jueves, noviembre 27, 2014

Conde de Lautréamont



Los cantos de Maldoror



(Fragmento del Canto Primero)

Me propongo, sin estar emocionado, declamar con poderosa voz la estrofa seria y fría que vais
a oír. Prestad atención a su contenido y evitad la penosa impresión que ella intentará dejar
como una mancha en vuestras turbadas imaginaciones. No creáis que yo esté a punto de morir,
pues todavía no soy un esqueleto ni la vejez se ha pegado a mi frente. Descartemos, por lo
tanto, toda idea de comparación con el cisne en el momento en que su existencia huye, y no
veáis ante vosotros más que un monstruo cuyo rostro me hace feliz que no podáis contemplar,
aunque es menos horrible que su alma. Sin embargo, no soy un criminal... Pero basta de este
asunto. No hace mucho tiempo volví a ver el mar, pisé el puente de los barcos, y mis
recuerdos son tan vivos como si los hubiera abandonado ayer. No obstante, si podéis, conservad
la misma calma que yo en esta lectura, que ya me arrepiento de ofreceros, y no os sonrojéis
ante el pensamiento de lo que es el corazón humano.

¡Oh, pulpo de mirada de seda! Tú, cuya alma es inseparable de la mía, tú, el más bello de los habitantes del globo terráqueo, que mandas en un serrallo de cuatrocientas ventosas, tú, en quien se asientan noblemente, como en su residencia natural, por un común acuerdo, con un lazo indestructible, la dulce virtud comunicativa y las gracias divinas. ¿Por qué no estás conmigo, tu vientre de mercurio contra mi pecho de aluminio, sentados los dos sobre alguna roca de la orilla, para contemplar ese espectáculo que adoro?

Viejo océano de olas de cristal, te pareces, en las proporciones, a esas marcas azuladas que se
ven sobre el dorso magullado de los grumetes, eres un inmenso azul aplicado en el cuerpo de
la tierra: me gusta esta comparación. Así, a primera impresión, un soplo prolongado de
tristeza, que se creería el murmullo de tu brisa suave, pasa, dejando inefables huellas, sobre el
alma profundamente conmovida, y, sin que siempre se advierta, evocas el recuerdo de tus
amantes, los duros comienzos del hombre en los cuales tiene conocimiento del dolor, que no le
abandonará  jamás. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu forma armoniosamente esférica, que alegra la cara grave de la geometría, me
recuerda demasiado los ojos pequeños del hombre, similares por su pequeñez a los del jabalí,
y a los de las aves nocturnas por la perfección circular de su contorno. Sin embargo, el hombre
se ha creído hermoso en todos los siglos. Pero yo creo que el hombre sólo cree en su belleza
por amor propio, pues en realidad no es bello y él lo sospecha; si no, ¿por qué mira el rostro
de su semejante con tanto desprecio? ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, eres el símbolo de la identidad: siempre igual a ti mismo. Nunca cambias de una
manera esencial, y, si tus olas están en alguna parte furiosas, más lejos, en alguna otra zona, se
hallan en la más completa calma. No eres como el hombre, que se detiene en la calle para ver
cómo se atenazan por el cuello dos dogos y no se detiene cuando pasa un entierro, que por la
mañana es asequible y por la tarde está de mal humor, que ríe hoy y mañana llora. ¡Te saludo,
viejo océano!

