de un diario en los Alpes, 2002; Varamo, 2002; El Tilo, 2003; Mil gotas, 2003; La princesa Primavera, 2003; El Todo que surca la Nada, 2003; El cerebro musical, 2004;Yo era una chica moderna, 2004; Las noches de Flores, 2004; Edward Lear, 2004; Yo era una niña de siete años, 2005; Cómo me reí, 2005; El pequeño monje budista, 2006; Parménides, 2006; La cena, 2006; La vida nueva, 2007; Picasso, 2007; Las conversaciones, 2007; Las aventuras de Barbaverde, 2008; La confesión, 2009; El Té de Dios, 2010; Yo era una mujer casada, 2010; El Divorcio, 2010; El error, 2010; El Perro, 2010; El mármol, 2011; Festival, 2011; El criminal y el dibujante, 2011; En el café, 2011; Los dos hombres, 2011; El náufrago, 2011; Entre los indios, 2012; Relatos reunidos, 2013; El ilustre mago, 2013; Actos de caridad, 2013; El testamento del Mago Tenor, 2013; Tres relatos pringlenses, 2013; Actos de caridad, 2013; Margarita (un recuerdo), 2013; Continuación de ideas diversas, 2014; Artforum, 2014; Triano, 2014; Biografía, 2014; El santo, 2015; La invención del tren fantasma, 2015; Sobre el arte contemporáneo, 2016, El cerebro musical, 2016; Una aventura, 2017;  Saltó al otro lado, 2017; Evasión y otros ensayos, 2017; Eterna juventud, 2017;  El gran misterio, 2018; Prins, 2018; Un filósofo, 2018; El presidente, 2019; Pinceladas musicales, 2019; Fulgentius, 2020; Lugones, 2020; El pelícano, 2020; Cuatro ensayos, 2020; La ola que lee, 2021; Catálogo descriptivo de la obra de Emeterio Cerro, 2021; Komodo, 2021; En la confitería del gas, 2021; Vilnius, 2021.



Fuente: http://revistapenultima.com/una-educacion-defectuosa-discurso-de-cesar-aira-en-la-entrega-del-prix-formentorrix/?fbclid=IwAR1U0dSZ_fjTBdszdP6uSVEWYZK-F594YdmSbccaT0oP9ijQpi2ZiOM5KIs