lunes, abril 04, 2016

Alejandro Russovich en Paraná



El siguiente es el diálogo que Alejandro Russovich mantuvo con los asistentes a una actividad organizada por un taller literario en Paraná en el año 1993. La misma consistió en la proyección del film "Gombrowicz o la seducción" de Alberto Fischerman, una muestra bibliográfica referida al gran autor polaco, y una conversación con los profesores de la Universidad de Buenos Aires Alejandro Russovich y Rosa María Brenca, esposa del discípulo, antiguos amigos del autor de Ferdydurke.




A.R.: Que me llamen “profesor”, se contradice con postulados típicamente gombrowczianos; si yo tuviese que hablar de mí mismo, en la situación actual, diría que soy un actor sin trabajo, más bien que un profesor de filosofía. Siempre me gustó actuar, y esta película me dio la oportunidad de hacerlo, con un excelente espíritu de taller, como fue la colaboración de todos los estudiantes del Instituto de Cinematografía. En realidad, esta película se gestó primero como un homenaje que se trataba de hacer a Gombrowicz en el Centro Cultural San Martín. Y después, Fischerman y Rabanal parece que pensaron en hacer una película. Entonces nos llamaron a Gómez, a Betelú, a Di Paola y a mí. Ellos dos iban tomando notas de nuestras discusiones y charlas, y de esa manera se estructuró una especie de guión. De modo que buena parte de lo que decimos en la película, ya lo habíamos dicho antes, charlando entre nosotros.

La verdad que evocar una relación juvenil con una personalidad tan fuerte como la de Gombrowicz, no es fácil. Yo pienso que en algunos aspectos, Fischerman interpretó bastante bien, en la película, algo que podría resumir la trayectoria de Gombrowicz en la Argentina: una gran ausencia.

El gran ausente en esta película, es el personaje central, ese de quien se habla continuamente, que imitamos Betelú y yo, principalmente porque en el tiempo en que éramos amigos, nos divertíamos bastante cuando yo lo imitaba, frente a otros en un bar.

Hay muchos episodios, anécdotas que podrían recordarse.

Fundamentalmente yo me siento muy contento en esta circunstancia y en esta ciudad de Paraná, a la cual yo le tengo una simpatía muy especial. Durante años yo estudié enfrente, en el Colegio de Jesuitas de la Inmaculada, así que Paraná, para mí, era la otra ciudad.

A mi me gustaría que abriéramos una charla para aclarar algunos aspectos de la película, aunque yo creo que, lo mismo que un chiste, una película no necesita ser explicada. Produce o no el efecto que tiene que producir de acuerdo a la técnica cinematográfica. Yo creo que Fischerman es un excelente director, y tengo la impresión de que esta película, a pesar de los medios precarios con los que se realizó, es una buena realización.

- ¿Se preparan Obras completas de Witold Gombrowicz en español?

- No, que yo sepa sólo se han editado los tres tomos del Diario de Gombrowicz, que es una de sus obras fuertes, en España. Yo recomiendo mucho sus lecturas, porque hay continuas referencias, directas o indirectas, hacia la Argentina. Él lo escribió acá. En el Diario, Gombrowicz no solamente habla de sí mismo y de su propia obra, sino de una cantidad de problemas que se refieren a su propia filosofía, a su propia concepción del mundo y del hombre, sobre todo. En el fondo, no solamente era un excelente artista y un maestro del lenguaje, sino también un pensador. Tengo noticias que hace poco apareció en Italia un libro sobre Gombrowicz que se llama Gombrowicz filósofo, y es efectivamente, perfectamente posible rastrear ideas bastante profundas acerca de la naturaleza humana en su propia obra, y en una correspondencia que mantuvo con el gran filósofo judío-alemán, o de Europa Central en realidad, Martín Buber, coinsidieron ambos en destacar ese concepto del entre del cual se habla en la película. Esto es algo que Gombrowicz vio muy tempranamente y que anticipaba en mucho la célebre mirada del Otro de Sartre, que de alguna manera reditúa la misma problemática. Es decir que el Hombre no es nada abstracto, nada general, ni siquiera individualmente considerado puede ser definido, sino como el Hombre con el Hombre. Dicen ambos: lo que surge entre uno y otro ser humano. Nos estamos continuamente fabricando, y en ese sentido fabricamos nuestra propia forma. Como diría Gombrowicz: nuestra propia facha.

- ¿Qué formación (profesional) tenía él?

- El era abogado; fue una imposición de su familia. Pero siempre se dedicó a la literatura, y nunca hizo otra cosa sino escribir. Al final, por una especie de conmiseración de la colonia polaca de acá, le dieron un empleíto en el Banco Polaco. Alquilábamos dos habitaciones en la calle Venezuela.

- ¿Cómo lo conoció usted a Gombrowicz?

- Yo lo conocí en una confitería que se llamaba La Fragata, en Corrientes y San Martín. Estaba Adolfo de Obieta y dos amigos, escritores cubanos, uno de ellos Virgilio Piñera, que fue quien dirigió la traducción al español de Ferdydurke, y verdaderamente cuando lo conocí quedé fascinado por su personalidad. Tengo que decir que yo leí a Gombrowicz mucho después de haberlo conocido. Es decir, no lo consideraba ni un escritor, ni un artista, ni un genio, a pesar de que de algún modo eso se decía de él. Si no que lo que realmente me seducía era su personalidad; su modo verdaderamente nuevo y fresco de descubrir valores en la existencia de cada uno, que generalmente quedan ocultos por nuestra educación, prejuicios y una serie de condicionamientos que se revelan como lo que son: imposiciones, valores que aceptamos como obviedades y que no ponemos en crisis. En cambio, en la relación con él siempre se producía una tensión en donde todos esos valores que poseíamos, eran cuestionados de raíz. Era una relación dura, difícil, y muy productiva y fructífera espiritualmente. Así, por lo menos, lo viví yo cuando lo conocí. Poco a poco fui, además, conociendo su obra, y sobre todo a través de los comentarios que él mismo me hacía a medida que la iba escribiendo: La seducción, Cosmos…

- ¿Él nunca sabía la página posterior a la que estaba escribiendo?

