
viernes, septiembre 12, 2008
Saber quien se es

lunes, julio 28, 2008
Alda Merini

Ansia
nella certezza del tuo ritorno
e sento che l' ore
si caricano d' aspettazione
e dànno il frumento divino
dei desideri del corpo,
ora che sul vigoroso
sfondo del tuo avvicinarti
ogni sfiducia
è sollevata ed ammessa
al triplice riferimento
delle cose concrete,
accordo questo tormento
alla notturna carità di un suono.
(...)
Ascolta, il passo breve delle cose
-assai più breve delle tue finestre-
quel respiro che esce dal tuo sguardo
chiama un nome inmediato: la tua donna.
E fatta di ombra e ciclamini,
ti chiede il tuo mistero
e tu non lo sai dare.
Con le mani
sfiori profili di una lunga serie di segni
che si chiamano rime.
Sotto, credi,
c'è presenza vera di foglie;
un incredibile cammino
che diventa una meta di coraggio.
E più facile ancora
scendere a te per le più buie scale,
quelle del desiderio che mi assalta
come lupo infecondo nella notte.
So che tu coglieresti dei miei frutti
con le mani sapienti del perdono...
E so anche che mi ami di un amore
casto, infinito, regno di tristezza...
Ma io il pianto per te l'ho levigato
giorno per giorno come luce piena
e lo rimando tacita ai miei occhi
che, se ti guardo, vivono di stelle.
(...)
Io era un uccello
dal bianco ventre gentile,
qualcuno mi ha tagliato la gola
per riderci sopra
non so.
Io ero un albatro grande
e volteggiavo sui mari.
Qualcuno ha fermato il mio viaggio,
senza nessuna carità di suono.
Ma anche distesa per terra
io canto ora per te
le mie canzoni d'amore.
Alda Merini, "folle, folle, folle di amore per te". Salani Editore (2002).
Foto: Alejandro Pi-hué.
sábado, julio 19, 2008
Casa
I
II
III
viernes, julio 11, 2008
Mariano Guzmán

La parte líquida del mundo
Lo mío no es ni aversión ni conducta adquirida por hábitos extravagantes.
Los he visto pasearse en cuanto acuario he visitado y cada vez que en mis innumerables travesías oceánicas los he encontrado. En todas sus formas y tamaños, colores y texturas, me han parecido seres admirables. Durante el diluvio universal han sido privilegiados y su territorio nos sigue siendo vedado. No tengo nada en contra de los peces, pero admitámoslo de una vez y para siempre: No es posible abrazarlos, y con esto todo queda dicho.
Animales de montaña y grandes felinos
Las cabras, con todo lo que ellas implican, han saltado año tras año las mismas rocas. Algunos, los más, piensan que disfrutan de su vida natural, al igual que los grandes felinos. Yo sigo confiando en aquella premisa que aprendí de muy pequeño. Todo aquél que tiene que ocupar cada instante de su vida en la tarea de la supervivencia no puede ser feliz. Por cierto es un espectáculo encantador ver sus cabriolas, su habilidad para la caza, su certidumbre y su instinto. Prefiero tenerlos como mascotas y mi almohada seguramente es mucho más feliz que todos ellos. No hay nada que indique que debemos dejar que la naturaleza siga su curso. Por cierto sabemos es nuestra peor enemiga.
Con los ojos aún abiertos
La mañana me ha encontrado más de una vez observando detenidamente cada uno de los objetos que me rodean. En el mismo instante en el cual descubro su próxima lejanía puedo finalmente conciliar el sueño. Sé ya es tarde, pero al fin he descubierto la única manera de domesticarlos.
El alcance universal
Quién no ha tenido alguna vez la sensación de haber alcanzado la certidumbre, ese instante único en el que todo parece comprenderse. Es sólo un pequeño fragmento que por irrepetible no se convierte en conjuro. Una vez que nos ha ocurrido, pasamos a ser parte de aquellos signados por la finitud. La muerte se ha hecho presente y no va a abandonarnos nunca más. Pero hay que saber detenerse a tiempo.
Sustracción
Más de una vez he pensado que todas las cosas que me ocurrían tenían algo para decirme. Que existía un plan trazado para mí del cual no podía escaparme.
Tantas otras he pensado lo contrario, que nada tenía un sentido preciso y que a cada instante yo iba decidiendo mi destino. Hoy pienso que es mejor no pensarlo, que agregar un misterio a otro solo dará por resultado una ecuación matemática.
No tengo ya un pensamiento matemático, excepto cuando cuento los días que me va restando vivir.
No resulta simpático
Pienso en las palabras como el relleno del cual se valen las almohadas para hacernos dormir. Refutar desde los insomnes sería una solución fácil, pero pienso que los que no concilian el sueño son contrincantes nobles. No dirimen el pleito desde la comodidad.
Mariano Guzmán ha publicado, con Guillermo Giampietro "Los emblemas, males en la tumba", con Pablo Makovsky Mier "Turkey Alley Rumble Sex" (Ediciones Fray Santiago) y "Las formas del Desierto" (1995), con ilustraciones de David Nahón. El presente texto es inédito.
Foto: Julián Gayarre.
jueves, junio 05, 2008
Puros por cruza