Viejo océano, no sería nada imposible que escondieras en tu seno frutos de utilidad para el
hombre. Ya le has dado la ballena. No dejas adivinar fácilmente a los ojos ávidos de las
ciencias naturales los mil secretos de tu íntima organización: eres modesto. El hombre se
vanagloria de continuo, y por minucias. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, las diversas especies de peces que alimentas no se han jurado fraternidad entre
sí. Cada especie vive por su lado. Los temperamentos y las conformaciones que varían en cada
una de ellas, explican, de una manera satisfactoria, lo que al principio sólo parece una
anomalía. Igual sucede con el hombre, que no tiene los mismos motivos de excusa. Un trozo
de tierra está ocupado por treinta millones de seres humanos, pero ellos se creen obligados a
no mezclarse en la existencia de sus vecinos, fijos como raíces sobre el pedazo de tierra
contiguo. Descendiendo del grande al pequeño, cada hombre vive como un salvaje en su
guarida, y raramente sale de ella para visitar a su semejante, acurrucado igualmente en otra
guarida. La gran familia universal de los hombres es una utopía digna de la lógica más
mediocre. Por otra parte, del espectáculo de tus mamas fecundas se desprende la noción de
ingratitud, pues se piensa en seguida en los numerosos padres, tan ingratos hacia el Creador,
para abandonar el fruto de su miserable unión. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu grandeza material sólo es comparable a la medida que uno se hace de la
potencia activa que ha sido necesaria para engendrar la totalidad de tu masa. No se te puede
abarcar de una ojeada. Para contemplarte es preciso que la vista haga girar su telescopio con
movimientos continuos hacia los cuatro puntos del horizonte, de igual modo que un
matemático, a fin de resolver una ecuación algebraica, está obligado a examinar
separadamente los diversos casos posibles, antes de resolver la dificultad. El hombre come
sustancias nutritivas, y hace otros esfuerzos dignos de mejor suerte para dar impresión de
grueso. Que se hinche cuanto quiera esa adorable rana. Quédate tranquilo, nunca igualará tu
corpulencia; al menos eso supongo. ¡Te saludo viejo océano!

Viejo océano, tus aguas son amargas. Tienen exactamente el mismo sabor que la hiel que
destila la crítica sobre las bellas artes, sobre las ciencias, sobre todo. Si alguien tiene genio, se
le hace pasar por un idiota; si algún otro es bello de cuerpo, se le hace un horrible
contrahecho. En verdad, es preciso que el hombre sienta con fuerza su imperfección, cuyas
tres cuartas partes son debidas a sí mismo, para que lo critique de ese modo. ¡Te saludo, viejo
océano!

