miércoles, mayo 20, 2020

Otro fin del mundo es posible



Todo comenzó con un viejo paisano de Próspero Lassalle, una estación de ferrocarril abandonada de un ramal fuera de uso (como casi todos los ramales ferroviarios argentinos) en lo más profundo de la provincia de Buenos Aires. Digamos donde Cafulcurá perdió el poncho, pues es la zona donde arrancó su devastante avance hacia las lineas de frontera del blanco, en el último malón. Por allí tenía su rancho un viejo criollo empobrecido, que se alimentaba sobre todo de lo que lograba cazar con sus perros. Alguna liebre bichoca, algún borrego robado a los vecinos cuando se ausentaban, algún huevo de ñandú recuperado de sus largas travesías por los pajonales donde nacen los afluentes del río Quequén Salado. Y sobre todo de peludos, una especie de armadillo (Chaetophractus villosus) que abunda por esos lares y que él sabía arrancar con maestría de sus cuevas menos profundas.


En el último período, este hombre que andaba de mal en peor, se había pescado además el Dengue que ya era habitual en los pueblos vecinos (Vela, De la Garma) adonde solía ir por tabaco, yerba, y galleta de campo, y sobre todo para hacer alguna changa que le permitiera pagarlos, siempre montado en su yegua Andariega. Así que con estas fiebres encima (la llamada “quebrantahuesos” por los dolores que produce en la osamenta) el pobre cristiano terminó por alimentarse casi exclusivamente de estos bichos, que era los que tenía, como veremos, “al alcance de la mano”.


Lo cierto es que el modo tradicional de cazarlos es muy sencillo, hay que hacerse de una pala y caminar entre las pajas bravas, y cuando se divisa alguno que hace su corta carrera y se mete de cabeza en una madriguera, con la pala se escava un poco hasta verle la cola, y luego metiéndole el dedo medio en el culo, se logra que el animal (que se defiende abriendo su armadura de placas óseas contra las paredes de la angosta cueva, clavándose de hecho en ellas) cierre las escamas de su caparazón en torno al dedo invasor (por la misma acción refleja que tiene cualquier humano en tal trance). Es el momento en que el paisano, tomándolo fuertemente de su cola huesuda, pero sin dejar de penetrarlo, con un golpe seco lo arranca de las entrañas de la tierra, mientras con otro golpe, pero esta vez del mango de palo duro del rebenque en la cabeza, lo deja seco antes de que se le escurra. La vida es dura, pero la muerte puede ser en algunos casos, bastante amable.


Hasta que un día, su dedo con un corte mal cicatrizado de una pequeña herida de cuchillo, vino a ponerse en contacto con la sangre del culo desgarrado del pequeño gliptodonte, que por ese entonces eran portador de un virus hasta entonces desconocido por la ciencia, que se daba cíclicamente en ellos. El peludo, que se alimenta de osamentas de difuntos (hasta en los cementerios) es sumamente resistente a las enfermedades, pero es un pequeño carro armado de transporte de virus y microbios de todo tipo. El que ahora los aquejaba no llegaba a matarlos, pero los tenía bastante confundidos durante la infección, y mucho más lentos que de costumbre ante la presencia del humano estuprador, y su jauría de perros. Es así que este virus se puso en contacto azarosamente, ese día, con la sangre del paisano, y por lo tanto con el virus del Dengue, enfermedad infecciosa transmitida por mosquitos, principalmente por el Aedes aegypti, que hizo de vector. Y de allí en más, y de mutación en mutación, esta peste llegó a asolar a casi el conjunto de la población argentina, primero criolla, y luego finalmente urbana, y de todos los países del mundo.


Al virus, en principio, popularmente, se lo llamó el Leopoldo (por Lugones, autor de “El Payador”), otros simplemente lo llamaban el virus del Peludo (haciendo referencia muchos a Irigoyen), otros más pícaros aún, lo llamaban el Jaimito (por Jaime Torres, famoso charanguista, siendo el charango un instrumento que se fabrica, precisamente, con la caparazón del peludo y también por un protagonista de chistes con doble sentido, muy populares en la argentina). Científicamente se lo denominó más tarde “Cha 21” (parece que quien llegó a aislarlo por primera vez, fue un biólogo de apellido Chaparro). Lo cierto es que sus efectos fueron tremendos, ya que a los síntomas ya típicos del Dengue, se le sumaron la incómoda osificación escamosa en las espaldas de las personas contaminadas, con deformación de las vertebras dorsales, de modo que vestidos parecían todos jorobados, llegando incluso en un par de generaciones a modificar definitivamente el genoma humano. Pero éste es el final de la historia, y quiero contar a los que la desconocen, algunas particularidades de los inicios de la pandemia, que he recogido de los distintos cronistas, en las pocas fuentes originales que nos van quedando.


El crecimiento del dedo medio (o gigantismo de las falanges de la mano derecha) fue el primer síntoma del morbo, y del líquido que supuraba por sus pústulas, emergía, amenazante, el primer conductor del contagio, antes de la segunda mutación del virus, que a este punto parecía ya inarrestable. Es por esto que algunos chistosos, digamos que la mayoría de la población antes de la propagación generalizada del virus, lo llamaba F.O. (por Fuck Off) pues en esta fase, todos llevaban el dedo medio engrandecido y supurante, vendado y encapuchado en un tubo de plástico, con un cierre supuestamente hermético, luego se demostró que este intento de contención del contagio no fue en algún modo eficiente.