- Se puede ver el trabajo en varios planos, en varios niveles. Por ejemplo, él a veces pensaba pictóricamente, diríamos, en forma de bloque, o de rasgos que definían la situación que se producía en esa circunstancia de la novela, si no marcaba el aspecto formal, por ejemplo: ubicuidad. Hay un capítulo de La seducción que comienza precisamente con la ubicuidad, primero de los rayos luminosos, las sombras que se extienden, y todo lo que va ocurriendo en ese capítulo, tiene ese carácter sesgado, ligeramente distorsionado, buscando una finalidad, pero a través de rodeos muy sutiles. El gran problema de la Forma, como lo veía Gombrowicz, era el conflicto entre la madurez y la inmadurez. El inmaduro no tiene la medida de su propio valor, tiene que dárselo el otro, el formado.

- ¿Gombrowicz tenía miedo a la vejez?

- Sí.

-¿Gombrowicz no quiso entablar relaciones con la intelectualidad argentina del momento?

- Él era violentamente rechazado por quienes estaban alrededor de la revista Sur, aunque tampoco se lo propuso demasiado. El único puente que había entre Gombrowicz y los intelectuales argentinos de aquel momento era, justamente, el poeta entrerriano (Carlos) Mastronardi. Hasta que una vez, en un bar, Mastronardi empezó a hacer algunas alusiones de un tono un poco desmedido, o subido, a cerca de la homosexualidad de Gombrowicz. Y entonces se produjo ese momento en que él dijo: “Le doy dos minutos para que se vaya”, y como Mastronardi no se fue, se fue él. Fundamentalmente, el punto de vista de él, de Gombrowicz, era que la poesía, como el azúcar, en estado puro, concentrado, empalaga; mientras que en un café con leche resulta muy agradable. Después de todo, él era un gran admirador de los grandes poetas polacos, incluyendo al poeta nacional de Polonia.

-¿Por qué Gombrowicz se quedó 24 años en Argentina?

- El barco que lo traía atracó en Buenos Aires, y entonces estalló la Guerra (mundial). Lo que decidió el capitán y la tripulación del barco era volverse a Inglaterra, porque tampoco podían volver a Polonia que estaba ocupada. Entonces él se presentó a la Embajada, porque había un ejército, del general Anders, que era de polacos en el exterior. Pero de acuerdo a la revisación médica, no lo aceptaron.

Es decir que él estaba dispuesto a luchar, pero se quedó casi 25 años aquí, donde se convirtió, yo diría, en un verdadero escritor argentino, a pesar que escribió en polaco, pensó y descubrió verdaderamente muchos autores nuestros. En su Diario esto figura expresamente.

-Cuando Witold Gombrowicz se pone nombre y apellido en sus novelas -como en el caso de
Transatlántico- ¿utiliza lo real de su experiencia biográfica, por ejemplo en el conflicto con su padre?

-Yo creo que, por lo menos en el caso de Gombrowicz, escribir significaba poner fuera y dar forma a algo que de otra manera sería imposible de captar. De alguna manera, se da en el caso de Gombrowicz, algo que quizá sea común a muchos artistas: una elevada dosis de narcisismo, de cultivo de sí mismo como una tierra fértil.


Foto: Eduardo Magoo Nico y Alejandro Russovich en Paraná.
Texto y transcripción: Guillermo Meresman.





lunes, febrero 15, 2016

Big Mama


El abrazo del final, Big Mama
Dos copas, marlboro, banqueta moderna
Un bar en Domstraat
Netherlands
Hule y raso igualmente arrugados
Tu teta desesperada
Para mi mejilla dolorida
Spleen
Borrachería
Warhol emergiendo de una boca de tormenta
Una chica en sus hombros
Y el lente de una cámara en la oreja
Todo es falso, lo sé 
El lomo lo pone otro
La chica ya no es Big Mama
Sabiéndolo
No hay poesía
Hay un borde negro sobre el brazo desnudo
Y apenas musculado
Hay tres dedos de cuya flexión depende
Todo el equilibrio
Y un pulgar oculto en otro negro
Muy flou
De una calle neoyorquina
Neverland
El abrazo del final, Big Mama
De moda
En una foto cualquiera


Texto: Eduardo Magoo Nico

Ilustración: Gustavo Piccinini (Engrudo-1995)


martes, diciembre 08, 2015

La más perfecta carne

 
 
 

La más perfecta carne al partir

Parte el ser

En mil fragmentos desiguales

Un sentimiento de profundo

Y singularísimo

Afecto

Me inspiraba Noelia

 

Cuando su rostro atravesó

La ventana

Su magnífica cabellera de lluvia y llanto

Llamó la descarga

Un fuego hasta ese entonces desconocido

Que ni abraza

Ni envuelve

Ni quema

Encendió la más perfecta carne

Que al arder

Rompió su imagen

En mil porciones diminutas

 

Amarga y torturadora

(No de Eros, no de Psique)

Fue la convicción gradual

De que en modo alguno

Yo podría definir

Su carácter insólito

O regular su intensidad



Texto: Eduardo Magoo Nico

Ilustración: Gustavo Piccinini

jueves, noviembre 12, 2015

Néstor Ortiz Oderigo

 
 

DICCIONARIO DE AFRICANISMOS EN EL CASTELLANO DEL RIO DE LA PLATA

 
(Algunos ejemplos resumidos por mi de esta magnífica obra, al solo efecto de su divulgación) E.M.N.

 
Ají. Los esclavos y sus descendientes brindaron "platos" diversos a la cocina del Nuevo Mundo, distintos condimentos y aun técnicas y utensilios para la preparación de los alimentos. El ají es uno de estos ingredientes. La dicción aparece en distintas lenguas africanas. En el idioma hausá o ausá, posee el significado de "especie picante", "algo picante", etc.