Viejo océano, los hombres, a pesar de la excelencia de sus métodos, todavía no han
conseguido, ayudados de los procedimientos de investigación de la ciencia, medir la
profundidad vertiginosa de tus abismos, los cuales han reconocido inaccesibles las
sondas más largas y pesadas. A los peces... les está permitido: no a los hombres. A menudo me
he preguntado qué será más fácil de reconocer: la profundidad del océano o la profundidad del
corazón humano. Con frecuencia, con la mano, de pie sobre los barcos, mientras la luna se
balanceaba entre los mástiles de forma irregular, me he sorprendido, haciendo abstracción de
todo lo que no fuera el objeto que perseguía, esforzándome por resolver ese difícil problema.
Si, ¿cuál es más profundo, más impenetrable de los dos; el océano o el corazón humano? Si
treinta años de experiencia de la vida pueden, hasta cierto punto, inclinar la balanza hacia una
u otra de esas soluciones, me estará permitido decir que, pese a la profundidad del océano, no
podrá colocarse a la par, en cuanto a la comparación sobre dicha propiedad, con la profundidad
del corazón humano. He estado en relación con hombres que han sido virtuosos. Morían a los
sesenta años y nadie dejaba de exclamar: «Han hecho el bien en este mundo, es decir, han
practicado la caridad: eso es todo, no es nada malo, y cualquiera puede hacer otro tanto».
¿Quién comprenderá por qué dos amantes que se idolatraban la víspera, por una palabra mal
interpretada, se separan, uno hacia oriente, otro hacia occidente, con los aguijones del odio, de
la venganza, del amor y de los remordimientos, y no se vuelven a ver más, cada uno
embozado en su solitaria soberbia? Es un milagro que se renueva cada día y que por ello no es
menos milagroso. ¿Quién comprenderá por qué se saborean, no sólo las desgracias generales
de los semejantes, sino también las particulares de los amigos más queridos, aunque se está
afligido al mismo tiempo? Un ejemplo incontestable para cerrar la serie: el hombre dice
hipócritamente sí y piensa no. Por eso los jabatos de la humanidad tienen tanta confianza los
unos en los otros y no son egoístas. Le queda a la sicología muchos progresos que hacer. ¡Te
saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu poder es tan grande que los hombres lo han sabido a sus expensas. Y por
mucho que utilicen todos los recursos de su genio... serán incapaces de dominarte. Han
encontrado su maestro. Digo que han encontrado algo más fuerte que ellos. Algo que tiene
nombre. Ese nombre es: ¡el océano! El miedo que les inspiras es tal, que te respetan. A pesar de
ello, haces danzar sus más pesadas máquinas con gracia, elegancia y facilidad. Les haces
realizar saltos gimnásticos hasta el cielo y admirables inmersiones hasta el fondo de tus
dominios que un saltimbanqui envidiaría. Bienaventurados aquellos a quienes no envuelves
definitivamente entre tus pliegues burbujeantes para ir a ver, sin ferrocarril, en tus entrañas
acuáticas, cómo lo pasan los peces, y sobre todo, cómo lo pasan ellos mismos. El hombre
dice: «Soy más inteligente que el océano». Es posible, es incluso muy cierto, pero el océano le
causa más temor a él que él al océano: es algo que no es necesario comprobar. Ese patriarca
observador, contemporáneo de las primeras épocas de nuestro globo suspendido, sonríe
piadoso cuando asiste a los combates navales de las naciones. He ahí un centenar de leviatanes
que han salido de las manos de la humanidad. Las órdenes enfáticas de los superiores, los
gritos de los heridos, los cañonazos, es el ruido realizado a propósito para aniquilar algunos
segundos. Parece que el drama ha terminado y que el océano se lo ha metido todo en su
vientre. La boca es formidable. ¡Qué grande debe ser hacia abajo, en dirección a lo
desconocido! Para coronar al fin la estúpida comedia, que carece de todo interés, se ve, en
medio de los aires, alguna cigueña retrasada por el cansancio, que se pone a gritar, sin detener
la envergadura de su vuelo: «¡Vaya!... ¡Me encuentro mal! Allá abajo había algunos puntos
negros; he cerrado los ojos y han desaparecido». ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, oh gran célibe, cuando recorres la solemne soledad de tus reinos flemáticos, te
enorgulleces, con razón, de tu magnificencia nativa y de los justos elogios que me apresuro a
dedicarte. Mecido voluptuosamente por los suaves efluvios de tu lentitud majestuosa, que es el
más grandioso de los atributos con que el soberano poder te ha gratificado, en medio de un
sombrío misterio, tú haces rodar por toda tu sublime superficie tus incomparables olas, con el
sentimiento sereno de tu poder eterno. Ellas se persiguen paralelamente, separadas por cortos
intervalos. Apenas una disminuye, otra, creciendo, va a su encuentro, acompañada del rumor
melancólico de la espuma que se deshace para advertirnos de que todo es espuma. (Así, los
seres humanos, esas olas vivientes, mueren uno tras otro, de una manera monótona, sin dejar
siquiera un ruido de espuma). El ave de paso reposa, confiada sobre ellas, y se abandona a sus
movimientos llenos de gracia arrogante, hasta que los huesos de sus alas han recobrado el
vigor preciso como para continuar la aérea peregrinación. Quisiera que la majestad humana
sólo fuera la encarnación del reflejo de la tuya. Pido demasiado, y ese deseo sincero te
glorifica. Tu grandeza moral, imagen del infinito, es inmensa como la reflexión del filósofo,
como el amor de la mujer, como la belleza divina del ave, como la meditación del poeta. Eres
más bello que la noche. Respóndeme, océano, ¿quieres ser mi hermano? Agítate con
impetuosidad... más... todavía más, si quieres que te compare con la venganza de Dios; alarga
tus garras lívidas y fráguate un camino en tu propio seno... está bien. Haz que rueden tus olas
espantosas, horrible océano sólo por mí comprendido y ante el que caigo prosternado de
rodillas. La majestad de los hombres es prestada; no se impone: tú, sí. Oh, cuando avanzas,
con la cresta alta y terrible, rodeado por tus repliegues tortuosos como por un cortejo,
magnético y salvaje, haciendo rodar tus olas unas sobre otras con la conciencia de lo que eres,
mientras lanzas desde las profundidades de tu pecho, como abrumado por un remordimiento
intenso que no puedo descubrir, ese sordo bramido perpetuo que los hombres tanto temen,
incluso cuando te contemplan, estando seguros, temblorosos desde la orilla, y entonces veo
que no tengo el insigne derecho de llamarme tu igual. Por eso, en presencia de tu superioridad,
te daría todo mi amor (y nadie conoce la cantidad de amor que contienen mis aspiraciones
hacia lo bello), si no me hicieses dolorosamente pensar en mis semejantes, que forman contigo
el más irónico contraste, la antítesis más grotesca que jamás se haya visto en la creación: no
puedo amarte, te detesto. ¿Por qué vuelvo a ti, por milésima vez, hacia brazos amigos, que se
abren para acariciar mi frente ardiente, cuya fiebre siento desaparecer sólo a tu contacto? No
conozco tu oculto destino, pero todo lo que te concierne me interesa. Dime entonces si eres la
morada del príncipe de las tinieblas. Dímelo... dímelo, océano (a mí sólo, para no entristecer a
aquellos que no han conocido sino las ilusiones), y si el soplo de Satán crea las tempestades
que levantan tus aguas saladas hasta las nubes. Es preciso que me lo digas porque me alegraría
saber que el infierno está tan cerca del hombre. Quiero que esta sea la última estrofa de mi
invocación. Por lo tanto, una sola vez más, quiero saludarte y darte mi adiós. Viejo océano, de
olas de cristal... Mis ojos se humedecen de abundantes lágrimas, y no tengo fuerzas para
seguir, pues siento que ha llegado el momento de volver con los hombres de aspecto brutal;
pero... ¡ánimo! Hagamos un gran esfuerzo y cumplamos, con el sentimiento del deber, nuestro
destino sobre esta tierra. ¡Te saludo, viejo océano!