A esta deformación, más tarde vino a sumarse un desorden en la conducta de las víctimas, una extraña pulsión a adquirir la posición fetal (más que fetal se diría de “bolita”) ante los continuos ataques de pánico que producían los picos febriles. Y como si esto fuera poco, la tendencia irracional a enterrarse, con lo cual el metro cúbico de arena se fue por las nubes, y en las ciudades, el Estado tuvo que intervenir, creando enormes arenales en lo que antes fueran espacios verdes, para evitar suicidios en masa, ya que lo único que calmaba a estas pobres gentes, en estos verdaderos brotes psicóticos, era enterrarse desnudos ante el escozor generalizado que abrasaba sus pieles. Enterrarse como el peludo, justamente, abriendo con sus propias manos una estrecha madriguera para poner la cabeza a salvo de sus propias alucinaciones, y luego el resto del cuerpo hasta las nalgas, que no podían llegar a cubrir por la inmovilidad de sus brazos al lograr introducir el entero torso en el refugio. Afortunadamente para las víctimas, el aire lograba penetrar por el espacio que deja la parte final de los muslos, que pueden, junto a las nalgas, entreabrirse y cerrarse, y evitar de ese modola muete por asfixia. Desde luego para los obesos el problema era mayor, y más de uno perecía en el intento de conciliar la pulsión al entierro, y la necesidad de respirar.


Los estadios de fútbol se transformaron en grandes areneros públicos y en ellos se concentró la mayor parte de la Asistencia Pública, formada en principio por médicos, personal de enfermería, bomberos y voluntarios no contagiados. Hasta que tuvo que movilizarse también a todos los cuerpos de ejército y gendarmería, en especial para realizar los traslados de la personas con mayor riesgo de vida de los espacios verdes a los estadios, los cuales con brigadas de ingenieros, arquitectos, personal de vialidad y de obras públicas, comenzaron rápidamente a techarse y transformarse en estadios cubiertos, con los más diversos materiales que se encontraran a disposición, cuando las chapas de zinc y las vigas metálicas, comenzaron a agotarse. En tanto, en estos verdaderos hospitales “de campo”, se intentaban distintas terapias científicas, y empíricas, para intentar curar o contener al menos, a las víctimas del “Cha 21” (no se confudan los no informados, con el “Mal de Chagas” o “Chagas-Mazza”, pues ésta es otra enfermedad endémica de estas regiones, pero muy anterior a la aparición del nuevo virus y transmitida por una especie de chinche, llamada Vinchuca, en nuestro país).


Cuando comenzaron los suicidios por ingesta de arena, se encontró ante el clamor generalizado, que lo único que aliviaba la desesperación de las víctimas era la penetración anal, a espacios de tiempo más o menos regulares. Hubo de ser movilizado para tal efecto, y con total silencio de prensa, una división especial del ejército, procedente del Chaco, y un escuadrón de voluntarios de ambos sexos de la Protección Civil, para acudir a estas personas desesperadas. Se importaron de la China los nuevos consoladores A4G (con baterías de litio) hechos con un nuevo metal semilíquido, adaptable a diferentes tamaños y necesidades, mientras la industria nacional ante la dificultad para reemplazar las baterías, por su alto costo, luchaba por desarrollar unos vetustos “consoladores justicialistas” como los llamaban las malas lenguas (que nunca faltan), readaptando transistores de viejas radios Spika en desuso, y con cableado a la red de energía eléctrica, para evitar la reposición de las costosas y a un cierto punto, inhallables baterías, ante la demanda internacional. El encargado de éste proyecto fue el genio de la electrónica local, Andrés Galeotti, propietario de los laboratorios “Cluster”. Digamos que a pesar de los esfuerzos de nuestro héroe, con estos aparatos reciclados y emparchados, muchas veces fue peor el remedio, que la enfermedad.


Desde los inicios de la difusión del mal, se pidió ayuda todos los organismos internacionales para financiar el desarrollo de una vacuna, y fármacos para tratar los síntomas o una posible cura. En principio no hubo una respuesta más que simbólica (el envío de insumos sanitarios ya caducos), pues a nadie le interesaba salvar, verdaderamente, a una población siempre problemática, que según el Banco Mundial estuvo a punto de producir una revolución social en diciembre del 2001, y con rarezas tales como poseer el mayor número de trostkistas (en relación a la población) del mundo. Además, esta especie de armadillo llamada Peludo (émulo del Pangolín) “en Europa no se consigue”, como decía una antigua publicidad, de ya no recuerdo qué producto, y por otra parte, el Dengue es una enfermedad tropical, y en el mundo considerado “civilizado” se conocían solo casos importados por turistas que habían adquirido la enfermedad en sus países de orígen . La extrañedad, o el exotismo, de esta epidemia, hacía que la población del norte del mundo occidental y cristiano, se creyera a salvo de cualquier difusión del contagio. Ésta era la posición oficial de la mayoría de los gobiernos. Diplomáticamente, por supuesto, y ante la prensa, se transmitía toda la solidaridad con la colonia en problemas, mientras los países desarrollados, previendo una nueva mutación del virus, invertían sumas ingentes junto a las multinacionales del sector, para ser los primeros en encontrar una vacuna para el nuevo virus, manteniendo el secreto industrial, y especulando con los pingües dividendos que podía dar la posesión de un arma defensiva semejante.


