miércoles, junio 08, 2016
Ka clásico
lunes, abril 04, 2016
Alejandro Russovich en Paraná
A.R.: Que me llamen “profesor”, se contradice con postulados típicamente gombrowczianos; si yo tuviese que hablar de mí mismo, en la situación actual, diría que soy un actor sin trabajo, más bien que un profesor de filosofía. Siempre me gustó actuar, y esta película me dio la oportunidad de hacerlo, con un excelente espíritu de taller, como fue la colaboración de todos los estudiantes del Instituto de Cinematografía. En realidad, esta película se gestó primero como un homenaje que se trataba de hacer a Gombrowicz en el Centro Cultural San Martín. Y después, Fischerman y Rabanal parece que pensaron en hacer una película. Entonces nos llamaron a Gómez, a Betelú, a Di Paola y a mí. Ellos dos iban tomando notas de nuestras discusiones y charlas, y de esa manera se estructuró una especie de guión. De modo que buena parte de lo que decimos en la película, ya lo habíamos dicho antes, charlando entre nosotros.
La verdad que evocar una relación juvenil con una personalidad tan fuerte como la de Gombrowicz, no es fácil. Yo pienso que en algunos aspectos, Fischerman interpretó bastante bien, en la película, algo que podría resumir la trayectoria de Gombrowicz en la Argentina: una gran ausencia.
El gran ausente en esta película, es el personaje central, ese de quien se habla continuamente, que imitamos Betelú y yo, principalmente porque en el tiempo en que éramos amigos, nos divertíamos bastante cuando yo lo imitaba, frente a otros en un bar.
Hay muchos episodios, anécdotas que podrían recordarse.
Fundamentalmente yo me siento muy contento en esta circunstancia y en esta ciudad de Paraná, a la cual yo le tengo una simpatía muy especial. Durante años yo estudié enfrente, en el Colegio de Jesuitas de la Inmaculada, así que Paraná, para mí, era la otra ciudad.
A mi me gustaría que abriéramos una charla para aclarar algunos aspectos de la película, aunque yo creo que, lo mismo que un chiste, una película no necesita ser explicada. Produce o no el efecto que tiene que producir de acuerdo a la técnica cinematográfica. Yo creo que Fischerman es un excelente director, y tengo la impresión de que esta película, a pesar de los medios precarios con los que se realizó, es una buena realización.
- ¿Se preparan Obras completas de Witold Gombrowicz en español?
- No, que yo sepa sólo se han editado los tres tomos del Diario de Gombrowicz, que es una de sus obras fuertes, en España. Yo recomiendo mucho sus lecturas, porque hay continuas referencias, directas o indirectas, hacia la Argentina. Él lo escribió acá. En el Diario, Gombrowicz no solamente habla de sí mismo y de su propia obra, sino de una cantidad de problemas que se refieren a su propia filosofía, a su propia concepción del mundo y del hombre, sobre todo. En el fondo, no solamente era un excelente artista y un maestro del lenguaje, sino también un pensador. Tengo noticias que hace poco apareció en Italia un libro sobre Gombrowicz que se llama Gombrowicz filósofo, y es efectivamente, perfectamente posible rastrear ideas bastante profundas acerca de la naturaleza humana en su propia obra, y en una correspondencia que mantuvo con el gran filósofo judío-alemán, o de Europa Central en realidad, Martín Buber, coinsidieron ambos en destacar ese concepto del entre del cual se habla en la película. Esto es algo que Gombrowicz vio muy tempranamente y que anticipaba en mucho la célebre mirada del Otro de Sartre, que de alguna manera reditúa la misma problemática. Es decir que el Hombre no es nada abstracto, nada general, ni siquiera individualmente considerado puede ser definido, sino como el Hombre con el Hombre. Dicen ambos: lo que surge entre uno y otro ser humano. Nos estamos continuamente fabricando, y en ese sentido fabricamos nuestra propia forma. Como diría Gombrowicz: nuestra propia facha.
- ¿Qué formación (profesional) tenía él?
- El era abogado; fue una imposición de su familia. Pero siempre se dedicó a la literatura, y nunca hizo otra cosa sino escribir. Al final, por una especie de conmiseración de la colonia polaca de acá, le dieron un empleíto en el Banco Polaco. Alquilábamos dos habitaciones en la calle Venezuela.
- ¿Cómo lo conoció usted a Gombrowicz?
- Yo lo conocí en una confitería que se llamaba La Fragata, en Corrientes y San Martín. Estaba Adolfo de Obieta y dos amigos, escritores cubanos, uno de ellos Virgilio Piñera, que fue quien dirigió la traducción al español de Ferdydurke, y verdaderamente cuando lo conocí quedé fascinado por su personalidad. Tengo que decir que yo leí a Gombrowicz mucho después de haberlo conocido. Es decir, no lo consideraba ni un escritor, ni un artista, ni un genio, a pesar de que de algún modo eso se decía de él. Si no que lo que realmente me seducía era su personalidad; su modo verdaderamente nuevo y fresco de descubrir valores en la existencia de cada uno, que generalmente quedan ocultos por nuestra educación, prejuicios y una serie de condicionamientos que se revelan como lo que son: imposiciones, valores que aceptamos como obviedades y que no ponemos en crisis. En cambio, en la relación con él siempre se producía una tensión en donde todos esos valores que poseíamos, eran cuestionados de raíz. Era una relación dura, difícil, y muy productiva y fructífera espiritualmente. Así, por lo menos, lo viví yo cuando lo conocí. Poco a poco fui, además, conociendo su obra, y sobre todo a través de los comentarios que él mismo me hacía a medida que la iba escribiendo: La seducción, Cosmos…
- ¿Él nunca sabía la página posterior a la que estaba escribiendo?