¡Ajó! Interjección con que se incita a los niños para que hablen. T.J. Bowen, en su Grammar and Dictionary of the Yoruba Language, Washington, 1858, cita la exclamación nagó o yorubá ¡ojo!, que bien puede haberse trocado en ajó gracias a los dilatados años durante los cuales el vocablo africano surcó las rutas americanas, sobre todo pronunciado por las amas de leche y las mucamas que, provenientes del Africa, trabajaban en América.

Amurar. En el lunfardo o caló de nuestra ciudad el vocablo adquiere distintas acepciones. La palabra proviene del hausa, hausá o ausá en el que amure significa "casamiento". También se registra el sentido de "abandonar". Con esta última acepción, dice el tango: "Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida".

Bamba. Bamba era una de las seis antiguas provincias del viejo y famoso Reino del Congo. En el Río de la Plata otorgó denominación a una "nación" congoleña. En México, el vocablo bamba brinda nombre a una conocida y vetusta danza folclórica de origen africano, hija del negroide Estado de Veracruz. El término procede del kimbundu m bamba que significa "nudo". De ahí que los bailarines, sin interrumpir el desarrollo de la danza, anudan una soga con los pies. En la Argentina, los miembros de la "nación" bamba poseían un canto titulado Bamba queré, que aún hoy posee amplia vivencia y vigencia folclórica en el Brasil.

Badulaque. Tonto, persona de poca razón y sin fundamento en sus ideas o comportamiento. La dicción encuentra su génesis en el idioma cafre, pueblo bantú que habita en la parte oriental de Africa del Sur.

Benguela. Al amparo de la denominación de benguelas o banguelas se introdujeron en el en el Río de la Plata innumerables esclavos. En la Argentina, la "nación" de estos nombres, aliada de sus congéneres los comundás, llegó a conquistar un agudo vértice de significación. Trátase de un grupo etnocultural de raíz bantú. En el candombe nos decía un anciano informante afroargentino se practicaba el "toque" tamborístico benguela, caracterizado por su tempo o movimiento rápido, violento y raudo.

Cachimbo. Pipa rudimentaria que usaban para fumar los negros y las negras del Río de la Plata, sobre todo durante la época de la esclavitud. Estribaba en una fina caña de alrededor de treinta centímetros de longitud, por la cual pasaba el humo del tabaco o del pango que se quemaba en un pequeño receptáculo, por lo general de arcilla. Jose Antonio Wilde en su conocida obra sobre nuestra ciudad y sus costumbres anota: "Las negras lavanderas allí en el verde en invierno y verano, hacían fuego, tomaban mate y, provistas cada una de un pito o cachimbo, desafiaban los rigores de la estación...". El termino procede del vocablo kimbundu ka-tchimbu.

Cachucha. Baile afrohispano también conocido con la denominación de María Cachucha, nombre con el que en el Río de la Plata se incorporó al ambito de los juegos infantiles. en el lunfardo porteño, el vocablo designa el órgano genital femenino. Es un africanismo engendrado en el horizonte de las culturas angola congoleñas.

Candombe. El vocablo candombe brinda denominación a una ceremonia afrorioplatense de dilatada tradición. Se adjudica el nombre al ritual que se llevaba a cabo, a la especie musical con que se acompañaba y al tambor unimembranófono que señalaba su pulso. Deriva del adjetivo kimbundu (erguida rama del frondoso árbol de los idiomas bantúes) ndombe, cuya acepción es "negro", y el prefijo de concordancia ka que aparece con suma frecuencia en esa lengua. Por consiguiente, significa "negro", "perteneciente a los negros", "propio de los negros", etc. Ha sido registrado en distintas latitudes africanas en que florecieron las culturas bantúes. Y hasta una región de Angola, desde la cual llegaron millares de negros al Río de la Plata, lleva la denominación de Candombe. Por otra parte, fue incluido en el canto patriótico en que los negros uruguayos celebraron la libertad de vientres rendían homenaje a la Constitución. Suscripto por "Cinco ciento neglo de tulo nasiones", ha sido adjudicado a Francisco Acuña de Figueroa:

Compañelo di cadombe

pita pango e bebe chicha.

Ya le sijo que tienguemo

no se puede sé cativa:

Po léso lo Comundá

lo Casanche, lo Cabinda,

lo Benguela, lo Monyolo,

tulo cantag tulo grita...

Congo. Extensa comarca del Africa ecuatorial. Está poblado por negros bantúes. Congo también es una danza afroamericana bailada en diversos países del Nuevo Mundo, sin excluir a la Argentina. Se relaciona con la coronación de los reyes congos. Esta danza también se bailaba, semejante a la congada afrobrasileña y al candombe afrorioplatense en la Plaza Congo de Nueva Orleáns, Luisiana, Estados Unidos, donde la observó el escritor Lafcadio Hearn. La danza congo pertenece al acervo musical y coreográfico que respalda al jazz y a diversas ramas de la música afroestadounidense. En el Río de la Plata presenció la ejecución del baile citado al amparo de las denominaciones de chica, chika o martinica. Asimismo, el vocablo congo proporciona título a un tambor unimembranófono afroargentino, también llamado omo o niño, y utilizado asimismo por los negros de Haití para acopañar sus bailes litúrgicos y seculares. El vocablo congo dimana de la voz congoleña kongu, que significa "viejo", "antiguo".

Cumbia. Baile afropanameño y afrocolombiano. Este vocablo proviene del término yoruba o nagó kumba, que significa hacer ruido, gritar, armar escándalo; así como brujo, hechizero, mago, adivino.

Chimango. Ave de rapiña, de color pardo oscuro, pico y garra curvos. La palabra encuentra su fuente de orígen en la voz kimbundu xima-ngu.