Lo que se temía, sucedió, el virus comenzó transmitiéndose por la secreción del “Dedo de Dios”, como también se lo llamaba por entonces (la creatividad de los argentinos para colocar motes irónicos, o denominaciones graciosas a todo lo que aparece, es proverbial). También se lo llamó entonces “virus E.T” y “virus Miguel Angel” (por la famosa imágen de la Capilla Sixtina) aunque el dedo en cuestión no fuera el mismo. En la segunda fase comenzó a transmitirse también a través de la picadura del mosquito, que lleva la sangre de un infectado a una persona sana (ya fusionado o hibridizado con el virus del Dengue). Para finalmente, en la tercera fase, terminar transmitiéndose de hombre a hombre, a través de todas sus secreciones, y en especial, la más social de todas, la saliva, es decir, las moléculas que entran y salen del cuerpo humano a través del respiro.


Otro capítulo es el de los autodenominados, veganos o animalistas. Estos se declararon desde el principio a favor del virus y contra la humanidad. Escribieron en un manifiesto público “que el mal anida en el hombre, que es el más dañino de todos los virus”, y que “para salvar la vida en el planeta y el resto de las especies que la habitan, es necesaria la extinción de la humanidad”. En principio nadie los tomó muy en serio, con sus consignas que le tomaban el pelo a los esfuerzos de todos los comprometidos en la lucha contra la pandemia: sanos solidarios, voluntarios y autoridades políticas y sanitarias, pero también era un insulto a las víctimas que comenzaban a morir de a miles y no ya cientos, o cifras menores a dos dígitos. Con sus pintadas provocatorias, del tipo “Todo el poder a las Mulitas” (ya que estos animalitos, el “armadillo común” o Dasypus hybridus), que comparte el mismo espacio geográfico en la Pampa Argentina y bastante similares al Peludo por el aspecto, como sabemos, tienen una dieta limitada a vegetales e insectos, y son de hábitos sumamente pulcros). Pero cuando comenzaron las provocaciones más agresivas o directas como: “Adopte un Peludo, de algo hay que morir”, “Viva la extinción de la humanidad” o “Los humanos son peor que la peste”, no solo fueron puestos al bando e ilegalizados por el gobierno, sino que expontáneamente se produjeron verdaderos pogromos que partieron de los barrios carenciados, hacia sus refugios de los barrios altos, para sacarlos de sus madrigueras y lincharlos públicamente. Con lo cual podemos decir, que fue el primer grupo humano, que coherente con sus ideales, desapareció rápidamente de la faz de la tierra. Por supuesto, se opusieron desde el inicio a las fumigaciones contra el mosquito, cuando fue imprescindible hacerlas, o mucho antes, a la matanza de Peludos, cuando se decidió crear una franja de seguridad de cinco kilómetros en torno a las grandes poblaciones, y de mil metros en torno a las poblaciones de menos de veinte mil habitantes, libre de cascarudos, infectados o no.


Miles de personas con el cuerpo ya “acharangado” por el virus, se dirigían, en tanto, a los templetes diseminados por todo el país del último (o uno de los últimos) cultos populares de masas, generados por la “simple necesidad de creer en algo” de la gente común, el culto del “Gauchito Gil”. A los tradicionales objetos de culto (la casita conteniendo la imagen del “gauchito”, las banderas y los pañuelos rojos, bajo la sombra de un árbol protector) se agregaron carcasas de peludo protegiendo los capuchos de plástico que se usaban para cubrir el dedo medio, en los inicios de la epidemia, y consoladores fuera de uso, a modo de cientos de pequeños obeliscos sacros, en torno a los templos del Santo.


Y aprovecho este episodio de la crónica que nos ocupa, para decir también, en relación a todas las creencias, institucionales o no, que la creación de mitos es una manifestación ancestral, constituyente del cerebro humano (al cual dedica nada menos que uno de sus dos hemisferios). Que se ha desarrollado a través de milenios en el intento de “comprender” la realidad, y reproducirla o modificarla, en función de las necesidades más íntimas y urgentes de cada época histórica. Al menos eso afirman la mayoría de los estudiosos del tema, y yo estoy de acuerdo con ellos. En especial, la necesidad de recuperar fuerzas ante la desmoralización (mediante el pensamiento místico y la fe, como forma extrema de la esperanza) producida por la continua hostilidad del medio ambiente (con el terror siempre al acecho, bajo la forma de bestias de preda en el pasado, o de desastres naturales e histórico-sociales, hoy). Como dijera (o intentara decir) un tal Charly García (en una canción de la que quedan pocos registros todavía dando vueltas) también el amor, el arte, la poesía, las premoniciones o intuiciones que provienen del laborío inconciente, o subconciente, y del sueño, “son parte de la religión”.


En fin, para comenzar a concluir este relato antes de que sea demasiado tarde, debo decir que por primera vez los nacionalistas argentinos de toda laya, pudieron ver con satisfacción, cómo un producto de la cultura “nacional y popular”, conquistaba el mundo (después del Tango). La humanidad fue diezmada, debería decir “aniquilada”, ya que sólo una de cada diez personas sobrevive hoy a esta pandemia, luego de aquellas que parecían insuperables, por el grado de devastación que produjeron en la economía, por entonces, capitalista “liberal”. No pasó mucho más de medio siglo desde aquel Covid 19 y Covid 20, y esta epidemia, que parece haber cedido ahora, dejando fuertes marcas en el genoma humano, y retrotayéndonos a una economía de subsistencia, bastante similar a la de la baja Edad Media.