Isidore Lucien Ducasse "Conde de Lautréamont" ( Montevideo, 4 de abril de 1846 – París, 24 de noviembre de 1870) es considerado uno de los precursores del surrealismo.


Foto: Alejandro Pi-hué






lunes, septiembre 29, 2014

Poder y libertad




Pensar no es percibir

No vemos a la gente

Las cosas

Ni las situaciones por las que atravesamos



Creemos ver nuestro pensamiento

Sustituimos lo que ocurre

Por lo que deseamos

Pero los hechos no se subordinan a nuestros argumentos



¿Humos en la cabeza?

¿Ideas?

La vida difícilmente logra ajustarse

A unos pocos y aburridos cuentos



El mundo...

Es poder y libertad



Texto: Eduardo Magoo Nico 
Foto: Mauro Corti

viernes, agosto 29, 2014

Suely Rolnik



Seminario Internacional Perder la Forma Humana en Buenos Aires. Conferencia de Suely Rolnik.


https://www.youtube.com/watch?v=v1A8Lv-2ifo#t=12


Suely Rolnik es Docente Titular de la Pontifícia Universidade Católica de São Paulo y Docente invitada del Programa de Estudios Independientes (PEI) del Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MacBa) y del Masters Oficial en Historia del Arte Contemporáneo y Cultura Visual, Universidad Autónoma de Madrid y Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS). Su trabajo se ubica en un territorio trasversalizado por el filosófico, el clínico, el político y el estético y se manifiesta en la investigación, la escritura, la docencia, la curaduría y la clínica strictu senso. Es autora, entre otros libros, de Micropolítica: Cartografías del deseo, en colaboración con Félix Guattari. Participa como investigadora de la Red Conceptualismos del Sur.

domingo, agosto 03, 2014

ESTRATEGIA DE LA ALEGRÍA




BAILAR HASTA PERDER LA FORMA HUMANA

“Normalmente la formas humanas están rigidizadas, acorazadas. Al calor de las emociones se pueden poner nuevamente plásticas y son posibles de remodelar. Los encuentros de rock tienden a producir ese calor, pero esto es azaroso”, escribían Los Redonditos de Ricota en septiembre de 1983.
 
Provocar el azar que logre esa mutación fue, acaso, la apuesta del grupo desde sus comienzos, durante los años de la última dictadura militar en Argentina. En sus primeros recitales —encuentros experimentales donde se mezclaban números circenses, monologuistas, bailarinas de striptease, poetas, artistas plásticos y más de diez instrumentos en escena— se trataba de que la conmoción recorriera los cuerpos. 

Bailar hasta perder la forma humana: ésa era la invitación y la promesa de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota hacia sus seguidores.