Chongo. Vocablo de linaje kimbundu. Lo empleaban los tratantes de "marfil negro" para referirse a los esclavos robustos, dotados de excelentes condiciones físicas que los tornaban muy aptos para el trabajo. En el lunfardo de nuestra ciudad, y en el ámbito de cierto tipo de personas, se adjudica al individuo poseedor de cualidades "pronunciadamente varoniles".

Mucama. Se trata de un término africano derivado del kimbundu mukama, formado por el prefijo de primera clase mu y el radical kama. Durante la época colonial, en el Brasil, se aplicaba a las jóvenes esclavas que trabajaban en las casas de familia y eran amantes de patrones. La misma acepción posee la dicción en Angola, desde donde llegó la voz al Río de la Plata.

Milonga. Denominación de uno de los bailes tradicionales de nuestro país. En kimbundu, la voz, que se construye con el prefijo mi y longa, palabra, y cuya forma singular es mulonga, literalmente quiere decir "multitud de palabras", "palabrería hueca", "disputa verbal", "discusión acalorada", "querella", etc. Con idéntica significación se la utiliza en el Brasil y, sobre todo, en Pernambuco, donde la hemos escuchado pronunciar. Agreguemos que milonga, tango primitivo y ragtime poseen el protoplasma y la membrana del mismo núcleo de la célula musical africana y afroamericana. Cabal ejemplo de ello, entre muchos otros, es la página rotulada El porteñito, de Angel G. Villoldo, que es un ragtime perfecto, un Perfect Rag, como dice la obra de Jelly Roll Morton. Además de la acepción apuntada, en el idioma kimbundu, posee el significado de "mujer de vida inmoral" y en este caso se utilizan asimismo formas como milonguita y milonguera.

Mina. Trátase de un término muy notorio en el lunfardo o caló porteño. Según nos informan diversos viajeros y exploradores, los negros minas cobraron notoriedad por sus fiestas y diversiones en el que las mujeres lucían aderezos espléndidos y espectaculares y vistosas y rutilantes alhajas, así como demostraban un carácter jovial y expansivo. Por lo cual la voz de que hablamos se convirtió en una expresión alusiva a la mujer y en particular a la mujer de vida disipada. Vale la pena señalar que los negros minas, también llamados guin, integrantes de una de las naciones sudanesas que la marea esclavista trajo al Río de la Plata, heredaron el primero de estos nombres del tristemente célebre fuerte Elmina o Sao George de Mina, capital emporio de esclavos en poder de los portugueses y la primer factoría negrera, fundada en el año 1470 y visitada por Colón en sus andanzas esclavistas antes de emprender viaje al Nuevo Mundo. El vocablo pertenece al idioma yorubá o nagó de Nigeria y parte del Dahomey, en el Africa Occidental.

Pango. Hierba que utilizaban los negros del Río de la Plata y de otras regiones americanas en lugar de tabaco para fumar. Su nombre científico es Cannabis sativa L. Beaurepaire Rohan anota que es "el nombre angoleño del cañamo". En kimbundu, el cáñamo se denomina pango o diamba. La corriente esclavista introdujo el pango en diversas latitudes del Nuevo Mundo, aun la Argentina y el Uruguay, países en que los negros lo fumaban en sus pipas, cachimbos o pitos. Francisco Acuña de Figueroa, en su Canto patriótico de los negros, que aparece en el conocido Parnaso Oriental, escribe:

Compañelo di candombe,

Pita pango y bebe chicha, (...)

Tango. A nadie pueden conformar, ni remotamente, las apresuradas incursiones filológicas que, hasta el instante en que vivimos, se han realizado acerca de esta voz, sin tener el más leve conocimiento de lenguas africanas, ni de cuestiones africanistas. Puntualicemos sin tardanza que la dicción tango es, lisa y llanamente, un africanismo, una corrupción del nombre de Shangó o Changó, dios del trueno y las tempestades y numen de la música, así como posee otros atributos en la mitología de los negros yorubás de Nigeria, en el Africa Occidental. Y esta aseveración cobra cuerpo y se robustece si tenemos en consideración que en la Argentina, así como en otros países de nuestro continente, el tambor llevaba el nombre de la popular danza y que, en la mencionada mitología, Shangó es el dueño de los membranófonos, a tal punto que existen ciertos percusivos, como los batás que, hasta la hora presente, sobreviven en Cuba y acaso en Trinidad, donde los rituales litúrgicos de origen africano llevan, precisamente, la denominación de Shangós, que sólo se tañen para ese dios temido y temible.

Tango cayengue. La expresión se aplica a los tangos de tañidos bien "quebrados", "a lo raza africana", como antes mal se decía.
 
 
Néstor Ortiz Oderigo, "DICCIONARIO DE AFRICANISMOS EN EL CASTELLANO DEL RIO DE LA PLATA", EDUNTREF, Editorial  de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, abril de 2007.
 
 
 
 
 

 

sábado, septiembre 26, 2015

El gorro frigio

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        

El gorro frigio


Quiroga bebió el láudano que yo había refutado, y en el calor de la tarde misionera, recostado como estoy ahora en esta hamaca, comenzó a hablarme rítmica y pausadamente, de cosas que le escuchó contar a un viejo mensú, que lo ayudara en el desmonte de su chacra. Era la historia de unas gemelas. Rubia y de ojos negros una de ellas, morena y de ojos verdes la otra, que se preñaron casi al mismo tiempo, y para “pior” siendo vírgenes. De una dicen que concibió a su hijito de una semilla de almendro; de la otra que se metió en la madre un grano de una granada reventona. Cada año, llegada la primavera, con la vegetación que no dejaba de crecer, los hijos de estas dos chicas, eran festejados a la grande. La mayor se llamaba Wanda y la menor Nené, las dos habían nacido en lo más profundo de la selva misionera, allí donde un descendiente directo de uno de estos dos primos, un tipazo enorme, rompiendo porque sí un bochón de roca dura con la maza del hacha, encontró en su interior cristales preciosos. Ahora “Wanda” es un lugar por todos conocido.

