El asqueroso bicho
revisa papeles y fotografías,
preocupado por develar
el porqué de mi estado actual.
Todos los objetos del exilio
me rodean
en un compás de inútil espera.
El amorcillo detenido,
el pesquero de madera colorada,
las estatuillas africanas,
la miniatura de un mate
con su bombilla de metal,
una Virgen en su concha,
el Topo Gigio feliz
con su camiseta del Inter,
yo a caballo con mi hija en brazos,
la foto del perro abandonado.
La niña es el único testigo
de mi sepulcro personal.
De él exhumo un ser amado cada vez.
Allí duermen sin que nada los perturbe,
salvo este amor que me achicharra.
El infeliz yo
recibe caricias unguladas, ríspidas.
Extenuante, despiadado orgasmo
estrenado en ese nuevo ámbito de amor.
Ciego el braille busca un resorte, la vena,
el poro que obligue al éxtasis irrepetible.
Yunta imposible.
Alguna desgracia debió quebrarnos.
Ahora sin imagen, ella intenta volar
con un envión del torso hacia arriba,
la luz saliendo de sí misma.
(El humo no la tizna, el verde no la ensucia).
En mis mejillas de reptil
llora una belleza inalcanzable.
Texto: Eduardo Magoo Nico.
Imagen: Niké de Samotracia.

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