Los sobrevivientes son sobre todo personas aisladas, con poco o ningún conocimiento científico. Tribus de la Amazonia y del Borneo, pastores de la Siberia, de la Mongolia y de todas las zonas desérticas o semidesérticas del Africa y de Latinoamérica. Y unos pocos sobrevivientes europeos y norteamericanos entre los que me cuento (aunque mis orígenes sean argentinos), pero donde el virus sigue produciendo cada tanto, nuevas víctimas. Lo que quedó de la industria luego de los saqueos, los incendios y las hecatombes, más o menos “naturales” (derrame y dispersión de químicos cancerígenos producto de tormentas, o por abandono y falta de mantenimiento en los depósitos, explosión de centrales nucleares por igual motivo, etc.) en las zonas a salvo de estos flagelos, no se pudo utilizar porque casi nadie, que hubiera sobrevivido, sabía utilizar las modernas maquinarias semirobotizadas y los programas computaarizados y criptados, y la mayor parte de las bibliotecas científicas y los laboratorios, así como las universidades, se perdieron en los incendios, ya que eran el blanco preferido de la ultraderecha religiosa, que culpaba a la “ciencia” de este nuevo Apocalipsis. En sus cabezotas, una manifestación de la “Ira Divina”.


De manera que un buen técnico de cualquier sector industrial, un obrero especializado, los pocos científicos sobrevivientes (los médicos y biólogos sobre todo) y algún profesor universitario, se transformaron en monumentos culturales del conjunto de la humanidad, intangibles, y fuera de toda juridicción nacional. El gobierno de lo poco que quedó de la civilización humana preexistente, en un intento heroico de recuperación, reuniéndose en torno a una única mesa, a través de delegados de las más diversas regiones del mundo, constituyeron una nueva Liga, esta vez no de los “Estados”, sino de los Pueblos, cuya función es reconstruir de la mejor manera posible, lo poco de bueno y funcionante que el pasado nos legara como herencia, e intentar recuperar del conocimiento alcanzado, lo que logremos, en principio, volver a comprender. Entre estas innumerables cosas, muchos idiomas que quedaron casi sin hablantes, y sobre todo sin quien los pueda traducir.


Hasta aquí llega mi relato que espero alguien recoja, y dejo a buen resguardo, pues parece que ha llegado mi turno, a pesar del aislamiento en el que he vivido estos últimos tiempos. Ya no soporto el escozor, y no resisto el deseo de procurarme un lugar donde poder enterrarme.


¡Qué viva la humanidad aunque yo perezca!


Eduardo Magoo Nico. 




Texto: Eduardo Magoo Nico.

© 2020 Eduardo Alberto Nico.  Todos los derechos reservados.




lunes, abril 20, 2020

Anónimo encontrado en un tachito.


Quien mejor se encuarentene mejor encuarentendedor será. ¿Querés encuarentenarte conmigo? Tengo tele y wincofón y morfi como para una cinquentena. Es que de cuarenta en cuarenta seguiremos (según Alessandro Baricco) viviendo, el medio siglo que nos queda, antes del patapuf final... Los meses pasarán a tener cuarenta días para hacer más simples las cosas, eso lo doy por hecho. ¡Hasta que alguno se harte, y cante las cuarenta! E irá derechito al manicomio o al cementerio.
Pero ojo, sería conveniente, que se vayan cambiando las parejas cuarenteneras, como en el Pericón Nacional (¿viste?), porque sino florecerán aún más los feminicidios, los hombrilicidios y los niñicidios (dios me libre y guarde). Yo diría además, que para favorecer la necesaria y sana alimentación, a cada crestiano (o hereje, no viene al caso) le toque un Orto (lo digo en italiano porque queda más fino, y siempre con perdón de la palabra). Pues ésta es la ley primera, como dijera Don Dionisio (y Afrodita al toque, dignificó).
Yo pienso sobre todo en los derechos de los niños, porque me siento como de nueve. Cuando llegue a los diez, ya me voy a sentir más grande me dijo mi mamá, y por ahí pienso distinto.
(Ahora meto esta hoja en el tarro de Nesquik, y lo revoleo por el balcón. A ver si la emboco.) Texto: Eduardo Magoo Nico.
Foto?: De acà.

miércoles, abril 15, 2020

Leon Trotsky - En memoria de Sergio Esenin



Hemos perdido a Esenin, ese poeta admirable, de tanta frescura, de tanta sinceridad. ¡Y qué trágico fin!. Se ha ido por voluntad propia, diciendo adiós con su sangre a un amigo desconocido, quizá, para todos nosotros. Sus últimas líneas sorprenden por su ternura y dulzura; ha dejado la vida sin clamar contra el ultraje, sin protestas vanidosas, sin dar un portazo, cerrando dulcemente la puerta con una mano por la que corría la sangre. Con este gesto, la imagen poética y humana de Esenin brota en un inolvidable resplandor de adiós.