Pues bien, parece que uno de los primos murió en una cacería, atacado por un enorme pecarí enfurecido, y el otro, borracho y fuera de sí por la pena de un amor no correspondido, se quiso cortar los huevos con una navaja, con tal falta de pericia, que murió desangrado el pobre. ¡Una barbaridad! Pero es así como me lo contó Quiroga... Y parece que más luego, la gente de ese lugar dejó de comer la carne de pecarí, y los sacerdotes del "Culto de los Dos Primos" (hijos de un Granado y de un Almendro) con la sabiduría y abnegación que no suelen poseer nuestros sacerdotes, se castran “religiosamente” antes de tomar los hábitos, quiero decir, antes de hacerse brujos o curanderos. A éstos los pobladores los llamaban Gallos, y según me dijo Quiroga, usaban un sombrerito con una especie de cresta roja o crespón.

Eran tan raras sus danzas y cantos cuanto pueden ser extrañas para nosotros las de los polacos. ¿Te ha tocado verlos alguna vez en la Colonia? A su paso se los cubría con pétalos de orquídeas y flores de color lila. Ellos comenzaron con esta vaina del Árbol Bueno. El 22 de septiembre se cortaba un pino y se lo llevaba a la aldea. El 23 se realizaba allí una gigantesca Zarabanda, donde todos, hasta los que jamás había tocado un instrumento, mantenían alto el clamor de una música obsesiva y estridente, que sonaba del alba al atardecer. Así es como recuerdo que me lo describió Don Horacio. Es como si lo tuviera aquí delante ahora mismo, porque él usaba unas palabras bien escogidas y precisas, que era un gusto escucharlo. Aunque no siempre yo le entendiera todo...

El 24 la sangre debía cubrir el gorro que llevaba puesto sobre la cabeza el joven dispuesto para el sacrificio, atado al árbol y envuelto enteramente por tallos y flores de violetas silvestres. El gorro, que en el inicio de la ceremonia era blanco, llevaba un pequeño pliegue en lo más alto del cono, como en el gorro frigio. ¿Lo tiene presente? El sumo sacerdote de los Gallos era siempre un polaco de la Colonia, el de ese tiempo se hacía llamar Abel (es bien sabido que a los polacos les encanta que los castren). En ese día y en medio del desenfreno más increíble, los novicios sacrificaban su virilidad y la lanzaban al gorro frigio. El joven atado al árbol era atravesado entonces por flechazos que debían solo herirlo levemente. Al "voluntario" parece que se lo compraban a los milicos, y lo traían por lo general del Chaco. Podían ser tanto fugitivos de La Forestal, como colonos caídos en desgracia... Pero debía ser, eso sí, bien bonito el muchacho. Al cuerpo de este maravilloso efebo atado al árbol, cubierto de violetas y de sangre, que era luego enterrado, llorado y resurrecto, se lo llamaba “El Melincué”, tal vez porque la primera víctima del Sacrificio del Árbol, provenía de ese sufrido pueblo del sur de Santa Fe.

En el origen, al Melincué se lo mataba en serio, y luego “de resucitado” se lo representaba con un muñeco hecho de paja y cubierto de ramas de granada y almendro. Con el paso del tiempo, ya más civilizados, empezaron a hacerlo de mentirilla, como tantas otras cosas de este mundo. Y no sé porqué ditirambos modernos, hoy se lo venera embalsamado al que le dió nombre al primer “Melincué” en una gran heladera de cristal de roca, que hace las veces de urna transparente. Está en el Templo de las Cien Heladeras, en San Ignacio Miní. ¿Vos fuiste alguna vez allí? Yo estuve. ¡Impresionante! Y está perfectamente conservado...

Por fin, el 25 de septiembre es el día de la gran fiesta que todos conocemos, y que en Wanda aún mantiene su antiguo nombre: "Svetlan Melincuet". Y todo ese gringuerío extraño, cruzado por generaciones con indios de toda laya, salen como pitufos al polvaderal de las calles, abandonándose a cuanto desvarío se les ocurra. Eso sí, con el gorro frigio bien calzado en la mollera. Porque son todos muy republicanos, ellos. Yo no estoy tan seguro de que sea cierto, pero al menos así era como debía ocurrir, en la historia que me contó Quiroga.


Texto: Eduardo Magoo Nico

En la foto: Horacio Quiroga (a la izquierda de la imagen) ahuecando un tronco de àrbol para construir una canoa. (Archivo Nacional).


viernes, mayo 15, 2015

Al ver verás



¿Era o no era una Sirena?
Bajo el tinto sudor
Brillaban las variantes
La marinería exaltaba la figura del tahúr
Mientras el fantasma de la forma
Avanzaba por el barro lentamente
Llenando de improviso una huella
Con la córnea exultante:
-¡Parecen escamas de Sirena!
Ella, ante la evidencia, ni siquiera se mosqueó...
¿Era, o no era, una Sirena?

El agua de los ríos
Las piedras de los lechos
Y el sabor de los helechos
En su boca apretada:
¿Algún amor en la otra orilla?
Tal vez entonces fuese sólo un pescadillo
Con aletas de cristal
(Y su gran cola de mojarra)

Insurgencia
Y contrainsurgencia
Cuando el sol se levantó
El día era ya viejo
Y también en el pellejo
Se asomó ese pinche vello
De un albear desobediente
No
No puede ser una Sirena
Porque la vi sufrir
Y es muy fácil hacerla reír...