Si al hijo de blanco con negra se lo llamó mulato
Al de negro con india, zambo
Si al de negro con zamba (Quipildor) zambo prieto
De español con india, mestizo
Con mestiza, castizo
Con castiza: español
Si galaico o godo con mulata, hace un morisco
Con morisca, albino
Español con albina (¡ahijuna!) negro marcha atrás
Según otros, de indio con mestiza
Sale coyote
De negro con india, lobo
De lobo con india, zambaigo
Indio con zambaiga, ya le viene albazarrado
Con albazarrada, chamizo
Con chamiza, cambujo
Indio con cambuja, ay ay ay: negro marcha atrás con pelo liso
(Es decir, empleado municipal)
Si entre europeo y mestiza hay comercio, viene la cuarterona
De tano recién llegado y cuarterona, la ochavona de zaguán
Y con la ochavona, la puchüela, enteramente blanca
Y un poco desabrida (como la maizena)
El mulato morisco, dicen
Bien podía ser muy rubio y hasta de ojos celestes
Don Juan Manuel (maestro en el negrear y esclavista)
¿No podría muy bien, haberlo sido?
¿No sería hora ya, de precisar, si ese sillón
Que de culo en culo (negro) van pasando
Fue de un Rivadavia pardo o zambo?
Por su piel yo me pregunto,
Que es la de la negrada argentina:
¿Bernardino fue cocho, loro,
Cambujo, jorocho o chino?
¡Argentina: un país de fantasía!
El pelpa reluciente, envuelve ese chocolatín
Un tanto amargo
De un amargo retroactivo (obrero)
Si mi orgullo fue la Baya:
¿No será baya también su patria, baya la potra
Bayo, tu pecho?
¿No es tu argentina luz de Luna, la que las aguas del Plata, platean?
¿No es de Sierras Bayas, el argento?
¿No es el Río que la lleva, bayo, bello y argentino, hasta el lamento?
Ilustración: Gustavo Piccinini
En audio: Radiodrama realizado por Héctor Ledo sobre el texto de Eduardo Magoo Nico.
domingo, mayo 18, 2008
Leimón