Éramos tan pocos —recuerda el Indio Solari, líder del grupo— que el borde de los escenarios se hacía permeable y emancipaba a artistas y a espectadores de sus roles acostumbrados. La idea era perder la forma humana en un trance que desarticule las categorías vigentes y provea emociones reveladoras (1).

Cuerpos vivos y atentos, receptivos a nuevos estímulos. Cuerpos dispuestos a percibir la sensualidad de los sentidos de un modo diferente. Cuerpos permeables a impresiones no ordinarias. Cuerpos que enuncian aquello que resulta inexpresable con palabras. Movimientos y energías que, al decir de Gurdjieff, convocan informaciones provechosas para el ser. El baile y la danza como generadores de experiencias capaces de despertar un nuevo estado de conciencia del mundo. Los músicos como los encargados de proyectar esos descubrimientos. Mientras el afuera aparecía signado por el terror y la vida cotidiana se plagaba de temores y ausencias, el mundo subterráneo de los recitales se convertía en el espacio de la vida desbordante, de la cercanía intensa, de la fusión colectiva en acontecimientos plagados de delirio y libertad.

“Innumerables son las herramientas del cambio como múltiples son los planos de la realidad”, proclamaba en 1973 el manifiesto “Las pieles del fracaso”, del escritor y periodista Miguel Grinberg. Perder la forma humana podría pensarse como una de esas múltiples herramientas de transformación propiciadas por la exploración de otras latitudes de la consciencia. Perder la forma humana como una invitación a la mutación, como un salirse de sí mismo hacia nuevos parámetros de lo sensible. Perder la forma humana como una elección del camino de la autocreación permanente, del espíritu libre que se emancipa de la razón y de los dogmas modernos occidentales en busca de una sensibilidad diferente. Un modo de fuga del sujeto sujetado a sentidos comunes rutinizados que definen cómo y qué deben ser los cuerpos, las almas, los pensamientos, las conductas, las voluntades.

Una política del éxtasis donde se fusionan retribalización, primitivismo, chamanismo, vagabundeos beats y filosofías malditas. Una política de la dislocación que rehúye los valores absolutos y no adhiere a mapas ideológicos preestablecidos. Un llamado al movimiento que es también una apelación a la diferencia y al extrañamiento con las propias verdades. Una invitación a la diversidad, a la búsqueda incesante, a lo inclasificable. Porque, tal como afirma Solari, “sólo lo que no tiene identidad sobrevive” (2).

PROTEGER EL ESTADO DE ÁNIMO: EL CUERPO COMO ALEGRÍA

La política del éxtasis fue también una política de la protección del estado de ánimo, donde el placer rige como el principio ordenador de las acciones y elecciones. Desconfiar de lo que daña y seguir las huellas de aquello que gratifica fue la máxima que guió a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota cuando, en plena dictadura, el grupo se ocupó de la creación de espacios de alivio y bienestar donde pudiera generarse el estallido expresivo de las sensaciones: 

Un buen estado de ánimo es como una religión a un mejor precio. Su principal mandamiento es: ¡NO TE ABURRIRÁS! Durante la dictadura militar fue necesario construir guaridas underground para Dionisios. Tratar de que el miedo no nos paralizara y el amor no fuera desacreditado. Que siguiera operando como el simple deseo del bien para otro. Que la alegría no fuera parodiada y que la belleza apareciera aunque mas no fuera esporádicamente (3).


Lo dionisiaco, ese sentimiento descrito por Nietzsche bajo la metáfora de una embriaguez que conduce a la disolución del individuo, operaba como una guía en la construcción de esas pequeñas y difusas cápsulas de vida grupal. 

Con la llegada de la democracia las guaridas dionisiacas destinadas a proteger el estado de ánimo se multiplicaron, impulsadas por artistas, músicos e intelectuales que promovieron una serie de novedosas prácticas estético-políticas donde el juego, el humor, el cuerpo, el placer, el baile, las emociones, la distancia irónica y la relación con el otro tuvieron un rol privilegiado. 

El artista plástico y sociólogo Roberto Jacoby utilizó el término “estrategia de la alegría” (4) (2000) para referirse a estas disruptivas acciones culturales que procuraron la defensa del estado de ánimo y buscaron potenciar las posibilidades de los cuerpos, frente a la feroz estrategia de ordenamiento concentracionario y aniquilamiento desplegada por el terrorismo de Estado (5).