Bajo el sol (con la siestita)
En mi cerebro se abrieron en coreográfico abanico
Las ingles de las galesas
Mientras en el baldío
El yuyal crecía con brío

Montañitas picudas
Comenzaban a desplegarse
En un fondo color "azulejo"
(Pongamoslé)
En tanto ella (insistente)
Se proponía meter todo el mar
En un hoyo
Vaciado con un palito
Pero tal vez no fuese una Sirena

Quien ya no tiene, ni el enhebrado resto
De un pucho de amor
Pa' regalar
Puede escamotear un recurso
Y en el doble lazo de su relación imposible
Dejar bien amarrado un misterio

-¿Usted dará cuenta de lo que está diciendo?
-Si señor
-¿Ante un superior?
-Si hiciera falta...
-¿Era o no era una Sirena?
-Mire, mientras supo acontentarse
Di siguro a mi me pareció...
Endispué, ya medio se me volvió pantera

Texto: Eduardo Magoo Nico
Foto: Eduardo Magoo Nico

jueves, marzo 26, 2015

Imán



Habíamos navegado apenas

Por un pequeño vaso de agua

Cristal de avena

Pura luz

Tu piel

Despojada como un guante

De tu cuerpo

Mientras en tus pelos pampas

Cientos de ladillas preparaban

El último malón

Creíamos que el mundo era reducible a un vaso
             
Texto: Eduardo Magoo Nico 
Imagen: María Gabriela Epumer by Aspix 

                                                                            

domingo, febrero 01, 2015

Yo soy la Perla




La carne blanca de las raíces

Que se mezclan

Tenía sus razones:

No había escapatoria

 

Por primera vez abiertas

A la tierna indiferencia del mundo

Subterráneo

No percibían sino la humedad

De lo recién anegado

El ímpetu del agua

 

Hundiéndose aún más en la penumbra

Encontraron un rostro

Más blanco que sus más delicadas gemas

 

-Mi deseo no era otro que completar la dicha de un hogar feliz...

(Siempre me bastaron las migajas)

 

-Yo soy Perla, la perla del mercader

Aquí yazgo enterrada, bajo estos pastizales...

¡Un día harán con mi virgo un relicario,

Y seré la nueva santa de todas las putas!

 

-¿Es cierto que el amor es como un lobo hambriento?

 ¿Que todo lo devora?

 

-Quien quiera que sea el genio

De estos lugares imposibles

Carece de talento...

¿Sólo por que ha puesto allí esa escalera

Cree que conserve algún sentido volver a comenzar?

 

(Manos que se inquietan

Coyunturas arqueadas

Gemir

Trepidaciones y pataleos...

Era entonces joven

Y los jóvenes creen

Que todas las edades

Están a su disposición)

 

-¿Acaso piensa (mil veces maldito y reconcebido) que sólo porque existe la escalera

Vale la pena volver a comenzar?
 
 
 
Texto: Eduardo Magoo Nico
Ilustración: Johannes Vermeer, "La joven de la perla" (1665).

jueves, diciembre 25, 2014

Sigamos soñando los setenta





Toda ella como un buque 
Bajo la transparente cúpula del firmamento
En la pampa líquida del mar
Que corre bajo la tierra

Parece inmóvil
Pero sin embargo lentamente avanza
Se dirìa que es una mujer ya hecha
(Es decir, deshecha)

Sus senos
Olorosa pulpa de mango y palta y pera
Vuelven a la turgencia inicial
Incluidos ya (a modo de paréntesis)
Entre sus brazos curvos...

En la glauca transparencia
De sus ojos
Algunos momentos memorables...
Pero nada más:
Como una mariposa pinchada en un recuadro

El albur, hace bien las cosas
(Sobre todo, cuando es otro el que las planifica)
Me pregunto quién será el genio de este lugar...

-Es ese lobo hambriento...
Se pasea allá arriba, de galería en galería
Como un tren suizo por las laderas de la concupiscencia
-¡Mientras la gente aguante!
-¡Sigamos soñando los setenta!


Texto: Eduardo Magoo Nico

Ilustración: Tip-Tap, performance de Guillermo Giampietro y Lara Baracetti (foto Iancovich)

jueves, noviembre 27, 2014

Conde de Lautréamont



Los cantos de Maldoror



(Fragmento del Canto Primero)

Me propongo, sin estar emocionado, declamar con poderosa voz la estrofa seria y fría que vais
a oír. Prestad atención a su contenido y evitad la penosa impresión que ella intentará dejar
como una mancha en vuestras turbadas imaginaciones. No creáis que yo esté a punto de morir,
pues todavía no soy un esqueleto ni la vejez se ha pegado a mi frente. Descartemos, por lo
tanto, toda idea de comparación con el cisne en el momento en que su existencia huye, y no
veáis ante vosotros más que un monstruo cuyo rostro me hace feliz que no podáis contemplar,
aunque es menos horrible que su alma. Sin embargo, no soy un criminal... Pero basta de este
asunto. No hace mucho tiempo volví a ver el mar, pisé el puente de los barcos, y mis
recuerdos son tan vivos como si los hubiera abandonado ayer. No obstante, si podéis, conservad
la misma calma que yo en esta lectura, que ya me arrepiento de ofreceros, y no os sonrojéis
ante el pensamiento de lo que es el corazón humano.

¡Oh, pulpo de mirada de seda! Tú, cuya alma es inseparable de la mía, tú, el más bello de los habitantes del globo terráqueo, que mandas en un serrallo de cuatrocientas ventosas, tú, en quien se asientan noblemente, como en su residencia natural, por un común acuerdo, con un lazo indestructible, la dulce virtud comunicativa y las gracias divinas. ¿Por qué no estás conmigo, tu vientre de mercurio contra mi pecho de aluminio, sentados los dos sobre alguna roca de la orilla, para contemplar ese espectáculo que adoro?