Esenin compuso los amargos “Cantos de un hooligan” y dio a las insolentes coplas de los tugurios de Moscú esa inevitable melodía eseniana que sólo a él pertenecía. Con frecuencia se jactaba de gestos vulgares, de una palabra cruda y trivial. Pero bajo esta apariencia palpitaba la ternura particular de un alma indefensa y desprotegida. Con esa grosería semifingida, Esenin trataba de protegerse contra las durezas de la época que le había visto nacer, pero no tuvo éxito. “No puedo más”, declaró el 17 de diciembre sin desafío ni recriminación... el poeta vencido por la vida. Conviene insistir en esa grosería semifingida porque, lejos de ser simplemente la forma escogida por Esenin, era también la huella dejada por las condiciones de nuestra época, tan escasamente tierna, tan poco dulce. Cubriéndose con la máscara de la insolencia -y pagando a esa máscara un tributo considerable y por tanto nada ocasional-, está claro que Esenin se ha sentido siempre extraño a este mundo. Y esto no es una alabanza, porque precisamente por esa incompatibilidad hemos perdido a Esenin; tampoco se la reprocho: ¿quién pensaría en condenar al gran poeta lírico que no hemos sabido guardar entre nosotros?

Aspero tiempo el nuestro, quizás uno de los más duros de la historia de esta humanidad que se dice civilizada. Todo revolucionario nacido para estas pocas decenas de años, está poseído por un patriotismo furioso por su época, que es su patria en el tiempo. Pero Esenin no era un revolucionario. El autor de Pugachev y de las Baladas de los veintiséis era un lírico íntimo. Nuestra época no es lírica. Es la razón esencial por la que Sergio Esenin, por propia voluntad y tan temprano, se ha ido lejos de nosotros y de nuestro tiempo.

Las raíces de Esenin son profundamente populares, y, como todo en él, su impronta “popular” no es artificial. La prueba más indiscutible se encuentra, no en sus poemas sobre la rebeldía popular, sino nuevamente en su lirismo:


Tranquilo, en el matorral de enebros, junto al barranco
El otoño, yegua alazana, agita sus crines.



Esta imagen del otoño y tantas otras han asombrado, en primer lugar, como audacias gratuitas. El poeta nos ha obligado a sentir las raíces campesinas de sus imágenes y a dejarlas penetrar profundamente en nosotros. Fet no se habría expresado así, y Tiuchev, menos. El fondo campesino -aunque transformado y afinado por su talento creador- estaba sólidamente anclado en él. Es el poder mismo de ese fondo campesino lo que ha provocado la debilidad propia de Esenin: había sido arrancado al pasado y desarraigado, sin nunca poder arraigarse en el presente.

La ciudad no le había fortalecido, al contrario, le había quebrantado y herido. Sus viajes por el extranjero, por Europa y el otro lado del océano, no habían podido “levantarle”. Había asimilado más profundamente Teherán que Nueva York y el lirismo interior del niño de Riazán encontró en Persia más afinidades que en las capitales cultas de Europa y de América.

Esenin no era hostil a la revolución y jamás le fue ella extraña; al contrario, constantemente tendía hacia ella, escribiendo a partir de 1918:


¡Oh madre, patria mía, soy bolchevique!


Y algunos años más tarde escribía:


Y ahora para los soviets
soy el más ardiente compañero de viaje.



La revolución penetró violentamente en la estructura de sus versos y en sus imágenes que, confusas al principio, se depuraron. En el derrumbe del pasado, Esenin no perdió nada, nada lamentó. ¿Extraño a la revolución? No, pero la revolución y él no tenían la misma naturaleza. Esenin era un ser íntimo, tierno, lírico; la revolución es pública, épica, llena de desastres. Y un desastre fue lo que ha roto la corta vida del poeta.

Se ha dicho que cada ser porta en sí el resorte de su destino, desarrollado hasta el final por la vida. En esta frase no hay más que una parte de verdad. El resorte creador de Esenin, al desenroscarse, ha chocado con los ángulos duros de la época, y se ha roto.

Hay en Esenin muchas hermosas estrofas contagiadas de su época. Toda su obra está marcada por el tiempo. Y, sin embargo, Esenin “no era de este mundo”. No es el poeta de la revolución:


Yo tomo todo, todo, tal como es, acepto,
Dispuesto estoy a seguir caminos ya trillados,
Daré mi alma entera a vuestro Octubre y a vuestro Mayo,
Pero mi lira bienamada nunca la cederé.



Su resorte lírico no habría podido desarrollarse hasta el final más que en una sociedad armoniosa, feliz, plena de cantos, en una época en que no reine como amo y señor el duro combate, sino la amistad, el amor, la ternura. Ese tiempo llegará. En el nuestro, se incuban todavía muchos combates implacables y salutíferos de hombres contra hombres, pero vendrán otros tiempos que preparan las actuales luchas. La personalidad del hombre se expandirá entonces como una auténtica flor, como se expandirá la poesía. La revolución arrancará para cada individuo el derecho no sólo al pan, sino a la lírica.

En su último momento, ¿a quién escribió Esenin su carta de sangre? ¿Quizá llamaba de lejos a un amigo que aún no ha nacido, el hombre de un futuro que algunos preparan con sus luchas como Esenin lo preparaba con sus cantos? El poeta ha muerto porque no era de la misma naturaleza que la revolución. Pero en nombre del porvenir, la revolución le adoptará para siempre.

Desde los primeros tiempos de su obra poética, Esenin, consciente de ser interiormente incapaz de defenderse, tendía hacia la muerte. En uno de sus últimos cantos se despidió de las flores:


Y bien, amadas mías,
Os he visto, he visto la tierra
y vuestro fúnebre temblor
lo tomaré como una caricia nueva.



