Me apropio del amarillo
para hacer un nuevo azul
que me suba lento hasta el cielo
y me desborde.
Mi cabeza era un tonel vacío en el que estaban todas las respuestas. Una línea quebrada y superpuesta de edificios. Una región del día que llegaba imponente y abría la tarde sobre la baranda. Una barra de estaño para estarse acodado. Pero en esa tarde algo dolía. Los árboles, los autos, todas las cosas parecen aceptar que son parte de lo que existe. Hasta este aire alrededor, en el que se difumina y esparce la tibieza, parece reafirmarlo. Yo, no.
Con una estampita de Santa Passera en el bolsillo camino intentando bajar a la orilla del Tévere sin encontrar por donde entrarle. Comienzo a ver los reflejos dorados del atardecer en los mosaicos de la Basilica di San Paolo fuori le Mura, sin saber de que se trata aún. La parte alta de su fachada se hace siempre más presente a medida que me acerco al puente Marconi. Esa suspensión de sensualidad esplendente me demora y atrae. Entro en un callejón sin salida. Fábricas abandonadas, baldíos, perros que ladran desconfiados. Un laburante me observa preguntándose a dónde voy desde un taller de puertas y ventanas. En una casa que parece desierta, un árbol cargado de pomelos y una cerca me cierran el paso a la ribera que está allí nomás, a tiro de honda. Regreso hacia el pequeño y encantador sepulcro-santuario romano que es hoy la Chiesa de la Santa Passera. Un triunfo modesto, pero triunfo al fin, de la cultura pagana que resiste cada embate de modernidad que intenta disciplinarla a su cauce; a los que cíclicamente responde, una y otra vez, con sus desbordes. Esta ciudad (madre de ciudades) que atraviesa el Tévere es la ciudad delle borgate pasoliniane y de las aguafuertes y retratos fellinianos. Mamma Roma. Solo en un imaginario popular semejante podría subsistir un santuario dedicado a la Santa Vagina. Una santa que nunca existió, por otra parte.
Miro fijamente el sol que se está poniendo. Todavía no sé que hay un puente más allá y que se abre a partir de él un parque que permite el descenso a la ribera. Los pájaros regresan sin alguna prisa de las colinas a los árboles del valle ribereño. Me encuentro al lado de una estación de servicio que tiene dentro (en una especie de container) el consultorio de una pedicura. Detrás hay una entrada de autos semioculta y una pequeña ensenada que se abre hacia el río y comunica con otro mundo. Desde luego, hay otros mundos en este. El primero que aparece a nuestra vista suele ser desagradable, superficial, profano. Para ir al encuentro de lo que está más allá, se necesita una cierta disposición del espíritu, o del subconsciente, como prefieran llamarlo. Todo lo que nos separa podría entonces conectarnos. A la derecha hay un gallinero, más allá una casa en malas condiciones pero ocupada, con ropa tendida, un auto viejo entre montículos de tierra, y a una cierta distancia la orilla cenagosa del río. A la izquierda un portón de alambre que deja ver un laguito poblado de diversas especies de patos y de gansos. ¡Pato, pato! El lugar, me entero luego, pertenece a una asociación que se ocupa de animales abandonados o heridos, rescatados en la gran ciudad. Hay también un rodeo equino. Veo una increíble cantidad de animales sueltos allí que conviven en total paz y armonía, a lo lejos caballos pastando y el caudaloso Tíber, dios paterno (Pater Tiberinus) que pasando se transforma y rumorea correntoso. Un oasis. El paraíso perdido. Me demoro mirando un macho cabrío rodeado de su harén en un recinto... En tanto una muchacha sale vestida de jocketa.
-¿Si può entrare?
-¡Certo!
Una chancha viene a mi encuentro, me mira a los ojos y pega la vuelta, la sigo. Me guía por los galpones, ningún ser humano a la vista, hay otros caballos por allí y un asno. Ella me lleva a su cubil y me presenta a la familia. Los chanchitos se le cuelgan de las tetas. Un papagayo de pecho amarillo y alas azules revuelve un tacho de basura y lo vuelca, más allá un búho marrón muy grande me fija con sus ojos rojos desde una jaula metálica. En otro recinto hay avestruces australianos y ñandúes, uno de ellos, ¡albino!. Primera vez que veo un ejemplar así. ¿Que hacen aquí? Les hablo en argentino y se ponen contentos, me picotean por entre los alambres, nos estuvimos mirando un buen rato, añorando la pampa, los fachinales, las correrías y las galopeadas porque sí, para ganarle al viento.
Ni yo, ni nosotros.
Nuestro presente es pura incomodidad.
Pura conciencia bajo un incomprensible
maremágnum de vacío y nada.
Huir como ratas o rasparnos hasta morir.
Lo que entristece es la impaciencia,
la tiranía del hambre bajo el mandato de la saciedad.
Seguí mi periplo en el otrora malfamado barrio que fuera sede de la feroz Banda della Magliana. En un antiguo muro que corre paralelo a la avenida, encuentro empotrado un hueco que alguna vez contuvo una imagen “popular” según se aprecia por las ofrendas de flores todavía frescas. Se venera su ausencia plagada de estampitas, sirenas, peluches, diminutos llaveros y juguetes, en torno a la cual se cela un misterio que no comprendo. Pero yo quería tocar el agua... Finalmente en el puente encuentro una bajada verde con una senda que lleva a un bar con mesitas dispersas y gente linda, niños y perros. En el río hay unos pequeños islotes donde se demoran gaviotas, patos silvestres y otras aves acuáticas. Pude finalmente llegar hasta el río y abrir mi mano debajo del agua. Yo estuve. Yo estoy. Las cosas son.
Texto y foto: Eduardo Magoo Nico.

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