Durante los años ochenta, la “estrategia de la alegría” se desplegó como una forma molecular de resistencia, conformando un entramado under de formas de encuentro microsociales en bares, discotecas, estaciones ferroviarias, clubes, parques o sótanos en ruinas. Espacios no convencionales del circuito artístico a veces intermitentes o efímeros, otras creados por sus propios protagonistas como centro de reunión y creación artística colaborativa. Una apuesta/respuesta política de resistencia, pero también de confrontación que, valiéndose de la afectividad de los sujetos, apuntó a reconstruir el lazo social quebrado por el poder desaparecedor a partir de la instauración de otras formas de sociabilidad. 

Así, a través de una estética-política relacional y festiva, que apuntaba a la generación de espacios de experimentación, disfrute e interrelación, la defensa del estado de ánimo se convirtió también en una defensa de la vida y un desobediente rescate de las pasiones alegres. Si los poderes, para su ejercicio, se valen de la composición de fuerzas afectivas dirigidas a entristecer y a descomponer nuestras relaciones, la alegría podía ser, tal como señala Spinoza, esa pasión-núcleo fundamental para la formación de una nueva comunidad política fuera del miedo, la tristeza y la inacción.

La generación de afectos alegres capaces de aumentar la potencia de actuar resultaba entonces un gesto emancipatorio sumamente significativo, aunque cuestionado o descalificado, en tanto micropolítica cotidiana que escapaba a las ideas de revolución y compromiso militante de las izquierdas latinoamericanas. En un país de cuerpos atemorizados, torturados, desaparecidos, los cuerpos expuestos en su goce resultaban perturbadores e inquietantes, incluso más que las palabras o acciones de protesta emprendidas por varios de
los artistas “comprometidos” más prestigiosos de la época.

FIESTA Y POLÍTICA

“Era una fiesta”, coinciden en señalar quienes formaron parte de esos espacios donde se desplegó con todo su desenfado la “estrategia de la alegría”, y no es extraño que sea ésa la palabra elegida para describir lo que allí sucedía. Por su agitación desordenada, sus arrebatos colectivos, sus excesos y exuberancias, el tiempo vivaz de la fiesta contrasta fuertemente con el de la vida cotidiana que transcurre en el marco de un sistema de prohibiciones que aseguran la reproducción ordenada del mundo. La fiesta interrumpe la rutinaria normalidad y con su jubiloso caos suspende temporalmente las responsabilidades de la vida diaria, proponiendo el escenario justo para el movimiento, el desborde y el disfrute de los sentidos. 

Así lo entendió Roger Caillois, quien, en su teoría de la fiesta señaló que los encuentros festivos oponen “una explosión intermitente a una gris continuidad, un frenesí exaltante a la repetición cotidiana de las mismas preocupaciones materiales, el hálito potente de la efervescencia común a los serenos trabajos donde cada uno se absorbe a solas, la concentración de la sociedad a su dispersión, la fiebre de esos momentos culminantes a la tranquila labor de las fases atónicas de su existencia” (6). En los años de la dictadura y posdictadura, la fiesta ofrecía la posibilidad de otro mundo, desestructurado y placentero, donde sus participantes se sentían sostenidos y transformados. 

Las fiestas saben más que quienes las generan, decía una crónica periodística de la época, aludiendo tal vez a la dimensión (re)creativa de los encuentros festivos. De allí su potencia política como generadora de espacios de reunión capaces de intensificar los flujos de energía vital y suscitar estados de efervescencia colectiva que resignifiquen los sentidos cristalizados. La fiesta como un escenario donde se condensan y asimilan la integración grupal y la creatividad; un tiempo de máxima expresión de la vitalidad social donde el despliegue creativo de fuerzas es capaz de generar nuevas concepciones ideales que impriman otros significados a la vida colectiva.