- Se puede ver el trabajo en varios planos, en varios niveles. Por ejemplo, él a veces pensaba pictóricamente, diríamos, en forma de bloque, o de rasgos que definían la situación que se producía en esa circunstancia de la novela, si no marcaba el aspecto formal, por ejemplo: ubicuidad. Hay un capítulo de La seducción que comienza precisamente con la ubicuidad, primero de los rayos luminosos, las sombras que se extienden, y todo lo que va ocurriendo en ese capítulo, tiene ese carácter sesgado, ligeramente distorsionado, buscando una finalidad, pero a través de rodeos muy sutiles. El gran problema de la Forma, como lo veía Gombrowicz, era el conflicto entre la madurez y la inmadurez. El inmaduro no tiene la medida de su propio valor, tiene que dárselo el otro, el formado.
- ¿Gombrowicz tenía miedo a la vejez?
- Sí.
-¿Gombrowicz no quiso entablar relaciones con la intelectualidad argentina del momento?
- Él era violentamente rechazado por quienes estaban alrededor de la revista Sur, aunque tampoco se lo propuso demasiado. El único puente que había entre Gombrowicz y los intelectuales argentinos de aquel momento era, justamente, el poeta entrerriano (Carlos) Mastronardi. Hasta que una vez, en un bar, Mastronardi empezó a hacer algunas alusiones de un tono un poco desmedido, o subido, a cerca de la homosexualidad de Gombrowicz. Y entonces se produjo ese momento en que él dijo: “Le doy dos minutos para que se vaya”, y como Mastronardi no se fue, se fue él. Fundamentalmente, el punto de vista de él, de Gombrowicz, era que la poesía, como el azúcar, en estado puro, concentrado, empalaga; mientras que en un café con leche resulta muy agradable. Después de todo, él era un gran admirador de los grandes poetas polacos, incluyendo al poeta nacional de Polonia.
-¿Por qué Gombrowicz se quedó 24 años en Argentina?
- El barco que lo traía atracó en Buenos Aires, y entonces estalló la Guerra (mundial). Lo que decidió el capitán y la tripulación del barco era volverse a Inglaterra, porque tampoco podían volver a Polonia que estaba ocupada. Entonces él se presentó a la Embajada, porque había un ejército, del general Anders, que era de polacos en el exterior. Pero de acuerdo a la revisación médica, no lo aceptaron.
Es decir que él estaba dispuesto a luchar, pero se quedó casi 25 años aquí, donde se convirtió, yo diría, en un verdadero escritor argentino, a pesar que escribió en polaco, pensó y descubrió verdaderamente muchos autores nuestros. En su Diario esto figura expresamente.
-Cuando Witold Gombrowicz se pone nombre y apellido en sus novelas -como en el caso de
Transatlántico- ¿utiliza lo real de su experiencia biográfica, por ejemplo en el conflicto con su padre?
-Yo creo que, por lo menos en el caso de Gombrowicz, escribir significaba poner fuera y dar forma a algo que de otra manera sería imposible de captar. De alguna manera, se da en el caso de Gombrowicz, algo que quizá sea común a muchos artistas: una elevada dosis de narcisismo, de cultivo de sí mismo como una tierra fértil.
lunes, febrero 15, 2016
Big Mama
Ilustración: Gustavo Piccinini (Engrudo-1995)
martes, diciembre 08, 2015
La más perfecta carne
Texto: Eduardo Magoo Nico
Ilustración: Gustavo Piccinini
jueves, noviembre 12, 2015
Néstor Ortiz Oderigo
sábado, septiembre 26, 2015
El gorro frigio
El gorro frigio
Quiroga bebió el láudano que yo había refutado, y en el calor de la
tarde misionera, recostado como estoy ahora en esta hamaca, comenzó a hablarme
rítmica y pausadamente, de cosas que le escuchó contar a un viejo mensú, que lo
ayudara en el desmonte de su chacra. Era la historia de unas gemelas. Rubia y
de ojos negros una de ellas, morena y de ojos verdes la otra, que se preñaron
casi al mismo tiempo, y para “pior” siendo vírgenes. De una dicen que concibió
a su hijito de una semilla de almendro; de la otra que se metió en la madre un
grano de una granada reventona. Cada año, llegada la primavera, con la
vegetación que no dejaba de crecer, los hijos de estas dos chicas, eran
festejados a la grande. La mayor se llamaba Wanda y la menor Nené, las dos
habían nacido en lo más profundo de la selva misionera, allí donde un
descendiente directo de uno de estos dos primos, un tipazo enorme, rompiendo
porque sí un bochón de roca dura con la maza del hacha, encontró en su interior
cristales preciosos. Ahora “Wanda” es un lugar por todos conocido.