Sólo ahora, después del 27 de diciembre, todos nosotros, que le hemos conocido mal o bien, podemos comprender totalmente la sinceridad íntima de su poesía, cada uno de cuyos versos estaba escrito con la sangre de sus heridas venas. Nuestra amargura es tanto más áspera por eso. Sin salir de su dominio íntimo, Esenin encontraba, en el presentimiento de su próximo fin, una melancólica y emocionante consolación:



Escuchando una canción en el silencio,
mi amada, con otro amado
se acordará quizá de mí
como de una flor única.



En nuestra conciencia un pensamiento suaviza el dolor agudo todavía reciente: este gran poeta, este auténtico poeta, ha reflejado a su manera su época y la ha enriquecido con sus cantos, que hablan de forma nueva del amor, del cielo azul caído en el río, de la luna que como un cordero pace en el cielo, y de la flor única, él mismo.

Que en este recuerdo al poeta no haya nada que nos abata o nos haga perder valor. El resorte que tensa nuestra época es incomparablemente más poderoso que nuestro resorte personal. La espiral de la historia se desarrollará hasta el fin. No nos opongamos a él, sino que ayudémosle con toda la fuerza consciente de nuestro pensamiento y de nuestra voluntad. Preparemos el porvenir. Conquistemos, para todos y para todas, el derecho al pan y el derecho al canto.

El poeta ha muerto, ¡viva la poesía! Indefenso, un hijo de los hombres ha rodado en el abismo. Pero viva la vida creadora en la que hasta el último momento Sergio Esenin ha entrelazado los hilos preciosos de su poesía.


Leon Trotsky.

Pravda, 19 de enero de 1926.

Ilustraciòn:  ALEXEY AKINDINOV, “ESENIN E ISADORA”

Serguei Esenin - Poemas






CONFESION DE UN GOLFO



No todos saben cantar,

No todos saben ser manzana

Y caer a los pies de otro.

Esta es la suprema

Confesión de un granuja.



Ando intencionalmente despeinado,

Con la cabeza como una lámpara a petróleo.

Me gusta alumbrar en las tinieblas

El otoño sin hojas de vuestros espíritus.

Me gusta que las piedras de los insultos

Caigan sobre mí como granizo vomitado por la tormenta.

Entonces es cuando aprieto con más fuerza

El globo oscilante de mi cabezota.



Con qué nitidez recuerdo entonces

La laguna cubierta de hierba y la voz ronca del aliso

Y que en algún lugar viven mi padre y mi madre.

Mis versos les importan un comino,

Pero me quieren como a un campo, como a la carne de su carne,

Como a la buena lluvia que en primavera ayuda a salir a los brotes.

Ellos les clavarían a ustedes sus horquetas

Cada vez que me lanzan una injuria.



¡Pobres, pobres campesinos!

Seguramente están viejos y feos

Y siguen temiendo a Dios y a los espíritus del pantano.

¡Si sólo pudieran comprender

Que su hijo

Es el mejor poeta de Rusia!

¿Acaso sus corazones no temían por él

Cuando se mojaba los pies en los charcos del otoño?

Ahora anda de sombrero de copa

Y con zapatos de charol.



Pero con el mismo espíritu juguetón de antes.

De aldeano travieso.

Desde lejos saluda con una gran reverencia

A las vacas pintadas en los letreros de las carnicerías.

Y cuando se cruza con los coches de la plaza,

El olor del estiércol lo remonta a los campos de su tierra

Y está dispuesto a sostener en el aire la cola de cada caballo

Como si fuese la cola de un traje de novia.



Amo mi tierra.

¡La amo con locura!

Aunque sobre ella caiga toda la tristeza y el moho de los sauces.

Gozo con los hocicos inmundos de los cerdos

Y con las notas estridentes de los sapos en el silencio nocturno.

Estoy enfermo de los recuerdos de infancia,

Sueño con la niebla y con la humedad de las tardes de abril,

Cuando nuestro arce se puso en cuclillas

Para calentarse los huesos en la hoguera del crepúsculo.

¡Trepando de rama en rama,

Cuántos huevos no robé de los nidos de las cornejas!

¿Seguirá siendo el mismo de antes, con su copa verde?

¿Tendrá todavía la corteza tan dura?



¿Y tú, mi querido perro fiel

Overo?

La vejez te ha puesto gruñón y ciego

Y vas de un lado a otro del patio arrastrando tu cola caída.

Tu nariz no distingue ya el establo de la casa.

Cuánto no significan para mí nuestras pillerías de antaño

Cuando le robaba pan a mi madre

Y lo comíamos entre los dos, mordiéndolo por turno

Sin sentir repugnancia.



Soy siempre el mismo,

Mi corazón es siempre el mismo.

Los ojos florecen en el rostro como los azulíes en el trigo.

Y yo, extiendo las esteras doradas de mis versos

Quiero decirles a ustedes

Mis palabras más tiernas.



¡Buenas noches a todos!

¡Buenas noches!

Rozando por última vez la hierba del crepúsculo

Ha enmudecido la guadaña de la aurora.

Y siento unas ganas locas

De mear a la luna desde la ventana.

¡Luz azul, en este azul profundo

Ni siquiera la muerte me importa!

¡Que importa que yo parezca un cínico

Con un farol colgando del trasero!