Texto: Eduardo Nico (Magoo)
En audio: Poema dramatizado por Héctor Ledo, con la colaboración especial de Rosalba Gravina.
lunes, mayo 05, 2008
Héctor Viel Temperley
Texto: Héctor Viel Temperley, "Obra completa", Ediciones del Dock, 2006
Héctor Viel Temperley
Enfermedad
De espaldas, solo, quieto.
No escucho más que el viento
y a su arena cegante.
Abiertas las costillas
dejo que el sol voltee
su caballo en mi sangre.
Dejo que sobre el hueso
de la frente me marque
su herradura, incendiándome.
Dejo también que el mar
desde corrales
de espuma se abalance.
Que en sus ancas profundas
y frías
bajo mi pecho,
una mano tras la otra
se me espanten.
Y que una y otra vez
su silencio me envaine.
Bajo la hirviente carga
yo, solitario sable.
Cuerpo en la costa, herrumbre
cada vez más tirante.
Yo desnudo en el viento,
yo, sin moverme, dejo
que cave en mis entrañas
una pala radiante.
Que el arenal acose
mis ojos y su enjambre
se irrite por mis párpados,
sin poder despertarme.
Que el mar, oh el mar
después,
como a espada me lave
en ese instante estrecho
que desenvaina en aire.
Mas ya, como en un sueño,
hasta en el mar es tarde.
Yo, sometido a libertad, sujeta
a toda luz mi carne,
yo, impenetrable pese a todo, rígida
como columna de agua amarga el alma,
no sé más que cerrarme.
En mi garganta,
el llanto atravesado como llave.
Frente a la carga inmensa, inmerecida,
yo, sable enfermo, solitario sable.
Ilustración: "Engrudo", Gustavo Piccinini.
Texto: Héctor Viel Temperley, "Obra Completa", Ediciones del Dock, 2006.
sábado, mayo 03, 2008
Héctor Viel Temperley
Elegía argentina
Para mi madre
Los caballos se bañan en el río
y yo me baño en el río con los caballos.
Sus crines y sus colas
son de agua sobre el agua,
como fuentes que fluyen
desde la arena al aire.
Y yo me baño en el río
pero bebo las crines
y las colas de los caballos.
El agua rueda desde Dios
y se desliza por sus ancas
y se bifurca en mis caderas.
Más que el río y la lluvia,
sus crines me humedecen
el pelo.
Es una tarde de verano,
de un día que no existe,
y en un país que no se tiende,
ya,
a la sombra de sus caballadas.
Esta tarde, Dios habla
en los saltos del río
para nombrarme caballos
que todavía yo recuerdo.
Caballos que la lluvia volvió de lluvia
y que se fueron tormentosos,
hasta que el sol los evaporó.
Y recuerdo el caballo
que murió con un ojo estallado por su dueño,
cuando mi madre era muchacha
y los carreros la saludaban
con el mismo silencio
que las dos torres de nuestra casa.
Y recuerdo otros caballos
que galopé en el sur
y que montaba en pelo
por una laguna de sal,
contra el viento que olía a mar, hasta que la lluvia
lo lavaba en la arena.
Y recuerdo caballos que fueron de mi tatarabuelo
y que eran iguales a los míos,
iguales a todas las caballerías
tormentosas por estas tierras.
Son los mismos caballos
que se bañan en el río
y que Dios llama por sus pelajes
con palabras que suenan
como los nombres de los ángeles.
Porque el pelaje de los caballos
tiene nombres angelicales
y la palabra azulejo
traspasa todos los cielos.
Dios les habla y me habla
con las mismas palabras
cuando el ruido del agua
es el silencio de todos los campos.
Los nombra y me nombra
en un país que no se tiende,
ya,
a la sombra de sus caballadas.
Y es una tarde de verano,
de un día que no existe
o que existió sólo en la pampa.
Pero montado en los caballos
siento mi cuerpo contra el río,
nado entre crines y galopo a Dios
y mis ojos se hunden
profundizados en su pecho.
Dios juega con los caballos
en sus manos,
palmotea y sonríe a los más humildes,
a los más castigados;
al que conoció mi madre cuando era muchacha,
muerto con un ojo menos
y que bajaba hasta el río
sin descubrir la razón de sus heridas,
y a todos los que rodaron
cuando los hombres afirmaban
que el cielo era para los hombres
y que las tardes no eran como yeguas
tendidas entre ángeles.
Yo entonces no conocía
el cielo de los caballos,
pero rezaba por ellos todas las noches,
y era un niño que rezaba por los caballos de Dios,
y era un niño al que Dios
perdonaba sus insolencias
porque rezaba por los caballos
y lloraba por ellos
y les prometía un dios omnipotente,
que los convertiría en ángeles
aunque los hombres se negaran.
Un Dios con el que soñaba mi madre
cuando era muchacha
y ya me descubría
descalzo por la arena.
Cuando los carreros eran silenciosos
como las torres de nuestra casa
y los jazmines eran argentinos
porque eran nuestros,
dando la vuelta al patio
hasta la noche,
en que la patria era en el cielo.
De Héctor Viel Temperley (1933-87) Obra Completa, Ediciones del Dock, 2006.