Pues bien, parece que uno de los primos murió en una cacería, atacado
por un enorme pecarí enfurecido, y el otro, borracho y fuera de sí por la pena
de un amor no correspondido, se quiso cortar los huevos con una navaja, con tal
falta de pericia, que murió desangrado el pobre. ¡Una barbaridad! Pero es así
como me lo contó Quiroga... Y parece que más luego, la gente de ese lugar dejó
de comer la carne de pecarí, y los sacerdotes del "Culto de los Dos
Primos" (hijos de un Granado y de un Almendro) con la sabiduría y
abnegación que no suelen poseer nuestros sacerdotes, se castran “religiosamente”
antes de tomar los hábitos, quiero decir, antes de hacerse brujos o curanderos.
A éstos los pobladores los llamaban Gallos, y según me dijo Quiroga, usaban un
sombrerito con una especie de cresta roja o crespón.
Eran tan raras sus danzas y cantos cuanto pueden ser extrañas para
nosotros las de los polacos. ¿Te ha tocado verlos alguna vez en la Colonia? A
su paso se los cubría con pétalos de orquídeas y flores de color lila. Ellos
comenzaron con esta vaina del Árbol Bueno. El 22 de septiembre se cortaba un
pino y se lo llevaba a la aldea. El 23 se realizaba allí una gigantesca
Zarabanda, donde todos, hasta los que jamás había tocado un instrumento,
mantenían alto el clamor de una música obsesiva y estridente, que sonaba del
alba al atardecer. Así es como recuerdo que me lo describió Don Horacio. Es
como si lo tuviera aquí delante ahora mismo, porque él usaba unas palabras bien
escogidas y precisas, que era un gusto escucharlo. Aunque no siempre yo le entendiera
todo...
El 24 la sangre debía cubrir el gorro que llevaba puesto sobre la
cabeza el joven dispuesto para el sacrificio, atado al árbol y envuelto
enteramente por tallos y flores de violetas silvestres. El gorro, que en el
inicio de la ceremonia era blanco, llevaba un pequeño pliegue en lo más alto
del cono, como en el gorro frigio. ¿Lo tiene presente? El sumo sacerdote de los
Gallos era siempre un polaco de la Colonia, el de ese tiempo se hacía llamar
Abel (es bien sabido que a los polacos les encanta que los castren). En ese día
y en medio del desenfreno más increíble, los novicios sacrificaban su virilidad
y la lanzaban al gorro frigio. El joven atado al árbol era atravesado entonces por
flechazos que debían solo herirlo levemente. Al "voluntario" parece
que se lo compraban a los milicos, y lo traían por lo general del Chaco. Podían
ser tanto fugitivos de La Forestal, como colonos caídos en desgracia... Pero
debía ser, eso sí, bien bonito el muchacho. Al cuerpo de este maravilloso efebo
atado al árbol, cubierto de violetas y de sangre, que era luego enterrado,
llorado y resurrecto, se lo llamaba “El Melincué”, tal vez porque la primera
víctima del Sacrificio del Árbol, provenía de ese sufrido pueblo del sur de
Santa Fe.
En el origen, al Melincué se lo mataba en serio, y luego “de resucitado”
se lo representaba con un muñeco hecho de paja y cubierto de ramas de granada y
almendro. Con el paso del tiempo, ya más civilizados, empezaron a hacerlo de
mentirilla, como tantas otras cosas de este mundo. Y no sé porqué ditirambos
modernos, hoy se lo venera embalsamado al que le dió nombre al primer “Melincué”
en una gran heladera de cristal de roca, que hace las veces de urna
transparente. Está en el Templo de las Cien Heladeras, en San Ignacio Miní.
¿Vos fuiste alguna vez allí? Yo estuve. ¡Impresionante! Y está perfectamente
conservado...
Por fin, el 25 de septiembre es el día de la gran fiesta que todos
conocemos, y que en Wanda aún mantiene su antiguo nombre: "Svetlan
Melincuet". Y todo ese gringuerío extraño, cruzado por generaciones con
indios de toda laya, salen como pitufos al polvaderal de las calles,
abandonándose a cuanto desvarío se les ocurra. Eso sí, con el gorro frigio bien
calzado en la mollera. Porque son todos muy republicanos, ellos. Yo no estoy
tan seguro de que sea cierto, pero al menos así era como debía ocurrir, en la
historia que me contó Quiroga.
En la foto: Horacio Quiroga (a la izquierda de la imagen) ahuecando un tronco de àrbol para construir una canoa. (Archivo Nacional).
viernes, mayo 15, 2015
Al ver verás
jueves, marzo 26, 2015
Imán
domingo, febrero 01, 2015
Yo soy la Perla
jueves, diciembre 25, 2014
Sigamos soñando los setenta
Sus senos
Texto: Eduardo Magoo Nico
Ilustración: Tip-Tap, performance de Guillermo Giampietro y Lara Baracetti (foto Iancovich)








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