Viejo, buen y supercabalgado Pegaso,

¿Qué falta me hace a mí tu trote blandengue?

Yo he venido como un severo maestro

A cantar y a ensalzar a las ratas.

Como agosto, vierte

Mi cabeza el vino espumoso de mis cabellos.



Yo quiero ser ese amarillo

Que nos lleva al país que navegamos.





ESTOY CANSADO…



Estoy cansado de vivir en mi país natal,

con la nostalgia de las extensiones de trigo negro;

dejaré mi choza,

partiré como un vagabundo y un ladrón…

Volveré a la casa paterna

a regocijarme con el júbilo ajeno.

Y en una noche verde, bajo la ventana,

con la manga de mi camisa me ahorcaré.

Los sauces de plata contiguos a la cerca

inclinarán sus cabezas con mayor dulzura aún.

Y sin lavarme, sin el menor ritual,

se me enterrará bajo los aullidos de los perros.

La luna continuará bogando por el cielo,

perdiendo sus remos en el agua de los lagos;

y Rusia siempre será la misma,

danzando y llorando alrededor de las empalizadas.





SIN LAMENTOS



Sin quejas, ni lamentos ni llantos

como el humo a través del florido manzano

hasta mí llegó la marchitez dorada

ya no seré más joven y lozano.



Ya no lates con la fuerza de antes

mi corazón tocado por el hielo

y caminar descalzo por el bosque

ya no es una ilusión, no es un anhelo.



El deseo de aventura cada vez es menor

y el fuego de los labios ya se ha ido

¡oh mi joven y lejano frescor

mis antaños pletóricos sentidos!



Ahora son escasos mis afanes

¿he vivido mi vida o la he soñado?

Es como si en un alba primaveral

galopé sobre un caballo rosado.



Nuestro destino es frágil y finito

el cobre de las hojas lento emana

por todos los siglos sea bendito

lo que florece hoy para morir mañana.





LAS ESTRELLAS



¡Las pequeñas estrellas de las estrellas, usted está tan alto y tan claro!

¿Qué usted ha conseguido en usted, tan fascinando?

Las estrellas, profundas en pensamiento, así que discretas usted aparece,

¿Qué la energía a que las marcas usted están tentando tan?

¡Las estrellas, pequeñas estrellas, usted es tan denso y tan sólido!

¿Cuál es ese le hace tan grande y fascinando?

Cómo puede usted, los cuerpos divinos, producirlo:

¿Revolvimiento de una sed y de un deseo para aprender?

Porqué, como usted brille, son usted agradable y la invitación

¿En sus brazos abiertos de par en par, el instante?

Satisfaciendo el corazón, tan benigno y tentando,

¡Estrellas divinas, tan telecontrol y tan distante!





EL OTOÑO



Hay calma en el enebral espeso.

El otoño, potro taheño, peina su crin;

sobre la orilla del río suena

el retín azul de sus herraduras.

El viento, ermitaño de paso cauteloso,

aplasta la hojarasca en el camino

y en una mata de serbal besa

las llagas rojas de un Cristo invisible.





SÓLO ME QUEDA UNA DIVERSIÓN…



Sólo me queda una diversión:

los dedos en los labios y un alegre silbido.

Ya se ha esparcido mi mala fama

de peleador y escandaloso.

¡Qué ridícula mala fama!

Hay muchas caídas tontas en la vida.

Me avergüenzo de haber creído en Dios,

y me entristezco de no creer ahora.

¡Remotas lejanías doradas!

Todo arde en la rutina cotidiana.

Si blasfemé y fui escandaloso

fue para arder con mayor fulgor.

Acariciar y fustigar es el don del poeta

lleva sobre sí un signo fatal.

Yo quise enlazar sobre este mundo

a la rosa blanca y el sapo negro.

¡Qué importa no se hayan realizado

estos designios de los días buenos!

Si los demonios anidaron en mi espíritu

es porque los ángeles vivían en él.

Por estos alegres desvaríos,

yo quisiera en el postrer instante

antes de partir hacia otras comarcas

pedir a todos los que me acompañen

que por mis pecados mortales,

por no creer en el paraíso,

con mi camisa rusa me amortajen

y bajo los astros me dejen expiar.





CARTA A UNA MUJER



Usted se acuerda, usted, claro, de todo se acuerda,

 cuando andaba nerviosa por la estancia –

yo a la pared pegado –

y me reñía con acerbas palabras.

Decía usted que había llegado la hora de separarnos,

que a causa de mis locuras sufría mucho,

que iba a dedicarse a sus cosas,

y que yo estaba condenado a rodar por la pendiente.

Querida: Usted no me amaba.

Ignoraba que entre el gentío era yo cual caballo espumeante,

espoleado por audaz jinete.

Ignoraba que entre aquella humareda,

en la fosca tormenta de la vida sufría yo,

sin comprender lo que se avecinaba.

De cara a cara no se ve el rostro.

Lo grande se ve a distancia.

Cuando el mar se encrespa, corren riesgo las naves.

¡Y de pronto se convirtió la tierra en una nave!

Alguien empuñó majestuoso el timón rumbo a la nueva vida prodigiosa

 por entre vendavales y tormentas.

¿Quién no se cayó en la cubierta?

¿Quién no vomitó y no maldijo?

Pocos hubo que no se mareasen, que venciesen aquel torbellino.