Viejo océano de olas de cristal, te pareces, en las proporciones, a esas marcas azuladas que se
ven sobre el dorso magullado de los grumetes, eres un inmenso azul aplicado en el cuerpo de
la tierra: me gusta esta comparación. Así, a primera impresión, un soplo prolongado de
tristeza, que se creería el murmullo de tu brisa suave, pasa, dejando inefables huellas, sobre el
alma profundamente conmovida, y, sin que siempre se advierta, evocas el recuerdo de tus
amantes, los duros comienzos del hombre en los cuales tiene conocimiento del dolor, que no le
abandonará  jamás. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu forma armoniosamente esférica, que alegra la cara grave de la geometría, me
recuerda demasiado los ojos pequeños del hombre, similares por su pequeñez a los del jabalí,
y a los de las aves nocturnas por la perfección circular de su contorno. Sin embargo, el hombre
se ha creído hermoso en todos los siglos. Pero yo creo que el hombre sólo cree en su belleza
por amor propio, pues en realidad no es bello y él lo sospecha; si no, ¿por qué mira el rostro
de su semejante con tanto desprecio? ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, eres el símbolo de la identidad: siempre igual a ti mismo. Nunca cambias de una
manera esencial, y, si tus olas están en alguna parte furiosas, más lejos, en alguna otra zona, se
hallan en la más completa calma. No eres como el hombre, que se detiene en la calle para ver
cómo se atenazan por el cuello dos dogos y no se detiene cuando pasa un entierro, que por la
mañana es asequible y por la tarde está de mal humor, que ríe hoy y mañana llora. ¡Te saludo,
viejo océano!

Viejo océano, no sería nada imposible que escondieras en tu seno frutos de utilidad para el
hombre. Ya le has dado la ballena. No dejas adivinar fácilmente a los ojos ávidos de las
ciencias naturales los mil secretos de tu íntima organización: eres modesto. El hombre se
vanagloria de continuo, y por minucias. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, las diversas especies de peces que alimentas no se han jurado fraternidad entre
sí. Cada especie vive por su lado. Los temperamentos y las conformaciones que varían en cada
una de ellas, explican, de una manera satisfactoria, lo que al principio sólo parece una
anomalía. Igual sucede con el hombre, que no tiene los mismos motivos de excusa. Un trozo
de tierra está ocupado por treinta millones de seres humanos, pero ellos se creen obligados a
no mezclarse en la existencia de sus vecinos, fijos como raíces sobre el pedazo de tierra
contiguo. Descendiendo del grande al pequeño, cada hombre vive como un salvaje en su
guarida, y raramente sale de ella para visitar a su semejante, acurrucado igualmente en otra
guarida. La gran familia universal de los hombres es una utopía digna de la lógica más
mediocre. Por otra parte, del espectáculo de tus mamas fecundas se desprende la noción de
ingratitud, pues se piensa en seguida en los numerosos padres, tan ingratos hacia el Creador,
para abandonar el fruto de su miserable unión. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu grandeza material sólo es comparable a la medida que uno se hace de la
potencia activa que ha sido necesaria para engendrar la totalidad de tu masa. No se te puede
abarcar de una ojeada. Para contemplarte es preciso que la vista haga girar su telescopio con
movimientos continuos hacia los cuatro puntos del horizonte, de igual modo que un
matemático, a fin de resolver una ecuación algebraica, está obligado a examinar
separadamente los diversos casos posibles, antes de resolver la dificultad. El hombre come
sustancias nutritivas, y hace otros esfuerzos dignos de mejor suerte para dar impresión de
grueso. Que se hinche cuanto quiera esa adorable rana. Quédate tranquilo, nunca igualará tu
corpulencia; al menos eso supongo. ¡Te saludo viejo océano!

Viejo océano, tus aguas son amargas. Tienen exactamente el mismo sabor que la hiel que
destila la crítica sobre las bellas artes, sobre las ciencias, sobre todo. Si alguien tiene genio, se
le hace pasar por un idiota; si algún otro es bello de cuerpo, se le hace un horrible
contrahecho. En verdad, es preciso que el hombre sienta con fuerza su imperfección, cuyas
tres cuartas partes son debidas a sí mismo, para que lo critique de ese modo. ¡Te saludo, viejo
océano!