Así, puede pensarse que a la concepción atomista de la ciudadanía y de la vida social planteada por la dictadura, las fiestas under de los ochenta contrapusieron los valores de la producción colectiva y la creación en colaboración. Cambiaron el aislamiento, el encierro y la clandestinidad por el encuentro grupal, la visibilidad y el regocijo del contacto con los otros. Propusieron, en contrapunto con el martirio y el padecimiento de la tortura, la exacerbación de los sentidos y la recuperación del cuerpo como superficie de placer. Criticaron el modo de organización estructurado y jerárquico de las organizaciones militares —y guerrilleras—a partir del trabajo autogestivo, sin directores, y de la fusión de disciplinas y lenguajes artísticos. Inventaron nuevas estéticas vestimentarias, extravagantes y andróginas que desacomodaron las asignaciones tradicionales de género frente a las imposiciones anodinas y homogeneizantes del poder en materia de moda. Desafiaron las técnicas de disciplinamiento y normalización desplegadas por el poder militar con una estrategia política que apuntó a la mutación, a la protección del estado de ánimo y a la dispersión de afectos alegres. Propusieron, en este sentido, la militancia del humor, la militancia del placer, la militancia sexual y la militancia de la expresión como nuevas formas de práctica política. Promovieron, en suma, una serie de nuevas e irreverentes concepciones ideales que irrumpieron como valores alternativos a los que intentó instalar la dictadura militar. Ideales que se sobreañadieron a lo real con un alto poder revitalizador, contribuyendo en la restitución del tejido social desarticulado por el terror. Nuevos modos del ser y del hacer que no fueron meras abstracciones, sino que se imbricaron en la sociedad con todo su potencial liberador y constituyeron un punto de partida referencial para las generaciones posteriores.

Daniela Lucena

Mi afectuoso agradecimiento a Gisela Laboureau, Darío Sztajnszrajber y Nicolas Viotti por los materiales y las charlas compartidas, que aportaron estimulantes ideas y preguntas a mi trabajo sobre los años ochenta en
Argentina.


NOTAS

1 Entrevista a Carlos Solari realizada por Daniela Lucenay Gisela Laboureau, 2011.
2 Entrevista a Carlos Solari realizada por Marcelo Figueras, en La Razón, Buenos Aires, 1986.
3 Carlos Solari, ídem, 2011.
4 Roberto Jacoby, “La alegría como estrategia”, en Ana Longoni (ed.), Roberto Jacoby. El deseo nace del derrumbe, Barcelona, Madrid, Buenos Aires: Ediciones de La Central, MNCARS, Adriana Hidalgo Editora, 2011, pp. 410-412.
5 La “estrategia de la alegría” puede pensarse como el lado B de aquella otra estrategia desplegada en la misma época por las Madres de Plaza de Mayo y el movimiento de derechos humanos, que tuvo como objetivo la denuncia y visibilización de los cuerpos ausentes de los desaparecidos por el gobierno militar y cuyo punto central fue la acción artísticopolítica del Siluetazo. En ambas, son los cuerpos los que se hacen presentes para reclamar aquello que les fue negado: cuerpos ausentes que se vuelven visibles a través de un cuerpo-imagen-silueta que les restituye su historicidad; cuerpos gozosos que escapan de la culpa y el miedo para recuperar su conexión con otros cuerpos a través de una nueva estética, en el sentido de una sensibilidad exterior perceptiva.
6 Roger Callois, El hombre y lo sagrado, Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 1996, p. 111.



Foto: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota con Enrique Symns en La esquina del Sol, Buenos Aires, julio de 1984. Fotografía: Aspix

Fuente: "Perder la forma humana. Una imagen sísmica de los años ochenta en América Latina",  capitulo citado "Estrategia de la Alegría" pag. 111 a 115. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 2012.



Este libro-catálogo de 280 páginas se ha publicado con motivo de la exposición "Perder la forma humana. Una imagen sísmica de los años ochenta en América Latina" organizada y producida por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en colaboración con la AECID.


Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía: 25 de octubre de 2012-11 de marzo de 2013.

Museo de Arte de Lima (Perú): 23 de Noviembre de 2013- 23 de Febrero de 2014.

Muntref (Buenos Aires, Argentina): Hasta el 8 de agosto 2014.


Distribución y venta (España y Latinoamérica): 
www.mcu.es/publicaciones/index.html.com

El libro ha sido dedicado a la memoria de Sergio Bellotti, Redson Pozzi, Daniel Sanjurjo y a todos los que pusieron el cuerpo desde aquellos años.

Se agradece la gentil colaboración de Mabel Tapia y Gustavo Piccinini en la realización del presente post.