Entonces entre un clamor salvaje,

sabiendo bien lo que me hacía bajé a la bodega

para no ver vomitar a la gente.

 Aquella bodega era eso: la taberna.

Yo me entregué al vino para no padecer por nadie

y hundirme en la embriaguez.

Querida: La hice sufrir, es cierto.

En sus cansados ojos se asomaba la pena al ver que yo,

ostentosamente,

 me consumía en escándalos diarios.

Pero usted ignoraba que entre aquella humareda,

en la fosca tormenta de la vida, sufría yo,

sin comprender lo que se avecinaba…



********



Han pasado los años.

Mi edad es ya otra.

Ahora pienso de distinto modo.

Ahora brindo en los días de fiesta por el gran timonel.

Me embargan hoy amables sentimientos.

Al recordar su angustia quiero apresurarme a decirle lo que fui antes,

lo que soy ahora.

Querida: Me complace comunicarle que no rodé por la pendiente.

Vivo en el Territorio Soviético como el más entusiasta adherente.

No soy ya el de antes.

Ahora no la haría sufrir como entonces.

Tras la bandera de la libertad y del trabajo luminoso,

estoy dispuesto a ir al fin del mundo.

Perdóneme… Sé que usted no es la de ayer.

Ahora vive con un marido serio, inteligente.

A usted no le hacen falta nuestros duros quehaceres,

y yo tampoco le hago la menor falta.

Viva bajo el signo de su estrella, bajo su mansión renovada.

La saluda su amigo que jamás la olvida,

Serguéi Esenin





¡DEJAOS YA DE RIÑAS! ¡ES LA VIDA!…



¡Dejaos ya de riñas! ¡Es la vida!

¡Yo no comercio con palabras!

Se ha vuelto grave y ya se dobla

mi cabeza dorada hacia la espalda.

Por aldea y ciudad amor no siento.

¿Cómo pude sentir alguno?

Todo lo dejaré y, con barba larga,

 iré por Rusia cual vagabundo.

Olvidaré los poemas y los libros,

me echaré un saco sobre la espalda,

porque en los campos, a un perdido,

más que a ninguno el viento canta.

Apestaré a rábano y cebolla y,

turbando la quietud de la tarde,

me sonaré ruidosamente con la mano

y haré simplerías en todo.

Y no necesito mejor suerte

que olvidar escuchando la cellisca,

pues sin estas extravagancias

no sé vivir en este mundo.





HASTA PRONTO AMIGO MÍO….



(Manuscrito escrito con sangre que se encontró

en la habitación donde Sergei Esenin se suicidó.)



Hasta pronto, amigo mío, hasta pronto,

querido mío, te llevo en el corazón.

La separación predestinada

promete un nuevo encuentro.

Hasta pronto, amigo mío, sin gestos ni palabras,

no te entristezcas ni frunzas el ceño.

En esta vida el morir no es nuevo

y el vivir, por supuesto, no lo es.



Serguei Esenin (Konstantínovo, Riazán, 21 de septiembre de 1895- -Leningrado, 28 de diciembre de 1925)

domingo, abril 12, 2020

Pier Paolo Pasolini - Marilyn.




Del mundo antiguo y del mundo futuro



permaneció solo la belleza, y tú,



pobre hermanita menor,



aquella que corre detrás de los hermanos  mayores,



y ríe y llora con ellos, por imitarlos,



y se pone sus bufanditas,



toca sin ser vista sus libros, sus navajitas,



tú, hermanita más pequeña,



que llevabas puesta tu belleza humildemente,



y tu alma, hija de gente pequeña,



nunca ha sabido de haberla,



porque de otro modo, no hubiera sido belleza.



Desapareció como un polvillo de oro.



El mundo te ha enseñado a descubrirla.



Así tu belleza se ha vuelto ajena.



Del estúpido mundo antiguo



y del feroz mundo futuro



permanecía aún una belleza que no se avergonzaba



de aludir a los pequeños senos de hermanita,



al pequeño vientre tan fácilmente desnudo.



Y por ello era belleza, la misma



que tienen las dulces mendigas de color,



las gitanas, las hijas de los comerciantes



vencedoras de los concursos en Miami o Roma.



Desapareció, como una palomita de oro.



El mundo te lo ha enseñado,



y así tu belleza no fue más belleza.



Pero tú continuabas siendo niña,



boba como la antigüedad, cruel como el futuro,



y entre tú y tu belleza poseída por el poder



se inmiscuye toda la estupidez y la crueldad del presente,



la llevabas siempre puesta, como una sonrisa detrás de las lágrimas



impúdica por pasividad, indecente por obediencia.



Y se desvaneció, como una blanca sombra de oro.



Tu belleza sobreviviente del mundo antiguo,



reclamada por el mundo futuro, poseída



por el mundo presente, se convierte así en un mal.



Ahora los hermanos mayores finalmente se dan la vuelta,



detienen por un momento sus malditos juegos,



salen de sus inexorables distracciones,



y se preguntan: “¿Es posible que Marilyn,



la pequeña Marilyn nos haya indicado el camino?”



Ahora eres tú, la primera, tú, la hermana más pequeña, aquella



que no cuenta nada, pobrecita, con su sonrisa,



eres tú la primera, más allá de las puertas del mundo,



abandonado a su destino de muerte.




Tradución: Eduardo Magoo Nico.


Foto: Maria Callas, Marilyn Monroe.