Viejo océano, los hombres, a pesar de la excelencia de sus métodos, todavía no han
conseguido, ayudados de los procedimientos de investigación de la ciencia, medir la
profundidad vertiginosa de tus abismos, los cuales han reconocido inaccesibles las
sondas más largas y pesadas. A los peces... les está permitido: no a los hombres. A menudo me
he preguntado qué será más fácil de reconocer: la profundidad del océano o la profundidad del
corazón humano. Con frecuencia, con la mano, de pie sobre los barcos, mientras la luna se
balanceaba entre los mástiles de forma irregular, me he sorprendido, haciendo abstracción de
todo lo que no fuera el objeto que perseguía, esforzándome por resolver ese difícil problema.
Si, ¿cuál es más profundo, más impenetrable de los dos; el océano o el corazón humano? Si
treinta años de experiencia de la vida pueden, hasta cierto punto, inclinar la balanza hacia una
u otra de esas soluciones, me estará permitido decir que, pese a la profundidad del océano, no
podrá colocarse a la par, en cuanto a la comparación sobre dicha propiedad, con la profundidad
del corazón humano. He estado en relación con hombres que han sido virtuosos. Morían a los
sesenta años y nadie dejaba de exclamar: «Han hecho el bien en este mundo, es decir, han
practicado la caridad: eso es todo, no es nada malo, y cualquiera puede hacer otro tanto».
¿Quién comprenderá por qué dos amantes que se idolatraban la víspera, por una palabra mal
interpretada, se separan, uno hacia oriente, otro hacia occidente, con los aguijones del odio, de
la venganza, del amor y de los remordimientos, y no se vuelven a ver más, cada uno
embozado en su solitaria soberbia? Es un milagro que se renueva cada día y que por ello no es
menos milagroso. ¿Quién comprenderá por qué se saborean, no sólo las desgracias generales
de los semejantes, sino también las particulares de los amigos más queridos, aunque se está
afligido al mismo tiempo? Un ejemplo incontestable para cerrar la serie: el hombre dice
hipócritamente sí y piensa no. Por eso los jabatos de la humanidad tienen tanta confianza los
unos en los otros y no son egoístas. Le queda a la sicología muchos progresos que hacer. ¡Te
saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu poder es tan grande que los hombres lo han sabido a sus expensas. Y por
mucho que utilicen todos los recursos de su genio... serán incapaces de dominarte. Han
encontrado su maestro. Digo que han encontrado algo más fuerte que ellos. Algo que tiene
nombre. Ese nombre es: ¡el océano! El miedo que les inspiras es tal, que te respetan. A pesar de
ello, haces danzar sus más pesadas máquinas con gracia, elegancia y facilidad. Les haces
realizar saltos gimnásticos hasta el cielo y admirables inmersiones hasta el fondo de tus
dominios que un saltimbanqui envidiaría. Bienaventurados aquellos a quienes no envuelves
definitivamente entre tus pliegues burbujeantes para ir a ver, sin ferrocarril, en tus entrañas
acuáticas, cómo lo pasan los peces, y sobre todo, cómo lo pasan ellos mismos. El hombre
dice: «Soy más inteligente que el océano». Es posible, es incluso muy cierto, pero el océano le
causa más temor a él que él al océano: es algo que no es necesario comprobar. Ese patriarca
observador, contemporáneo de las primeras épocas de nuestro globo suspendido, sonríe
piadoso cuando asiste a los combates navales de las naciones. He ahí un centenar de leviatanes
que han salido de las manos de la humanidad. Las órdenes enfáticas de los superiores, los
gritos de los heridos, los cañonazos, es el ruido realizado a propósito para aniquilar algunos
segundos. Parece que el drama ha terminado y que el océano se lo ha metido todo en su
vientre. La boca es formidable. ¡Qué grande debe ser hacia abajo, en dirección a lo
desconocido! Para coronar al fin la estúpida comedia, que carece de todo interés, se ve, en
medio de los aires, alguna cigueña retrasada por el cansancio, que se pone a gritar, sin detener
la envergadura de su vuelo: «¡Vaya!... ¡Me encuentro mal! Allá abajo había algunos puntos
negros; he cerrado los ojos y han desaparecido». ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, oh gran célibe, cuando recorres la solemne soledad de tus reinos flemáticos, te
enorgulleces, con razón, de tu magnificencia nativa y de los justos elogios que me apresuro a
dedicarte. Mecido voluptuosamente por los suaves efluvios de tu lentitud majestuosa, que es el
más grandioso de los atributos con que el soberano poder te ha gratificado, en medio de un
sombrío misterio, tú haces rodar por toda tu sublime superficie tus incomparables olas, con el
sentimiento sereno de tu poder eterno. Ellas se persiguen paralelamente, separadas por cortos
intervalos. Apenas una disminuye, otra, creciendo, va a su encuentro, acompañada del rumor
melancólico de la espuma que se deshace para advertirnos de que todo es espuma. (Así, los
seres humanos, esas olas vivientes, mueren uno tras otro, de una manera monótona, sin dejar
siquiera un ruido de espuma). El ave de paso reposa, confiada sobre ellas, y se abandona a sus
movimientos llenos de gracia arrogante, hasta que los huesos de sus alas han recobrado el
vigor preciso como para continuar la aérea peregrinación. Quisiera que la majestad humana
sólo fuera la encarnación del reflejo de la tuya. Pido demasiado, y ese deseo sincero te
glorifica. Tu grandeza moral, imagen del infinito, es inmensa como la reflexión del filósofo,
como el amor de la mujer, como la belleza divina del ave, como la meditación del poeta. Eres
más bello que la noche. Respóndeme, océano, ¿quieres ser mi hermano? Agítate con
impetuosidad... más... todavía más, si quieres que te compare con la venganza de Dios; alarga
tus garras lívidas y fráguate un camino en tu propio seno... está bien. Haz que rueden tus olas
espantosas, horrible océano sólo por mí comprendido y ante el que caigo prosternado de
rodillas. La majestad de los hombres es prestada; no se impone: tú, sí. Oh, cuando avanzas,
con la cresta alta y terrible, rodeado por tus repliegues tortuosos como por un cortejo,
magnético y salvaje, haciendo rodar tus olas unas sobre otras con la conciencia de lo que eres,
mientras lanzas desde las profundidades de tu pecho, como abrumado por un remordimiento
intenso que no puedo descubrir, ese sordo bramido perpetuo que los hombres tanto temen,
incluso cuando te contemplan, estando seguros, temblorosos desde la orilla, y entonces veo
que no tengo el insigne derecho de llamarme tu igual. Por eso, en presencia de tu superioridad,
te daría todo mi amor (y nadie conoce la cantidad de amor que contienen mis aspiraciones
hacia lo bello), si no me hicieses dolorosamente pensar en mis semejantes, que forman contigo
el más irónico contraste, la antítesis más grotesca que jamás se haya visto en la creación: no
puedo amarte, te detesto. ¿Por qué vuelvo a ti, por milésima vez, hacia brazos amigos, que se
abren para acariciar mi frente ardiente, cuya fiebre siento desaparecer sólo a tu contacto? No
conozco tu oculto destino, pero todo lo que te concierne me interesa. Dime entonces si eres la
morada del príncipe de las tinieblas. Dímelo... dímelo, océano (a mí sólo, para no entristecer a
aquellos que no han conocido sino las ilusiones), y si el soplo de Satán crea las tempestades
que levantan tus aguas saladas hasta las nubes. Es preciso que me lo digas porque me alegraría
saber que el infierno está tan cerca del hombre. Quiero que esta sea la última estrofa de mi
invocación. Por lo tanto, una sola vez más, quiero saludarte y darte mi adiós. Viejo océano, de
olas de cristal... Mis ojos se humedecen de abundantes lágrimas, y no tengo fuerzas para
seguir, pues siento que ha llegado el momento de volver con los hombres de aspecto brutal;
pero... ¡ánimo! Hagamos un gran esfuerzo y cumplamos, con el sentimiento del deber, nuestro
destino sobre esta tierra. ¡Te saludo, viejo océano!




Isidore Lucien Ducasse "Conde de Lautréamont" ( Montevideo, 4 de abril de 1846 – París, 24 de noviembre de 1870) es considerado uno de los precursores del surrealismo.


Foto: Alejandro Pi-hué